Las Terribles Crónicas de Sigfrido Valorquebrado Follow story

miguel Miguel da Unamenos

Sigfrido Valorquebrado es un joven insensato, descontento con su propia existencia, que, haciendo demasiado caso de cantos de sirenas, decide cambiar de aires aprovechando el rumor de una guerra a la que nadie en absoluto le ha llamado. Busca la fama, la gloria. Sin embargo, es a sí mismo a quien habrá de encontrar en un viaje que se irá complicando cada vez más, llegando incluso a ser uno de los protagonistas, por así decirlo, del acontecimiento más inquietante y extraordinario que haya ocurrido nunca en el fantástico mundo en que transcurre esta singular historia.


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1. Rumores de guerra.

Cuando a oídos de Sigfrido Valorquebrado de Pocascasas llegó el rumor de una guerra en ciernes, éste, imaginando tan terrible acontecimiento del modo en que en sus cantares era descrito por juglares y trovadores, en los que hablaban sólo de grandezas y heroísmos, y callaban la ruina y desolación que tales hazañas dejaban como herencia, sopesó para sus adentros la idea de abandonarlo todo e ir en busca de los ejércitos contendientes, el primero con el que se topase, con objeto de tomar parte en las batallas venideras y, como guerrero, poder alcanzar la gloria con la que tanto soñaba y que, al ser labriego, oficio impuesto por haber nacido hijo de campesinos y no por haberlo él querido, le estaba vedada. Era un joven inexperto, incapaz de comprender aún que el mundo iba mucho más allá de lo que podían ver sus ojos o alcanzaba su conocimiento, que era escaso, por lo que su reflexión acerca de este asunto resultó ser menos profunda de lo que a sí mismo se decía, pues estaba convencido de haber contemplado todos los pormenores cuando, en realidad, dejaba una gran cantidad de cabos sueltos.

Aquella noche, habiendo ya resuelto partir en el más estricto secreto, el muchacho trataba de hallar la forma más adecuada de llevar a cabo su plan. Lo hacía mientras cenaba junto con sus padres, que estaban enfrascados en una conversación que giraba en torno a lo que podría afectarles la contienda si los enfrentamientos se daban demasiado cerca de la comarca o, peor aun, dentro de la misma, posibilidad esta última que generaba en el matrimonio una gran inquietud. Sigfrido, en cambio, guardaba silencio, haciendo como que escuchaba con atención, mas sólo ideaba para sus adentros cómo actuaría cuando todos durmieran, momento que parecía no llegar nunca. Y fue su impaciencia, precisamente, la que, junto con su ingenio, le llevó a originar un sencillo plan en el que se ánimo a empujar a sus progenitores al lecho cuanto antes, y que consistía en  marcharse él a dormir con antelación, buscando de este modo generar en ellos una acción similar. La estrategia, sin embargo, más allá de sorprender a su madre, ya que solía ser el último en acostarse, no funcionó como había pretendido, pues la charla se dilató hasta adentrarse en los inicios de la madrugada, para desesperación suya.

La humilde casa en la que residían contaba con una única estancia donde era hecha la vida cuando los que la habitaban no se encontraban trabajando, lo que suponía que estuviese vacía la mayor parte del tiempo. Todo en ella rezumaba pobreza, y, además de una mesa y unos taburetes de aspecto hosco, había un viejo caldero, en cuyo interior era echado todo lo que pudiera comerse, que solía ser poco y malo, y que colgaba sobre un fuego que apenas calentaba, pues pasaba más tiempo apagado que encendido a causa de una perpetua escasez de leña. En los extremos, separados por la mesa, habían sido apilados dos montones de paja, uno más grande que otro, que, a falta de algo mejor, servían de cama a Sigfrido y sus padres. En cuanto el muchacho, que fingía soñar, percibió que éstos al fin dormían, concluyó que había llegado el tan esperado momento de ponerse en marcha.

Con sigilo, se puso en pie y, en la oscuridad, tanteó en busca del candil con el que habían estado alumbrándose durante la cena. No tardó en hacerse con él, encendiéndolo con ayuda de un fósforo que halló a tientas, y del que se desprendió una vez le hubo sido de utilidad. El interior de la vivienda se iluminó de inmediato, aunque no de un modo deslumbrante, ya que la llama de la lamparilla era más bien débil. No obstante, Sigfrido mitigó su efecto echando un trapo sobre ella, propiciando que las sombras volvieran a acecharle desde todas partes, aunque de una forma menos siniestra que antes de que prendiese la cerilla, de las que muchas vio, caóticamente esparcidas sobre una esquina de la mesa. Las cogió todas.

Viéndose al fin capaz de moverse sin miedo a tropezar, aunque para ello debiera prestar mucha atención, el muchacho empezó a registrarlo todo, encontrando un viejo morral, del que se apoderó, y con el que se arrimó a la pequeña despensa, de cuyo interior era dueña y señora la triste carencia. Aun así, ni corto ni perezoso, la vació por completo, echándolo todo en el macuto y, por consiguiente, no dejando nada a sus padres, que dormían plácidamente, ignorantes de cuanto hacía su insensato hijo. Un fugaz e inesperado atisbo de compasión hacia ellos, pues en absoluto era malvado, hizo que les dejase un mendrugo de pan a cada uno, para cuando despertasen. Una vez aplacada su conciencia, fue sin prisas hacia la puerta, la cual abrió procurando evitar el más nimio chirrido. Tras una última mirada adentro, que respondía a un extraño sentimiento, una suerte de súplica a la que no atendió, salió y cerró tras de sí, más que dispuesto a seguir con su propósito, que consideraba noble y necesario.

Al verse fuera, enfrentado en soledad a la inmensidad de la tenebrosa noche, Sigfrido se sintió demasiado pequeño como para dar un paso al frente, así que permaneció un largo momento junto a la puerta, hasta que cayó en la cuenta de que el trapo que echase antes sobre el candil mitigaba la luminosidad del mismo. Lo retiró nerviosamente y, para alivio suyo, la luz se propagó algunos metros más a su alrededor, permitiéndole ver algo allí donde antes no había más que tinieblas. Sin embargo, ni mucho menos gozaba de la claridad del día, y la densa negrura, terrible, se extendía por doquiera que mirase. Acongojado, el joven se adentró al fin en la opacidad. Lo hacía con lentitud, alerta a todo sonido que pudiera parecerle digno de recelo, lo que, en tales circunstancias y tratándose de él, tan dado a echar cuentas a fantasmas y otras entidades similares pese a no haber visto nunca nada que pudiera serlo ni asemejarlo, le llevaba a otorgar a cualquier susurro, por insignificante que fuese, una importancia de la que en absoluto era merecedor.

Así, con el alma en vilo, haciéndose apenas una idea de por dónde iba, ya que andaba prácticamente a oscuras, Sigfrido fue dejando atrás la villa que lo había visto nacer y crecer. Los hogares que la formaban no se agolpaban entre sí como ocurría en la mayoría de asentamientos, sino que se hallaban desperdigados a lo largo y ancho de un pequeño valle que, sin más ánimo que el de simplificar, recibía el mismo nombre que aquella localidad; Pocascasas, habitada por gente que, sin ser ni buena ni mala, unas veces se sonreían los unos a los otros, mientras que otras se maldecían, según dictase la ocasión.

De súbito, algo golpeó en el pie al muchacho, que dejó escapar un penoso lamento al tiempo que daba un nervioso brinco atrás. Nada en derredor, salvo tinieblas, descubrió al atisbar agitado. Pero al mirar al suelo, interesándose por su afectada extremidad inferior, que seguía muy entera, acertó a ver un chusco que quiso parecerle familiar. Rápido pensó, y no teniendo más opción, ojeó el morral, encontrándolo casi vacío y con un buen agujero en su fondo, por donde todo lo que faltaba debió haber caído. Con desazón, anudó el macuto por el extremo de la abertura original y lo puso del revés, convirtiéndola en una nueva base, y dejando el roto como única entrada y salida. Entonces, tomó el mendrugo del suelo y lo devolvió al interior del saco. Tras pensarlo, volvió cuidadosamente sobre sus pasos y recuperó algo más, pero temiendo retroceder tanto como para ceder a la tentación de regresar a casa, asumiendo así una derrota que podría pesarle al despertar, se dio por satisfecho con lo capturado y continuó con su marcha nocturna, no deteniéndose hasta que su estómago le rugió de hambre, lo que ocurrió pasado un buen rato y encontrándose a una considerable distancia del hogar.

Fue al abrigo de unos árboles, cuyas siluetas le parecieron fantasmagóricas en un principio, que Sigfrido hizo un alto y comió. Después, se acomodó y durmió, dejando encendido el candil, pues se resistía a la idea de quedarse del todo a oscuras, aunque poco le restaba a la noche.

Entonces comenzó a llover. Y Sigfrido, que despertó bruscamente, buscó con premura refugio bajo unas ramas de hojas apelmazadas. De súbito, tuvo un oscuro presentimiento que le ensombreció el ánimo, y creyó recordar que, en lugar de soñar apaciblemente, había sido visitado por horrendas pesadillas que habían agitado el poco descanso del que había disfrutado.

Oct. 10, 2018, 8:56 p.m. 4 Report Embed 2
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Mauricio Orta Mauricio Orta
Buen prólogo. Me han gustado el enfoque maduro de la premisa y la narración. Estaré esperando los demás capítulos. Por ahora me ha dejado con ganas de más.
Oct. 12, 2018, 11:51 a.m.

  • Miguel da Unamenos Miguel da Unamenos
    Agradezco tu lectura y comentario, Mauricio, pues me dan mucho ánimo. Un saludo. Oct. 13, 2018, 10:10 a.m.
Yonathan Cortes Yonathan Cortes
Muy buen capítulo, me mantuvo atento en todo momento. Además me gusta mucho la forma en cómo escribes, felicidades :)
Oct. 12, 2018, 11:30 a.m.

  • Miguel da Unamenos Miguel da Unamenos
    Muchas gracias, Yonathan. Tus palabras son bien recibidas. Oct. 13, 2018, 10:13 a.m.
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