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Naufragios

Encallados en la bahía este, había dos navíos corroídos por la furia del mar. Juntos constituían la fotografía de un pasado petrificado y desteñido. Se contaron muchas historias en torno a la vida de quienes los tripularon. Nadie sabía a ciencia cierta la realidad de los hechos. Se entretejían diferentes hipótesis al respecto. El Imperial y Poseidón llevaban muchas décadas en el mismo sitio.

Isola era aventurera, inquieta y ferviente admiradora del agua. Durante la temporada de invierno trabajaba como instructora en la escuela “Costera” y dirigía excursiones turísticas dos veces a la semana. Nacida en medio del océano Índico, en una embarcación pesquera, nunca se dedicó a otra cosa que no sea vivir del ritmo marítimo.

Existía una cláusula que nadie debía infringir, estaba prohibido ingresar en la zona N. Un aviso decía “Quien se atreva a ingresar aquí…”. Faltaba un fragmento de la frase.

La guía turística, Isola, tenía muy en claro el mapa del lugar, debía evitar cualquier peligro. Como protección llevaba un talismán en el cuello. Su abuela se lo obsequió antes de morir. No le atribuía valor mágico al objeto, pero si sentimental. Un relicario imposible de vender en los mercados ya que se trataba de una baratija sin ningún poder especial.

Amaneció nublado, frío y ventoso. El mar estaba turbulento y rugía embravecido.

Al despertar tuvo una intuición distinta a la de otros días. Era 18 de mayo. Isola se sentía angustiada. Desconocía el motivo. Para dispersar el ánimo ordenó el equipo de buceo y partió rumbo al mar. Contaba con mucha experiencia en la técnica de inmersión. Con temple tranquilo llegó hasta el borde del agua y su alma se llenó de satisfacción. La fervorosa marea le provocaba una intensidad omnipotente. Suplía la depresión bajo los mares. Se dejó llevar por la agradable simpatía natural y se sumergió. Ceñida por una rara corriente sintió temor y tuvo que dirigirse al casco del Imperial. Había una abertura, ingresó y subió hasta el primer piso del barco. Se sacó la máscara de oxígeno y respiró aire puro. Desconcertada y abrumada esperó unos minutos antes de volver a sumergirse. La curiosidad no despertó nada en ella, no le temía al tétrico lugar. Pasada media hora pudo recomponer la actitud física. Convencida y desafiante se puso la máscara y volvió al agua. Llegó al fondo del Imperial. Antes de salir del barco notó una pequeña luz que emergía desde abajo. Se acercó y, sin advertencia alguna, una potente ráfaga de agua la rodeó y empujó hacia arriba con una velocidad estimada de 150 k/h. Alcanzó una altura de 18 metros. El descenso fue violento. Tardó solo cinco segundos en caer. Golpeó contra la baranda del Imperial, rebotó en Poseidón y se fue hasta el fondo. La fuerza del impacto era letal. Pero ella no sufrió ninguna herida.

Creía estar muerta. El susto le impedía ver los resultados de la caída. Pensó ser víctima de alguna maldición.

Todavía bajo el agua, lugar donde había caído, una voz dijo:

- Anfitrite, nada te ha pasado. Estás bien.

La reina de los mares había reencarnado en el alma de Isola.  

Oct. 22, 2018, 8:13 p.m. 2 Report Embed 1
The End

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Javier Pernigotti Imaginación constante para entretener.

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César Pérez César Pérez
Hola Javier, muchas gracias por compartir tu hermosa obra "Mareas". Quiero aprovechar para tambien agradecerte por leer una de mis obras "El Viajero Presente". Gracias por dedicarme unos minutos de tu preciado tiempo. Saludos,
Feb. 18, 2019, 9:10 a.m.

  • Javier Pernigotti Javier Pernigotti
    Gracias a vos, César. Entre todos construimos un mundo mejor a través de nuestras obras. Saludos Feb. 22, 2019, 3:16 a.m.
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