Mi padre y las flores Follow story

carolina-vargas Carolina Vargas

Sobre las vacaciones de mi infancia, mi padre y las flores.


Short Story All public.

#flowers #father
Short tale
3
5268 VIEWS
Completed
reading time
AA Share

I

De pequeña, recuerdo que mis vacaciones en Guayaquil eran fabulosas: mucha comida, muchos abrazos, el juego de la gallinita ciega, cangrejadas, fiestas y todos esos primos que en Loja me hacían falta. Pero había algo que no me gustaba, era como el precio que debía pagar por todos esos días llenos de felicidad: la infaltable visita al cementerio.



Antes de ingresar por la puerta número uno del Cementerio General de Guayaquil, comprábamos las flores; mi madre y abuela no conocían las visitas de médico, ellas visitaban de verdad, sin lugar a duda la primera visita era a mi padre. Las visitas respetaban un protocolo, el ritual iniciaba con el saludo que consistía en pequeños golpecitos sobre el mármol (para ser un poco más clara, como cuando uno golpea a la puerta y espera ser atendido); entonces saludaban a mi padre, y yo también debía hacerlo: “Hola papito, ¿cómo estás?” (mientras escribo estas letras no puedo evitar sonreír por la absurda pregunta que le hacía en mi inocencia a mi padre muerto). Entonces comenzaban los rezos, pedir por su descanso eterno, padres nuestros, avemarías. Finalizadas las plegarias, llegaba el momento de recordar anécdotas de mi padre, historias alegres, episodios tristes, recuerdos y más recuerdos (que fui aprendiéndolos de memoria; mientras los escuchaba se dibujaban imágenes en mi mente y así se fueron convirtiendo en mis propios recuerdos, a falta de imágenes propias sobre momentos compartidos con mi padre, mi memoria almacenó todas esas historias y a veces me sorprendo a mí misma contando alguna de ellas en reuniones como si alguna vez yo hubiera sido parte de esas anécdotas). Así, entre risas y nostalgia, llegaba el momento de despedirnos, volvíamos a golpear el mármol: “Chao Papito ya volvemos en las próximas vacaciones, te quiero”.


La visita no quedaba ahí, ese mismo ritual se repetía mientras íbamos desfilando por todas las abuelas de mi madre, las abuelas y abuelos de las abuela, tíos, tíos abuelos, primos, vecinos, amigos, amigos de los vecinos, todos aquellos que se nos habían adelantado, incluso de repente mientras caminábamos, asociaban difuntos a lo largo del recorrido que por el apellido podrían haber sido conocidos o quién sabe si familiares. Visitar el cementerio era una prueba a mi carácter, si me portaba mal o hacía berrinche no había visita a los primos, no había gallina ciega, no había alegría. Entonces me daba ánimos a mí misma y comprendí a tan temprana edad lo que era el autocontrol y que la mente era poderosa. A esa larga visita no se olviden de agregar el sol, el sudor corriendo por todo el cuerpo, el aburrimiento, la humedad, el dolor de pies y por supuesto las flores que yo debía ir cargando, ese precio que debí pagar en cada viaje a Guayaquil desencadenó dos constantes en mi vida: la determinación de no volver a visitar a mi padre en su tumba y que no me gusten las flores.



Tenía 18 años y estaba en mi primer trabajo, era un día cualquiera en que amanecí con un dolor de cabeza muy fuerte intentaba con todas mis fuerzas seguir laborando normalmente porque aquel día nuestra jefa había llevado su computadora a nuestra oficina y estaba trabajando desde ahí, no era buen momento para pedir permiso o enfermarme así que aplicando el autocontrol y el poder de la mente (aquellos amigos que me habían ayudado de pequeña a no echar a perder mis vacaciones) luchaba por aparentar que todo marchaba bien, pero mi cara indudablemente reflejaba otra historia. A pesar de mis esfuerzos se notaba que estaba pasándola muy mal. De pronto suena el teléfono de la oficina y mi jefa contesta, después de colgar me dice: “Carolina, dice el guardia que en la garita han dejado un obsequio para ti, anda a recogerlo”, por un momento se me olvidó el dolor de cabeza, salté de mi asiento y corrí con ganas de ver qué era y saber quién me había dejado un obsequio, pero apenas llegué mi emoción se desvaneció: eran rosas. Un arreglo floral de tamaño considerable, con una leyenda cariñosa y deseando que mi día mejore (el remitente había adivinado por mi rostro que no era un buen día) y por supuesto anónimo; lo tomé en mis manos y caminé con cierta decepción, lo dejé a un lado de mi escritorio y seguí trabajando, al ver que no emitía comentario alguno, una compañera (de esas que no pueden quedarse sin preguntar) me dice: “¡ay! qué lindo arreglo, ¿quién te envió?” –Solo sé que es alguien que me conoce muy poco, porque no me gustan las flores -respondí. Seguimos cada una en lo suyo cuando de pronto llega un compañero de otra área: “¡Wow! Estamos con flores, ¿quién fue la afortunada?”, mi jefa, sin levantar siquiera la mirada de su computadora: “Alguien que no la conoce a la Carito, porque no le gustan las flores”, hubo un incómodo silencio, mi compañero salió de la oficina y en pocos minutos sonó mi celular, era un mensaje de texto:

“Discúlpame, solo quise ayudar a que tu día mejore, lo siento de verdad, no sabía que no te gustan las flores”.




Han pasado diez años de esta historia, me encuentro en una feria de flores donde se reúnen las mejores fincas del país y vienen muchos extranjeros porque nuestras flores son alucinantemente hermosas, camino por los corredores y no sé hacia dónde dirigir mi mirada porque estoy rodeada de flores en tamaños y colores que nunca habría podido imaginar. Creo que está por demás decir que me he reconciliado con las flores y no solo eso, parte de mi día a día ahora transcurre en medio de ellas, de elegirlas, conocerlas, aprender cómo se puede preservar su ciclo de vida al máximo, y también acelerarlo, porque en este mundo de las flores (al que llegué por casualidades de la vida) todos los días se aprende, no hay límite para jugar con ellas y crear composiciones maravillosas, y la felicidad de las personas al recibirlas también es indescriptible. Quienes me conocen saben que no miento cuando digo que no me gustaba que me regalen rosas, no podía dejar de asociarlas a los cementerios, me causaban cierto malestar, entonces dejaban de ser un detalle bonito porque me recordaban las largas visitas a mi padre en su tumba, y por supuesto a mi padre, a su falta, a ese tema que no me gusta hablar tan solo escribir, porque su ausencia sembró en mi niñez tantas dudas, anhelos y nostalgia. Es cierto que también me crecieron las fuerzas y las ganas; pero su partida marcó el inicio de un camino que sería muy difícil de transitar...


La segunda constante de mi vida cambió radicalmente, algo así como los ateos que se vuelven creyentes, de los fieles y más fervientes, así fue mi odio-amor hacia las flores, pero la primera constante sigue vigente porque en una de esas vacaciones a Guayaquil, en el balcón de la casa de la tía de mi mamá, acostada frente a un cuaderno, con tan pocos años de vida que aún podía contarlos con los dedos de mis manos, descubrí que podía encontrarme con él en medio de las letras, que lo mucho que sentía podía plasmarlo ahí, que no hacía falta irle a golpear su tumba, porque un día entre sueños supe que él está por aquí, está dentro mío, en la sangre que corre por mis venas, en las manías que tengo y que mi madre me cuenta eran las de él, está por todos lados, pero sobretodo aquí, porque me dejó este pequeño regalo, y en el último sueño me pidió que por favor nunca dejara de escribir.  

Oct. 2, 2018, 2:46 a.m. 8 Report Embed 4
The End

Meet the author

Carolina Vargas A los nueve años descubrí que escribir era mi mejor terapia...

Comment something

Post!
Tarcisio Luna Tarcisio Luna
Disfruté la lectura¡ de niño me tocaba ir al cementerio y cargar las flores en una procesión de solemnidad. Aunque no lo expresa tu cuento directamente, entendí que las flores son para celebrar la vida: la de aquí y la del más allá
Oct. 21, 2018, 4:07 p.m.

  • Carolina Vargas Carolina Vargas
    Tarcisio: Gracias por dejar tu comentario, soy nueva por aquí y es de motivación saber que me leen y lo disfrutan. Te invito a seguirlo haciendo. Oct. 23, 2018, 1:22 p.m.
Angelica Mera Angelica Mera
Felicidades amiga!! Me gusta mucho leer lo que escribes te recuerdo en el colegio tan dulce y tierna. Espero estes siempre muy bien un abrazo!
Oct. 2, 2018, 8:40 p.m.

  • Carolina Vargas Carolina Vargas
    Ange: Gracias por leerme. Te recuerdo siempre. Oct. 3, 2018, 8:43 a.m.
Felisa Moncayo Felisa Moncayo
Carito una historia muy particular, no sabía que en una época de su vida no le gustaban las flores, y ahora toda una empresaria en ese mundo, pienso que quizá también fue su padre que desde el lugar donde esté la ayudó a vencer ese miedo, a expresar a través de ellas tanto amor y sentimiento como lo hace a través de las letras.... Un abrazo Carito.
Oct. 2, 2018, 6:52 a.m.

  • Carolina Vargas Carolina Vargas
    Feli: Gracias por leerme. Si, tan linda por sus palabras. ¡La quiero mucho! Oct. 3, 2018, 8:47 a.m.
José Luis Ojeda Rodriguez José Luis Ojeda Rodriguez
Muy bien, sigue escribiendo!! Me gusto mucho porque pude vivir esos momentos mientras iba leyendo y me imaginaba cómo tú llevabas esas flores y tus visitas al cementerio
Oct. 2, 2018, 12:19 a.m.

  • Carolina Vargas Carolina Vargas
    José Luis: Gracias por leerme, ¡Qué lindo que pudiste ir imaginándolo! Oct. 3, 2018, 8:47 a.m.
~