Un último vaso de gin Follow story

hediwild Hedi Wild

1930 en alguna parte de Estados Unidos. El detective retirado, Víctor D'Angelo, decide quitarse la vida. Una serie de eventos, sumados a la gran depresión que azota al país lo conducen a tomar esta decisión. Con revólver en mano y a punto de apretar el gatillo, es interrumpido por un antiguo compañero que llama a su puerta, trayendo una noticia consigo. Han asesinado a la hermana de Víctor, dejando un mensaje para él grabado en la espalda de la chica. Tic, tac, detective El reloj avanza y la gente muere ¿Crees poder detenerme?


Thriller/Mistery Not for children under 13.

#asesino #mafia #grandepresión #años30 #detective #376 #378 #misterio
5
1821 VIEWS
In progress - New chapter Every 10 days
reading time
AA Share

I - Bajo los ojos de Cristo

25 de octubre, 1930

Sintió al Diablo detrás de ella y solo pudo pensar en correr.

En esa parte de la ciudad las calles estaban muy dañadas, había que esquivar pozos en cada pequeño trecho y con el intenso chaparrón que se había largado, hacían de su huida un objetivo imposible de lograr. Ella, sin embargo, no paraba de correr.

Al empezar el trayecto hacia la supervivencia, se había quitado los zapatos como pudo. Perfectos para lucir de pie, pésimos para el ejercicio involuntario. La cartera se le había caído y sus pertenecías se esparcieron por la solitaria calle. Ni siquiera llevó la mirada hacia atrás para reparar en éstas, solo podía pensar en correr y correr y correr. Pero…

¿Hacia dónde?

«La iglesia —pensó desesperada, al ver la enorme cruz de madera alzándose sobre las demás edificaciones, casi tocando el cielo—. Estaré a salvo en la iglesia».

La curiosidad era tan fuerte como la búsqueda por sobrevivir. «¿Aún me persigue?», «¿continúa detrás de mí?», «¿logré despistarlo?», eran las preguntas que se amontonaban en su mente, hostigándola. La necesidad de mirar y comprobar si todavía había alguien de quien huir, era poderosa. Tanto, que tuvo que clavar sus uñas en las palmas de sus manos para reprimir el deseo. Era preferible llegar a la iglesia con una falsa creencia de preocupación, que ni siquiera ser capaz de eso.

Las puertas de madera de La Casa de Dios, eran largas y robustas. Sería más adecuado llamar con el enorme aro de metal que colgaba de ésta, pero eso hubiera sido una pérdida de tiempo. Un tiempo que creía no poseer. Recurriendo a la fuerza que sus brazos y cuerpo esquelético le proporcionaban, abrió la puerta. No del todo. Lo suficiente para ingresar, lo máximo que podía hacer en ese momento.

Caminaba sobre las baldosas, fría las sentían sus pies descalzos. Miraba en diferentes direcciones buscando al Padre. Era muy tarde en la noche, no pensaba que habría alguien más ahí. Tal vez, no lo sabía muy bien. No era de esas mujeres que iba los domingos por la mañana a la misa y, para el Padre, que había aparecido a través de una puerta en uno de los costados del pequeño escenario ubicado debajo del cristo crucificado; resultó muy fácil darse cuenta qué tipo de mujer era Emily D´Angelo. Sus ropas provocadoras y acortadas, sus excesos de accesorios y su exaltado maquillaje, ahora arruinado por el llanto y la lluvia; lo decían muy claramente.

Esa mujer era una prostituta.

El hombre lucía su camisa clerical y el alzacuello blanco, en perfectas condiciones, con elegancia. Caminaba con pasos lentos, provocando que sus movimientos transmitieran serenidad y paz. Justo lo contrario que reflejaba su rostro: una expresión de asco y rechazo al examinar la vestimenta y estado de Emily. Resultaba irónico como esa persona que desaprobaba la forma en que algunas mujeres se ganaban la vida, era de los primeros en buscar esa clase de compañía nocturna. El Padre era de esas personas que hablaba y profesaba elocuentes discurso, pero nunca los llevaba a la práctica personal. Y Emily lo sabía, porque, en más de una ocasión, ese hombre había sido un cliente más.

Claro, las calles tenían el mismo lema que el confesionario de esa iglesia: Lo revelado en ese lugar, ahí quedaba.

—¡Padre! Padre, por favor ayúdeme —suplicó Emily corriendo hacía el hombre, cobijándose en su cuerpo.

—Tranquila, mi niña —respondió con voz cálida, acostumbrado a emplearla—. Cuéntame que ocurre.

—¡El Diablo! —exclamó—. ¡El Diablo me persigue! 

La muchacha lo miró directo a los ojos y, por un momento, el Padre se asustó, parecía reflejar sinceridad. Sin embargo, luego de detenerse un momento en ellos, vio algo diferente. La mujer no estaba del todo en sus cabales. Tal vez alcohol o alguna droga. Lo que sea que creyó ver, no era real.

—Calmante, hija mía. Nadie viene detrás de ti —le aseguró el Padre—. Observa —le dijo, ayudándola a darse la vuelta, los nervios la mantenían rígida, y mirar el sitio por donde había ingresado. La puerta aún seguía semi-abierta—. ¿Lo ves?

Emily asintió. Era verdad, no había nadie.

—Bien, ahora espera por aquí y volveré pronto con algo caliente para que bebas —dijo, llevándola hasta uno de los bancos de madera.

—Sí… Gracias… Padre —dijo con dificultad. La boca y el cuerpo le temblaban. Por el frío y la lluvia. Pero sobre todo por el miedo.

—No es nada, estoy aquí para ti —afirmó, con una sonrisa…, pero… 

¡Ahí estaba otra vez! Esas palabras amables, saliendo de una boca que solo sentía asco, junto con esa mirada, esos ojos que solo profesaban rechazo.

Emily se concentró en el Jesús de la cruz. La energía expulsada por el Padre la confundía. Prefería no concentrarse en ella. Tal vez, sí en sus palabras.

No había nadie persiguiéndola. Ese hombre que le observaba por la ventana del cabaret; ese mismo parado en la acera de enfrente cuando ella salió, ocultando su rostro bajo un sombrero y dejando que la lluvia empapara su saco… No era real. Incluso sus pasos, esos que sintió, que escuchó acelerados mientras ella apretaba el paso, no eran reales. Nada de eso existió. Solo su estrés y, por insistencia de sus clientes, el alcohol consumido en abundancia esa noche.

«No había nadie. Mi perseguidor no era real. El Diablo no existe», se decía. Y con ese pensamiento, repetido una y otra vez en su cabeza, logró calmarse. Las piernas y manos que temblaban frenéticamente, volvían poco a poco a su estado natural. Su respiración se normalizaba. Comenzó a olvidar la razón por la que estaba en esa iglesia. Al menos así fue, hasta percatarse del tiempo.

«¿Cuánto tiempo ha pasado ya?», se preguntó, mirando por donde se había marchado el Padre. «Debería haber vuelto», pensó con firmeza.

Dudosa, pero de igual modo armándose de valor, se levantó del banco y camino hacia la dirección que había seguido aquel hombre enviado por Dios, según decían.

Mientras se acercaba a lo que parecía ser una cocina, escuchaba una caldera chillar, como gritando: «¡Por favor, sáquenme del fuego! ¡He terminado mi labor!» Sin embargo, nadie se veía con la intención de hacerlo.

—Padre, ¿se encuentra ahí? —quiso saber, deseando que la respuesta le impidiera seguir avanzando. Nadie contestó. Entonces sus pies no se detuvieron. Siguieron moviéndose por una curiosidad indescifrable. Temerosos, apoderados por el pánico, dejaron de avanzar.

El Padre estaba inconsciente en el suelo, producto de un golpe fuerte en su cabeza.

Emily intentó gritar, pero una mano posándose en su boca, sin amabilidad o permiso, amortiguaron cualquier sonido. Casi de inmediato, sintió el filo de un cuchillo en su garganta, luego la sangre saliendo de la zanja recién formada, humedeciendo su piel. Después nada. 

Emily murió, sin ser capaz de ver a su asesino y mucho menos escuchar las únicas palabras que le dedicó. Frías y envueltas en una locura despiadada.

Entregarás un mensaje para mí, mujerzuela. Ahora solo me queda escribirlo

Oct. 16, 2018, 2:11 a.m. 3 Report Embed 5
Read next chapter II - Un trago, una bala

Comment something

Post!
María Thomas María Thomas
Wow, pobre. Ha iniciado muy bien. Por un momento pensé que el cura le iba a hacer algo malo. Maldito prejuicio. XD
Nov. 4, 2018, 2:16 p.m.

  • Hedi Wild Hedi Wild
    Muchas gracias, María :) Y sobre el cura, todavía es pronto para decir que no le hizo nada jajajaj Nov. 6, 2018, 8:22 p.m.
  • María Thomas María Thomas
    :O Nov. 6, 2018, 9:24 p.m.
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 9 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!