El Pueblo de los Maldecidos Follow story

kenlee-withoutyou1536002035 Kenlee Withoutyou

Ava tiene 18 años y durante unas vacaciones con sus dos amigas tiene un accidente de coche en mitad de un bosque desconocido de un lugar perdido de Polonia. Sin saberlo, ha traspasado una frontera invisible. Ahora se encuentra en Zamożni, un pueblo oculto del mundo durante siglos, donde TODOS sus habitantes son maldecidos al nacer por Ela, la Reina Bruja que los gobierna. Las maldiciones son insólitas y variadas: desde una familia entera con apariencia de adolescentes, a mentir siempre, no poder dormir nunca, tener el cuerpo de una avestruz, hablar sin parar o tener los ojos a la altura del pecho. Pueden convivir con ellas pero, desde luego, en el mundo real no pasarían desapercibidos. Los habitantes del pueblo maldito no han conseguido salir de él y nunca antes había entrado nadie. Solo la Reina Bruja puede. Hasta que llegó la misteriosa extranjera. A salvarlos. A enamorarse sin esperarlo. * * *


Fantasy Time-travel All public.

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Capítulo Uno


Os voy a contar algo alucinante que me ocurrió durante las vacaciones de verano.

Y ya de antemano os pido perdón si no me ando con demasiadas florituras y voy directamente al grano, nunca he sido de las que se enrollan con detalles superfluos. Si se te ocurre mandarme una nota de voz de 15 minutos al Whatsapp, yo te responderé con un emoticono.

Para empezar, me voy a presentar.

Me llamo Ava Carter y había cumplido los 18 recientemente.

Para celebrarlo, junto con mis mejores amigas del instituto, Asia y Katie, nos embarcamos en unas vacaciones que pretendíamos que fueran memorables, antes de comenzar el primer curso de la universidad donde íbamos a ir las tres juntas.

Y vaya si lo fueron.

El viaje nos llevó por diferentes ciudades del Viejo Continente, una ruta que mezclaba la marcha con las visitas culturales: Barcelona, Ibiza, Londres, París, Berlín, Praga...

Nos lo pasamos en grande en cada una de ellas, bebimos, bailamos, ligamos, y hasta pisamos algún museo que otro (vale, uno).

Nuestro objetivo era disfrutar a tope antes de iniciar lo que sería una etapa esencial que marcaría nuestras vidas para siempre.

Pero bueno, esta no es la historia que os quería contar. Para ver cómo nos fue durante nuestro periplo europeo, solo tenéis que visitar nuestros perfiles del Facebook e Instagram y ver todas nuestras fotos y vídeos.

Total, que el viaje estaba planeado al milímetro por la hermana mayor de Katie que trabaja en una agencia de viajes y ella nos planificó todas las rutas, los desplazamientos en avión y tren, albergues, entradas, todo.

Pero no sé si fue por error humano, un despiste natural (ya que estaba también enfrascada con los preparativos de su boda) o una venganza personal hacia su hermana por algo que le hizo (no me extrañaría, yo también la quería matar a veces), que se olvidó de comprar los billetes de avión a Moscú. Maravilloso.

Con el dinero que teníamos en efectivo alquilamos un vehículo.

El trayecto de Praga a Moscú duraría algunos días en coche, pero pensamos que sería divertido. Nos turnaríamos cada pocas horas, cantaríamos nuestras canciones favoritas en el coche, pernoctaríamos en moteles de carretera de ciudades centroeuropeas que ni sabíamos que existían. El cliché de la turista norteamericana.

Cuando nos adentramos en Polonia, hubo un momento en que la señal del GPS murió y nos perdimos un poco.

Y sin darnos cuenta, estábamos conduciendo por una pedregosa carretera secundaria dentro de un enorme bosque con árboles altos y verdes a punto de palmarla.

A ver, unas millas antes de llegar ahí, nos paramos en una estación de servicio. El chico que nos atendió era joven y tenía esa fealdad bonita, que depende de qué momento del día o del ángulo con el que lo mires, te lo tirarías o ni borracha de sangría.

Le preguntamos cuál era la mejor ruta para llegar a nuestro siguiente destino, una ciudad polaca que no podíamos ni pronunciar y se la tuvimos que enseñar escrita en el móvil. Por suerte, hablaba algo de inglés. Uno chapucero y con acento muy brusco, pero suficiente para entendernos.

Conducirr más o menos cuarrenta minutos. Y en siguiente... mmm, ¿cómo decirr? División —dijo meditando cada palabra. Y cuando pronunció esta última, hizo un gesto con los dedos índice de cada mano alejándose en direcciones contrarias.

—Bifurcación —le corrigió Asia. Ya estaba la lista.

Eso. Tomarr lado derrecho.

—Derecho. Ok. ¿Y dónde lleva el izquierdo, Milo? —preguntó Katie, siempre curiosa. Un momento, ¿estaba flirteando?.

También Rrusia. Perro no tomarr.

—¿Se tarda más?.

No. Contrrarrio.

—¿Es un atajo?.

Tajo. Sí. Perro no rrecomendar.

—¿Por qué?. Así llegaríamos antes de que anochezca.

No bueno porr esa zona.

—¿Por qué?. ¿Qué hay? —insistió Asia como si lo estuviera interrogando para una investigación del FBI.

Nada. Ahorra nada. Hace muchos años de cien... haberr pueblo de Zamożni.

—¿Y se puede visitar?.

Ya no estarr.

—Ah... vaya. Los nazis, ¿no?. Esos malnacidos —Katie no tenía tacto.

En fin, como no teníamos para pagar la gasolina, Katie convenció a Milo de que un beso suyo en los labios valía como 86 zlotys, y volvimos a la autopista con el depósito lleno y otro corazón robado.

Cuando vimos la bifurcación, salió a relucir nuestra estupidez adolescente intrínseca y tomamos la del lado izquierdo. Qué se le va a hacer, nuestra generación siempre toma este tipo de decisiones, normalmente las opuestas a las que nos aconsejan.

Después de una media hora conduciendo por ese camino, nos topamos con una manada de bisontes salvajes cruzando la carretera. A ver, con salvajes me refiero a libres, porque la verdad es que por mucha pinta de peligrosos que tuvieran, pasaron de nosotras y se fueron sin hacernos ni pizca de caso. Como la mayoría de chicos malos que nos gustaban.

Cuando pensábamos que ese era el único peligro del que nos quiso advertir Milo, se puso a llover a cántaros. No sólo eso, también nos pilló una tormenta eléctrica tan fuerte que lanzó un rayo a un árbol haciendo que el enorme tronco cayera en medio de la carretera.

No queríamos estar paradas ahí en medio con toda la lluvia y la tormenta, así que tomamos otra de nuestras estúpidas decisiones que ni son meditadas ni la mayoría de veces acaban bien: había un pequeño sendero hacia la izquierda que ingresaba al bosque. Giré el coche y cuando ya estábamos dentro, rezamos para que no se nos cayeran más árboles y nos empalaran como en la escena del accidente de tráfico en Señales.

Y aquí retomo la historia a cuando decía que estábamos en una carretera secundaria pedregosa y tal.

Nada podía ir peor. ¿Verdad?. Pues otra vez estaba equivocada.

—¡No puedo frenar! —grité histérica.

—¿¡Cómo?!.

—¡Qué no va el puto freno, joder!.

El coche que alquilamos por cuatro chavos estaba hecho una mierda, pero no pensaba que hasta el punto de que la palanca de freno de mano fuera a estropearse justo cuando estuviéramos conduciendo por un camino inestable en medio de un bosque perdido durante una amenazante tormenta.

Katie pulsó el botón que desbloqueaba el cierre centralizado de todas las puertas del coche.

—¡Saltemos! —ordenó abriendo la puerta del copiloto.

—¿Qué? —objetó Asia con pánico.

—No tenemos más remedio.

—Joder, teníamos que haber ido por la derecha como nos dijo Lilo.

—Milo.

—Tías, no puedo —interrumpí.

—¿Qué? —me dijeron a la vez.

—Que no... no puedo.

—Venga, no seas tonta, tía. Es una situación de vida o muerte.

—Vale...

—¿A la de 3?.

Yo asentí. Pero no estaba preparada.

No podía. Pero no porque me estuviera paralizando el miedo. Yo casi nunca tengo miedo. Soy de las que necesito adrenalina para seguir viviendo y me subo cinco veces a las atracciones más peligrosas.

No podía porque había alguna extraña fuerza que me impedía moverme. Como si hubiera perdido el control sobre mi cuerpo. No sabría como explicarlo bien.

Mis amigas saltaron a la vez del coche en marcha pero yo aún seguía con las manos pegadas al volante y la mirada fija al frente.

No vieron nada de lo que pasó a continuación porque ocurrió al mismo tiempo que ellas caían y rodaban por el suelo.

El coche chocó contra una pared invisible (pues ahí en medio del camino no había nada) y yo salí despedida violentamente por el cristal delantero hacia delante mientras el coche se iba plegando como un acordeón sin poder traspasar un muro intangible que no podía derribar.

Mis amigas se pudieron incorporar al fin y corrieron gritando hacia donde se había parado el coche retorcido y humeante.

—¿¿Ava??.

—¡¡Ava!!.

—¡Oh, Dios mío!.

Ambas se pusieron las manos en la boca cuando comprobaron la magnitud del accidente.

Aunque el parabrisas estaba resquebrajado por completo y con un agujero abierto en la zona del piloto, no vieron nada más allá en el camino. Ni un cuerpo, ni restos de cristales, ni sangre, ni algún trozo de ropa. Absolutamente nada.

Solo podían imaginarse una cosa: que yo había quedado atrapada dentro del coche aplastado.

Era una tragedia.

Asia y Katie lloraron desconsoladamente lágrimas de dolor por mi muerte.

Sólo que yo no estaba muerta. Estaba a unos metros de ahí, pero ellas no podían verme. Ellas ni nadie que no estuviera a este lado.

Yacía en el suelo, inconsciente, aguijoneada, sangrando. Sola.

¿Cómo pude sobrevivir?.

Sept. 4, 2018, 11:14 a.m. 0 Report Embed 1
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