La Secreta Historia de los Reparadores de Almas Follow story

awka_pire Awka Pire

Los Reparadores de Almas habían unido y purificado a las naciones devastadas por la Sed de Poder, ganándose las alabanzas de todo quien llegase a escuchar sus historias. Pero, también la envidia de muchos: entre ellos, el Rey de las Arañas, un hombre despreciable y capaz de hacer lo imposible con tal de cumplir sus caprichos. En este escenario, el honorable líder de los ngenianos, Eluney Lashta, no sólo tuvo que lidiar con las traiciones y rumores que envenenaban las tierras del Nuevo Mundo sino que, también, con una historia que llegó a condenar su prometedor futuro. Con Lashta muerto, la Araña se creyó con la influencia para destruir todo a su paso, ignorando que el alma de su enemigo se encontraba en las manos del único capacitado para hacerle volver con más fuerza que nunca.


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Venenos I : Sobre el Cuerpo

    Se dice que el cuidado del cuerpo es esencial para las tribus del Nuevo Mundo: no sólo por el capricho de obtener un mejor rendimiento en el campo de batalla sino que, también, bajo el deseo de presentar una ofrenda digna una vez fallecidos. Como en más de una ocasión escuchó en las reuniones mensuales, el cuerpo era solo un «cascarón» otorgado por los dioses, en el cual era visible si el muerto había cumplido la misión con la que fue marcado en el momento de la concepción.

 

Por ejemplo: el cadáver de alguien encomendado a la guerra estará repleto de cicatrices, faltante de alguna extremidad y con una expresión que reflejase lo turbulenta que fue su vida, y las preocupaciones dejadas al partir. El cultivador tendrá las manos ásperas, el rostro quemado por el sol y una particular aura de eterna paz, envidiada por cualquiera que no tuviese la fortuna de tan pacífica existencia.

 

Las marcas eran un reconocimiento de los años al servicio de sus deidades y, como tal, un pase directo al Paraíso de los Cien Años. No obstante, ¿qué sucedía con quienes no las tenían?

 

Asegurándose de eliminar todo rastro de sangre de la hoja, Enid hizo la primera incisión en el cuerpo frente a sí. Siempre que se trataba de un adulto, tardarían dos suspiros en declararle un ser de mal obrar: vividor, alcohólico y estafador. Alguien que a sus ojos, mas no a los de sus dioses, no merecía tener el privilegio de compartir la buena vida junto a personas tan admirables como el guerrero y el cultivador. Por lo mismo, le castigarían.

 

Antes de las disputas provocadas por la Sed de Poder, preferentemente, empalaban el cuerpo a las puertas de los territorios: cerca de sus habitantes, lo suficiente para ser un reflejo de la desdicha que un perezoso puede llegar a causarse, pero también cerca de los cruces de caminantes, siendo una vil mofa para todo quien se acercase. No obstante, al adquirir el alma una posición más relevante, temiéndose la invasión de fantasmas sedientos de venganza, las humillaciones públicas fueron cambiadas por jueces y examinadores.

 

Entonces, aparecieron los Reparadores de Almas.

 

Dejando el bisturí a un lado, el muchacho alcanzó un pañuelo, mismo que perfumó antes de posarlo sobre su nariz y boca. Inmediatamente, haciéndose de una buena cantidad de ganchos, abrió la herida hasta exponer los órganos del infante. Siguiendo lo recomendado en las notas de su maestro, esperó que la exposición a un nuevo ambiente surtiera efectos en el organismo, ayudándole a encontrar la verdad tras lo acontecido.

 

Enid desconocía hechos relevantes para cualquier aprendiz: aunque, podía hablar de sus orígenes con total fluidez y opinar de los diferentes postulados que los hicieron evolucionar, cierta información estaba lejos de su alcance. Información relacionada con la generación de su maestro, puntualmente.

 

En un comienzo, se convenció de no hacer más preguntas que las necesarias: gustaba pensar que tendría acceso a esos diarios una vez demostrara sus capacidades como reparador, ¡cuando fuese un aprendiz que enorgulleciera a su maestro! Pero, a días de cumplir un año bajo la tutela de éste, corroboró que esa nunca fue su intención: los cuadernos en la oficina de su maestro eran para su deleite personal, ni sus más cercanos tenían permiso de tocarlos.

 

«No te hagas falsas ilusiones — escuchó decir a Madame Brown, una vieja conocida de la familia, en un tonillo que contrastaba con su nata elegancia —, Anku Kinich es capaz de perder los brazos y piernas antes de permitir que alguien respire en el cuarto en donde tiene esos escritos, siquiera».

 

Creyéndolo una exageración, recordaba haberse echado a reír. ¿Anku Kinich, siendo tan posesivo con unos meros documentos? ¡Era estúpido! Un aspecto que solía criticar de su maestro, ajeno a la desidia que influenciaba todas sus decisiones, era aquella facilidad con la que lograba desprenderse de todo. Poco importaba si eran reliquias familiares, libros únicos o amistades que cultivó por décadas: si ya no servían, si parecían sólo traerle problemas, se deshacía de ellos en un pestañeo. Sin remordimientos. Por lo mismo, concluyó que no existía objeto que tuviese real valor para él: todo acabaría llegando a un punto en donde le resultaba infructuoso.

 

Así que, ¿por qué cuidaría con tanto recelo unos papeles? Acaso, ¿en ellos yacía algo tan importante —o prohibido— como para esconderlos del público?

 

Madame Brown sólo se le quedó mirando, incrédula.

 

Suspiró, cerrando los ojos, por un breve instante. Qué tonto. Recordar dicha tarde siempre provocaba estragos en su cuerpo: reconocía las punzadas en su pecho como un dolor cardiaco, ese escozor en los ojos como el deseo de echarse a llorar, pero era plenamente consciente de que dichas sensaciones no era más que una ilusión para los de su especie.

 

Anudó el pañuelo frente a su nuca, acomodándolo en su rostro de manera que sólo fuesen visibles esos claros ojos suyos. Entonces, se acercó a la pequeña ventana en su estudio, ocupando una escalerilla para abrir las cortinas y ventilar el área. Pensó en encender inciensos, mas la perfecta conservación del cadáver le obligó a rechazar la idea: exponerlo a demasiados factores nuevos podía estropearlo, con ello, arruinando su investigación.

 

Sin más, buscando una página limpia entre sus cuadernos, comenzó a anotar sus observaciones. Refiriéndose al espacio, a primera impresión, cada órgano y hueso parecía estar en la posición correcta. No había heridas visibles en los huesos, pero en el reverso de la piel había señales de una cicatriz mal cerrada: posiblemente, provocada con una flecha o daga, basándose en el diámetro de ésta. Por fortuna, dicho ataque no perforó los órganos a la altura: es más, ¡los intestinos estaban en perfectas condiciones! Sin embargo, el estómago era otra historia.

 

Con sumo cuidado, descubrió la zona de la nariz y olfateó. Aunque ligera, la esencia a ajo era evidente en el órgano; pero, lo que realmente llamaba su atención, era la oscura tonalidad en la zona inferior de éste. «Ingesta de tinta», pensó. Algo lógico si se consideraba la regularidad con la que hombres de apariencia infantil, como el cadáver, aceptaban llevar a cabo el tipo de jugarretas relacionadas con beberla; no obstante, el que fuese un patrón constante en los cuerpos analizados (siendo uno el de una mujer) le hizo suponer que existía una relación entre la tonalidad y la maldición que atormentaba a la tribu.

 

Frunció el ceño, tomando cierta distancia, inconscientemente. Enid dudaba ser una mente brillante, pero ¿qué más evidencias necesitaba para abrir una investigación de lo ocurrido? Resultaba obvio que la causa de muerte estaba ajena a ser una venganza divina, como creían los pueblerinos, sino que se remontaba a algo más terrenal: un envenenamiento. Volteándose, regresó el cuaderno al escritorio por lo que preparaba una pequeña mesa junto a la tabla de análisis, procurando olvidar nada antes de seguir con las observaciones.

 

Cogiendo una varilla de metal, entonces, comprobó la consistencia del órgano. Debía admitirlo: estaba emocionado. Tras la caída de los reparadores, y su posterior persecución, pocos se atrevían a escuchar sus veredictos —en su mayoría—, catalogándoles de charlatanes enviados para confundir las mentes jóvenes, alejándoles de los caminos divinos.

 

Algunos, temiendo por su vida y la de sus queridos, optaron por olvidar todo lo aprendido en el Corazón del Mundo: limitándose a servir como pastores de las nuevas creencias, entregándose a la cultivación de tierras o uniéndose a las fuerzas exterminadoras de reparadores. Otros desaparecieron. Y los que quedaban, se escondieron.

 

Anku Kinich entraba en la última posición.

 

Guiando la varilla hacia el esófago, ahora, picoteó las zonas visiblemente chamuscadas. Sobre su maestro corrían tantos rumores como hojas tenían los árboles, según Madame Brown. Desde que entregó su alma a fuerzas oscuras, corrompiéndola y transformándose en una especie de «Gran Señor» para fantasmas y demás entidades negativas, vengándose de quienes destruyeron lo que tanto amaba. Siguiendo por las infaltables historias sobre penas de amor que le llevaron al suicidio, variando entre método y método, dependiendo de la región en la que se encontrase: por ejemplo, en los pueblos del sur aseguraban que se había lanzado de un acantilado o ahorcado en la profundidad de los bosques mientras que, en el norte, decían que fue con una daga al corazón, «una vez se cansó de oírle llorar por quien ya no podía estar a su lado». Finalmente, llegando al que postulaban como el más verídico de todos: Anku Kinich enloqueció.

 

Suspiró, echando la varilla a un recipiente de porcelana. ¿Contaría como prueba suficiente la facilidad con la que el tejido del esófago se deshacía, ante roces superficiales? Para su maestro, sí: de estar en el estudio, en el recinto, siquiera, hubiese detectado la gravedad del asunto apenas llegaron los primeros cuerpos; no obstante, las opiniones de su maestro no tenían relevancia en la tribu, por lo que, debería buscar más evidencias.

 

Tragó con pesadez. Descartaría la idea, de ser posible: tratar con jugos gástricos y remoción de órganos nunca le fue un deleite. Usualmente, al no poseer sensibilidad, no se percataba de las quemaduras en sus manos hasta que su maestro las señalaba: nunca eran graves, pero les daban una apariencia rojiza e inflamada que le fastidiaba. No obstante, desconocía cuándo regresaría su maestro y sólo tendría los cuerpos hasta la tarde del día siguiente, por ende, tendría que correr el arriesgo.

 

Acomodó guantes de cuero en sus manos y, perfumándolo, nuevamente, el pañuelo sobre su nariz. Entonces, posicionó dos largas pero delgadas tablas de metal en la parte superior e inferior del fin del esófago, atornillando los extremos hasta asegurarse de que no corría riesgo de perder lo que hubiese dentro de la bolsa. Repitió el proceso con el tramo anterior al intestino delgado, comprobando una vez más antes de comenzar a cortar.

 

Aunque el boca a boca sentenciara lo contrario, Madame Brown se esmeraba en aclarar que la locura de su maestro no fue abrupta sino progresiva: logró participar en quince batallas en pleno uso de sus facultades mentales, sin importar qué tan lastimado se encontraba su corazón; luego de eso, simplemente, se apagó. Difícilmente salía de su cuarto, alejaba a cualquiera que buscase hacerle compañía y, relataban las sirvientas, se le podía escuchar hablando con un espíritu que hacía temblar hasta el más terrible de los guerreros. Un espectro encargado de atormentar y erradicar a los pueblos que osaron traicionar a su Madre: el temible Wirikaman de los Ngens, Eluney Lashta.

 

Una vez separado, elevó el órgano desde las tablas metálicas, con suma delicadeza, dejándolo en un segundo recipiente. Posteriormente, desatornilló uno de los extremos, liberando los jugos gástricos. No lo entendía: viajando con su maestro, había escuchado más de una versión sobre la vida y obra de Eluney Lashta. Algunos le alababan, otros le odiaban. Mas, curiosamente, parecían tener un silencioso acuerdo respecto a su labor como reparador: fue impecable, negarlo era un error. Mejoró los métodos de antaño, agregó artefactos que garantizaban la seguridad de sus manipuladores e ingenió pociones que reconocían venenos y maldiciones, en segundos.

 

Además, popularizó una profesión que iba en decadencia, inspirando a las nuevas generaciones a alcanzar e idear metas que fuese aún más inalcanzables de las que él se propuso cuando era apenas un niño.

 

No obstante, no todo fueron logros en la vida del villano. Era conocido que el hermetismo de los Lashta se volvía un dolor de cabeza cuando de información se trataba, especialmente, si el tópico era el verdadero origen de ciertos líderes: aunque, entre ellos la discriminación por sangre era aborrecida —y castigada, en los casos más graves—, entendían que el mundo exterior era diferente, que podía volverse un real martirio para quien no cumpliese sus requisitos.

 

Por lo mismo, no debía sorprender el que los ngenianos hicieran oídos sordos y sellaran sus labios cada que algún curioso intentaba quebrantar esa férrea lealtad suya: ellos no ayudarían al mundo a cuestionar a quienes tanto le enorgullecían, ellos no lastimarían a su familia.

 

Pero, la Araña no era un ngeniano.

 

Escarbó entre los restos, anotando todo aquello que lograse reconocer a simple vista. Papas, bayas, carne y... ¿lechuga? No lograba relacionar con exactitud las hojas a medio digerir; sin embargo, podía deducir que se trataba de la dieta normal de un chico de su edad, de alguien cuyo camino aún no estaba definido. Frunció el ceño, quitándose los guantes. Camino a la salida, recogió una bandeja de plata y la llevó consigo por el iluminado pasillo que unía los estudios al armario de brebajes.

 

Apodado la Araña debido al tipo de muerte al que sentenciaba a sus detractores, incluyendo a su propio padre, Ooru Petunch no era alguien con quien desearías ser visto. De hecho, abundaban los rumores sobre tribus que prometían sanciones terribles para todo aquel que, por gusto o curiosidad, aceptase su compañía: entre ellos, se nombraba a los Lashta. Pero, con la llegada de extranjeros ansiosos de apoderarse de las tierras sagradas, los líderes habían perdonado todos sus crímenes —y dado una segunda oportunidad—, lo que se manifestó en el Gran Pacto de Protección Mutua.

 

Años más tarde, Eluney Lashta rompería dicho pacto al cortar una de las piernas y arrancar uno de los ojos de la Araña, orquestando la situación actual.

 

Constantemente, Enid se preguntaba que daños le había causado la Araña a Eluney para que reaccionase con tanta violencia. No obstante, cada que un recuerdo parecía estar por darle la tan anhelada respuesta, algo lo oscurecía y regresaba a la parte más inhóspita de sus memorias.

 

El muchacho suspiró, de nueva cuenta, ingresando al armario. Cerca de la entrada, alcanzó uno de los coladores metálicos, el que depositó en la bandeja antes de dejarla sobre la mesa central. Erróneamente llamado armario, la habitación de brebajes era casi dos veces más grande que su estudio de autopsias y destacaba por ser el único cuarto de la residencia con paredes de mármol, conservando un ambiente frío, perfecto para la clase de implementos que su maestro guardaba en ella. Además, era la única con una ventana larga y angosta, bloqueada de manera que sólo pudiesen pasar luz natural y sutiles oleadas de brisa marina.

 

La mesa central, por su parte, tenía las mismas dimensiones que una camilla para cadáveres. Ambas eran de madera, asimismo, mas siendo la primera mucho más oscura que la segunda. De igual forma, mientras que en una estaba prohibido colocar algo que no fuesen cuerpos en descomposición, generalmente, en la otra se podía encontrar tinta, plumas, papeles y una especie de alarma mágica que centelleaba cada que una de las botellas había quedado mal cerrada, contaminando el área con gases tóxicos.

 

Por supuesto que el principal atractivo del cuarto eran aquellas botellas de colores posicionadas en repisas, ocupando los costados del cuarto. Todas eran pociones únicas, diseñadas para fines específicos y difíciles de recrear. Todas perfeccionadas por su maestro, a excepción de las contenidas en llamativas botellas rojas: esas, eran obra de Eluney Lashta. Como era de suponerse, tenía prohibido tocarlas.

 

Por fortuna, una robusta botella azul era la que contenía el espíritu de vitriolo requerido para la mezcla. Situada a la altura de su pecho, donde esa baja estatura suya no complicase el sostenerla con ambas manos, Enid no tardó en sumarle a la bandeja de plata, junto a una tela fabricada puntualmente para la purificación de ácidos estomacales. Luego, regresó al estudio.

 

Ya en éste, comenzó a moverse casi de manera automática: dejando los implementos en el escritorio antes de volver a colocarse los guantes; procurando raspar las paredes del estómago previo a regresarlo al cadáver, cosiéndolo, inmediatamente. Entonces, siguiendo los rituales sagrados, extrajo el corazón e hígado, guardándolos en las pequeñas ánforas ceremoniales. De inmediato, cerró el cuerpo, recitando las alabanzas, disculpas y agradecimientos que todo buen reparador estaba obligado a hacer.

 

Prosiguió con el destilado de jugos.

 

Enid gustaba hipotetizar sobre los días como aprendices de su maestro y Eluney Lashta: repasando textos mal redactados, jugando en un laboratorio primitivo, errando y perfeccionando cada uno de los experimentos que le llevarían a conclusiones más acertadas que las viejas prácticas. Imaginaba la sonrisa de su maestro, tan tranquila e imposible de reaparecer en la actualidad, mientras escuchaba las boberías con las que Lashta acababa deduciendo la técnica exacta para lograr lo que fuera que tuviese en mente.

 

¡Oh! También recordaba esas largas tardes en los árboles. Percibía aún el carboncillo manchando sus dedos: vista fija en los trazos de su último capricho artístico mientras sus labios parecían moverse a una velocidad de la que, ahora, se avergonzaba. A su lado, visualizaba a Anku Kinich, amenazándole con hacerle caer si seguía diciendo tantos disparates «indecorosos». ¿Cómo olvidar esos momentos? Siempre, admiraban la inmensidad del Corazón del Mundo, deduciendo los misterios que la vida les deparaba, inconscientemente, creando un futuro en el cual serían inseparables.

 

Por desgracia, no todo había salido tal y cómo lo planearon.  

 

Sin percatarse, una lágrima rodó por su mejilla, alcanzando el escritorio justo a tiempo que el estridente ladrido de un perro le sacaba de sus cavilaciones.

 

— ¿Uh? — susurró, entonces, girándose a la puerta sólo para corroborar cómo el sonido se volvía cada vez más fuerte.

 

Viendo que aún quedaba un tanto antes que el colado acabase, Enid se quitó los guantes y el delantal, asegurándose de que no había manchas en sus ropas y salió del estudio sólo para ser atacado por un enorme perro negro de ojos platinados. Enid cayó entre quejidos, pero apenas la lengua del animal humedeció su mejilla, exclamó:

 

— ¡Lihue! — Y abrazó al animal, rascando su espalda —. ¡Llegaste! Mi viejo perro tonto, ¡no sabes cuánto te extrañé!

 

Por el consecutivo lloriquear del perro, se carcajeó, suponiendo que le reclamaba por haberle llamado tonto apenas se reencontraban, después de un mes separados. No obstante, una nueva risa les hizo guardar silencio, alzando la mirada.

 

Entonces, en una voz que estremecería su corazón en cualquiera de sus vidas, Anku Kinich profirió:

 

—Espero que también me hayas extrañado, Enid.

 

El rostro del muchacho se llenó de una infantil felicidad, apareciendo una sonrisa que debería ser imposible para un recipiente.

 

— ¡Maestro Kinich, bienvenido! 

Dec. 5, 2018, 5:20 p.m. 0 Report Embed 1
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Awka Pire Sólo una personita intentando sobrevivir al infierno de las leyes mientras continua haciendo lo que realmente le apasiona. Amante del misterio, la filosofía y el detallado análisis de la naturaleza humana. Fuertemente influenciada por novelas orientales. Bienvenidos a mi taller de construcción.

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