u15394356041539435604 Tarcisio Luna

Oriana relata momentos de su vida incomprendida cuando es tratada como paciente psiquiátrico. Los recuerdos infantiles de una abuela esquizofrénica la alientan a salir del sanatorio para cerrar el ciclo de su existencia. El cuento es una proyección idealizada de la enajenación mental.


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Oriana Matilde

Si ser loca es estar consciente de mi dificultad para entender el mundo exterior  sin entrar en conflicto con los pensamientos, estoy loca de verdad. Si reconocer que estoy loca es estar loca, con certeza puedo afirmar que ando loca. Por que los locos de verdad somos conscientes  de nuestro estado, pero hay otros locos, que se llaman cuerdos, quienes son inconscientes de su condición. Existen locos y cuerdos. También fui cuerda, tiempo antes de racionalizar mi locura.

Le escribo esta carta doctor como testimonio de mis vivencias últimas. No espero que me entienda, su profesión se lo impide. Solo me gustaría, tengo la esperanza, de su consuelo, su diagnóstico médico de indiferencia personal.

Hoy puedo escribir, no siempre me es posible. El pensamiento viaja más rápido que mi lápiz y las palabras se amontonan entre los dedos de mi mano como piedras arrastradas con la fuerza de un río. Es cuando comienzo a temblar y a derramar lágrimas.

Derramar lágrimas no es llorar. Es una acción fisiológica, explicable a las luces de la anatomía. Llorar es una acción emocional sin explicación alguna. Claro, puedes darle un motivo, una causa, pero en la rigurosidad del término no tiene explicación.

Hoy puedo escribir, no siempre me es posible. Cuando comienzo a temblar y a derramar lágrimas llega la hora de la medicación. La prescripción hace lo suyo, me inmoviliza el cuerpo pero no mi mente, no mi racionalidad para saber que estoy loca. Es cuando, en un esfuerzo ancestral, grabo una a una en mi memoria las palabras de cada párrafo de mi vida.

Hoy puedo escribir,  mañana será imposible. Debo partir a mi mundo, uno que me comprende, el mundo de la sabiduría.  Me he comunicado con Sócrates, he podido entender la creación, ver la belleza de las artes, cifrar cada dígito de pí sin tener que abrir la boca. Es una comunicación maravillosa, es como un esperanto del pensamiento. Lo contrario a este mundo terrenal, mecánico y alienado, el cual me tritura como un grano de trigo en la pétrea muela de un molino. 

Y Ud. con su ciencia me obliga a volverme harina sin darse cuenta que es triturado con la misma piedra que me receta. Debo partir, estos momentos últimos de racionalidad, antes de que haga efecto la medicación, debo enfocarlos para partir. Se me traba la palabra, se me nubla la mente y un dulce sabor de placer vano me inmoviliza. 

Le escribo esta carta doctor como testimonio de mis vivencias últimas. No espero que me entienda, es un despreciable mercenario de la farmacología. Un maldito capataz del diablo, un guardián de la Torre de Babel, un alquimista. Pero he visto la luz sin tener ojos. Y lo morderé y me morderé para escapar de este encierro. Se me traba la mordida, se me nubla la mente y un frío de terror recorre mis entrañas. Soy un ser racional, estoy loca y me han inyectado el infierno. Soy un ser racional, no podrás arrastrarme.

Siento los labios resecos y la visión comienza a desnublarse,  la flacidez de mis músculos recobran su tonicidad, puedo enfocar la lámpara en el techo de la habitación. El tiempo se ha vuelto lineal y progresivo, como hileras de puntos en la costura del borde de la sábana.

-Buenos días Oriana, soy el interno López. Vengo hacerle el reconocimiento, ¿cómo se siente?

-Doctor. Dice la enfermera mientras le señala con la mirada el antebarazo de la paciente

-¿Qué te pasó en el brazo Oriana?. A ver,  sientes dolor cuando te toco.

-Agua, un poco de agua. 

El infierno solo me deja una sed inmensa como inmenso es el cansancio de resaca.

Hoy es día de visita, de manera que es un domingo como cualquier otro. Lo reconozco por el esmero con el cual el personal atiende las labores de limpieza en la habitación. Son cuatro camas, ocupo la del extremo derecho contigua a la pared. Me gusta. Me siento menos vulnerable con una pared que cubre mi espalda. El resto de camas se encuentran vacías, seguramente los locos se han escapado con un disfraz de cordura  confundidos con los visitantes.

Una venda cubre mi brazo, he visto la costura que recorre sinuosa la piel amarilla por el yodo. Me dijo la enfermera encargada de aplicarme la cura que sufrí un desgarro cuando mordí inmisericorde la mano y el brazo. Dijo que perdí algo de sangre, que se asustaron por la herida,  incluso lo calificaron de intento de suicidio. Me inquirió sobre ese episodio.  Pero no recuerdo nada, solo le respondí con una cara de indiferencia para no ser descortés.

Pronto vendrá la familia a saber de mi. Cerraré los ojos y trataré de ignorarlos. No quiero hablar, no quiero ver, solo deseo estar en mi soledad. Hoy no estoy dispuesta a fingir signos de restablecimiento, ha expresar amabilidad y gratitud de su compañía. De olor a mandarinas maduras, es la tía. Olor a tinta de periódicos, el ex con los hijos. Olor a fritura, es Federico. Porque puedo cerrar los ojos para no verlos, no prestar atención a sus palabras para no escucharlos, pero no puedo dejar de respirar y es obligando olerlos. 

Mi olfato es el sentido con el cual mejor puedo comunicarme cuando no quiero comunicarme. Si pudiera responderles con un dialogo odorífero, lo haría con un peo. Pero mis palabras hieden a risperidona, a orine,  a misántropía y ellos con su sentido de piedad me responden con mimos de comprensión.

Doctor López, solo puedo escribirle con el pensamiento. Usted bien lo sabe. Fue quién dió la orden para retirarme cualquier objeto punzante del alcance de mis manos. Es por eso que repito una y otra vez cada frase y palabra en un ejercicio de oralidad, no por que me encuentre loca. No hablo sola, leo y memorizo cada palabra que no puedo escribir. Le repito, estoy loca como respuesta causal de mi racionalidad, por expresar mi carta en voz alta.

La cabeza es lo único indispensable para vivir, es todo lo que necesito para pensar y vivir. Eliminar los apéndices inservibles sería lo ideal: si pudiera cortar y retirar cada pedazo de mi cuerpo. Comenzaría por las coyunturas de las falanges de los pies, el talón de Aquíles; arrancaría las piernas, las costillas. Uno a uno los dedos de mi mano izquierda, luego separaría el codo, el brazo. Y terminaría cortandome el cuello para dejar entero el brazo derecho con su mano asiendo firmemente el bisturí. Tan solo si pudiera cortarme en pedacitos para poder liberarme de este cuerpo que me encierra y oprime.

-Buenos días señor, señora. Oriana se encuentra mucho mejor. Ya se halla estable, fuera de peligro.

-Le entiendo su inquietud, pero está bien. No responde por la sedación pero es capaz de reconocerles y eso le hace mucho bien para su pronta recuperación.

-La delgadez es consecuencia de la inapetencia asociada con el cuadro depresivo posterior a su estado psicótico. Precisamente requerimos de la autorización de un familiar para proceder a la intubación a fin de suministrarle alimentación.

-No hay motivo de alarma. Es un procedimiento seguro. 

-Será por poco tiempo, tan pronto recupere de dos a tres kilogramos. Solo firme en el espacio. Gracias.

Hoy introdujeron un tubo por una de mis fosas nasales. Sentí como tropezaba en mi garganta, serpenteaba por la faringe. Me siento satisfecha, cada día estoy mas cerca, esto es como entrar al Tártaro. Debo estar muerta, pronto mi alma será juzgada y con certeza entraré al mundo de la sabiduría.

Mi cuerpo es mi peor enemigo. 

Inconformidad, odio, enojo, es el sentimiento que domina mi pensamiento, mueve el accionar mi corporeidad, trastorna mis días y noches. Me inquieta el peso de mi ser, perturba, lastra la ligereza de mi luz interior. Reconozco otro lugar sutil al cual no puedo acceder por las ataduras materiales que me sujetan como tentáculos de un pulpo con faz de dulce humanidad pero que me devora con su pico rompedor de huesos y voluntades. 

Se que puedo liberarme de las ataduras tentaculares. He visto las marcas en mis muñecas y brazos. Seguramente también estarán en mis tobillos, los cuales no logro ver ocultos debajo de la sábana. Atada de manos y pies a las barras de la cama clínica, soy un Cristo que solo pide la liberación. 

-Malditos, mil veces malditos todos. Creo gritar, o ¿será un sueño vívido?

Me he quedado sin fuerzas. No tengo aliento suficiente para toser, no puedo respirar. Déjame partir a mi luz, ¿por qué me retienen?. Me rindo, no puedo vencer contra mis opresores. 

Me he equivocado, creo sentir una gran paz en este momento de resignación. Son obstinados los caminos de la palabra. Puedo respirar tan pasito, tan pausado, que logro hacerme tan pequeño como un suspiro, viajar fuera y dentro de mi cuerpo con cada inhalación y exhalación. Ya soy libre, los tentáculos no me aprisionan. 

Una lágrima sale de mi ojo, pero esta vez no es una respuesta fisiológica. Es una lágrima de pesar, de agonía, de derrota. No hallo mi luz, me siento extraviada y no logro entrar con el aliento a mi ser. He dejado de ser, ya no soy. Qué paradoja es dejar el ser, para lograr el ser y dejar de ser. No, no estoy loca, es solo que no me entiendo y me niego a renunciar a mi limitada comprensión humana alienandome con el mundo. 

-Sabe Doctor López, habrá atendido muchos pacientes, escuchado muchos relatos, compartido experiencias y auscultado en el corazón de los insanos mentales pero jamás podrá entendernos. Salvo, claro es, que también tenga un poquín de locura.

-Le explico Doctor López. 

-Perdón, si, si. Pero no es de esa manera. Mi vida es como una casa. Cada habitación, la cocina, el comedor, el recibidor tiene un encanto. Así es la vida. Eso que califican de locura, es verdad. Me atormenta, me hace daño en un sentido pero puedo ver otras cosas que son invisibles en la cordura. Puedo escuchar voces que son solo silencio del mundo cotidiano. 

-Y si. Si, es verdad lloro. Lloro de alegría, por que es un sufrimiento placentero. 

Me gusta cortarme la piel, me gusta vencer el miedo al dolor, ver un surco pálido donde acuden pequeños emisarios agolparse en gotitas rojas, formar una línea hasta crecer en una gota gustosa. Es salada, la sangre es salada. 

Me gusta morderme, el sudor es salado también. Son mis rodillas el papel y mis dientes los tipos de la prensa tipográfica.

-Yo o cualquiera de mis compañeros de reclusión somos locos por elección. Nunca dejaré de ser insana.  Hago mi papel, me comporto como dice el manual y creen que he cambiado, que he mejorado. 

Pero puedo cambiarme de la habitación de cuerdo al cuarto del loco. Quizás es más fácil pasar de la primera a la segunda que lo contrario, pero es hora de regresar.

El alta lo han firmado.

En mis recuerdos guardo la imagen de la casa de mi abuela, con un esplendido jardín, tupido de vegetación. Un techo a dos aguas de tejas rojas manchadas de verde, paredes de adobes sinuosas de antigüedad, un cuarto con una pequeña ventana cruzada con dos barras en cruz.  

De niña visitarle era un deleite de verdor, su masa matriarcal de estricto vestido negro cubriendo del cuello a los pies su corpulenta figura. Distante, presente. De adulto recuerdo cuando falleció y conocí la verdad oculta. Solo quedó el encanto del jardín. El cuarto con una pequeña ventana cruzada con dos barras en cruz era el recinto de reclusión durante las crisis de esquizofrenia. 

-Buena vaina tener una abuela loca. Y tan adorable que nos trataba. Ya decía yo que eso de vivir sola, apartada del resto de la familia no era usual. Una abuela loca, loca de verdad.

Volví a la casa una y otra vez para grabar en mi cabeza  cada palmo de casa. La cadena sujetando la gruesa puerta de madera con el marco de madera. La sombra de mugre en sus bordes, contribuciones de sudor de las manos en cada abertura y cerradura de puerta. La barra de la ventana, negra de mugre, de sudor de las manos, de orine, de excremento. Me la imaginé gritando por la ventana de una casa solitaria,  lejana del pueblo, aislada de los comentarios de los vecinos. La imaginé caer exhausta de agitación. La imagine tomar  por la luz de la puerta, hecha adrede por un tosco carpintero, el plato de alimento que le ofrecía mi abuelo. La ví con una manguera en sus manos regar el jardín cuando aún llovía. La ví acariciarme el pelo y preguntarme de quién era hija. La ví con su mirada en el infinito, con su rostro inexpresivo. La ví con su frialdad adorable, cálida de contemplación.

-Buena vaina tener una madre loca. 

Esa locura de mi madre no me gustó. No tuvo jardín, ni techo de tejas, ni caricias en la cabeza. Sin una casa mágica, sin un laberinto de plantas, sin lluvia, sin cuarto misterioso. 

-Buena vaina, ser hija de una loca y no tener una casa con jardín donde lleguen los hijos a ver el tejado manchado de verdor, derramando lagrimas de lluvia por la tempestad.

Mis mejores creaciones fueron en mis viajes de locura, hoy, puedo afirmarlo, soy una artista acabada. Sin inspiración ni aspiración. La serenidad se ensueña con el letargo de la vida madura. Creo que morí cuando me dieron de alta, cuando dejé de viajar a los mundos de la creación y la sabiduría. 

Si Sócrates pudiera alentarme desde el mas allá y darme a beber la cicuta de la vida eterna, para encontrarme con mi abuela en el jardín del encanto. 

Vuelta a la casa de la abuela decidí buscar en el abandonado jardín algún elixir de la eternidad. Fue cuando la luz me iluminó y me mostró en mí el cáliz con la cicuta, en un surco pálido que se llenó de sangre de vida eterna, del cual bebí hasta que se derramó la última gota.








 















Nov. 8, 2018, 10:37 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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