La Niñera Follow story

frank-boz1536880595 Frank Boz

Durante el transcurso de sus vacaciones Matías debe compartir largas horas en su casa al cuidado de Claudia, una misteriosa niñera que se hace cargo de él hasta que sus padres regresan en la tarde noche. Las horas pasan lentas mientras el pequeño siente que algo no anda bien con su niñera y deberá mantenerse alerta a todo lo que lo rodea hasta que un imprevisto personaje interviene en la situación. El terror y el suspenso te acompañarán en este viaje en todo momento.


Horror All public.

#LaNiñera
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Capítulo 1

Casi sin mediar palabras y casi sin rozar sus labios en su típico “beso” de despedida, los padres de Matías, como todas las mañanas, abandonaban la casa para asistir cada uno a sus respectivos trabajos dejando a su pequeño al cuidado de Claudia. La joven pero responsable niñera de 20 años se hacía cargo del niño hasta que ellos regresaban en la tarde-noche, además de una que otra sencilla tarea del hogar como preparar las tres comidas para el pequeño entre otras varias. Esto no hacía muy feliz a Matías a quién siempre le pareció que Claudia era una joven demasiado extraña. Poco o nada tenía que ver con su anterior niñera, había algo más que raro en ella, aunque sin llegar a ser extravagante. Le parecía sentir y ver algo inusual en su sonrisa cada vez que llegaba a su casa para compartir las largas horas de cuidado y compañía mientras él se encontraba de vacaciones de la escuela. Había comenzado el tercer grado en el Instituto Católico de San Agustín y sus modales adquiridos en la institución, aunque demasiado pulidos para su joven edad de 8 años, siempre le traicionaban al momento en el que la niñera ponía un pie en su casa. Reprochaba esto en absoluto y lo demostraba encerrándose en su cuarto y bajando solo para el desayuno, el almuerzo y la merienda. Dichos momentos eran los que siempre tendría que compartir sentado con ella en la misma y enorme mesa del oscuro comedor en la soledad de la jornada.

–¡Eu Matu!... ¡Tu chocolatada con galletas está lista!... –gritó la niñera apoyándose en la baranda de la escalera.

El estómago de Matías crujía del hambre como las maderas de un barco en aguas turbulentas. El solo hecho de imaginar la espumosa leche chocolatada y sus Oreos con abundante crema de coco, era una imagen mucho más fuerte que su desconfianza hacia Claudia y no podía evitar sentirse seducido por ese mágico hechizo de aquel suculento sabor en su boca. “No seas tonto, si te quisiera matar ya lo hubiera hecho” se dijo al juntar algo de valor para bajar.

Al girar la perilla para abrir la puerta una sensación paralizante de susto aterrizó drásticamente en su pequeño cuerpo al ver a Claudia del otro lado. Ni siquiera escuchó sus pasos al subir por la escalera.

–Mati... tu chocolatada te ha estado esperando –dijo mirando al pequeño a los ojos. Aquel contacto visual era casi perturbador para Matías y se sentía mágicamente transportado hacia ellos.

Claudia se había tomado la libertad de llevar la merienda del pequeño hasta su cuarto, pero era una libertad que atestaba de terror la volátil imaginación de Matías, que, aterrado como estaba, los segundos en recibir la bandeja le parecieron meses.

¡Ella estaba ahí! ¡Invadiendo su espacio! Mirándolo con sus enormes y marrones ojos, con sus negros cabellos despeinados, con esa sonrisa de desquiciada que iba de oreja a oreja y que dejaba ver todos sus blancos dientes, su remera negra estilo punk con manchas, su pollera escocesa que llegaba hasta sus rodillas, sus gastadas botas negras, sus uñas pintadas de un verdinegro vetusto y lo que más terror producía en el pequeño... ese collar de pequeños huesos que colgaba de su lánguido y pálido cuello.

Imaginaba como sería que lo habría conseguido.

“¿Quién podría tener algo así atado a si mismo y cargarlo con tanta gracia?” solía preguntarse el pequeño.

Recibió la bandeja evitando tocar los blancos dedos de Claudia y su mirada se desvió hacia un costado, no pudo evitarlo.

–Gra... gracias –dijo rogando para que se marchara.

–De nada pequeño –respondió–. Veo que has estado dibujando –dijo mientras entraba al cuarto y se dirigía a la pequeña pizarra donde Matías pegaba sus dibujos.

–¡Dibujaste tu casa, que linda está!

El niño, aún con la bandeja en sus manos, casi temblando, se quedó de piedra al ver el tétrico contorno que la niñera dejaba ver al estar parada entre luz de las seis de la tarde que entraba por la ventana. Una imagen casi espectral.

–Si, es mi casa –contestó casi en susurro. Aunque el hecho de haber recibido el cumplido por su dibujo le hizo calmar un poco sus alterados nervios.

–¿Sabes algo? Yo también dibujo.

“Vaya, algo en común” pensó Matías.

–¿Qué dibujas? –preguntó curioso.

–Cosasss...

Su respuesta no hizo sino despertar más la inocente curiosidad de Matías mientras se comía una Oreo empapada de chocolate.

Observó un par de dibujos más, dio unas vueltas más por el dormitorio y finalmente se fue, no sin antes impregnar al pequeño con su aroma a ropa guardada y a viejos inciensos.

–Eso fue intenso –espetó Matías.


Los papás habían llegado juntos a las ocho de la noche con un imprevisto regalo para su hijo, cuando las luces de la tarde habían desaparecido y eran las luces amarillas de los postes de la calle las que iluminaban la fachada de la casa ahora. La niñera terminaba su turno otro día más y Matías agradecía por su partida como siempre, creyendo estar a salvo solo hasta el otro día.

–¡Hijo, ven! –gritó su papá

–¡Te tenemos una sorpresa! –soltó su mamá.

Con los ánimos completamente renovados al escuchar a sus papás Matías salió corriendo de su cuarto y con mayor rapidez aún, bajó las escaleras.

–Despacio campeón, vas a golpearte. –dijo su papá.

–¡¿Qué, que me trajeron?! –exclamó el pequeño envuelto en un manantial de alegría y sonrisas.

–¡Ah... adivina!... –dijo la mamá sonriente, ocultando algo a sus espaldas.

Mientras Matías se debatía entre muñecos de los Thundercats, Transformers o las Tortugas Ninja su mamá lentamente fue sacando de sus espaldas una caja forrada con un papel dorado de un tamaño considerable, unos 50 cm de largo por unos 25 de ancho. Al ver el tamaño del regalo el pequeño se abalanzó sobre ella, la abrazó, le dio un largo beso en su mejilla y finalmente se hizo con la caja, a la cual se le dificultaba quitar el envoltorio. Mamá y Papá se abrazaron sonrientes y felices de ver como su hijo abría con desmedida y casi torpe prisa su regalo. La caja era pesada, como lo son esos juguetes de calidad.

Sin embargo, los ojos de Matías no pudieron sino demostrar sorpresa que lindaba con confusión al ver que la caja no tenía colores vívidos ni llamativos como los tendría cualquier juguete normal. Más bien, eran tonos grises, marrones y un poco de rojo en las esquinas de la caja. Sus padres sintieron un repentino impulso de hacerse con el juguete, todo sea por la alegría de su pequeño hijo.

Siguió abriendo y no era Leono, Rafael u Optimus Prime, no, era un muñeco de aspecto realista, demasiado de hecho, de colección artesanal, con pequeños zapatitos y pequeña vestimenta real. Era un muñeco símil a un payaso pero sin esa nariz abombada, con una sonrisa que no mostraba los dientes y unos enormes y alegres ojos de color verde esmeralda. Matías, algo decepcionado, levantó la mirada y vio a sus papás contentos. Sus modales esta vez no lo traicionaron y agradeció la molestia abrazando a ambos. Sus papás al ser testigos del hermoso momento, olvidaron decirle algo que tenían planeado para esas fechas del año.


Nov. 21, 2018, 2:01 a.m. 0 Report Embed 4
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