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Un beso desafortunado

Por los caminos inmensos del horizonte perdido, en algún tiempo, acercábanse dos almas inundadas de vertiginosos designios opuestos. Solo las unía un punto común para nada incógnito. Una penetrante atracción sentimental.

En tanto ella se asomaba sobre una lomada esteparia a paso lento, la sombra de su cuerpo engrandecía su figura a medida que avanzaba. Del lado opuesto del andar provenía él con una sinuosa esperanza llana y tranquila. Todavía faltaban doscientos metros para que estuviesen enfrentados por miradas. Es allí, en la postre de la existencia, donde el esconderse no encuentra lugar, ya que los ojos expresan la realidad verdadera de los asuntos que acarrean los sentires más profundos. Claro estaba que ambos cargaban angustias al no verse seguido.

El campo vacío en el cual pisaban sus pies gastados era el punto de reunión.

La rayana horizontalidad silvestre oficiaba de escondite para los corazones de estos amantes. Al momento que se encontraron cara a cara existió un leve silencio latente. Parecían no reconocerse. Había pasado un año desde la última vez que se vieron. Pasado un instante de aquella pausa silenciosa hubo entre ellos un abrazo limitado pero intenso. Un hechizo irracional corría por las venas de ambos. Ese quehacer vivido sin explicación entregaba un solo testigo, el amarillento pastizal que cruzaba al lado del camino.

Aquel encuentro suponía la única oportunidad de ellos para brindarse ternura recíproca.

Mucho tiempo no quedaba para que llegase el desencuentro horario. Con ligereza debían resumir los asuntos esa tarde.

El intento desesperado por no separarse presionaba la situación. El horario caía. Las respectivas familias los debían estar buscando por esas horas. El padre de él practicaba caza, soltaba su furia asesinando animales campestres.

Antes de tomar camino al encuentro con su amada no se percató de que en su bolsillo había guardado las balas cuando limpiaba el rifle de quien le había dado la mitad de la vida. Supuso la furia y molestia de su progenitor ya que en el hogar no estaban ni las balas ni él. Razonó no en vano que la búsqueda de su persona contenía una doble responsabilidad; la primera era por ausentarse sin avisar, y la segunda por llevarse las municiones de caza. Aún así, su padre tenía más proyectiles guardados. Cargó el rifle y salió como lo hacía todos los días.

No le contó esa escena a ella.

La muchacha lo encontraba timorato, no tan ávido como las pocas ocasiones anteriores en las cuales se habían visto. Ella intentaba descifrar que sucedía. Lo presionaba con miradas silenciosas y apretando sus manos con rabia encantada.
Continuaban en silencio. Él comenzó a sonrojarse de tanta presión situacional, al límite que dio un grito muy fuerte antes de contarle que tenía miedo que descubriesen su amor por ella. Tal reacción asustó a la muchacha. Ésta cayó sentada de un santiamén. Mirándolo desde el suelo con enojo se reincorporó de un envión fugaz. Lo abofeteo por haberla asustando de tal manera. Pidió disculpas por lo sucedido y la belleza ocasional brindó alivio.

Ya era el momento de soltar las almas y devolverlas al cotidiano martirio de aquella aburrida existencia de la que estaban rehenes. Todavía no se habían besado, ello sucedió cuando la ansiedad de verse en silencio brindó motivos. Al momento que ella acerca los labios para brindar el beso dulce que toda mujer da y es tomado por su amado para sellar hermosos placeres, el muchacho cae violentamente al suelo. Quedó tieso sobre el camino. Era la hora de los cazadores. Se cruzaron los destinos. Un animal ligero en escape cruzó por las espaldas de él antes de ser besado por ella. El disparo provino del rifle de su padre. Había ejecutado a su hijo y enterrado una historia de amor en su máximo esplendor.

Oct. 16, 2018, 8:50 p.m. 0 Report Embed 2
The End

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Javier Pernigotti Imaginación constante para entretener.

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