La Tola Prohibida Follow story

faustoc Fausto Contero

Un ambicioso saqueador de tumbas tiene un reto: obtener los objetos de una mítica tumba jamás tocada. Sin embargo, primero deberá enfrentar al espectral protector que la guarda. Suspenso y miedo en el frío páramo andino.


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I.

El cansancio venció a mis adoloridos músculos al fin, y no era para menos. Habíamos caminado arduamente cerca de cuatro horas por aquel campo, desde la salida de un sol débil, cuyos tímidos rayos apenas lograban traspasar la gruesa capa de nubes que invadían un cielo sombrío, engendrando además su casi exacto reflejo sobre la tierra, en forma de un ligero manto de niebla que se movía formando extrañas siluetas. 


El viento helado soplaba por momentos, cambiando de dirección caprichosamente. Su roce sobre la piel se sentía cual la caricia de un silfo ártico, y al siguiente segundo era casi hiriente, como si estuviera formado por innumerables cuchillas microscópicas hechas de hielo. Me hizo pensar en el huayra, la cambiante y celosa entidad que personificaba el viento en la mitología andina, y que podía alterar a voluntad los volubles corazones de los hombres de poco carácter. 


Dando un cuidadoso vistazo a mi alrededor, hice una señal con la mano a mis también exhaustos compañeros, quienes se encontraban a un tiro de piedra de mi posición, para que apresurasen su paso. Sentí gran alivio al sentarme sobre esa vegetación del páramo que crecía formando mullidas almohadas de tosca hierba, y dar un largo sorbo del amargo té de coca que llevaba en la cantimplora, para evitar los efectos del mal de altura, la cruel venganza de aquellas montañas contra los incautos que osaban hollarlas. Mientras Felipe y Sergio también se disponían a tomar un respiro, sin decir palabra, me regocijé en la contemplación de la que sería nuestra ansiada meta, aún un poco lejana. 


La pequeña elevación no tenía nada de especial a simple vista, y podía ser confundida con otros cientos de redondeados montículos que poblaban el lugar. Sin embargo, yo podía distinguirla claramente, quizás por obra de algún inusitado instinto. Su color, aunque verdoso, era menos intenso que el de sus alrededores, como si pudiese repeler un poco la escasa luz solar que lograba rozar su superficie. Mirándola en el ángulo adecuado, se adivinaba su forma ligeramente más achatada que los demás. Y había algo que me resultaba más difícil de describir, una sutil aura de antigüedad y de enigma, una inquietante sensación de peligro que parecía emanar del suelo en que estaba asentada. Tal vez se trataba de un producto de mi imaginación, pero esas eran las impresiones que me producía la observación de la mítica tola prohibida. 


Supe de ella hace varios años, cuando me dedicaba con ahínco a la recuperación de objetos de antiguos entierros indígenas. Aunque el vulgo llamaba despectivamente como carroñero, saqueador de tumbas, o “huaquero” a quien se dedicaba a esta profesión, nunca lo vi como una labor despreciable. A fin de cuentas, estaba recuperando un pasado dormido en la tierra, arrancándolo de entre las garras del tiempo para exponerlo a la modernidad. De alguna forma, cada objeto de humilde barro, recia piedra o ansiado metal precioso volvía a su parodia de vida al contacto con el aire que no había recibido en cientos de años. Lo que sucediese después con tales reliquias, no era asunto mío, puesto que solo conseguía la recompensa justa por el  trabajo que realizaba. 


Decenas de entierros fueron vaciados por mis manos, a veces solo, a veces en compañía, pero durante todo ese tiempo me obsesionaban los rumores que se repetían en susurros a la luz de fogatas, respecto a una “huaca” jamás abierta debido a que todos los incautos descubridores que intentaban penetrar sus secretos, eran aquejados por inesperadas desgracias. Su ubicación, guardada celosamente por unos pocos, se mantenía en secreto, quizás por un temor supersticioso, o porque quienes lo sabían abrigaban la esperanza de en algún momento tener el valor suficiente para apoderarse de los invaluables objetos que, se creía, contenía la antigua tumba. 


Simplemente era mencionada como la tola prohibida, y tanto su origen como la causa de su peligrosidad era motivo de discusión entre quienes la nombraban, y según quien contase su historia podía ser la última morada de un notable cacique, la cripta de un importante yachag que había logrado adquirir destacadas habilidades sobrenaturales, o el sitio de ejecución de toda una maligna secta, castigada por tener tratos con seres del inframundo. 


Las historias coincidían en que el lugar estaba resguardado por un poderoso espíritu protector, fuente de la maldición que caía sobre los intrusos. Aunque muchos sonreían con incredulidad cuando se nombraba a este tipo de misteriosos entes, yo siempre guardaba un respetuoso silencio. Todo huaquero que se respetase sabía que los indígenas invocaban los favores de seres desencarnados, generalmente sus propios antepasados, para que protegiesen el descanso de sus difuntos y evitasen el robo de los objetos que los acompañarían en su viaje al otro mundo. 


En muchas ocasiones, mis sentidos habían sido testigos de fenómenos a todas luces paranormales, a veces lo suficientemente inquietantes como para hacer desistir al más valiente, evocando los temores más oscuros que han acompañado al ser humano. Bastaba un descenso brusco de temperatura, un inexplicable cambio en el comportamiento del clima, el brillo mortecino de un fuego fatuo, el cruce de una sombra no perteneciente a cuerpo alguno, para adivinar la presencia de los espectrales protectores, de quienes se decía, tenían la suficiente fuerza como para trasladar la huaca hasta lugares desconocidos, o provocar tal desorientación en sus profanadores, que se extraviaban por desiertos y montañas hasta la muerte. Por ello, era necesario contentarlos con ofrendas para que acepten romper sus juramentos milenarios y desistan de obstaculizar la labor de rescate de objetos. 


Nunca hubo entierro tan oculto que yo no lograse descubrir, ni fantasma tan terrible que me amedrentase hasta el punto de rendirme. Pese a todas las advertencias, me juré a mí mismo que encontraría esta oculta tola, y desentrañaría sus secretos.


Mis compañeros me sacaron de estos pensamientos en los que fácilmente me perdía. No era nada recomendable acampar en las inmediaciones de la tumba, así que nos dispusimos a elegir un lugar adecuado para hacerlo. Felipe, con más experiencia en asuntos de supervivencia en la montaña, sugirió una pequeña hondonada libre de pajonales, en la que recibiríamos con menos fuerza el viento, en comparación con sitios más elevados, y desde donde solo una reducida loma nos separaba del sector prohibido. Hallándola perfecta para nuestros fines, iniciamos con las labores de encender una fogata para calentar agua y la comida que llevábamos, mayormente enlatada, además de levantar las tres tiendas de campaña. Lo hicimos sin prisa, puesto que no teníamos nada más que hacer ese día, aprovechando después el tiempo para descansar. 


Mientras mis amigos dormitaban después de comer, de vez en cuando alcanzaba una de las elevaciones más próximas, para otear el infinito horizonte. No había nada más que un extenso océano de verdor, con escasos arbustos de altura mayor a un metro, y contados árboles solitarios, regados sin aparente orden ni vínculo, como si se tratasen de la contraparte terrestre de alguna constelación. 


Sorprendentemente, no había rastro de actividad humana, y si alguna vez lo hubo, de seguro había sido hace mucho tiempo. Ninguna choza, ni valla, ni sembrío se distinguía hasta donde alcanzaba mi visión, y todo el panorama hubiese pasado por un paisaje pintado de no ser por los movimientos de los pocos animales distinguibles, como conejos, torcazas, curiquingues, e incluso un par de zorros. Sospeché que la razón de tan evidente ausencia se debía a que nos encontrábamos en uno de los pocos parajes casi vírgenes de la cordillera andina, tal vez por su poca accesibilidad. O quizás, mucho tenía que ver la cercanía de la temida huaca.


Cuando el crepúsculo llegó y el cielo empezó a tornarse del tono carmesí de las brazas encendidas, tiñendo el campo con un resplandor casi cobrizo, inicié la primera parte de la obligada ceremonia que siempre realizaba para asegurarme el favor de los celosos espíritus protectores, y el éxito de la empresa.  En solitario, me dirigí hacia la tola concentrándome en mostrarme decidido y arrojado, pues cualquier actitud de duda podía traerme mala fortuna. Llevaba en mis manos una pequeña olla de barro llena de chicha de maíz con alto grado alcohólico, especialmente preparada para estos fines, y en torno a mi cuello el pequeño amuleto hecho de plumas y semillas que un curandero me había obsequiado para que supuestamente, me protegiese de los efluvios malignos. 


Aunque caminaba a ritmo lento, no me tomó más de diez minutos llegar a la elevación, mientras agudizaba todos mis sentidos por si percibía algo fuera de lo común que me alertase la presencia de algún peligro. Sin embargo, solo sentí el fuerte ulular del viento gélido a mi alrededor. Subí sin problema la pendiente hasta llegar a su casi llana cima, y como es costumbre, hice la señal de la cruz para invocar la ayuda divina. 


Con reverencia, elevé la olla con chicha hasta la altura de mi frente, sosteniéndola con ambas manos, iniciando la plegaria. 


—Espíritu protector de esta tumba —susurré con energía —te ruego que me permitas tener lo que se guarda en su interior. Te prometo que la memoria de su dueño será respetada y mantenida, y que sus objetos serán usados solo para el bien. Los años que han pasado te liberan de tu obligación, y yo permito tu libertad. Como muestra de mis buenas intenciones, te ofrezco la bebida sagrada de nuestros ancestros, que era reservada solo para los labios de los dioses. 


Diciendo esto, mojé mis dedos en la chicha y esparcí unas gotas hacia cada uno de los puntos cardinales, para luego dejar la olla llena en el suelo asegurado su estabilidad con tierra. Hecho esto, di media vuelta y deshice lo andado sin mirar ni una sola vez hacia atrás. Tampoco pude sentir nada extraordinario durante el breve camino de regreso, lo que hizo que me convenciese de que no tendría ningún problema para saquear la cripta. 


Cuando llegué al campamento, solo una delgada línea de luz se perfilaba en el contorno de las lejanas montañas y las estrellas brillaban en aquellos espacios celestes no totalmente invadidos por nubes. Sergio se encontraba alimentando la fogata para contrarrestar tanto la oscuridad como el cruel frío, mientras Felipe había iniciado a preparar una nueva comida. Ninguno de ellos me interrogó, desconozco si por respeto o por temor.  


Después de comer, nos quedamos conversando temas sin importancia mientras la nebulosa noche avanzaba. Me percaté de que tanto Sergio como Felipe hacían lo posible para cambiar de tema cuando la charla se desviaba hacia nuestra peculiar misión allí, con evidente miedo mal disimulado. No los podía culpar, aunque esperaba un temperamento más valiente de su parte, sin tomar en cuenta el hecho de que no tenían tanta experiencia como yo en estos asuntos. 


Fue alrededor de las diez de la noche cuando el cielo se despejó, dejando pasar la intensa luz de la luna llena, que nos cubrió como si se tratase de algo tangible, cual un manto plateado en el que se incrustaban los cristales de la escarcha. Mientras hablábamos, Felipe fijó sus ojos en la loma que nos ocultaba la vista de la tola y palideció al resplandor del fuego. Vi que sus labios temblaron levemente, como si no se decidiese a emitir sonido, y simplemente señaló de manera rápida hacia donde tenía clavada la mirada. 


Al girar la cabeza en aquella dirección pude ver gracias al fulgor lunar, la silueta de una pequeña cabeza que se alzaba sobre el pajonal, como si su propietario quisiese permanecer oculto ante nosotros. No se distinguía en ella ninguna facción, y la única comparación que vino a mi mente era el de un montón de humo que de alguna manera se hubiese condensado en una figura humanoide. La sombra movió su cuello lentamente, como para abarcar un mayor campo visual, y después de unos segundos, descendió entre las hierbas, sin ni siquiera hacer que estas se moviesen. Me mantuve atento por un tiempo, pero nada más fue visto. Un vistazo a la expresión petrificada de Sergio me reveló que él también había compartido mi turbadora visión. 


—¿Eso fue una persona? —preguntó en un susurro que no quería parecer demasiado temeroso. 

—Más bien creo que un conejo, o un lobo, o un ciervo pequeño. Con esta oscuridad, sería difícil afirmarlo. —repliqué con despreocupación, mientras Felipe asentía con la cabeza, como si se estuviese obligando a creer en mis palabras. 


Pero lo cierto es que yo no las creía. Podía apostar un brazo a que aquella figura pertenecía al fantasmal protector de la críptica tola, que seguramente me había escuchado al momento de la ofrenda, y se materializaba para hacer sentir su inquietante presencia. El miedo es una de las armas más usadas por las criaturas que no pertenecen a este mundo, y en aquel caso, esperaba que fuese la única. 


***

Glosario: 

Tola: Tumba o montículo funerario levantado por diversas comunidades precolombinas.

Huayra: viento, o espíritu del viento. 

Huaca: Sepulcro de las comunidades andinas precolombinas. 

Yachag: curandero y chamán de las comunidades andinas precolombinas.

Chicha: bebida alcohólica que se obtiene por la fermentación del maíz y otros cereales. 

Oct. 23, 2018, 3:50 a.m. 8 Report Embed 4
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Frank Boz Frank Boz
Si hubiera un sistema de calificación que permitiese puntuar los relatos, éste primer capítulo sin dudas se llevaría un diez Fausto. No lo digo por obligación sino porque a mi parecer la historia latinoamericana está llena de enigmas que aún no son revelados y muchos ya revelados siguen levantando asombro. La historia de las culturas precolombinas como la chavin , la huasca o los mismos Incas, siempre me han parecido una fuente de inspiración enorme, de hecho tengo un libro de terror en el que hablo de una antigua maldición indígena y cuyo epicentro también son Los Andes. Puedo ver que también te fascina la cultura latinoamericana y eso es muy agradable de saber puesto que a mi me encanta. En lo demás, como siempre Fausto, tu estilo, al igual que dices del mío, me recuerda a los grandes del terror. Genial este primer capítulo.
Dec. 30, 2018, 6:39 a.m.

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Gracias por todas tus palabras Frank, como siempre es un honor que te gusten mis escritos. Las culturas precolombinas, como la inca y otras anteriores a esta, me han parecido siempre una muy buena fuente de inspiración para el misterio. Hay muchas mitología que puede ser reinterpretada, y los Andes guardan muchos secretos. Este relato está basado en algunas experiencias reales que me fueron narradas, y que intenté llevarlas al estilo del terror. Dec. 30, 2018, 9:05 a.m.
leandro brito leandro brito
me impacto debo seguir esta historia
Dec. 27, 2018, 5:11 p.m.

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Leandro, me alegro mucho que te vaya gustando la historia Dec. 29, 2018, 5:07 p.m.
Mauricio Orta Mauricio Orta
Gran relato. La narración tiene un buen ritmo y me gusta como consigues ir más allá del arquetipo típico del saqueador de tumbas profundizando en la personalidad y el lado más humano del protagonista y sus compañeros, lo cual hace que, dentro del misterio (muy bien llevado), la historia se sienta real. Ya estaba a punto de consultarte algunos términos del relato que desconocía cuando vi el glosario al final, lo cual es de agradecer. No obstante, le dan más fuerza e identidad a la ambientación.
Oct. 23, 2018, 2:37 p.m.

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Gracias Mauricio por tu comentario. Qué bueno que la historia te vaya gustando, es mi primer relato en varias entregas. Si identificas algo que pueda ser mejorado, por favor no dudes en decirme. Oct. 23, 2018, 2:49 p.m.
  • Mauricio Orta Mauricio Orta
    No me había dado cuenta de que sería una serie de más de un capítulo (hasta ahora estaba acostumbrado a que sería de uno solo como la mayoría de tus historias). Gracias por avisarme para seguirla. En cuanto a las mejoras, como veo que me preguntas directamente, hay algunas cosas pequeñas, que si quieres te puedo ir comentando en privado. Oct. 23, 2018, 3:59 p.m.
  • Fausto Contero Fausto Contero
    Te agradecería mucho. ¿Cómo hacemos para que me comentes en privado? ¿Te agrego en Facebook? Oct. 23, 2018, 5:02 p.m.
~

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