El Comerciante de Imposibles Follow story

katty-reyes1536800201 Katty Reyes

¿Qué harías si alguien se acerca a ti ofreciéndote lo que más deseas? El comerciante de imposibles es una serie de relatos conectados a través de un misterioso personaje que cumple deseos a cambio de un año de tu vida. A veces lo que más añoras no es lo que realmente necesitas. La vida es impredecible y tomar decisiones impulsadas por la pasión del momento puede traer resultados inesperados.


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#deseos #decisiones #romance #angeles #misterio
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Pociones de Amor y Desamor

Patricia estaba sentada en una de las bancas de la terraza del hospital donde trabajaba. Llevaba un cigarrillo en una mano y un café bien cargado en la otra, trataba de despejar su mente y sacarse esas tontas ilusiones de amor, cuando pasó frente a ella el causante de sus frustraciones.

Llevaba meses teniendo un idilio secreto con uno de los médicos del hospital donde trabajaba. Escondidos entre armarios, habitaciones desocupadas o la bodega de medicamentos dejaban escapar toda esa pasión reprimida. Él era casado y aun así aceptó tener esa relación, ahora que estaba enamorada no podía evitar sentirse frustrada por permitir que las cosas llegaran hasta ese punto.


El Dr. Rodríguez, un hombre guapo y alto, de cabellos oscuros y ojos color miel ya iba de salida, estaba agarrado de manos conversando con la que suponía ella, era su esposa por el tono meloso de la conversación. Ni una sola mirada para ella, ni un adiós, nada. No pudo evitar soltar un suspiro ante el fuerte pensamiento de "que no daría por ser yo su esposa y no su amante esporádica".

Las cosas con él siempre eran de esa manera. En la intimidad era tierno, apasionado, la hacía sentir satisfecha y plena. Esos momentos juntos, aunque breves era intensos. Pero cuando estaban en público, era frío y distante. La ignoraba por completo o era rudo con ella cuando les tocaba trabajar juntos.

A su lado un hombre rubio de ojos verdes como esmeraldas, vestido completamente de negro y una maleta entre sus piernas, la saludó regalándole una pícara sonrisa.


— Buenos días Señorita

Sorprendida por no saber en qué momento su compañero de banca se sentó, respondió con una sonrisa vacía y un movimiento de cabeza.

El Dr. Rodríguez volvió a pasar frente a ella, esta vez dentro de su lujoso carro, aun hablando animadamente y sin voltear a verla. El vaso vacío de café en su mano fue la víctima de su enojo.

— ¿En serio es lo que desea? — le preguntó el hombre a su lado.

— ¿Um?- respondió confundida

— ¿Qué si en verdad eso es lo que desea?

— ¿Cómo sabes lo que deseo?

—Puedo leerlo en su cara, está enamorada de ese hombre que acaba de pasar. El vaso apretado en su puño delata la rabia que siente cada vez que él la ignora.

— ¿Soy tan obvia? — Preguntó Patricia con la mirada perdida —Ya no es suficiente para mí esas migajas de amor que él me ofrece. Pensé que podía conformarme con tenerlo a ratos, pero mi corazón es un idiota y no pude evitar enamorarme. Quiero tenerlo a mi lado, que sea solo mío. Odio compartirlo con ella, odio la forma en le habla y como me ignora cuando no estamos solos.

Patricia ante su inesperado arrebato de sinceridad se tapó la boca. Nunca antes, en esos ocho meses de relación clandestina, había expresado abiertamente lo que tenía atorado entre pecho y garganta.

— ¿Sabe? —le dijo el con una sonrisa pícara en su hermoso rostro, que si Patricia se hubiera detenido a analizarla bien se habría dado cuenta que escondía algo siniestro— yo puedo ayudarle con eso.

— ¿Cómo?—Le preguntó Patricia algo escéptica —Al menos que tengas en esa maleta algo que haga que él se enamore perdidamente de mí, no creo que puedas hacerlo.

—Pues precisamente eso es lo que vengo a ofrecerle.

Patricia casi se ahogó con la carcajada que se le salió al escuchar las palabras del hombre. Cuando por fin logro dejar de toser y reír, se levantó y dándole la mano intentó despedirse, pero él no la soltó.

—Si me regala unos minutos de su precioso tiempo, le podría mostrar lo que tengo para usted —Sus ojos mostraron un extraño destello verde que hizo que a Patricia se le erizara la piel.

No supo cómo, ni por qué al instante aceptó la propuesta y se sentó a su lado para escuchar atentamente lo que él tenía que decirle. Una influencia ajena a su persona la mantenía atenta a esperar ahí sentada. El hombre abrió su maleta y Patricia pudo ver su contenido. Al parecer eran objetos muy comunes. Relojes, plumas y cajas de diferentes tamaños, algunas parecían de perfumes y a las otras no le pudo determinar su contenido. Él tomó en sus manos una de esas cajitas, una pequeña de color rojo como la sangre.

— Verá Señorita Patricia— Le dijo mirándola a los ojos.

«¿Cómo sabe mi nombre?, se lo habré dicho en algún momento de la conversación» pensó.

— Yo soy el Comerciante de Imposibles —Continuó — Y vengo a ofrecerle lo que más desea.

Le entregó la pequeña caja y sonrió.

Dentro de Patricia se encendieron todas las alarmas, su corazón se aceleró y su mente ansiosa le pedía que se fuera de ese lugar, que se alejara de ese hombre, pero la curiosidad ganó la partida.

Al abrir la caja, se encontró con dos pequeños frascos, no más grandes que los de las ampollas que usaba en el hospital. Uno contenía un líquido rojo y el otro una sustancia negra. Ambos despedían un brillo tornasolado al menearlos a contraluz.

—¿Qué son estos frascos? —preguntó maravillada con los hermosos tonos que dejaban entrever las dos sustancias

—Estas dos sustancias Señorita Patricia, son las Pociones de Amor y Desamor.

—¿Y por qué me ofreces las dos, si solo necesito una?

—Porque es un kit y no se venden por separado— le contestó como si hablara de cualquier trivialidad.

—Ya veo —Patricia no sabía que pensar ante semejante oferta —Bueno y ¿cuánto van a costarme estos brebajes maravillosos?

Patricia sentía que no debía confiar en él, al principio pensó que era una broma, o que el hombre estaba loco. Pero, por alguna razón estaba tentada a probar y no era capaz de retirarse.

—Muy sencillo Señorita, el kit de pociones de amor y desamor por tan solo un año de su vida— Los ojos del comerciante volvieron a mostrar ese desconcertante brillo verde.

El corazón de patricia latía con fuerza y aquellos dos frasquitos se sentían tibios y burbujeantes en su mano. Los destellos tornasolados de ambos contenidos les daban movimiento, como si el líquido tuviera vida.

—¿Qué me dice Señorita, hay trato?

Patricia miró al apuesto Comerciante y este le devolvió una sonrisa.

—¿Cómo sé que funcionan, además cómo te voy a dar un año de mi vida. No comprendo cómo va a ser eso posible.

—Funcionaran y con respecto a lo otro. Vendré por usted un año antes del día de su muerte.

Una punzada de su corazón fue la última advertencia que éste le dio. Ella como guiada por un loco impulso y dejando de lado la razón, aceptó el pacto sellándolo con un apretón de manos. Ese día por alguna extraña razón tenía su mente abierta a aceptar cualquier cosa. Ya estaba aburrida de ser la otra. Quería vivir el amor, un amor como siempre lo soñó, como el del par de ancianos, que había muerto el mismo día agarrados de la mano, en una de las habitaciones del hospital. Se lo merecía después de tantos años en soledad.

— Señorita Patricia —el comerciante aun con su mano entre la suya le dijo —Quiero advertirle algo: El amor no debe forzarse, si va a usar las pociones, tiene que estar segura que eso es en lo que en verdad desea. Nos veremos en otra ocasión.

El comerciante se despidió con una última sonrisa acompañada de otro destello de sus enigmáticos ojos.


—¡Hey!, Paty, ¿qué haces ahí?, te estuve buscando por todo el hospital.

Patricia despertó, aún estaba en la banca a las afueras del hospital. Su amigo Pedro, un hombre alto, de tez trigueña y ancho de hombros, estaba frente a ella extrañado por su comportamiento. Sus cálidos ojos miel la miraban con ternura y dejaban entrever el cansancio después de una extenuante jornada laboral. Aun llevaba el uniforme y tenía al hombro su morral, señal que ya había terminado su turno.

Patricia al intentar ponerse de pie notó la cajita en su regazo y recordó al instante el encuentro con el misterioso comerciante. Miró su reloj, había estado ausente una hora.

—¿Me esperas?, yo también me voy, dejo listos unos asuntos que me quedaron pendientes, recojo mis cosas y nos vamos.

—Bien, te espero aquí, procura no demorarte— le respondió Pedro.

Durante el camino de regreso a casa, Patricia estuvo muy callada. Pedro sentado a su lado en la banca del bus trató varias veces de hacerle conversación, obteniendo como respuesta monosílabos. Al llegar al barrio donde ambos vivían, preocupado por ella y en un último intento por agradarla, la invitó a comer, pero ella rechazó la oferta. Al pobre no le quedó más remedio que irse resignado a su casa con ganas de pasar más tiempo a su lado.


Una semana siendo ignorada por el Dr. Rodríguez la tenía de muy mal humor. Las enfermeras a su cargo fueron las más afectadas y ni hablar de Pedro, quien siempre la esperaba con un detalle y una sonrisa para intentar calmar su mal carácter y terminaba escuchando sus quejas por su terrible día durante los cuarenta y cinco minutos que duraba el trayecto a casa.

Pedro no sabía cómo manejar esa situación, se moría de ganas por confesarle sus sentimientos pero, nunca encontraba el momento y siempre terminaba enojado y herido al escucharla hablar de ese idiota que la hacía sufrir «qué debo hacer para dejar de ser invisible ante ti»

Para él, ella era la mujer más hermosa del mundo. Cuando la escucha hablar, miraba sus labios rojos con deseo. Amaba esos ojos cafés, brillantes y llenos de vida. Soñaba con tocar su piel, con enredar sus dedos en su cabello. Pero como siempre terminaba estrellándose con el muro de la indiferencia, cada vez que le restregaba su condición de amigos nada más.


Rodríguez la volvió a buscar diez días después de su encuentro con el comerciante. La sorprendió en la bodega de medicamentos del segundo piso del hospital. Fue un encuentro breve y apasionado, pero que dejó un vacío en ella.

—¿Qué sientes por mí? —le soltó de pronto, mientras abotonaba la camisa de su uniforme.

Rodríguez al ser tomado por sorpresa se quedó un momento en silencio.

—Amor, ya hemos tenido esta conversación —la tomó por la barbilla —Yo te amo preciosa, pero sabes que no podemos estar juntos, no por ahora.

Patricia se soltó de su agarre, tomó la bandeja con las medicinas que había ido a buscar y salió de la bodega dando un portazo.


En su locker estaba la siniestra caja roja, en esos momentos, su luz de esperanza. La abrió y ahí estaban los dos frasquitos. "El elixir rojo disuelto en cualquier bebida hará que la persona que lo beba caiga perdidamente enamorada de quien porte el frasco" Decían las instrucciones dentro del paquete. Tomó el frasco rojo y guardó el otro en su lugar.

Esa tarde en medio de un ataque de ira y aprovechando que Rodríguez había descuidado su café para sacar unas galletas de la máquina expendedora de la cafetería, le echó la poción de amor. Tenía algo de duda, pero se obligó a esperar el resultado de su obra.

Esa noche recibió una llamada de él para desearle las buenas noches, en el peculiar tono meloso que utilizaba para hablar con su esposa. No cabía de la emoción y se durmió pensando en él y haciendo planes de su vida juntos.


El Dr. Rodríguez empezó a buscarla con más frecuencia, le daba regalos, le llevaba al cine, a almorzar y pasaba más tiempo con ella. La esperaba para llevarla a su casa y todas las noches la llamaba a escondidas de su esposa. Ella estaba feliz con el cambio de su enamorado y poco le importó las habladurías de los pasillos del hospital que la señalaban como una rompe hogares.

Por su lado el Dr Rodríguez, se la pasaba distraído y se irritaba con facilidad cuando le hacían caer en cuenta de algún error en los procedimientos médicos. En su casa las cosas no estaban bien, todo el tiempo discutía con su esposa.

Su esposa sospechaba que algo andaba mal, que esta vez era diferente. Su marido no estaba actuando como siempre. No era una mujer tonta. Estaba al tanto de las aventurillas de su marido, pero algo no cuadraba. Esta nueva amante era diferente.

Las peleas entre ellos se intensificaron, los reclamos eran a diario y el fastidio que le producía el llegar a su casa era notorio incluso con sus hijos. No los quería tener cerca, le fastidiaban sus gritos, sus juegos. Se estaba convirtiendo en un hombre violento y esto rebosó la copa de su hasta el momento paciente y abnegada esposa.


Un día Rodríguez apareció en la puerta de su casa con una maleta diciéndole que había dejado a su esposa e hijos para estar con ella a quien amaba realmente. Como Patricia no tenía idea que él tenía hijos, la revelación la afectó, sobre todo por el tono despectivo con que se refirió a ellos. Esto la hizo cuestionarse el cuanto conocía realmente a ese hombre y como resultado su consciencia empezó a atormentarla.

Las primeras semanas de convivencia fueron maravillosas, los problemas comenzaron un mes después, cuando a ella ya comenzaba a aburrirle el tener que verlo todo el día, tanto en la casa como en el trabajo. Buscaba cualquier tiempo disponible para escapar de su ojo vigilante.


Desarrolló el hábito de irse a la azotea del hospital para fumarse su acostumbrado cigarrillo y tomarse su café. Como ese también era el escondite favorito de Pedro, solía encontrárselo con frecuencia. Él era su único amigo, y lo usaba para desahogarse. A pesar que le incomodaba la situación, prefería aguantarse. Pasar unos minutos a su lado y apoyarla para él era importante. La amaba aunque tuviera que tragarse sus sentimientos.

Pedro siempre le aconsejaba o la ponía al tanto de los últimos chismes de los pasillos, con él sentía que podía ser ella, que no necesitaba aparentar nada, cosa que no le sucedía con su marido. Eso la ponía triste porque cada día que pasaba veía que, el que antes había sido su sueño se estaba convirtiendo en pesadilla.


Rodríguez se había vuelto un hombre celoso, controlaba cada paso que ella daba y siempre le reclamaba porque no hacía las cosas bien, para él su exesposa siempre lo hacía mejor. Esto enfurecía a Patricia a tal grado que se le enfrentaba y esto provocaba unas discusiones terribles.

Como era de esperarse, vino la infidelidad. Rodríguez, era de esos hombres que necesitaba demostrar su hombría teniendo varias mujeres. Patricia lo sorprendió en la bodega con una de las enfermeras de oncología.


Al llegar a casa ella le reclamó y él le respondió con violencia. Fue tal la brutalidad con que la golpeó que tuvo que ser internada en el hospital con un par de costillas rotas, un hematoma en la cabeza y muchos moretones en brazos y piernas.

El muy cínico escribió en la historia clínica que tuvo un accidente al caerse por las escaleras del edificio en el que vivían. Nadie fue capaz de indicar o insinuar el contrario. Al fin y al cabo era un respetable médico, procedente de una buena familia.


Pedro fue a visitarla a la habitación y al ver el estado en que ella se encontraba se llenó de coraje y esta vez no se quedó callado.

—Debes denunciarlo, si no lo haces lo haré yo— le soltó de forma tajante.

—Déjame hacerme cargo de mi asuntos Pedro, yo voy a solucionar esto— fue su resignada respuesta.

A Pedro le dolía verla así, durante el tiempo que duró hospitalizada, se las arreglaba para visitarla cuando Rodríguez no estaba merodeando la habitación. Entre ellos la amistad se estaba convirtiendo en otra cosa. Cada vez que él tomaba su mano, ella sentía un hormigueo desde la punta de sus dedos hasta su corazón. Cuando él se iba sentía un vacío en su pecho y le quedaba un nudo en su garganta por las palabras no dichas.


El último día, antes de ser dada de alta, Pedro la visitó.

La encontró de pie recogiendo sus cosas para irse del hospital.

—Sé que no lo vas a denunciar, si hubieras querido ya lo habrías hecho— le dijo mirándola a esos ojos tan amados para él— Solo vengo a decirte que si quieres seguir viviendo esa vida horrible que no te mereces, ese será tu problema y yo no volveré a meterme en tus asuntos

Ella intentó interrumpirlo pero él no la dejó.

—Déjame terminar— le dijo poniendo un dedo en sus labios— Quiero que sepas que llevo años enamorado de ti, que estos días han sido un infierno viéndote tirada en esta cama después que ese tipo te dejara medio muerta. Eso no es amor Patricia, eso es cualquier otra cosa menos eso. Amor es lo que yo podría darte si me das la oportunidad, déjame demostrarte todo esto que he llevado ocultándote durante años. Tú mereces que te hagan feliz y si me dejas haré todo lo que esté a mi alcance para lograrlo.

Patricia tenía su cara bañada en lágrimas, escuchar la confesión de su amigo, de la persona que la estuvo apoyando y amando en secreto la afectó. Aquel hombre que había sido invisible a sus ojos por estar obsesionada con una ilusión y a quien había herido en muchas ocasiones, siempre estuvo ahí para ella.

Fue en ese momento cuando las palabras del comerciante retornaron a su memoria "El amor no debe forzarse...". Entonces tomó una decisión.

Le dio un abrazo a Pedro y acarició su rostro con su mano sana. Lo miró detalladamente, vio esos labios y le parecieron carnosos y atractivos, miró esos ojos miel, brillantes y nobles, sus cejas gruesas, muy varoniles, su piel trigueña y sus cabellos oscuros. «¿Por qué he estado tan ciega?». Le dio un beso, no un beso casto del que se les dan a los amigos, fue uno lento, lleno de sentimiento y pasión. Al separarse, tomó sus cosas y salió de la habitación dejándolo aún más confundido de lo que estaba antes de entrar.


Al llegar a su casa la esperaba su marido con un ramo de rosas y otros regalos. Luego de dárselos volvió a su actitud de siempre en donde le reclamaba por todo, la celaba con todos y la culpaba a ella por lo que le había pasado.

En silencio caminó a la cocina y con la lenta movilidad que sus dolencias, el collarín y el cabestrillo en su brazo le permitían, le preparó un café. Le echó la poción de Desamor y esperó pacientemente sus efectos.

Pasaron varios días en los que ni se hablaban, ella no había ido a trabajar por la incapacidad de treinta días que le había dado. Él se levantaba temprano y se iba a trabajar sin siquiera despedirse. Dormían en habitaciones separadas. Ya no había reclamos, no había peleas.

Él, empezó a hablar mucho por teléfono, ella, dejó que las cosas tomaran su curso. Una noche, quince días después de que le dieran de alta ,ella lo encontró saliendo de su habitación con las maletas.

—Me voy— le dijo observándola con desdén— No me llevo nada que no sea mío. Ya no siento nada por ti, es mejor que no sigamos con esta farsa

—Lo entiendo, es mejor así— le respondió sin mirarlo.


Ni una lágrima, más bien, un gran alivio fue lo que sintió, cuando se cerró la puerta.

Poco a poco, todo fue regresando a la normalidad. Ella volvió al trabajo y ahí estaba Pedro. Al principio, él no sabía qué decir o qué hacer y la ignoró por un tiempo. Ella decidió, que lo mejor era que él se adaptara a la nueva situación y optó por no presionarlo. Le había quedado claro que el amor, es algo que el tiempo se encarga de mostrar a cada uno.

Por su parte Rodríguez, cambió de hospital y ya no supo más de él. Pedro empezó a hablarle, primero para cosas triviales como: ¿buenos días?, me pasas la sal o ¿ya te vas?. Luego, la acompañaba a coger el bus o salían a comer. Una noche, en la entrada se su casa, ella lo invitó a seguir y de ahí en adelante el ya no volvió a dormir en la suya.

Tiempo después, se casaron en una sencilla ceremonia civil. Hubo pocos invitados. Patricia, solo tenía una hermana mayor, que no se había casado y Pedro, por ser hijo único, solo llevó a sus padres. Los demás, eran compañeros de trabajo o vecinos. No necesitaban nada más. El amor que ambos sentían, era suficiente. Lo único, que a ratos empañaba su felicidad, era que no había podido quedar embarazada, pero estaba siguiendo un costoso tratamiento de fertilidad, en el que habían puesto todas sus esperanzas.


La noticia de su embarazo, los tomó por sorpresa. Luego de haber gastado grandes cantidades de dinero, sin ningún resultado y después, de haber perdido toda esperanza de ampliar la familia. La vida, los sorprendió con una hermosa niña. Debido a unas complicaciones que tuvo durante la gestación y el parto, ya no podría volver a quedar embarazada. Eso la entristeció un poco, pero la felicidad que sentía, al ver a su hermosa familia hacia eso insignificante.

Era una bebé hermosa, de cachetes sonrosados, unos brillantes ojos miel. Pequeñita, por ser prematura, pero aferrada a la vida. Desde su primer día de nacida, demostró ser una luchadora incansable y contra todo pronóstico sobrevivió.


Le pusieron por nombre Ángela, porque había llegado a sus vidas, como enviada del cielo para hacerlos más felices. Era una niña muy precoz, despierta y curiosa. Aprendió a hablar a temprana edad y una vez lo dominó, solo dormida, se quedaba callada. Cada día vivido, era para Patricia un sueño.


Una mañana siete años después de nacimiento de la luz de sus ojos. Mientras estaba sentada en el peinador de su alcoba, sintió una fuerte punzada en su abdomen. Y así, varias veces durante la semana. Al ir al doctor y después de varios análisis, le dieron la terrible noticia que tenía un tumor. Cayó en pánico «¿por qué a mí?, ¿por qué ahora?».


Al llegar a casa con los resultados de los exámenes y ser recibida con tanto amor, se sintió con renovadas fuerzas para luchar. Su actitud positiva ante la vida, fueron el mejor ejemplo para su pequeña, quien siempre la vio como su heroína. 

No podía demostrarle que había días tan malos, en los que quería rendirse. No era capaz de confesarle, que el tratamiento era agotador y no estaba dando los resultados deseados. Solo le demostraba su infinito amor y la preparaba para su irremediable partida.


Una tarde sentada en una de las bancas del parque de su barrio y viendo a su hija y esposo jugar, un hombre rubio bien parecido, de ojos verdes como esmeraldas se le acercó. Cuando Patricia lo vio, se le salieron las lágrimas.

—Uno siempre cree que tiene tiempo para todo— le dijo al hombre limpiándose la cara con un pañuelo de papel. Estaba ojerosa, delgada y muy pálida— ahora un año, me parece nada, para disfrutar con ellos y ni siquiera voy a poder hacerlo.

—Vengo por mi pago

—Supe que vendrías pronto, llevo días con miedo a que aparecieras. No me quiero ir.

—Cobraré mi deuda igual y lo sabes

—Sí, supuse que no habría manera de persuadirte, déjame despedirme por favor— le rogó

—Está bien, nos veremos más tarde.


Patricia, se acercó a jugar con las dos personas que más amaba en el mundo. Esa tarde fue inolvidable para todos. En la noche cuando su esposo e hija dormían profundamente, se levantó, tomo papel y un bolígrafo y les escribió una carta para cada uno.

Cuando se levantó del escritorio y dio la vuelta, ahí estaba él, sentado en una de las poltronas del estudio con esos penetrantes ojos verdes mirándola fijamente.

—Ya es hora— le tendió la mano y ella la tomó.


Cuando amaneció Pedro se extrañó al no encontrar a su esposa a su lado. Bajó las escaleras buscándola y la halló, en una de las poltronas del estudio, tomó la mano fría de su esposa entre las suyas y lloró desconsolado, hasta que su hija se levantó. Al ver qué era lo que pasaba, se unió a su padre en esa escena dolorosa.

Dos días después del funeral, Pedro encontró las cartas, y las guardó celosamente, hasta que consideró era hora de entregárselas a su hija. Esas dos simples hojas de papel, se convirtieron para ella, en su más grande tesoro.  

Sept. 14, 2018, 5:47 p.m. 3 Report Embed 3
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Kay Loon Kay Loon
Hola, ¡wow! Me encantó este primer capítulo, de verdad que hay mucho misterio en todo y eso es lo que más me gusta. Hasta ahora creo que "El Comerciante" ya está en mi lista de personajes preferidos. Sigue así y me seguiré leyendo tu historia. ¡Te envío muchos saludos y cuídate mucho!
Oct. 8, 2018, 9:37 p.m.
Marcus Turkill Marcus Turkill
Que bueno verte también por aquí. Volveré a leer tu novela.
Sept. 21, 2018, 4:50 p.m.

  • Katty Reyes Katty Reyes
    Un Placer para mi, encontrarte también por esta plataforma. Encantada de que me sigas por acá. un abrazo. Sept. 24, 2018, 11:52 a.m.
~

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