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uriel-raga1538257126 Uriel Raga

¿Qué pasa cuando tienes que decidir entre la venganza y el amor?, cuando te ves enredado entre la pasión, la lujuria y la locura... Bradley Sauvage, un hombre frío, calculador y metódico se verá envuelto en una trama, donde la acción y la pasión, van de la mano con los sentimientos de amor y venganza. En un mundo gobernado por el pecado y el crimen, los fantasmas del pasado, dibujarán la línea delgada que existe entre el odio y la pasión.


Erotica For over 18 only.

#pasión #misterio #258 #erotico #amor
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Capítulo uno: Dustbunnies

¿Cómo olvidas las partes importantes de tu vida? Podrías intentarlo con una botella de un buen burbon. Podrías matarte con un trago de whisky, pero jamás olvidarías.

Quizás no quieras recordarlas, no porque no hayan sido hermosas, sino porque ya no has vuelto a sentir lo mismo. Y esa misma ansiedad de la que estoy hablando, la sentí el día que vi a Céline en su vestido negro.

Fue un viernes, creo que ya era de madrugada. Recuerdo muy bien que fue en invierno. Las ventiscas azotaban la ciudad con furia. El «Dust Bunny», era el único sitio que seguía abierto.

Yo estaba en la barra, como de costumbre había ordenado un par de tragos. A decir verdad, estaba muy nervioso; algo no muy común en un tipo como yo. En alguien tan calculador, que planea hasta el más mínimo detalle de su vida. Pero bien dicen, que los nervios son humanos.

De cualquier forma, esperaba ahí sentado por un milagro que reviviera la noche. Y entonces llegó ella. Céline cruzó por la puerta contoneando sus bellas y largas piernas blancas. Con una sonrisa casi angelical, reanimó todos los infiernos que han vivido en mí.

Su caminar por la entrada del club, fue impresionante. Retaría a muerte a quienquiera que diga que no estaba ante la presencia de una gran mujer.

Céline, enfiló sus pasos con la gracia que solamente ella conoce; su escaso vestido —muy elegante—, despertaba deseos carnales sedientos de placer. Era imposible no sentirse atraído.

Ella, quien posee una sonrisa perfecta y una mirada angelical, avanzó por la angostura entre las mesas, y se sentó en la tercera fila; cruzó sus piernas y —sonriente—, esperó a su marido.

Fue un espectáculo impresionante ver la cadencia de Céline. No era el único que opinaba lo mismo, porque hasta la mujer que tenía sexo detrás del cristal, se detuvo un segundo para admirarla.

Debo admitir que sentí pena cuando la vi entrar, también sentí esperanza; porque en el fondo de mí, deseo robarle cuando menos un pequeño y simple suspiro.

A diferencia del idiota que la arrastró hasta este club «swinger», yo sabía que ella merecía más.

No sé qué me pareció más patético, si el pobre idiota que estaba esperando en la mesa, o el pobre idiota que veía a las meseras desnudas mientras su mujer esperaba por él. Para mí, ambos eran un mal chiste que no conocía límites.

Creo que ellos debieron aprender de Céline, quien —con todo el cuidado del mundo—, observaba excitada la forma en que la mujer detrás del cristal, era penetrada. Quizás los ojos verdes de Céline sean engañosos como el caudal de un río, pero conozco esa mirada de deseo; podría reconocerla en cualquier persona.

Céline, muy discretamente, estaba excitada. Ella observaba —por el rabillo del ojo—, cómo penetraban a esa mujer con fuerza. Casi se le escapa un suspiro cuando ella gritó. Ni siquiera cuando sonrió hipócritamente para fingir interés en la plática, despegó su atención de esa mujer, a la que penetraban con ímpetu entre dos hombres.

Acarició su pierna cuando esa mujer cayó con fuerza sobre el duro falo del hombre en el suelo. Mordió con discreción su labio superior, cuando ella se llevó a la boca el miembro del otro tipo. Y creo que hubo una complicidad, porque esa mujer —detrás del cristal—, la miraba fijamente cada que bajaba con rapidez su cadera. Era un juego entre ellas dos.

Lógicamente que, habiendo esperado toda la noche por un suceso que me sacara del letargo, pedí un trago y me acerqué, con todo descaro, ante la presencia de Céline.

—Es una mesa privada —espetó el marido—, ¿puedes retirarte?

—Verá, caballero —contesté—, tiene que disculparme, pero no puedo retirarme hasta que me acepten un trago.

—Vienen conmigo —respondió el tercero, que estaba oculto detrás de las luces neón—; no me gustaría que te marcharas molesto. ¿Puedes pedir otra mesa? Soy amigo del dueño, pediré que te lleven a alguien.

—Nada de eso, jamás me molesto. Si gustas, también puedo extenderte la invitación.

—¿Con quién crees que hablas? —preguntó con muchísimo enojo ese tipo—, ¡soy amigo del dueño!

—¿René?

—No, mi nombre es Bernardo —ironizó—, te has confundido

—René, es el nombre del «dueño». De hecho, viene entrando. No te vuelvas a equivocar, a ella le molesta que la confundan.

Me despedí de manera amable y regresé a la barra. Pedí otro trago de whisky y cancelé la botella que había ordenado.

Incluso, desde donde estaba, podía escuchar la discusión que causé. Los dos tipos se gritaban y cuestionaban con tanta rabia, que hasta René y dos guardias tuvieron que intervenir.

—Esperaba más de ti —mencionó René, y acarició mis hombros—, ¿por qué hiciste que esos dos pelearan?

—Me conoces, sabes que no tolero las injusticias. Ese idiota me dijo que conocía al «dueño».

—¿«Dueño»?

—Así es.

—Me alegra que se haya largado. ¿Te gustó la rubia?

—Nunca la había visto —ironicé.

—No mientas, Bradley.

—¿Cuándo te he mentido?

—Pues si no te gustó, viene para acá. Si fuera tú, me movería rápido; algo me dice que no vendrán muy seguido al club.

No necesité voltear, pude admirar la grácil silueta de Céline en el reflejo de las botellas. Esa mujer es poco más que hermosa, daría toda mi fortuna por una de sus sonrisas. Incluso, si ella quisiera, le entregaría mis manos y ojos, para no volver a desear a otra mujer, como la deseo a ella.

—¿Los interrumpo? —preguntó Céline acariciando con delicadeza el hombro de René. René, sujetó su mano y le regaló una sonrisa.

—Puedes unirte cuantas veces quieras —señaló René.

—¿Qué podemos hacer por ti? —pregunté.

—Vine a disculparme por el amigo de mi esposo —Céline inclinó su cuerpo, dejando ver un poco de su escote—, fue lamentable su actuación.

—No tienes de qué disculparte. Por cierto, ella es René.

—Céline Bisset —señaló esa tremenda rubia. Céline acercó sus labios al rostro de René, como dije, su excitación estaba desbordándose casi sin control, pero sabe bien cómo fingir. Sin embargo, no pudo resistirse y terminó presionando con suavidad sus pezones erguidos contra la piel delicada y obscura de René; incluso, dejó escapar un suspiro sobre su mejilla.

—Un gusto, soy René Barlow —contestó y apretó mi pierna—, y ya conoces a Bradley Sauvage.

—El gusto es mío, Bradley —Céline dirigió su mano a la parte superior de mi hombro, y la deslizó con discreción hasta que alcanzó mi antebrazo. Me propinó un beso en la comisura de mis labios; pude sentir su mirada lasciva sobre mi cuello, y el enorme suspiro que roció sobre mi mentón—; sería un placer si pudieran acompañarnos.

—Esta noche no puedo, casi estoy por retirarme —mencionó René acariciando mi pierna—, pero Bradley es un buen cliente; es casi mi copropietario. Él podrá serles de mucha utilidad.

Céline, sonrió de manera angelical, casi como una adolescente enamorada. Ella se acercó con delicadeza y murmuró suavemente en mi oído: «esperaré por ti». Su escote quedó en una posición estratégica, en una que revelaba suficiente para asegurarse que no faltara a nuestro encuentro, y no tanto como para ser vulgar. Después, simplemente se volteó y regresó a su sitio, contoneando con gracia sus caderas.

—Si no vas tú, te aseguro que en este momento me vuelvo lesbiana —respondió René con una sonrisa sarcástica.

En cuanto llegué a su mesa, me aseguré de acariciarla discretamente con las yemas de mis dedos; solo un cariño pequeño, uno sobre su hombro y parte de su espalda. Apenas fue un roce perceptible, casi como la caricia de su propio cabello.

—Pensamos que no vendrías, casi nos retirábamos —respondió el marido de Céline—; me disculpo por las molestias de ese tipo.

—No hay ningún problema. ¿Puedo hacer algo por ustedes?

—Somos nuevos —esquivando la mirada de su esposo, Céline cruzó las piernas y recargó su cuerpo sobre el muslo derecho, quedando con su mano frente a mi pierna—; ¿qué nos recomiendas?

—Que se diviertan. Este es un lugar como cualquier otro, no se sientan obligados a interactuar. Simplemente sean ustedes mismos; pueden pedir un trago, bailar, charlar con alguna de las parejas o los «singles».

—¿Se nota que somos nuevos? —preguntó el marido.

—Sí, mucho. Por cierto, mi nombre es Bradley. Céline, ya hasta conoció a René.

—Es un placer, amigo. Soy Andrew McGonagall. Y ella es mi esposa.

—Ya tuve el placer de conocerla.

—Entonces, ¿qué nos recomiendas? —Andrew, reafirmó alguna clase de apego o control poniendo su mano sobre las hermosas piernas blancas de Céline.

—Podría cambiar mi sugerencia. La pareja que está en aquella esquina, no deja de verlos. Podrían acercarse.

—¿Esa es tu recomendación profesional? —Céline, soltó a reírse y tomó un trago de champaña.

—Diría que es una propuesta, profesionalmente les diría que pidieran la champaña más costosa. Entre más gane la casa, René mejora mi diversión.

—¿Interactuar con ellos? —preguntó exaltado y nervioso el esposo de Céline.

—Platicar, intercambiar números, conocerse, beber un par de tragos, o si lo prefieren, intercambiar parejas. Todo es a discreción de los inventados.

Andrew, volteó a inspeccionar a la pareja. La mujer que se encontraba en el otro extremo del bar, tenía rasgos orientales. Era muy bella, pequeña y delicada, pero con un ánimo ensordecedor que mostraba en el atrevido negligé blanco que llevaba. Ella hizo un ademán con la mano, y Andrew se levantó a su encuentro.

—¿Será bueno que vaya? —preguntó Andrew mirando a su esposa.

—No lo sé, querido, ¿tú qué opinas, Bradley?

—Yo no podría opinar nada.

—Supongo, que entonces deberías hacerle caso a lo que sientes —mencionó Céline con un claro gesto de desapruebo.

—No tardaré —respondió el marido, quien colocó su mano sobre mi hombro y me pidió que aguardará con su esposa—; pareces un buen tipo, ¿te importaría esperarme aquí? Me agradaste, me gustaría conocerte más, también a tu novia, René.

—Ella y yo somos socios —respondí—; casi como amigos. No tengo problema en esperarte, ya pedí una botella.

Andrew, carcajeó como un idiota que se empieza a embriagar con el poder. Después, salió tranquilo a saludar a la pareja de la otra mesa.

—Dime, Céline —pregunté—, ¿qué te trajo a este sitio? Me parece que estás incomoda.

—Solo estoy nerviosa. Creo que la insistencia de Andrew fue lo que me convenció.

—A diferencia de él, tú sabes bien lo que haces aquí. Él sigue buscando.

—¿A qué te refieres?

—Soy muy observador, demasiado. Pero… Esas son habladurías, quizás lo entenderías mejor si bailáramos. ¿Crees que a tu esposo le importe?

—En lo absoluto, él me trajo aquí por algo.

Céline, se levantó de la mesa y acomodó su vestido. Caminó con gracia y me extendió la mano después de que avanzó un par de pasos. —¿Vamos? —preguntó con un tenue tono de voz.

—¿De qué hablabas hace un momento? —Céline colocó sus brazos detrás de mi cuello, y acomodó su rostro debajo de mi hombro.

—De poder —contesté.

—¿Qué tiene que ver el poder?

—Todo, como, por ejemplo, aquella chica de allá —mencioné mientras le mostraba la parte derecha del club. La parte que solamente puede verse desde la pista—; ¿la ves?

—Sí… ella…

—Hace que aquel hombre termine en su boca —respondí con tranquilidad—; ella tiene el poder, no importa cómo lo veas. En este momento, ella podría irse, podría acabar lo que hace, podría jugar con él. Te aseguro que él sería capaz de dejar todo el mundo, en este instante.

—Lo siento —mencionó y volteó la vista al suelo.

—¿Por qué? Si quieres podemos sentarnos y platicar un poco.

—No —respondió aferrándose a mi espalda con fuerza. Céline, respiraba con dificultad. Tenía miedo, pero también estaba muy excitada—. Es que estoy nerviosa.

—Lo comprendo, pero no has dejado de mirarla, ¿verdad?

—No… no quiero responder eso.

—Entonces, no lo respondas. Pero no te sientas culpable.

—¿Cómo lo sabes?

—Soy muy observador. Te he visto morderte los labios cuando ella sacaba el pene de ese hombre y lo llevaba a la boca. También noté el cambio en tu respiración, cuando el segundo la tomó por la espalda y empezó a penetrarla. Te gusta, ¿no es así?

—Tampoco —mencionó con una voz entrecortada con suspiros suaves— quiero…

—No te estoy pidiendo que quieras algo. Simplemente describo tus reacciones. Tu respiración acelerada, la dureza de tus pezones, la fuerza con la que te aferras a mi espalda. Te gusta, ¿no es así?

—Sí…

—¿Cuánto tiempo…?

—Ha sido… más del que puedo recordar.

—Mírala —cambié la posición del baile, la dirigí con lentitud para que ella quedará de frente a esa mujer.

—No —contestó aferrándose a mi pecho—, quiero que tú… descríbeme lo que hace…

El calor de Céline, se sentía como una tibia brisa sobre mi pecho. La abracé con firmeza y cuidado. Pegué mis labios a su oído, y le susurré: «ella se tumba en el suelo, mientras el tipo afroamericano lame lentamente sus pezones. Está extasiada, abre con rapidez sus piernas y comienza a tocar sus labios; mueve su pelvis, quiere que ese tipo le devuelva el favor».

—¿Qué más…? —susurró.

—Ella desea sentir la lengua de ese tipo saboreando su clítoris. Lo sujetó del cabello y hundió su rostro entre sus muslos. Sube y baja lentamente su vientre… abraza con sus piernas el cuello de ese hombre. No la podemos oír, pero te aseguro que está gimiendo.

—¿Solamente hace eso…? —Céline se aferraba con más fuerza a mis hombros, apretada mis músculos cada que podía, también encajaba con suavidad sus uñas. Su respiración continuaba aumentando, y ahogaba sus jadeos apretando con fuerza sus dientes.

—No, quizás lo mejor esté por comenzar. Ella se volteó, el tipo que lamía su clítoris, acomoda su cadera para penetrarla con fuerza. De nuevo, ella lame con ansiedad el pene del otro individuo. Está lista, ella bajó su vientre dejando sus glúteos erguidos. Su espalda forma un bellísimo arco, mientras sigue comiendo con ansias el falo del tipo frente a ella.

Céline, se detuvo un instante y me miró llena de deseo. Sus pezones, totalmente excitados, rozaban lentamente contra mi pecho. Las caricias discretas que me daba en los brazos, pasaron a ser desesperados movimientos, que hasta jalaban y acariciaban mis cabellos. Ella me miró con los labios húmedos; quiso controlarse y ocultar su respiración.

Bajó de nuevo su rostro y acarició mi pecho con la humedad de su boca, sus labios abiertos se restregaban en mi piel. Depositó uno o dos besos. Quizás fue inconsciente, pero ella ansiaba hacerlo. Lanzó un fuerte suspiro y se aferró a mí con gran fuerza. Sus dedos temblaron cuando acarició mi barbilla. Y antes de que pudiera darme un beso, agachó la mirada, apretó mi brazo y murmuró: «quiero hacerlo… pero aún puedo, perdóname».

Continué bailando con ella, hasta que su esposo le habló para que conocieran a la otra pareja. Intenté despedirme, pero ella —muy segura—, me pidió que los acompañara. Me tomó de la mano, y me condujo hasta la otra mesa.

Sept. 29, 2018, 9:46 p.m. 0 Report Embed 1
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