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melakarui Mel Akarui

Una princesa que lo perdió todo, menos la esperanza de volver a su hogar. En solo tres capítulos, una bella historia de amor. Safe Creative registro #1802165796786


Romance Historical All public.

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Vera


 


Nochebuena, 1920.


Vera regresaba al imponente Hotel Club Mar del Plata después de dos largos años de ausencia y, a diferencia de su primera vez, ahora era una de los tantos invitados de honor que esa noche asistían a la lujosa Cena Navideña que daba inicio a la nueva temporada de verano en la Costa Atlántica Marplatense con un increíble espectáculo de fuegos artificiales que al dar las doce iluminaría el cielo de la Ciudad. 


Lejos de ser esa muchachita que había llegado con lo puesto, en busca de un trabajo y sin dónde hospedarse, ahora cruzaba el hall del Club vestida de gala, con sus joyas de familia y del brazo de su prometido como lo que eran: Su Alteza Imperial, la Princesa Vera Konstantinovna de Rusia y su acompañante, el Gran Duque Alekséi Pávlovich Románov. Aunque, a pesar de su indiscutible linaje, los dos sabían que sus títulos ya no eran tan nobiliarios como sonaban sino más bien, vestigios de un majestuoso Imperio del que solo quedaba registro en su memoria y en el recuerdo de los presentes.


Vera había llegado a Buenos Aires a fines de 1916 con apenas un cambio de ropa, una pequeña maleta y completamente sola; huérfana de padre, con dos hermanos asesinados en manos de los bolcheviques y una madre perdida junto a cuatro hermanos más, vaya a saber por dónde. Con mucho esfuerzo había logrado salir adelante gracias a su talento y buenos modales, mediante los cuales consiguió su primer empleo como pianista en uno de los restaurantes más finos de la Capital y luego, gracias a la excelente recomendación de su antiguo jefe, como recepcionista del exclusivo Hotel Club Mar del Plata al que llegó meses después.


Todavía recordaba lo entusiasta que se había comportado en ese tiempo, cuando aún tenía la esperanza de recuperar su antiguo estilo vida y, sobre todo, de volver a su hogar; su corazón se había mantenido latente aferrándose a la idea de que más tarde o más temprano, todo volvería a la normalidad pero, lamentablemente, eso jamás sucedió. Ahora, ya no como una simple recepcionista sino como la princesa que era y del brazo de Alekséi, su mejor amigo y futuro esposo, ingresaba al inmenso salón de baile estilo art deco del Hotel Club.  


— A veces me pregunto si seríamos recibidos con tanta pompa de saber que nuestros títulos no son más que un decorado. — comentó Vera a su prometido en confidencia y perfecto ruso, mientras eran guiados hasta una de las tantas mesas redondas que bordeaban el salón. 


— Lo saben muy bien. Así como también saben que estamos forrados en dinero gracias a que escapamos a tiempo. No seas pesimista, aún hay quienes luchan y son fieles a la causa o, ¿acaso has perdido toda esperanza de volver a nuestro hogar? — preguntó él.


— Eso no es más que una pérdida de tiempo y dinero, pero si desea continuar creyendo en cuentos de hadas, mi querido Alyosha, vaya y siga malgastando sus fondos. — Le respondió pícaramente. — No seré yo quien se lo impida.  


Alekséi sonrió al ser llamado cariñosamente por su apodo y tomó la mano de Vera entre las suyas para darle un suave beso en los nudillos y devolverla a su antebrazo. Vera mentiría si dijera que no lo quería; lo quería y mucho, pero no de la manera que él se merecía. El sentimiento que Alekséi despertaba en ella podía ser cualquier cosa menos amor, y estaba segura que jamás llegaría a sentir algo tan fuerte ni por él ni por nadie que no fuese León.


León.


Hacía dos años que no se permitía pronunciar ese nombre en voz alta, pero se había encargado de repetirlo diariamente, una y otra vez, en su cabeza y en su corazón. Alekséi lo sabía. Para él no era ningún secreto que durante el tiempo que Vera había vivido en Mar del Plata, había conocido a León, el hijo mayor de una familia humilde que le brindó hospedaje cuando ella no tenía en dónde quedarse y con quien por diferencias obvias se habían llevado pésimamente desde un principio. Sin embargo, la convivencia y el trato diario hicieron milagros y cuando fue la hora de marcharse, ambos terminaron abrazándose con tanta ímpetu y la conexión entre los dos era tan evidente, que hasta la prometida del muchacho había notado que entre Vera y León existía algo más que una simple amistad.


Alekséi le había preguntado por él en cuanto abordaron el tren que partió de Mar del Plata rumbo a Buenos Aires, y ella había preferido confesar absolutamente todo. No era mentirosa y jamás podría ocultarle algo así. No solo habían crecido juntos, eran amigos, y si Alekséi tenía intenciones de llevar a cabo el compromiso de matrimonio que sus padres habían arreglado para ellos desde niños merecía conocer toda la verdad: Ella se había enamorado de un joven comprometido, herrero de profesión y comunista hasta la médula. Sí, comunista. Vera había sufrido toda una lucha interna e intentó negar lo que sentía por León pero cuando se evidenció que el sentimiento era mutuo, ninguno de los dos pudo evitar que unos simples besos terminaran convirtiéndose en algo más. Ella no habían logrado controlar sus instintos y hasta el presente le costaba comprender cómo había pasado de aborrecer al sucio herrero que no hacía más que quejarse y pelear con cuanto dueño hotelero se cruzara por su camino, a sentir una atracción irrefrenable ante su sola presencia y terminar deseándolo tanto como para no pensar en las consecuencias, queriéndolo lo suficiente como para perder la razón y amándolo tan fuertemente que llegara a doler.


Después de abandonar Buenos Aires, Vera había mantenido una fluida correspondencia con María, una de las hermanas menores de León. A través de su joven amiga había recibido muy poca información durante esos años de ausencia hasta que, meses atrás, la niña había decidido revelarle una verdad que le parecía demasiado importante como para ser ocultada por más tiempo: El matrimonio entre Blanca y León jamás se había llevado a cabo. Y Vera supo que había sido culpa suya.


— Vera, ¿me oyes? — preguntó un preocupado Alekséi, y le apretó cariñosamente la mano que descansaba sobre la mesa. — ¿Te sientes bien?


— Si, solo me distraje un poco. — respondió Vera e intentó regalarle su sonrisa más sincera. — Lo siento, Alyosha, es imposible no hacerlo en este lugar. Sabes que ésta ciudad es muy especial para mi.


— Lo sé. — respondió él con un dejo de tristeza. 


El tono angustioso en la voz de Alekséi hizo que Vera se sintiera culpable al instante. Quizás, cuando se trataba de León, le era imposible disimular y sus sentimientos quedaban al descubierto.


— ¡Bailemos! — dijo Vera antes de aprontar lo último que quedaba de su copa de champagne. — Es Nochebuena, no podemos quedarnos sentados, ¡tenemos toda una temporada de verano por delante!


— Aquí son demasiado clásicos. —  opinó Alekséi con tono aburrido. Sin embargo, se puso de pie y le tendió una mano a una entusiasmada Vera que aceptó su invitación. — Prefieren un vals antes que un charlestón, un foxtrot, y hasta su propio tango.


La palabra "tango" y un recuerdo fugaz provocaron que la piel de Vera se erizara de pies a cabeza. Era León, invadiendo su mente con recuerdos agridulces otra vez.


— Éste es un Hotel muy cajetilla. — aclaró ella y rió ante el semblante confundido de su amigo. — De gente adinerada, la élite de la sociedad porteña que veranea en la Costa Marplatense. — Le tradujo. 


Vera arrastró a su sonriente acompañante hasta la pista de baile, en donde se reencontró con Don Matías, aquel hombre de aproximadamente unos cincuenta años, director de la orquesta del Club y con quien había pasado tardes enteras conversando sobre las piezas favoritas de su tío, el Zar Nicolás II. Él la reconoció a la distancia y le dedicó una protocolar reverencia a la que ella respondió de igual manera sintiendo cómo le latía fuertemente el corazón, porque ese siempre había sido su saludo y en tiempos de tristeza Matías había logrado arrancarle una sonrisa hasta en los momentos más difíciles.


En cuanto la pieza llegó a su fin, Matías hizo que la orquesta interpretara "On The Hills Of Manchuria" de Ilya Alekseevich Shatrov solo para ella y Vera tuvo que concentrarse con todas sus fuerzas para mantenerse el compás, permitiendo que Alekséi la guiara a través del salón o terminaría quebrándose en medio de la pista. Parecía ser no había sido consciente de lo mucho que extrañaba Mar del Plata hasta entonces. Le estaba siendo cada vez más difícil contener sus emociones y algo, quizás su sexto sentido, le dijo que esa noche sería distinta. Bailar justamente aquella pieza en la pista del Club la transportó en el tiempo, dos años atrás, cuando por fin comenzaba a llevarse bien con León y su creciente amistad solo corroboraba la vieja hipótesis que reza: "Los opuestos se atraen"


Agosto, 1917.


Sucedió durante los meses en que el Hotel Club había sufrido a una serie de refacciones con el fin de estar listo y empezar a nuevo la temporada de verano 1917/1918, y quién mejor que León para realizar esos arreglos. Como hijo del mejor herrero de Mar del Plata, León no solo había heredado el oficio sino también el talento, llegando a ser un artesano único a lo que el hierro y el bronce se trataba, realizando diseños exclusivos para escaleras, balcones, arañas y demás detalles que hacían del Hotel Club Mar del Plata un complejo único e inigualable en su tipo. Entre refracciones y tomas de medidas, la orquesta de Don Matías ensayaba lo que sería el repertorio de verano y Vera se había sentado en una de las mesas con la excusa quedarse para oír tocar a los músicos, aunque en realidad lo hacía para conversar un poco más con aquel muchacho rubio de ojos castaños que siempre estaba sucio y olía a cenizas.


— ¡Podría olerte a kilómetros! — mintió Vera al escuchar los pasos de León a sus espaldas. Solo había simulado no verlo llegar y, aunque esa vez él no estaba sucio, siempre la divertía pelearlo un poco.


— ¡No mientas!, y si tengo olor será porque vengo a trabajar y no a perder el tiempo como otras. — contestó León sentándose a su lado.


— ¿Es un pecado querer disfrutar de la buena música?


— "Buena música" — soltó burlón logrando que Vera frunciera el ceño. — Mirá, ¿te gustan? — Le preguntó extendiendo un cuaderno con algunos posibles diseños para las diversas refacciones hacia ella. — Todavía no estoy muy conforme...


— ¡Me encantan! Quedarán bellísimas, León. — exclamó Vera dándole una ojeada al resto de los bocetos, en donde encontró más modelos, uno mejor que otro. — Si piensas que podré elegir uno, lamento informarte que no soy la persona indicada. Para mi todas las opciones son hermosas y, si estuviéramos en Rusia, te encargaría restaurar todo el Palacio de Pávlovsk.


— De estar en Rusia dudo que compartiéramos el mismo bando, pero estamos en Argentina… — dijo León y carraspeó ante el silencio que él mismo había generado con aquel comentario. — Si insistís con un poco más de ganas en que te gustan todos los diseños, estoy seguro que Álvaro dirá que sí solo para halagarte y darte el gusto.


Ambos rieron ante tal insinuación. Con solo una mirada, cualquiera notaría que el dueño del Hotel Club Mar del Plata, Álvaro Lamadrid, había sido flechado por la Princesa Rusa desde el primer día.


— Sea solidaria y ayude a un compañero a conseguir más trabajo, Princesa Vera. — pidió León con una fina sonrisa dibujada en los labios.


— ¡No seas idiota! Álvaro solo es amable, no está interesado en mí y tampoco quiero que lo esté. — dijo Vera antes de devolver el cuaderno lleno de diseños a su dueño y, por unos instantes, ambos compartieron una mirada cómplice que fue interrumpida por una nueva melodía. — ¡Na sopkah Manchzhurii! — exclamó en un suspiro, llevándose ambas manos al pecho, y no pudo aguantarse las ganas de darle un pequeño codazo a León por ignorante. — Es una de mis piezas favoritas.


— ¡Contate algo menos trillado, Vera! — pidió León mirando hacia el techo y dejándose caer contra el respaldo de la silla. — ¿Ahora me vas a decir que conociste al amor de tu vida en un salón de baile en San Petersburgo? ¡Pero dejame de joder! 


Vera no pudo contenerse y soltó una carcajada que, rápidamente, reprimió al cubrir su boca con ambas manos. No quería ser la culpable de arruinar un ensayo tan perfecto como ese, pero le había sido imposible no reír ante los gestos despreocupados y el tono satírico de León. 


— Sí, fue en un salón de baile, y sí, fue en el Palacio de Catalina en San Petersburgo, pero solo fue un baile de presentación. Mi primer baile de gala. Solo bailé con un par de primos, mis hermanos mayores y mi padre... Me divertí muchísimo. — dijo Vera con nostalgia en la voz. 


— ¿Me concede el honor? — preguntó León a la par que se ponía de pie y extendía una mano hacia ella. 


— ¿Así? — Le preguntó Vera divertida. — ¿Piensas que aceptaré bailar contigo con solo ofrecerme tu mano? Mínimamente, espero una reverencia.


— Déjame adivinar, solo yo estoy obligado a hacerla, ¿no? — preguntó a pesar de conocer cuál sería su respuesta.


— ¡Por supuesto! Soy una Princesa. Únicamente me inclino frente a la Familia Imperial y dudo mucho que seas un hijo perdido del Zar.


Nochebuena, 1920. 

 

Compartir aquel vals con León en medio de un salón en refacciones era uno de sus recuerdos favoritos. También recordaba con claridad cómo, sin decir una palabra, León la había abrazado muy fuerte, consiguiendo que se calmara y se sintiera a salvo entre sus brazos ese día de julio de 1918, cuando la noticia del asesinato de la Familia Imperial había recorrido el mundo hasta llegar a sus oídos; el olor a ceniza que absorbió al posar su rostro en el hombro de León, el sentir la calidez de la piel masculina y el dejarse envolver por sus fuertes brazos, era otro preciado recuerdo que Vera atesoraba y se rehusaba a olvidar. 


Sintiéndose incapaz de aguantar las lágrimas, Vera se detuvo sin pensar en lo desubicado que era dejar un vals a medias, abandonar a su acompañante y escapar repentinamente del salón. Miró a Alekséi directamente a los ojos para susurrarle un "Lo siento" y se marchó de allí, consciente de que aquello le rompería el corazón. Tras tomar el largo de su vestido dorado de satén, atravesó la inmensa arcada que conectaba el salón con el hall del Hotel Club sin importarle dejar olvidado su abrigo en el guardarropas o su cartera francesa de plata apoyada sobre la mesa. En lo único que pensaba era en cómo, de qué puta manera, podría llegar hasta León en un día tan particular como ese.  


~*~

*Cajetilla:  [hombre joven] Que es presumido y se comporta de modo arrogante por gozar de una posición social acomodada o vestir con elegancia. También aplica respecto a un determinado, como en éste el relato.

*Lunfardo: Es un producto de las lenguas de las corrientes inmigratorias de finales del siglo XIX y principios del XX, que nace en el hacinamiento de los conventillos por la necesidad de comunicarse. 





Oct. 3, 2018, 5:03 p.m. 2 Report Embed 2
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Meet the author

Mel Akarui - Nunca terminé de comprender cómo funciona ésta plataforma, así que pueden encontrarme junto a mis obras (completas o en proceso) en Wattpad, Litnet o Sweek, bajo el seudónimo de MelAkarui. - Drama queen, reciente abogada; una amante de la historia intentando escribir desde Mayo 2017. Todas mis historias pueden leerse de manera independiente. Instagram: @melborzi

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Anabelle Miranda Anabelle Miranda
¡¡Vaya!! Me gusta un montón la forma en que escribes, la sutileza de las palabras... yo qué sé, me encantó y sigo leyendo. Amo este tipo de historias, el romance clásico hace suspirar mi corazón ❤️
Oct. 22, 2018, 8:11 a.m.

  • Mel Akarui Mel Akarui
    Gracias!!! Qué te puedo decir, soy amante de la historia y del romance, así que la novela histórica es mi favorita sin lugar a dudas, no lo puedo evitar :D Oct. 23, 2018, 1:03 p.m.
~