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remis19 Remis Cortes

Las decisiones en nuestra vida siempre están presentes y harán el final del camino de nuestras vidas. Pero también formarán nuestro carácter y si nos damos cuenta a tiempo podemos volver a empezar con mayor experiencia para tomar decisiones acertadas que nos lleven por buen camino a buen puerto.


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#compañerismo #viña-del-mar #ciudad
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El Casino Municipal de Viña del Mar era un lugar el cual presentaba una fauna humana muy diversa. En él cohabitaban todos los tipos de personas y carácteres que pudiera haber en el mundo. Una gran cantidad de personajes, siniestros, otros divertidos, locos simpáticos, serios y graves. Todos bajo el amparo de dinero producido por el juego y las apuestas. Quizás este era el motivo por el cual muchas de aquellas personas tenían vidas tristes y miserables.

Éramos todos casineros, el símbolo estampado en el pecho de la ropa de trabajo te daba estatus, me lo decía siempre un compañero. Nunca lo asumí así para mí, sólo era un trabajo más, en el cual viví muchas experiencias, aprendí diversos oficios y lo principal, pude conocer y compartir con un grupo de compañeros, todos pertenecientes al área industrial o sección talleres, que pese a sus diferencias, compartí una muy buena y querida etapa de mi vida.

En la memoria quedará el recuerdo de don Domingo, jefe del taller de electricidad, un hombre grande de abultado abdomen un poco encorvado y de voz suave y quebradiza. No muy querido, del cual se decía conocía todos los circuitos y enchufes de antigua data de la vieja estructura. Nunca tuve un problema o desencuentro con esta persona seria y de aspecto hostil, que un cáncer fulminante se lo llevó en el transcurso de tres meses. Estaba el viejo gitano, jefe del taller de pintura, un maestro de esos antiguos. Hecho del esfuerzo, conocedor e inventor de cuanto matiz de colores uno pudiera imaginar, con un carácter terrible. Unos cuantos gerentes supieron de su enojo, de una lengua rápida y obscena, capaz de crear cuanto garabato y palabra soez pasara por su mente. Todos fuimos blancos de sus arranques, que más que enojo, causaba vergüenza y risa. La faceta más recordada del querido gitano será su inmensa generosidad con sus pinturas. Le pedíamos un poco de un color especifico y él preparaba toda una lata completa que él mismo se encargaba de sacar hacia el exterior. Gracias a eso, pinté tres veces en un año la fachada de mi casa.

Claro que el más querido por todos, lejos sin duda alguna, era el chico René. Un viejo bajo de estatura con cuerpo de adolescente, siempre riendo y de un hablar poco entendible, cuya frase favorita era: “flojo, pero vivo el ojo”. Presto a la travesura, con tantas anécdotas como para hacer un libro, cierto día llevando ocultas unas ampolletas dentro de las mangas de su jersey que colgaba de su mano, llegando cerca de la guardia, se acomoda la prenda hacia los hombros saliendo despedidas por los aires ambas ampolletas y cayendo en frente de los vigilantes, rompiéndose en mil pedazos sin que estos se percataran de dónde habían caído y mirando hacia arriba examinando algún soquete sin su ampolleta, en un lugar en el cual solo habían fluorescentes. Se miraban extrañados, yo y el chico René riéndonos de los nervios, olvidadizo como solía ser no le había puesto los elásticos a modo de amarra a los puños del jersey.

El mismo problema de olvido, fue lo que un día lo llevó a meterse a la ducha sin sacarse las zapatillas. Que después tuve que secar con la pistola de aire caliente, o esa vez que caminando por el puente casino rumbo a calle Viana, me mira y me dice: ¡oye deje mi auto estacionado en el casino! Y comienza a devolverse. Gran deportista y buen futbolista, en sus tiempos mozos le decían el chico píldora del Melón. Todo un personaje este chico René. Ya entrados en años y con una diabetes a cuestas, a veces me lo encuentro y recordamos esos buenos tiempos, sin antes darnos un fuerte y gran abrazo.

Buenos compañeros, buenos momentos que forman nuestra historia, con algunos a veces me encuentro y brota espontánea la conversación amena y la nostalgia quebradora. En el recuerdo quedarán, el lucho cuchucho, el cuchillo y el Jhonny whiskey, gásfiter. El chicomito Martínez, prócer del Everton campeón de futbol profesional del 76 y el pisa huevos, electricistas. El pollo Droguett y el chanchito Zamora, pintores. Don Emilio, el tano Díaz, el conejo Arévalo y el cabezón Díaz, carpinteros. El camello, letrista y fotógrafo, el pingüino, ex atleta amateur, el chago Zamora, el alaraco Vicencio, el huaso Santis, el tetera y el tronco Olmedo, jardineros. Don Hernán y el Ulises, barnizadores. Y tantos otros que el tiempo va dejando en el olvido. Todos ellos forman parte de una era extinta, más fácil, más amena, de mucho compañerismo, compromiso y complicidad, en aquel viejo Casino Municipal de Viña del Mar. 

Oct. 12, 2018, 1:44 a.m. 4 Report Embed 5
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Silmara Silva Silmara Silva
obrigado por publicar amei a historia <3
Jan. 22, 2019, 6:21 p.m.
Remis Cortes Remis Cortes
Gracias por tu comentario y opinion Ester.
Dec. 7, 2018, 2:38 p.m.
Ester García Ester García
Una narrativa que hace imaginar cada situacion.
Nov. 26, 2018, 10:13 a.m.
Yonathan Cortes Yonathan Cortes
Muy buena forma de narración, me gustan esos detalles inesperados que entrega.
Oct. 12, 2018, 3:57 p.m.
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