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Azul Profundo Follow story

zelaz Milá Zelah

Luego de la Guerra Parsa, Zigza pasó de ser una fuerte potencia en el continente karmático, a un territorio donde la incertidumbre y oscuridad predominaban. La vida de los pocos habitantes que perduraron hasta el final se encontraba preparada para lo que su enemigo pudiese ejecutar. Y es que conociendo las razones por las que todo inició, ¿cómo podrían esperar vivir lo suficiente para vislumbrar el cambio que siempre presagiaron? El desasosiego podía evocar estragos en sus mentes, pero la fortaleza en sus corazones no les permitiría ceder ante quienes los consideraban «aberraciones creadas por el Universo con el fin de reflejar que la imperfección debía ser erradicada». Los zigzanos no titubearían. No se rendían ni mostrarían débiles. No, cuando tenían presente que el amor era más que una buena razón para morir.


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La semana siguiente a la Batalla de Taj comenzó como un terremoto: primero su alma osciló, luego su corazón se agrietó, y finalmente su interior colapsó.

El cielo se encontraba en su punto más lúgubre. Los espesos nubarrones cubrían el infinito azul que alguna vez fue testigo de la felicidad en Esko; pequeñas gotas de rocío repiqueteaban contra el destartalado suelo componiendo una melodía suave, parsimoniosa; y el sol, aquella masa de luz que solía manifestar esperanza en los tiempos más difíciles, se apreciaba mohíno sobre la masacre.

El grito prolongado que liberó de su garganta le hizo vibrar el pecho con intensidad. Sus extremidades lucharon, en vano, contra los grilletes de metal que las aprisionaban sin importarle en lo más mínimo la cantidad de sangre que le escurría por los dedos. Lágrimas de impotencia, aversión, y amargura se derramaron por sus mejillas con lentitud, y el fuego que trajo con ellas fue lo único que Aneu requirió para arrastrarse por el pavimento mojado hasta el cuerpo inerte de su compañero.

El agente de Cirvia que clavó una bala de plomo en su frente sin siquiera titubear, ahora se regocijaba junto a sus demás compañeros a escasos centímetros de él. Los sonidos provenientes de sus bocas se colaban por su canal auditivo como un bisbiseo hueco e incesante; taladraban su cerebro y le revolvían el estómago, hendían sus entrañas y le drenaban la energía.

Apretó los párpados con fuerza y dejó descansar su cabeza sobre el tórax de Joan: espasmos bruscos amenazaban con desarmarle, la lluvia reclamaba los ápices líquidos y carmesís que brotaban de sus heridas, y su mente no paraba de reproducir momentos, sueños, besos. Una patada fue propiciada en su pierna, sin embargo el dolor no fue suficiente para que despertara del estado catatónico en que se había sumergido.

El hombre con existencia estoica y tatuajes multicolores a lo largo de sus extremidades y cuello, se puso de cuclillas tras Aneu y atrapó su largo cabello con el fin de alejarlo de quien más amaba en el mundo. Observó sus irises opacos y verdes, sus facciones carentes de expresividad y su tez sumamente pálida y amoratada, y esbozó una sonrisa maliciosa.

Su vista recorrió la larga, delgada, y rosácea cicatriz que daba inicio en lo alto de su pómulo izquierdo y se perdía bajo la tela de su camisa; en cualquier otra persona se le hubiese antojado perturbadora, pero en el individuo de gustos prohibidos y uñas pintadas de celeste, resultó satisfactoria. Acercó su navaja de bolsillo hasta su piel, hundiéndola con suavidad y reflectando el anhelo efervescente en su interior de acabar con el propósito de su antaño agresor.

Se trataba de un pecador del Universo, un habitante de Zigza que formaba parte del movimiento al que más repulsión le tenía, lo correcto era matarlo lenta y dolorosamente hasta que suplicara perdón. Y de no ser porque inclinó su cabeza más hacia la derecha y vio la marca tatuada en su cuello, Hollan se hubiese deleitado con la sangre que correría por sus manos.

―Es parte del ejército de Gcha ―anunció, respirando profundo en un intento por mermar la ira que empezaba a invadirle―. Debemos llevarlo con el General, vivo.

Lo lanzaron en la parte trasera de una camioneta con la insignia del Presidente Acacio en el capote, y en cuestión de minutos lo sacaron del estado rural al que fue enviado en primavera. Aneu estaba agotado, débil hasta el punto en que sus articulaciones hormigueaban y sus latidos se esforzaban por mantenerse constantes; más aún así, en todo el trayecto hacia Bena sus ojos estuvieron fijos en el paisaje que le mostraba la ventanilla a su costado.

Cada centímetro de la cuidad capital lucía destrozado. La cantidad de humo, aserrín y llamaradas de fuego que se extendía por las calles, era sofocante. Las entrañas esparcidas, el líquido carmesí manchando el pavimento y los huesos que sacaban las máquinas de los cadáveres más descompuestos, sin embargo, eran mucho peor.

Giró el cuello hacia el lado contrario, tragando el áspero y punzante nudo que crecía en su faringe. Hubiese sido mejor que lo mataran cuando tuvieron la oportunidad, porque si conseguía soportar las torturas que de seguro le esperaban y escapaba, arrancaría el corazón de cada soldado cirviano con que se topara.

El vehículo se adentró en la Residencia Presidencial de Zigza, la cual se reflejaba impecable, tranquila, hermosa en su totalidad. Era un paisaje que distaba de asemejarse a la realidad de afuera, como si aquel ser despreciable que ahora la habitaba quisiese permanecer absuelto de las vidas que había arrebatado. Y es que, después de todo, los cirvianos eran religiosos y serviciales, el Universo no les tenía permitido agredir a sus iguales.

Una vez que lo escoltaron dentro de la imponente construcción con paredes de color marfil, pisos de mármol pulido y un sinfín de adornos suntuosos, fue consciente de la profunda cortada que tenía en el brazo, de la jaqueca que punzaba su cerebro. Dos oficiales en trajes blancos y medallas de oro colgándole de los cuellos, lo guiaron por los pasillos hacia una habitación espaciosa y pulcra. Lo dejaron sobre la cama, aún con las esposas en las muñecas, y le informaron que pronto irían prepararlo.

Entonces detalló, expectante, hasta la última esquina del lugar: había una peinadora repleta de recipientes que parecían contener perfume, cremas, lociones; un escritorio mediano que sostenía el monitor de una avanzada computadora; y un librero alto y angosto que de haber estado bajo su potestad, nunca le hubiese proporcionado a un prisionero.

La desconfianza previa en el organismo de Aneu se transformó, de pronto, en inquietud.

Una joven con el cabello recogido en un moño bajo y labial tan oscuro como la noche, se encargó de desinfectarle las heridas, darle un baño caliente, y vestirlo con un traje negro. Empleando la misma meticulosidad, roció gotitas de colonia a cada lado de su cuello, le acomodó el cabello tras las orejas, y le indicó que guardara silencio al bajar si deseaba seguir respirando.

El guerrero, ante la sutil amenaza, apenas reaccionó.

Sabía su función allí, por lo que le tenía sin cuidado lo que pudiesen decirle o hacerle.

El General, sucesor del Presidente de Cirvia, le recibió en un cuarto repleto de libros y pergaminos impregnado con olor a tabaco y wiski e iluminado por un amplio ventanal que daba vista a los jardines traseros. Su presencia le sorprendió de inmediato. Lucía inocente, impasible, elegante, como el tipo de hombre que en un pasado le hubiese robado un suspiro. Pero el zigzano no se permitió mostrarse afectado por ello; atractivo o no, era su enemigo.

―Por fin tengo el placer de conocerte en persona ―musitó Robín, enfocando su mirada en el rostro de quien en un principio fue su objetivo―. Aneu Ita, el inigualable soldado de las penumbras. ¿Quién lo diría? El chico que me causó tantos problemas ahora se encuentra bajo mi techo, usando mi ropa, curándose con mis medicamentos... disfrutando de mi hospitalidad. Es poético, ¿no crees?

Aneu no se tomó la molestia de responder: se limitó a observarlo de hito en hito con los rasgos en blanco y las manos entrelazadas. La diversión tiñó los irises azul profundo de Robín, más su gesto se esmeró por demostrar la formalidad y autoridad que poseía.

―Supongo que no estás interesado en hacer un trato ya que mis agentes mataron a tú... ¿pareja?, ¿compañero? ¿Así es como le decías?

Nada.

Lo único que obtuvo del espécimen de rizos dorados fue una ligera inclinación de cuello que le convidó cierta molestia en el estómago.

―¿Prefieres que te lo saque utilizando otros métodos? ―Cuestionó, levantándose de la silla tras su escritorio. Aneu esbozó una ligera sonrisa, alzando el mentón cuando se halló frente a él; su estatura era, por mucho, superior a la del General―. Bien. Me quedaré con la interpretación de tú insolencia.

Así, en tan solo un parpadeo, fue despojado de las prendas finas, vendajes, y esposas, y lo arrojaron a una celda tan estrecha, que el desgastado colchón con aroma a sangre quedaba un poco levantado en las esquinas. Se recostó con el pecho descubierto sobre la dura superficie y, suspirando, se dijo a sí mismo que la única razón por la que seguía vivo era hacerle justicia a Joan, actuar como a él le hubiese gustado.

El primer día se basó en una larga caminata por los jardines junto a Robín y más soldados con pinta impecable. Aneu seguía con solo un pantalón de mezclilla que le quedaba corto, una cinta rodeándole el antebrazo y un destello en la mirada que no manifestaba ninguna de las emociones que el General quería. La inspiración que invadió su pecho ante aquello, le hizo tomar la cadena que le había atado al cuello y guiarlo hacia el área de fusilamiento. Le ofreció salvar la vida de cada pecador si le daba un nombre, una ubicación, algo que le fuese de utilidad; más el prisionero continuó firme.

El cirviano encargado de las máquinas dio la orden a sus soldados, y otra masacre se grabó con fuego en la memoria del prisionero.

El segundo día transcurrió en una habitación con muros de metal, cámaras, y un religioso sentado frente a él que se dedicó a conversarle sobre el Más Allá. Su intención era, por supuesto, hacerlo entrar en razón. Quería ayudarlo a ver que no podía resistirse al «poder celestial del Universo» dentro de su corazón, y demostrarle cuán feliz se hallaría sirviéndole a quienes lo fomentaban; sandeces mezquinas e irreverentes a las que Aneu respondió:

―A puesto a que te gustaría sentir algo dentro de ti más que el «poder celestial del Universo».

Recibió una azotaina que le dejó el rostro hinchado, una costilla a punto de ser fracturada, y el sabor metálico de su propia sangre impreso en el paladar.

El tercer día fue llevado a la misma habitación donde anteriormente le bañaron y curaron, su finalidad era hacerlo lucir lo más presentable que pudiesen para la cena que tendría con el General. Lo engalanaron con un esmoquin negro, camisa blanca, corbatín dorado, y le recogieron el cabello en un moño que se ocupó de desordenar con la idea de fastidiarlo. Permitió que más de ese perfume le humedeciera la piel, y bajó las escaleras hasta el comedor.

Una mujer alta, esbelta, y enfundada en un vestido negro le señaló el puesto que ocuparía. Le adecuó la servilleta en el regazo, y destapó el platillo de entrada: sopa de tomate y albaca. Robín ya se encontraba allí, sentado justo frente a él con una camisa negra abierta en los primeros botones y un saco color vino cubriéndole los hombros. Su aspecto era inmaculado, incluso deslumbrante.

―¿Has tenido un buen día, Aneu? ―Su voz era suave, calmada, profunda, y su inflexión reflectaba que no se equivocaba al pensar que para él si había resultado espantosa. El silencio le siguió a la cuestión, más el cirviano no demostró real molestia por ello―. Bien. Me alegra que hayamos pasado del ambiente indiferente al esquivo, significa que empiezas a sentir.

La ojeada expectante del prisionero a su fisonomía, adjunta a las marcas violáceas que tenía en la base de los pómulos, le evocó una percepción extraña a Robín en el estómago. Se exhibía exhausto, pálido, aporreado. Se veía como si a duras penas pudiese estabilizarse, y aún así esa esencia dura y guerrera que percibió desde el primer día se mantenía ahí, definida. Lo admiraba, el modo en que luchaba por las personas que quería proteger.

―Podrías detenerlo si quisieras ―musitó, llevándose una cucharada del líquido bermellón a la boca. El zigzano apenas si miró la comida―. Tendrías riquezas inimaginables, placer entre los parámetros establecidos. Serías un aliado de suma importancia para Cirvia.

―No me interesa aliarme con la ignorancia ―respondió, simple.

―¿Insultas mis creencias sin conocerlas del todo? ―Preguntó, convirtiendo en un bulto la servilleta entre su puño, mirándolo fijamente con un atisbo de ira brillando en los ojos.

―¿Eso no fue lo que hicieron ustedes?

El cuarto día aconteció a la luz del sombrío sol de enero, bajo la tempestad que las nubes desataban. Sus pies estaban descalzos y su torso descubierto ante el frío. Tenía ampollas entre los dedos y cortadas profundas en las plantas que no habían sido tratadas; hematomas en el abdomen y cicatrices de latigazos en la espalda. Más el único dolor que Aneu experimentaba era el se mantenía arraiga a su alma.

Solo podía pensar en Joan. Su precioso y dulce Joan. Siempre amable, fuerte, valiente. Nunca ausente, nunca triste, nunca impulsivo. Quien era un ángel con labios de averno. Quien a través de su irises reflejó el amor incondicional que habitó su corazón. Quien lo era todo para él. El espécimen de manos tan suaves como las plumas de un ruiseñor, de piel cremosa y tostada que fue lienzo de genuinas caricias, testigo de que también era capaz de amar y que le ofreció gran parte de sus mejores recuerdos; ya no estaría más a su lado.

Simplemente le fue arrebatado, y ese hecho era incluso más desgastante que todo el esfuerzo físico que le obligaron a ejercer para recolectar los cadáveres de aquellos soldados que alguna vez brindaron junto a él.

El quinto día estuvo encerrado en su celda hasta que le posicionaron de arrodillas frente a un tanque de agua y le sumergieron con la intención de que hablara. En el sexto volvieron a azotarle el cuerpo con una vara de punta de cuero. En el séptimo llevaron a una joven para que le mostrase cómo se desnudaba y que, de no mostrar indicios reales de goce, debía abrirle la piel de los brazos con un clavo. En el octavo fue internado en la enfermería por fiebres altas y mareos causados por la falta de alimento. En el noveno le fue a leer el Libro Sagrado una anciana con el cabello plateado y los labios rojos. Y lo ocurrido en el décimo ya no lo recordaba, pues luego de que la cirviana le relatase un cuento donde su sexualidad era penada, perdió el conocimiento; y con él, la noción del tiempo.

Su estadía se resumía a texturas carrasposas y puntiagudas, olor a desinfectante y alcohol, daño físico y psicológico.; al infierno que vivía sin las personas que más amaba; a las facetas ácidas, crudas y ruines que observaba en los individuos a su alrededor; a todo aquello que tanto odiaba y le perturbaba desde que era un infante. Pero, a pesar de que su mente le pedía rendirse, su corazón se mantenía persistente en su cometido.

«Dejarse subyugar es admitir que se han agotado las razones para pelear», se repetía Aneu a sí mismo.

Una quincena después, mientras se hallaba perdido en los rincones más abismales de sus memorias, el General recorrió las escaleras de las mazmorras con el semblante iracundo. Sus pies se movían de una esquina a la otra, sus dedos se encargaban de liberar la presión entre los huesos de sus manos, y su pecho subía y bajaba en un vaivén agitado. Lucía como alguien al borde del colapso, no como el cirviano poderoso y calmado que se empañaba por reflejar.

El prisionero rió.

―¿Qué es tan gracioso?

Cerró los párpados, suspirando ante aquella noche de primavera años atrás en la que Joan le pidió que fuesen compañeros de por vida. La argolla de oro había sido arrebatada de su dedo anular en el instante en que lo esposaron en Esko, más el tatuaje que grabó en su nudillo para tenerlo consigo invariablemente, permanecía intacto.

―Te hice una pregunta.

―Pensé que ya sabías que no respondo a tus preguntas. ―Giró su cabeza hacia los barrotes de metal que los separaban, y vislumbró la terrible apariencia que el General tenía―. ¿A ti también se te prohibieron las duchas?

Su ropa seguía mostrándose de tela fina y costosa, aunque al tener la camisa fuera del pantalón y los botones mal acomodados, ya no existía elegancia en él.

―Al menos no parezco un muerto andante ―soltó, refugiando sus extremidades en los bolsillos de su pantalón―. Deberías estar muerto.

Una vez más, solo obtuvo silencio.

Le pidió al guardia parado en la entrada que abriera la celda, y se acercó despaciosamente hacia él. Se acuclilló, recostando sus codos en sus muslos, y le retiró los mechones desordenados del hombro. Encontró lo que buscaba en cuestión de segundos, por lo que extrajo su teléfono celular del saquillo, y capturó la marca en su cuello en una fotografía.

―Me sorprende que seas tan fuerte, Aneu.

―Me excita ser poseído, ¿recuerdas? ―La mandíbula del General se apretó y el coraje creciente en su garganta comenzó a punzarle, impaciente―. Soy una princesita.

―No se supone que las princesas sean resistentes ―anunció―, así que no eres tan mujer.

―¿Alguna vez dije que quisiese serlo?

La mirada que el cirviano le dedicó estuvo carente de cualquier indicio de la repugnancia que el zigzano se esperó. En su lugar, un destelló de curiosidad le tranquilizó el gesto tenso en las facciones, lo que le incentivó a detallar el resto de su rostro hasta detenerse en un punto específico. Sus labios eran rosáceos, finos, más pronunciados en la parte inferior que superior, y tenían un ligero corte perpendicular que todavía sangraba.

Aneu estiró su brazo sano hacía Robín y su entrecejo no tardó en fruncirse en interrogante, pero no evitó el contacto que su pulgar hizo con la herida que su reciente encuentro había dejado. Sintió un leve ardor en la piel cuando la saliva en el dedo del prisionero limpió los vestigios de su sangre; allí, aquella sensación molesta en su estómago que solía aparecer al estar en su cercanía, se intensificó.

―Que me gusten los hombres no significa que me identifique como mujer ―respondió antes de que su extremidad se desplomase en el suelo, sin fuerzas.

El monitor intravenoso que le instalaron en el pecho para advertir sus pulsaciones, empezó a emitir un sonido que le taladró el cerebro. Robín parpadeó repetidas veces, aún enfocado en la apariencia furibunda del hombre tendido frente a él, y llamó como pudo al guardia. Vio cómo el guerrero era ubicado en la camilla, al médico de turno inyectándole suero, a la enfermera poniéndole una mascarilla de oxígeno, y en lo único que consiguió cavilar era en la buena voluntad con que intentó curarlo.

Una vez que fue notificado de la estabilidad de Aneu, se permitió recostar la espalda en la inmensidad de su cama. Cada músculo de su anatomía protestaba ante la tensión con que se mantenían desde que percibió la tersidad de sus dedos pese a las condiciones en que lo tenía; sin embargo, el sentimiento de deber hacer algo para que le proporcionase la información que su padre requería sin torturarlo, era mucho más fuerte.

No entendía por qué quería demostrarle la piedad que nunca le enseñaron. Tampoco la razón por la que era diferente a los demás soldados de Zigza. Robín solo reparaba en el resplandor cándido que se iba acentuando en los irises verdes del pecador. Era como si en realidad fuesen personas completamente iguales, como si todas esas cosas que le dijeron que estaban mal no existiesen. Se trataba de dos hombres de carne y hueso que sentían la felicidad y sufrían el dolor.

Entonces creyó que, quizás, si lo trataba mejor obtendría más resultados.

Decidió emplear todo lo contrario a lo que el Presidente de Cirvia quería y le organizó un desayuno en el espacio más alejado del área de fusilamiento, donde un hermoso prado de narcisos le devolvía un poco de color a tan lúgubre paisaje. Hizo que le sirvieran un buen café con esencia de vainilla, pan tostado con cualquier tipo de mermelada que se le pudiese antojar, y un flujo constante de avena. Le proporcionó prendas suaves, una silla de ruedas cómoda, un baño caliente y, pese a sus esfuerzos, seguía sin probar bocado.

Ahora se apreciaba más compuesto que durante el fin de semana que pasó en la Unidad Médica. Su cabello volvía a tener el aspecto sedoso y limpio que cuando lo conoció, los golpes en su bello rostro apenas eran visibles con la luminosidad adecuada, y el palpitar de su corazón había retomado una marcha que los doctores consideraban «prometedora». El porte del resto de su anatomía dejaba que desear, más lo único que le interesaba era que le mirase.

―¿Qué debo hacer para que aceptes la comida?

―Matarme.

Los nervios en su cabeza le punzaron. Se levantó de la silla, la arrastró hasta quedar a pocos centímetros de Aneu, y volvió a adecuarse respirando profundo. Tomó la cuchara a un lado de su plato, y trató de no pensar en las consecuencias que le traería lo que ejecutaría.

―¿Prefieres que te la dé yo? ―Cuestionó en un tono grave, serio, ligeramente afectado y nervioso.

Llevó el cubierto repleto de avena hacia la altura de su boca y el zigzano no se demoró en alejar el rostro. Dudaba de todas sus acciones, del ambiente relajado y seguro, por lo que se inclinaba por seguir recibiendo nutrientes de las vías incrustadas en su piel.

El General reunió la paciencia que residía en su organismo, y volvió a intentarlo. Logró que su garganta tragara el contenido, y le tendió la taza humeante con líquido bruno. Continuó con la tostada, y aguardó a que terminara de engullirla por completo.

―¿Naciste en Esko? ―Aprovechó el placer que demostraba su semblante, observándolo fijamente―. No hay registros de ti antes de que te enlistaras en la milicia.

Apenas se movió para dejar la servilleta sobre la vajilla vacía, y le ofreció una pequeña sonrisa que distaba de proyectar la gratitud que se esperó.

―¿Tienes familia? ―Enredó sus dedos con lentitud, parpadeando repetidas veces―. ¿Siempre fuiste homosexual o te atraen ambos géneros? ―Comprimió la quijada, brillando con vehemencia la furia en sus ocelos―. ¿Cómo sobreviviste a la explosión en Gcha? ¿Qué hiciste para que la mitad de mis hombres se refugiaran junto a ti en Esko?

Afasia densa y perenne seguía siendo lo que recibía del prisionero, y los estragos de las noches sin dormir, la presión que su padre ponía en sus hombros y la magnitud de las percepciones que le revolvían las entrañas, le empujaron a explotar. Así, tanto la comida como los utensilios de vidrio y cubiertos, acabaron desparramados en el suelo gracias a la brusquedad con que Robín volteó la mesa.

Originó el amago de propiciarle un puñetazo en la mejilla, más al momento de percibir que no había ni un ápice de miedo en su semblante, optó por pasarse las manos por el cabello y contener todo el aire que le era capaz en sus pulmones.

―Tú padre te presiona, ¿cierto? Teme que esta sea solo una pequeña victoria y no el final de la guerra. ―Su voz le resultó desesperante, confusa; su mirada no tardó en manifestarle que en realidad había capturado al hombre idóneo.

―¿Qué sabes tú sobre eso?

De la misma manera en que él lo hubiese hecho ante quién violentó contra las personas que más quería, Aneu permitió que un suspiro exhausto se liberara de sus labios y le indicó que se aproximara. Se ajustó a la altura que le daba la silla de ruedas, admiró en breve el precioso esmeralda en sus irises, y acortó la distancia sintiendo el impacto de su aliento en la nariz.

La expresión del zigzano se ensombreció y, en lo que se le antojó como un parpadeo, unió sus labios en una caricia paulatina, dulce, apenas palpable que le hizo acelerar el corazón, detonar el interior, y cerrar los ojos con suavidad. Fue un roce que al perdurar se transformó en un beso parsimonioso, húmedo, cálido, y que despertó en su estómago ese picor insistente del que trataba de huir. Más, justo en ese instante, mientras sus lenguas se tocaban y sus pulgares le mimaban las mejillas, no podía pensar en nada.

La presión le sofocaba el pecho.

Empezaba a quedarse sin aire, sin fuerzas, sin ese algo que siempre mostró.

Las manos del prisionero descendieron por su torso percibiendo las ondulaciones de sus músculos, el calor que emanaba de su piel, y el ligero temblor que causaban sus latidos al impactar contra su cavidad. Se detuvo en la parte baja de su espalda, y prosiguió a depositar ósculos más castos en su mejilla, clavícula, cuello, hasta que su boca tanteó la aureola de su oreja.

―Nunca lo sabrás, General.

Robín debió ejecutar varias acciones por el atrevimiento. Su primer cometido debió ser apartarlo, matarlo, cortarle la lengua sin anestesia de ser necesario; no permanecer en silencio y observar su cabello dorado revolotear cuando su oficial lo escoltó hacia dentro. Su segundo cometido debió ser lavarse la boca con jabón, quemar la ropa que conservaba sus huellas dactilares y enfurecerse sin suplicio entre los espacios de su habitación; no perderse en el hormigueo en sus extremidades, esconderse tras el temblor de su corazón...

Terminó de desechar sus deberes, y trató de ubicar aquellos parámetros negativos que su familia insistía que había en el contacto entre entidades de mismo género. Como era de esperarse, no fue capaz de encontrar una prueba verdadera de que lo que acababa de vivir estuviese prohibido. Él sabía que el pecado era excitante, más su alma lo único que experimentó fue liberación.

Necesitaba más.

La tarde siguiente, al acontecer la cena y verlo tan impecable y recuperado, una idea bastante clara y concisa se clavó en su mente cual grapa de acero.

―Hagamos un trató. ―Aneu lo observó, expectante―. Si tú me aclaras mis dudas, yo aclararé las tuyas.

―No me interesa saber nada.

Robín suspiró.

―Siento... cierta curiosidad ―admitió, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta―. Su lema es «no importa si es hombre, mujer, hombre y mujer, o ninguno de los dos si lo sientes real». ¿Qué...? ―Carraspeó―. ¿Qué quiere decir eso?

―Que el amor es amor ―murmuró.

La frase se encargó de rondar su mente hasta que reunió el valor requerido para invitarlo a ese lugar en las afueras de la ciudad que tanto le gustaba. El Lago Beurj se apreciaba fúnebre. Sus aguas poseían un tono verdinegro que evocaba miedo, los árboles de copa alta no lucían tan abundantes como los recordaba, y un tenue hedor a humedad y muerte permanecía grabado en el aire gracias a las vidas que allí se arrebataron.

―Cuando era muy joven, vine aquí con mi padre ―habló Robín, en tono bajo y entrecortado―. Visitábamos a uno de sus amigos. No recuerdo su nombre, pero era agradable, me obsequiaba dulces de chocolate con relleno de menta.

―¿Por qué me trajiste?

―Ayúdame, Aneu ―imploró, arrodillándose frente a su silla de ruedas y aprisionando con suavidad sus manos entre las suyas―. Ayúdame a entenderte.

―¿Por qué habría de hacerlo? ―Cuestionó, queriendo no dejarse arrastrar por la sensación apabullante en su pecho.

―Porque el amor es amor.

Así, a medida que transcurría el tiempo, al General se le tornaba más difícil no sonreír ante la presencia del zigzano. Le agradaba hasta el más pequeño sentimiento que despertaba en su corazón y cuerpo, y el verlo recuperarse de las atrocidades que le provocó, le daba cierta paz de la que prefería no huir. Por lo que comenzó a colarse a su habitación para dormir a su lado, a esperarlo cuando tomaba un baño tras la puerta, y a tratarlo como si cada segundo estuviese contado.

Robín experimentaba miedo, ansiedad, angustia y, ciertamente, le fascinaba.

El soldado, entretanto, solo aguardaba.

No se esforzaba por zafarse de su actitud curiosa o del calor de sus brazos, aunque no abandonaba lo que desde un principio fue su objetivo: cambiarlo. Le demostraría lo que simbolizaba el amor sin barreras y usaría su poder para liberarse e ir a su encuentro con Amina. Haría todo lo que Joan hubiese hecho en su lugar, menos matarlo. Porque no podía. Porque si toda su vida fue criado para rechazar las emociones que le fuesen causadas de forma «no común», no era idóneo.

―Hoy es mi cumpleaños número veintiocho. ―Acarició su mejilla, rozando sus narices en un acto que últimamente no conseguía eludir―, y quería darte un regalo.

―¿A mí?

Aneu no se extrañó lo suficiente para rechazar la cajita forrada con terciopelo azul oscuro que le ofreció. Dentro, había un collar de oro blanco con un dije mediano de mariposa, pero no se trataba de cualquiera, sino de exactamente el símbolo que tenía tatuado en el cuello: la insignia de la igualdad, el amor, el respeto.

―Mi verdadero regalo eres tú.

Lo observó, boquiabierto.

―Robín...

―Mi familia me enseñó que el amor debe existir solo entre un hombre y una mujer porque es lo «naturalmente correcto». Bloquearon recuerdos que estos últimos días volvieron gracias a que quisiste exponerme el poder que podías tener sobre mí, Aneu. Todo es gracias a ti y... Descubrí que mi padre y su amigo eran pareja y que, luego un año juntos, él lo abandonó y el corazón de mi padre no lo soportó. ―Deslizó la camisa fuera de su torso, y le mostró que ahora él también tenía el tatuaje distintivo de la Resistencia de Zigza en el pectoral izquierdo, justo donde se ubicaba su corazón―. Adriel Acacio falleció, amor mío, quien gobierna en realidad mi tío.

―¿Qué quieres decir?

―Quiero decir, soldado, que lucharé a tú lado para obtener esa libertad que todos merecen.

Entonces, todo en lo que creía, se evaporó ante el azul profundo de sus ojos.

Sept. 7, 2018, 9:52 p.m. 2 Report Embed 3
The End

Meet the author

Milá Zelah Romántica empedernida; perfeccionista al extremo; adicta a las historias fantasiosas; soñadora sin límites de apenas 17 años. Comencé leyendo sobre amores imposibles, hadas, vampiros, mundos alternativos, y terminé creando mis propias historias. Mi meta es inspirar, deleitar a los demás con mis escritos y crecer a medida que mis personajes florecen.

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LB Liah Black
Me ha gustado :D Ha sido extraño leer sobre un amor homosexual, pero, supongo que tampoco pasa nada. Es la primera historia que leo en Inkspired. Tien es talento, escritor/a.
Sept. 13, 2018, 5:54 a.m.

  • Milá Zelah Milá Zelah
    ¡Mila gracias, significa mucho para mí! Sept. 16, 2018, 7:40 p.m.
~