No hay Héroes: Última Parada. Follow story

luxasvilar Lucas Adriel Vilar

1945. La gran Unión Socialista de Asia Grande se desplomó después de que el Imperio Ario ganara la segunda Gran Guerra de forma muy cuestionada. Los grandes ejes del mundo se esparcieron lejos, causando una gran crisis migratoria en todas direcciones. El caos económico se apodera de casi toda nación en el planeta y deja que dos grandes leyendas Arias se pierdan en el tiempo. Setenta y dos años después de aquellos catastróficos sucesos, la crisis emigratoria estaba empezando a dejarse atrás. Por primera vez en casi un siglo las distintas culturas, tradiciones e ideologías comulgaban en mayor paz y quietud. O así fue hasta que aquellas dos leyendas volvieron a resurgir por una inesperada catástrofe. Una grieta se abrió entre las dos partes, y no hizo más que crecer por la falta de comunicación. Para cuando se dieron cuenta, lo que consideraban historias fantásticas sobre dos seres extraordinarios no resultó más que la tapadera de algo que nadie recordaría, pero marcaría la historia de una vez por todas. No más ciclos, no más borrones y cuenta nueva. Esta sería la última oportunidad de Los Condenados, aunque a ellos les continuara pareciendo la primera.


Post-apocalyptic Not for children under 13. © Todos los derechos reservados

#muerte #tiempo #poderes
1
4506 VIEWS
In progress
reading time
AA Share

Retrógrada.

El ciclo había llegado a su final; ya la muerte aguardaba su turno. Detrás de los dinteles yacía la prueba máxima, otra vez. Intentos e intentos habían concluido detrás de aquel umbral; pero éste, éste tenía que ser el definitivo, debía erradicar todo a cualquier costo.

Volteó hacia atrás para hallar un consuelo inexistente, emífero y sin embargo, reconfortante para su mente. Cuerpos y cuerpos yacían muertos. La sangre goteaba sobre su piel sucia, golpeando el suelo sin piedad al caer de sus rígidas extremidades. Las voces de los espíritus ahora liberados cruzaban sus oídos, silbando como agradable música de dolor y sufrimiento; esa canción capaz de dibujar una sonrisa con aquellos dientes afilados y amarillentos.

Apoyó la mano en el pesado picaporte del umbral sagrado. Iba a acabar con el maléfico villano que impedía sus gloriosos objetivos, aquellos para los que había malgastado más de mil doscientos años de su vida.

Con un suspiro determinado, empujó las pesadas puertas de madera hacia los costados, abriéndolas de par en par. Allí estaba todo, los bancos desordenados, el suelo destruido, las baldosas sobresalientes; y, como era de esperar, su contrincante, aquel trozo malvado de escoria humana que se hacía pasar por héroe. Estaba sentado en un banco que parecía casi intacto, mirando hacia la puerta trasera. La capucha verde que recubría su cabeza estaba manchada de sangre y otras banales sustancias, como la pólvora que usó para asesinar a sus víctimas.

Lo miró durante un momento. Era la oportunidad perfecta para arrebatarle la vida de un sólo disparo, pero aquello sería deshonorable luego de haber causado tanto daño de igual a igual.

—¿Sabes? Hace mucho creía en ti. En que volverías a ser ese viejo amigo que perdí...

Algo pasó por un costado. Rozó su oreja, cortando los cabellos de su peinado. Pudo sentir el ataque antes de verlo, pero era imposible de esquivar.

—Pero eso fue hace mucho.

Sabía que nada bueno pasaría cuando se pusiera de pie. Y sus sospechas no eran erradas. Cuando por fin decidió enfrentarlo, la oscuridad que tapaba sus ojos inyectados en ira no era más que una simple sombra. Y así era él. Intangible, rápido, e imposible de hallar en la oscuridad. Las ventanas empezaron a dejar pasar los tímidos rayos del atardecer, inundando el sagrado lugar con desdichosas siluetas negras estiradas y deformadas, pintándolo con esbozos de naranja y rojo combinados a partes iguales.

Nuestro héroe, Nathan, dio un paso hacia adelante, afrontando otra vez lo que tantas veces había fallado en acometer.

—Sabía que seguirías intentando. Detente, y disfruta lo que te queda de vida luego del genocidio que siempre acometes —Tomó una ligera pausa, aunque difusa era la intención de la misma—. Algún día me agradecerás el consejo.

Él hizo caso omiso a la súplica, poco o nada sabía aquél villano sobre genocidios. Lo observó a la cara, sus dientes blancos se estaban apretando con fuerzas entre sí. Un líquido negro recorría sus mejillas, deslizándose fugaces entre la única piel que jamás había conseguido cortar. No había espacio para las armas de fuego en un combate tan personal, sólo sus rojas navajas tendrían la oportunidad de rebanar la pálida garganta de su oponente. Su interior estaba hirviendo en furia, pero no le serviría de nada en esos momentos.

—Tú no sabes nada. Eres un estúpido adolescente que desconoce la vida.

—Yo conozco las dos facciones —Aquél encapuchado le señaló la entrada de la iglesia. Afuera aún se podían vislumbrar algunos brazos colgando y caras sin expresión alguna—. El problema es que tú sólo eliges la muerte.

Las ventanas rotas se fueron recubriendo de hilos negros, finos como la seda más delgada. Se entrelazaban entre sí a una velocidad espeluznante, obstruyendo la escasa luz solar todo cuanto podían. En cuestión de un corto tiempo, el interior de iglesia estaba casi inundado en las penumbras. A ninguno le afectaba en verdad el hecho, pero a diferencia de Nathan, aquel despiadado asesino disfrutaba la oscuridad tanto como la muerte disfrutaba de las almas arrebatadas.

Nathan comenzó el enfrentamiento, abalanzándose sin aviso. El crujido del metal surgió por un instante. Luego, un silencio espeluznante, abrumador. Nathan retrocedió dos pasos, sólo para arremeter con una seguidilla de agudos golpes que resonaron como los platillos de una batería. Dos embestidas y dos distintos estilos. Ninguna consecuencia.

Eventualmente, su rival se cansaría de defenderse, y atacaría para poner un fin a toda aquella historia. Mientras tanto, las lágrimas negras continuaban bajando por la mejilla izquierda del villano; dejándole la cara manchada como si de pintura se tratase. Pronto esas lágrimas sin significado se convertirían en gotas de odio recorriendo su cara; sólo hacían falta algunas embestidas más.

Aquel asqueroso adolescente deprimido dio un salto atrás, y quedó solo a unos pasos de la puerta trasera que poseía la iglesia. Estaba listo para utilizar su último recurso, algo que, de fallar, lo dejaría a la merced del sujeto al que más temía.

Una columna de piedra obstruyó el paso de Nathan. Y otra, y otra. Tan veloces que era imposible seguir su recorrido. Tan espontáneas que podían acabar con su vida en menos de una milésima de segundo. Sin dudarlo, comenzó a avanzar. De derecha a izquierda, en diagonal o de costado, continuaba avanzando. Los pilares bloqueaban su paso lo más que podían, pero ese simple truco no sería más util. Sólo detectaba los huecos por el rabillo del ojo, y dejaba que sus reflejos lo guiaran. No tenía nada para pensar en el ahora, su mente sólo tenía que estar en el futuro. Un futuro que desconocía.

Una silenciosa púa se alzó justo frente a él, cortándole el paso de forma vertiginosa. Nathan detuvo sus embestidas. No porque él quisiera, sino porque algo lo detenía. Un hilo de piedra negra, esa que su contrincante utilizaba, había atravesado su cuerpo de costilla a costilla, hundiéndose bajo sus brazos.

Su cuerpo se había tornado rígido, sus dedos no respondían. Tenía la mirada fija en aquél despreciable joven que había aparecido entre los obstáculos, ése que decía haberlo conocido; Era su сulpa, sin lugar a dudas.

—¡Esto es injusto —reclamó Nathan— ¿Tú te puedes mover, pero yo no? ¡Púdrete!

—No sabes lo que es la injusticia, pedazo de puta —exclamó el adolescente, casi gritando con todas sus fuerzas. El eco resonó a través de los pilares, y hasta el techo de la iglesia aparentó sacudirse. La cruz otomana sobre la salida le restregaba su luz a Nathan, como burlándose de él—. Es injusto que elimines todo el progreso de una raza sólo para conseguir un poder que no te será útil en el futuro —Comenzó a armar una navaja negra con su único, asqueroso y ridículamente portentoso poder, mientras su voz perdía seriedad y se hundía en profunda tristeza.

Tomó una pequeña pausa, como si buscara algo dentro de sí que no podía hallar. Acercó la negra cuchilla a la cara de Nathan, y contorneó su cuello. Él continuaba inmóvil, sufriendo por la varilla que lo tenía inmovilizado. Intentaba arrancársela de cuajo, sabiendo que ello haría más mal que bien.

Aquél frívolo oponente hundió la negra sustancia, fría como el acero de una navaja antes del asesinato. Su hombro derecho sufrió las consecuencias. Rompió los huesos, tendones y músculos, atravesando de cuajo cuanto de ser humano existiera delante. Nathan no dijo una palabra. Sabía que el castigo lo aguardaba cada vez que volvía a intentar.

—Es injusto que borres la memoria de todos para evitar luchar contra ellos innecesariamente —Su cabeza tambaleó, apenas temblando—. Es injusto —La voz se quebró completamente—... Injusto. Injusto que tú tengas lo que miles de hombres y mujeres alrededor del mundo desearon, y lo uses para tus objetivos egocéntricos. Tú, estúpida rata ciega, el monstruo que me condenó a detenerte, no sabes nada acerca de justicia. ¡Nada!

Cuando se percató, Nathan tenía finas espinas que se adentraban profundamente en su piel a cada momento, causándole un dolor que no podía soportar. Su oponente se secó las lágrimas negras. No sentía nada más que un profundo dolor, transmutado en odio y miedo a partes iguales. Ya no tenía nada más en el tintero para arrojar, así que se quedó en silencio. Ya no quería prolongar el sufrimiento del que alguna lejana, recóndita y corta vez, fue su compañero.

De un momento a otro, cuatro gruesos cilindros de piedra negra atravesaron a Nathan. Ya no había un céntimo de vida en aquél cadáver.

El Demonio Negro volvió sobre sus pasos. Una fina línea de lágrimas tan oscuras como su alma se deslizaron a través de su mejilla derecha, recordándole que, tarde o temprano, llegaría a lo mismo.

—Recuerda esto, pedazo de mierda.

Ahora para él, toca esperar la muerte. No queda nada más por lo que seguir viviendo. Ni familia, ni amigos. Tampoco sus viejos compañeros, que sacrificó como una máquina. Siempre preparaba todo si es que tenía la oportunidad de que se rindiera, pero esta vez ya no valió la pena. Ya todo era asqueroso, ni siquiera las preciosas mesquitas de Telingrad le devolverían la paz.

Esa sensacion de vacío eran las últimas que abundaban en su vida. Y tan rápido como asesinó al monstruo retorcido que recordaba vagamente como su mejor amigo, recogió una de sus armas, tintadas de roja al haber visto tanta sangre. Las apreció. En algún pasado muy lejano esas navajas le habían apoyado, y su portador, auxiliado.

Las arrojó al suelo, clavándolas frente a él. Su sangre era las que colorizaba aquellas armas, como un pacto. Y una mísera lágrima de odio puro se deslizó a través de su mejilla derecha. Él volvería a hacerlo. Sólo era cuestión de tiempo.


Sept. 30, 2018, 9:35 p.m. 0 Report Embed 1
Read next chapter Avance Drástico.

Comment something

Post!
No comments yet. Be the first to say something!
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 10 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!