Ilegal e Inmoral: Pecados, secretos y mentiras Follow story

soniammad Sonia MMad

Libro 2: Charly, Carlos, Abram y Raúl creen que todos los problemas del año anterior ya no son más que amargos recuerdos, sin embargo, el pasado siempre vuelve y más pronto de lo que esperan. El nuevo año empezará con un regalo inesperado en su puerta. Además, los pecados, secretos y mentiras no se pueden enterrar para siempre, y por mucho que trates de proteger a tus seres queridos, a veces, te alcanzan sin remedio.


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1.- Año Nuevo

Charly

 

Me desperté por el ruido del timbre. Lo hubiera ignorado si solo hubiesen llamado una vez, pero siguió sonando una y otra vez. Traté de levantarme de la cama, pero mi brazo estaba debajo de Lucía, que se apretó un poco más contra mí cuando me moví.

—Tengo que abrir la puerta, Lu —murmuré, apartando un mechón de pelo de su cara.

—¿Quién es? —me preguntó adormilada—. ¿Tú también sientes que te has comido un cenicero?

—Bienvenida al fascinante mundo de la resaca —bromeé, dándole un beso en la frente.

Me dejó sacar el brazo entonces, girándose hacia el otro lado. Lucía era la primera chica con la que había dormido toda la noche, y ahora se quedaba conmigo a menudo. Empezaba a malacostumbrarme a tenerla siempre cerca.

Me levanté y salí de la habitación, porque el timbre seguía sonando. Llevaba aún puesto los pantalones del traje que había usado la noche anterior, sin embargo, no tenía ni idea de donde estaba mi camisa.

Me quedé parado al entrar en el salón y abrí mucho los ojos sin pretenderlo. Aquello estaba hecho un puto desastre. Había ropa, zapatos y latas de cervezas tiradas por todos lados. Debimos acabar la fiesta en casa, aunque había bebido tanto que apenas lo recordaba.

—¡Abrid ya! —se quejó Marta.

Tardé un par de segundos en localizarla: estaba tendida en el sofá, sobre Raúl y cubiertos con un montón de chaquetas.

—¿No tenéis cama? —me reí, mientras retomaba el camino hacia la puerta, recogiendo una camiseta de la silla para ponérmela.

—¿No estamos en ella? —preguntó Raúl, más dormido que despierto.

Abrí de un tirón, dispuesto a mandar a la mierda a quien fuera que no paraba de llamar al timbre el maldito día de Año Nuevo, con esa insistencia. Y no pude más que quedarme allí parado, sin poder moverme.

—¿Qué cojones…? —atiné a pronunciar, sin saber que hacer.

No podía pensar, estaba claro que seguía durmiendo. Aquello no podía estar pasando…

 

-o-o-o-

 

Carlos

 

El insistente sonido del timbre me hizo entreabrir los ojos, para encontrarme el sol dándome de lleno. Me cubrí un poco con el brazo, pero el movimiento en la cama me hizo destaparme para mirar. Andrea se estaba tumbando a mi lado, con la cara algo roja.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí, creo que algo me sentó mal anoche.

—¿Todo el alcohol que tomamos? —sugerí, haciéndola reír un poco.

—Seguro que fue eso, pero no te preocupes, lo he vomitado todo. ¿Quién llama tanto?

—No sé, pero voy a abrir. —Le di un beso en la frente antes de levantarme.

—Que vaya otro —se quejó, cogiéndome de la mano—. Hay como cincuenta personas en esta casa…

Abram y Charly me habían sugerido amablemente menos de un mes antes que nos mudásemos con ellos para compartir el gasto del alquiler. Y no me lo había pensado mucho antes de aceptar. Vivir con Andrea era un sueño hecho realidad.

—Eso están pensando todos —me reí—. Ahora vuelvo, seguro que es una gilipollez.

—No se me ocurre ningún buen motivo para llamar al timbre el uno de enero tan temprano —aseguró Andrea, aovillándose un poco debajo de la manta.

Llegué al salón a tiempo de ver a Charly ir hacia la puerta, desde allí no podía ver a quien llamaba, pero me daba igual. Estaba a punto de darme la vuelta para volver a la cama, pero el timbre no dejó de sonar cuando Charly abrió.

Ya estaba de pie, así que supuse que no me costaba mucho ir a ver que pasaba. Me tropecé un poco con una lata de cerveza vacía y oí un quejido proveniente del sofá. Raúl y Marta estaban dormidos debajo de todos los abrigos.

Ellos también llevaban viviendo allí cosa de quince días, porque el piso que se habían comprado estaba en obras, así que la casa estaba a tope de gente, pero nadie podía hacer que dejase de chirriar el timbre.

Cuando llegué a la puerta, empujé un poco a Charly para descubrir por qué seguía allí parado, y no pude más que quedarme plantado a su lado.

 

-o-o-o-

 

Abram

 

—El timbre —se quejó Sara empujándome, como si hubiera alguna posibilidad de que ese ruido infernal no me hubiese despertado yo.

—No es para mí —aseguré, tirando de su cintura.

Sara soltó una risilla y se puso sobre mí, a horcajadas. Se estiró un poco y se frotó contra mi polla, con un gemidito. Y, de pronto, me sentí completamente despierto.

—Buenos días —me dijo, mientras yo colaba las manos debajo de la camiseta que llevaba puesta, y que era mía, por cierto.

—Buenos días, cariño.

Tiré de ella, para que cayese sobre mi pecho y le acaricié la espalda. Sara me mordisqueó la barbilla y volvió a frotarse contra mí.

—¿Por qué siguen llamando? —resopló—. No me puedo concentrar así.

—¿Tienes que concentrarte? —me reí, girando en la cama para quedar encima.

Soltó una carcajada y me rodeó con las piernas la cintura. Yo metí una mano entre sus muslos y aparté sus bragas. Introduje el dedo en su húmedo interior, haciendo que gimiese con fuerza. Besé sus labios con suavidad, era preciosa.

—Siguen llamando —se quejó con un pucherito, rompiendo el beso.

—¿En serio? —Me aparté de ella, pero no pude evitar sonreír.

Seguramente no querría a Sara si no fuera tan… Sara. A mí no me hubiese costado nada hacerlo mientras quien fuera llamase al timbre, de hecho, me la podría follar aunque estuvieran llamando a la puerta de la habitación.

Pero me levanté con un último beso.

—Ni se te ocurra vestirte —la amenacé bromista.

—Me iré quitando las bragas —prometió, con una sonrisa sexi.

Yo me puse un pantalón de chándal, porque solo llevaba la ropa interior, y fui a matar a quien fuese que había interrumpido aquel momento perfecto. Ignoré el desorden del salón, aunque me hizo parpadear un poco y llegué hasta la puerta, que estaba abierta.

Charly y Carlos estaban plantados delante, pero el maldito timbre seguía sonando.

—¿Se ha roto? —dudé.

Ninguno me respondió, al parecer, mis amigos se habían quedado aún más gilipollas. Los empujé para abrirme paso, y entendí en el acto por qué estaban pasmados.

 

-o-o-o-

 

Raúl

 

—¿Qué hacen que no abren? —me preguntó Marta, empujándome un poco.

Con tanto escándalo yo ya estaba más despierto de lo que pretendía, y ahora veía que Charly no había mentido: estábamos dormidos en el sofá.

La noche anterior habíamos bebido tanto que no podía pensar apenas. La cabeza me palpitaba con fuerza y ese ruido chirriante empezaba a provocarme una intensa migraña. Marta trató de esconder la cabeza debajo del cojín, estaba completamente dormida sobre mí, y al moverse, acabé de alguna forma en el suelo.

No tuve claro que había pasado, tal vez ella se había intentado meter en el hueco entre mi cuerpo y el sofá y me empujó. Me levanté mientras ella escondía la cabeza debajo del cojín y fui a parar de una maldita vez aquel ruido.

Mis tres amigos estaban plantados en el hueco de la puerta, y tuve que mirar sobre ellos para ver que pasaba.

Estaba tan resacoso y adormilado que tardé demasiado en comprender la escena que se desarrollaba en el vestíbulo. Aquello parecía la sección infantil de El Corte Inglés: había un centenar de juguetes, una trona, un carrito y diversos aparatos más que ni reconocí. Además de un montón de maletas de diferentes tamaños y formas, y en el centro del todo, sentados en sillitas de coche, había dos bebés.

—Estáis viendo un bebé, ¿verdad? —preguntó Abram.

—¡¿Uno?! —resoplé—. Hostia puta, aún debo estar borracho, creía que había dos. —Y tuve que parpadear varias veces para ver que de verdad solo había uno.

—¿Cerramos la puerta? —sugirió Charly.

—Primero para ese ruido infernal —pidió Carlos.

El timbre seguía sonando, de forma continuada. Ninguno nos movimos pese a nuestras palabras. ¿Por qué había un bebé en el rellano? ¿Quién había dejado un bebé real delante de nuestra puerta?

—Pero ¿qué pasa? —La voz de Andrea a nuestra espalda nos sobresaltó.

Aún no tenía claro si mis amigos pretendían cerrar la puerta o no, porque Carlos y Charly trataron de moverse a la vez, me pisaron los dos, y Abram sacó medio cuerpo por fuera de la puerta. Hizo que el timbre dejase de sonar, y vi un palito en su mano. Debían haberlo enganchado para asegurarse de que encontrábamos al bebé.

Oí el suspiro aliviado de Abram y tuve claro que querían cerrar la puerta y fingir que no lo habían visto, pero entonces el bebé empezó a llorar, y ya no había salvación posible. De hecho, era un milagro que no hubiese llorado antes.

—¿Qué es eso? —preguntó Marta, y me empujó para poder salir—. ¿Por qué hay un bebé en la puerta?

—Está claro que es un error en la empresa de reparto, llamaremos para que lo retiren —trató de bromear Abram, aunque nadie parecía tener ganas de reírse.

Charly tiró de Marta de nuevo dentro de casa y me empujó en el proceso.

—¡Quita, insensible! —Andrea se nos coló por la brecha que acabábamos de abrir y recogió al bebé con sillita incluida.

—Meted sus cosas —nos ordenó Marta, mientras Andrea entraba en casa, intentando calmar al bebé.

Nosotros seguíamos allí plantados sin conseguir movernos, así que ella misma salió para coger las cosas.

—Espera, está claro que esto es un error —la sujetó Charly—. No es para nosotros, no podemos quedárnoslo.

—¡No vamos a dejar a un bebé en la puerta! —fue el turno de Lucía de regañarnos—. Hace como dos grados ahí fuera.

Yo ni siquiera podía sentir mi cuerpo, como para saber si hacía frío. ¿Quién nos había dejado un bebé en la puerta de casa? ¿Aquello era una broma? Porque no tenía ninguna gracia.

Nov. 8, 2018, 11:24 a.m. 1 Report Embed 2
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