El TESORO DEL CAPITÁN Follow story

maria-santos-lopez1535824403 Maria Santos Lopez

Ariadna Casterwill que al principio es obligada a casarse con él cobarde del hijo del alcalde, Guillermo Swan a causa de las deudas de compra y juegos que su familia ha acumulado durante años. Durante su fiesta de compromiso la ciudad de Jamestown (Is.Santa Elena) en la que ella vive sufre el ataque de un famoso capitán pirata y su tripulación. Ella es llevada como regalo por parte de la tripulación para su capitán; el capitán Foster de quien no solo se acabara enamorando sino que acabará amando el mundo en el que el vive. Además también el pasado de esta joven esconde un secreto.


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#romance #piratas #novelahistorica
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I.

Jamestown (Is. Santa Elena año 1659)


Una joven de apenas diecinueve años de edad, miraba las aguas nocturnas desde una ventana con otro de sus libros en la mano. Ariadna Casterwill, séptima hija del gobernador Andrew Casterwill, era preciosa de pies a cabeza, su cabellera era larga y alisada de color castaño; de cuerpo bien proporcionado y un espíritu fuerte, soñador y aventurero.


Era la más joven de las siete, pero también la más incomprendida, sus seis hermanas ya casadas siempre la intentaban convencer, al igual que su madre, de que debía empezar a buscar marido, en vez de estar rodeada de libros o de armas como las espadas. Se sentía fuera cuando estaba con su familia, sobre todo cuando se encontraba acompañada de sus hermanas y sus cuñados, siempre había leído sobre el amor verdadero en las novelas, pero sabía que en su familia solo se casaban por la codicia, ella sería diferente, si es que alguno de los hombres de aquella capital o de la isla entera la soportaba tanto como para ser su esposa. Haría hasta lo imposible para no casarse con un hombre sin amarlo verdaderamente antes.


En ese momento, la muchacha fue sacada de sus pensamientos, al oír como la llamaban desde fuera de su recamara, abrió y dejo pasar a su madre, quien parecía mucho más alegre de lo normal, y era bastante raro, porque casi siempre la exigía ser una más de las marionetas de la nobleza, ser esclava de una sociedad, que tenía una manera de pensar, que detestaba.


Ariadna tengo una buena noticia─dijo Ann.

¿Cuál madre?─preguntó desconfiada.

Nos han invitado a la fiesta del alcalde─anunció la madre emocionada.

¿Y eso que tiene qué ver conmigo?─preguntó de nuevo la muchacha- ¿Qué planeas ahora madre?


Qué si enamoras al hijo del alcalde, tendrás un buen esposo y las dos familias más poderosas de la isla─le dijo a su hija ─ Además dada la posición de tu padre no necesitaras dote.

¿Casarme con ese maldito fanfarrón? ¿Te has vuelto loca madre? ¡No pienso casarme con él! ¡A mí no me gustan los hombres como él!─dijo la joven enfadada.

Pero hija, las muchachas de tu edad están deseando casarse con algún hombre guapo, mira tus hermanas ahora son muy felices con sus maridos, y se casaron a los diecisiete años, dos menos de los que tienes tu ahora─respondió su madre algo agotada de que su hija menor fuera tan diferente a las demás.

¡Madre, yo no soy como mis hermanas, ni siquiera soy como las otras mujeres de esta isla, yo tengo muchos más sueños que casarme con un cobarde al que no pienso estar amarrada a alguien sin amor, ni estar amarrada a esta isla!─tras gritar estas palabras Ariadna salió al jardín a practicar esgrima y con la simple luz de las velas encendidas en mitad de la noche.


El resto de la familia se reunió en el salón que unía, gracias a una puerta, a la casa con el jardín. Ann se acercó a dicha puerta mirando a su hija menor, mientras que sus otras hijas se dejaban manosear por sus maridos y su esposo fumaba en su pipa mirándola.


Esa niña es demasiado complicada─dijo Ann─ Siempre está llenándose la cabeza de tonterías leyendo esos libros o practicando con su espada, y es tu culpa por consentirla tanto.

Ella es como quiere ser, no quiere casarse sin estar enamorada, es aún muy joven ya sentará la cabeza más adelante─dijo Andrew.

Quizás si la contásemos que pasamos por un bache financiero cambie de idea─dijo Sophie la más mayor de las siete hermanas.


No, mejor que no lo sepa, sino dirá que es por codicia─dijo la madre mirando a su hija mayor y después miró a su flamante esposo, y añadió─ ¡la culpa es tuya, por no haber sido más estricto con ella! ¡Por enseñarle esgrima! ¡Eso no es de una señorita y yo la críe para que se casara algún día ─ empezó a gritarle enfurecida mientras que sus hijas trataban de calmarla.

Pero lo que no entiendo es su forma de pensar del matrimonio, son todo ventajas─dijo Lucrecia, la segunda hija, mientras que su marido la besaba con dulzura el cuello.

No parece hermana nuestra─dijo Leandra, la sexta hija mientras que su marido, al igual que los de sus hermanas, la metía mano disimuladamente.

Ariadna ira a esa fiesta cueste lo que cueste─dijo la madre decidida.


A la mañana siguiente, Ariadna salió a cabalgar como hacía siempre bien temprano por la isla, y al llegar a la cascada en lo profundo del bosque, Ariadna se quitó sus ropas metiéndose en el agua a darse un remojón como hacía siempre que iba allí. Jugaba con los lobos con los que había hecho amistad desde que era muy pequeña, y se divertía comportándose como una salvaje, libre y no como una señorita de alta sociedad, como querían los demás que fuera.


Tras pasar unas horas en el bosque, fue a casa de su amiga Syra, que era la única que, aunque era como sus hermanas y otras muchachas casaderas, deseosa de encontrar marido, en cierto modo entendía que lo único que su amiga quería era salir de esa isla, ver mundo y si llegado el momento se enamoraba, que así fuera, pero hasta entonces no se casaría. Ese día, Syra notó a su amiga más cabreada que de costumbre, no la veía así desde la última vez hace meses, cuando se enfrentó a los borrachos del pueblo que intentaron sobrepasarse con ella, parecía ser algo grave.


¿Qué paso esta vez?─preguntó Syra.

Con el insufrible hijo del alcalde, ese fanfarrón de Guillermo Swann, ese poco hombre y machista─respondió Ariadna soltando todos los insultos intentando controlarse.

¿Por qué no los complaces por una vez?─preguntó Syra a su amiga y al verla desconcertada continuo─ Acércate a Guillermo, habla con él, a lo mejor descubres algo que no sabías sobre él y así complacerías a tu familia.

Lo que preferiría es matarlo lentamente, esa cobarde no debería ni existir─respondió ella controlándose lo más que podía.

Pero, para matarlo necesitas estar a solas con él, y debo decir que eso no me gusta nada, sobretodo porque te convertirás en asesina, por eso pienso que deberías darle una oportunidad, y así tus padres tendrían una alianza con el alcalde─añadió la joven.


Ariadna miró aún más desconcertada a su amiga, su idea no la gustaba mucho, pues eso sería traicionar sus principios, y eso no lo soportaría porque a ella le gustaba ser ella misma.


Pero si me obligan a casarme con él, necesitare tu ayuda y la de tus somníferos, los que usas con tu padre cuando llega a casa borracho─dijo ella pensativa─ No pienso dejar que me obliguen a quedar embarazada de ese bastardo, si es que hago caso a tu idea.


Al mediodía, Ariadna cogía su caballo y regresó a su casa en donde sus padres la esperaban para almorzar. Al llegar, vio que tenía la visita del alcalde y su familia; su madre lloraba de emoción, su padre firmando como siempre una pipa, sus hermanas la miraban sentadas con sus esposos al lado. Guillermo y sus padres se levantaron, el muchacho se acercó con su expresión arrogante y la sacó una pequeña caja.


¿Qué significa esto?─preguntó la joven mientras le miraba.

¿Acaso estas ciega?─dijo Lucrecia abrazada a su marido.

Hija, Guillermo ha venido a pedir tu mano y la fiesta de esta noche será en vuestro honor─dijo la mujer mirando a su hija menor─ Si aceptas claro.

¡Ya os he dicho mil veces que no voy a casarme a una edad tan temprana! ¡Y menos sin amar a la persona que pida mi mano!─gritó Ariadna mientras subía a su cuarto corriendo.

¡Ariadna!─exclamó Ann siguió a su hija hasta su cuarto.


Mientras que su mujer intentaba seguir a su hija para hablar, Andrew junto a sus hijas y yernos a las visitas, ya que su mujer tenía razones suficientemente importantes para hacer que su hija aceptara, pues unas horas antes de que aparecieran sus visitas, se enteraron que por culpa de las deudas de juego de sus yernos y los gastos en ropa, maquillaje y joyas de su esposa y sus seis hijas mayores estaban casi en la ruina.


Estoy seguro de que mi mujer la calmara y la disuadirá, ha sido una noticia demasiado fuerte para ella, y debe asimilarla─dijo Andrew dando una calada a su pipa.

¿Seguro? Se comenta que espanta a todos los que se atreven a pedir su mano─dijo Guillermo mostrando arrogancia en vez de la fuera que sentía por dentro.

Mi hermana es la más joven de las seis, es algo especial, su carácter y su forma de pensar no es como la nuestra, ella siempre ha sido algo...liberal, siempre va en contra de lo que dicta la sociedad─dijo Sophie cogiendo la taza de té─ Pero en el fondo sabrá que aceptando hará lo mejor y más complaciente para todos.


Andrew miro a su hija mayor tenia parte de razón, pero él conocía mucho mejor a su hija Ariadna y sabía que si su esposa no la decía que estaban casi a punto de caer en la ruina, no la convencería para que aceptara la proposición de Guillermo de Swann.


Todos en el salón podían oír la discusión entre madre e hija, en la habitación de Ariadna, mientras que ellos tomaban él te, ninguna de las dos querían ceder ante la opinión de la otra y sus gritos retumbaban por toda la casa que hasta los únicos criados, fieles a la familia, y que quedaban en la casa, podían oír la discusión en el piso de arriba y objetos frágiles caían al suelo rompiéndose al instante. La voz de Ariadna desentonaba más que la de su madre, todos en el salón sorbían sus tazas intentando que la situación no fuese más incómoda de lo que era.


En la habitación, la señora Casterwill intentaba que convencer a su hija para que aceptara la propuesta de matrimonio que el hijo del alcalde la había hecho, pero le estaba resultando muy complicado, era muy difícil convencer a una persona tan cabezota, como lo era su hija. Ann no tuvo más remedio que decidir confesar a su hija la verdad de porque insistía tanto en que se casara con el hijo del alcalde.


Ariadna, siéntate por favor-dijo su madre mientras veía como su hija se sentaba y se intentaba tranquilizar- Veras hija, unas horas antes de que el alcalde y su familia llegaran, nos informaron de que el banco nos quitara la casa en un par de días, y si no encontramos un esposo para ti que nos ayude a afrontar las deudas, estaremos perdidos─ mientras explicaba a su hija la situación, Ann se sentó en la cama esperando la respuesta o la reacción de su hija, que por unos segundos estuvo callada.

Como no vamos a arruinarnos, mis seis cuñados son adictos al juego y mis hermanas son pura avaricia, por no comentar el alcalde es un tirano, sube cada vez más los impuestos sin que papa pueda evitarlo y Guillermo es igual que su padre─dijo ella molesta y explotando finalmente─ Si me dejaras trabajar podría ayudar con los gastos, aunque sea tejiendo, gracias a que me enseñasteis a tejer hice la alforja de mi caballo. Padre me enseñó a hacerme las espadas, en la casa de su amigo el herrero y podría ir vendiéndolas.

Ninguna hija mía trabajara, menuda humillación seria, sobretodo en cosas en las que solo trabajan los hombres─reprochó a su hija y empezó a suplicar que aceptase la propuesta de matrimonio.


Ariadna empezó a pensar en lo que le había propuesto su amiga, de por una vez hacerle caso a su madre y a pesar de que odiaba a Guillermo, en esa situación no podía hacer otra cosa que ser un sacrificio, solo que en vez de ser ofrecida a los dioses de alguna religión, se sacrificaba por su familia, tragándose su orgullo para no acabar en la calle o de vuelta al continente en el que no recordaba haber vivido nunca. Miró a su madre con una expresión de odio, a la vez que pena, en la cara y pensando en que iba a ser inmensamente infeliz, pero debía hacer lo correcto o al menos hacer aquello con lo que pudiera ayudar a su familia.


Las dos bajaron al salón y Ariadna observó a su familia, sus hermanas las susurraban que aceptase, que así tendría mucho dinero, ella les miro con ojos gélidos como el hielo de invierno, expresando su odio hacía ellos y sobretodo odio hacía lo que iba a hacer, se acercó a Guillermo que se levantó al verla caminar hacía él.


Aceptó casarme contigo─dijo ella mostrando una falsa sonrisa.

─ ¡Me alegra que haya recapacitado sobre la propuesta matrimonio, madame!─dijo con gran satisfacción Guillermo─ He pensado que sería estupendo que os trasladaseis a nuestra casa para ir preparando la boda que será dentro de tres meses.

No queremos ser una molestia-respondió Ann y disimulando, añadió- pero, estoy segura de que mi hija se quedara allí a pasar unos días, después de la fiesta ¿verdad hija?─rió nerviosamente.


Ariadna miro a su madre con odio, viendo como la miraba suspiró aguantándose por enésima vez las ganas de echarles a patadas y miró a Guillermo.


Si, por supuesto-respondió ella sonriendo con bastante falsedad e intento no arrancarle la cabeza a su madre─ ¿Me podré llevar mis pertenencias?

Por supuesto podrás llevarte lo que quieras, querida─dijo con su sonrisa de oreja a oreja y besándola la mano se despidió de ella.


Sus padres acompañaron a los tres visitantes a la puerta donde les esperaba el carruaje, y el alcalde salió hacía la casa de la colina cuando su mujer y su hija subieron finalmente al carruaje. Ariadna se encerró apenas unos segundos después de que se fueran los visitantes, empezó a sentir asco de ella misma, decidió salir a cabalgar nuevamente, necesitaba pensar, mientras que salía hacía el establo y ensillaba su caballo, su madre y sus hermanas intentaron convencerla de que no se fuera en su caballo, apenas faltaban tres horas para que fuera la hora de irse a la fiesta, debían no solo prepararla a ella sino también su equipaje, que llevarían en el carruaje hasta después de la fiesta, porque ella se quedaría tal y como habían acordado con la familia del novio, pero ella desobedeció volvió a salir de allí con su caballo.


Llegando al acantilado al norte de la isla, se puso a mirar las aguas del horizonte, como rogándole al destino esa boda y evitar lo que sucedería si se celebraba. Se quedó un buen rato mirando el mar, y se puso a hablar con su caballo mientras emprendía la vuelta a su casa, sin darse cuenta de que por la línea del horizonte se podía ver, aunque de forma borrosa, aparecer un barco.


El barco amarró en la ensenada, un hombre que parecía ser quien mandaba en el barco; era un muchacho joven, de caballera negra que inspeccionaba el lugar con su catalejo y desde allí pudo ver las casas de la capital, más cercanas a la costa, y lo que más le llamó la intención de aquel lugar fue el acantilado por el que bajaba la damisela en su corcel. Uno de sus hombres de la tripulación, que le acompañaban en ese viaje se acercó a él y se intrigó al ver que su capitán se había quedado embelesado al mirar hacía el acantilado y antes de que él pudiera decir algo su compañero y jefe se lanzó al agua nadando hacía la orilla.


¡Ten cuidado recuerda que sigue habiendo precio por tu cabeza!─le gritó su contramaestre del barco viéndole partir hacía la isla.


Ignorando todo lo que pasaba, y que pasaría con la llegada de aquel misterioso barco, Ariadna decidió bajarse del caballo y seguir a pie mientras que seguía hablando con su caballo a su lado totalmente asumida en pena e ira hacía ella misma.


¡Ay, Audaz! Por desgracia voy a tener que sacrificarme por mi familia, y casarme con ese cretino sintiendo solo repulsión por él─le dijo entre suspiros de tristeza─ ¡Ojala algo impidiera esa boda!-exclamó llena de ira mientras que lanzaba una piedra de una patada.


De repente un quejido de dolor, llamó la atención y al levantar la vista, vio a un muchacho que la llamó realmente la atención, por su piel morena de estar tanto tiempo a la luz del sol, sabía que no era de la isla, además, ella conocía a todos y cada uno de los residentes de esa isla, y todos sabían quién era ella, vio como aquel hombre se acercaba a ella sonriendo, pero ella se sentía un poco intimidada, los ojos de aquel extraño mostraban una oscuridad y una soledad que hacía que se perdiera en su mirada.


Lo siento mucho, señor, no le había visto─dijo tartamudeando la muchacha─ De verdad, lo siento, lo siento mucho.

No pasa nada estoy acostumbrado, soy de cráneo duro, aunque a pesar de ello me temo que me ha afectado el golpe y estoy en el cielo, porque tengo frente a mí a un ángel muy hermoso─dijo él besándola la mano con dulzura.


Ariadna se quedó impactada ante la forma de comportarse era muy educado, parece ser un hombre de mucho mundo, sus ropas eran muy elegantes, como si fuera de buena familia, aunque estaba totalmente empapado, se reía un poco por dentro mientras lo contemplaba.


¿Usted no es de aquí, cierto? Señor...─preguntó ella sonrojada mientras le miraba.

No, soy un viajero que acaba de llegar, y no pude esperar, quería ver la ciudad y explorarla, mientras que mis compañeros de viaje, reunían provisiones─respondió ese hombre─ Mi nombre es Alexander ¿y el vuestro dulce ángel?

Mi nombre es Ariadna Casterwill, y no soy ningún ángel, señor. Debo irme mi madre querrá que me prepare para un compromiso que tenemos al que la verdad preferiría no asistir─contestó la joven.

Es una pena señorita, me hubiera gustado poder disfrutar de su compañía, espero que podamos volver a vernos─dijo él sonriendo.


Ariadna se volvió a subir al caballo y se puso en marcha hacía su casa, pero le imposible dejar de pensar en aquel muchacho, era un hombre muy apuesto, aunque había algo que parecía hacerla sospechar de él y eso le parecía misteriosamente atractivo. Era algo que nunca había sentido, pero esperaba que no fuera lo que ella estaba pensando, que era la sensación que para ella era desconocida, esa sensación del verbo referente a la palabra conocida como amor, debía respetar a su futuro marido por más que lo despreciara.


Cuando llegó a la casa, su madre comenzó a reprimirla por su tardanza y la mando que se fuera a preparar, mientras que todos los demás esperaban a que el carruaje que iba a enviar el alcalde a por ellos para llevarlos a la mansión. Ariadna se arregló y empezó a peinarse su hermosa melena castaña con mechones casi clarecidos por el sol. No pudo apartar de su mente a Alexander, no conseguía dejar de pensar en su encuentro y sabía que nunca podría volver a verlo. Sus suspiros más que por amor eran por tristeza que sentía por quien jamás podría enamorarse, iba a convertirse en una mujer casada y era demasiado arriesgado engañar al hijo del alcalde, sobretodo porque Guillermo había sido recién nombrado comandante del ejército de Jamestown. Se sentía perdida tanto en cuestiones de lógica como en las cuestiones del corazón.


Ann entró para avisar a su hija de que ya era hora de irse hacía la fiesta, mientras bajaban notaba distante a su hija, más de lo habitual. También la notaba triste, eso era lo que no entendía al igual que sus hermanas, iba a casarse con un hombre muy importante, y además tendría dinero más que suficiente para pagar las deudas y su reputación aumentaría.


El cochero que esperaba a que la familia al completo se hubiese subido al coche de caballos, se puso en marcha hacía la mansión del alcalde. Como todos no cabían en el carruaje, los hombres de la familia usaron sus propios caballos, mientras que la madre y las siete hijas fueron en el coche de caballos, pero delante de ellos había una fila entera de coches igual al que usaban ellos, todos iban en la misma dirección. Ariadna asomada a la ventana del coche solo porque la aburría la conversación de él; parecía que el alcalde había invitado a la mitad de la isla, a la mitad rica por supuesto, era la única a la que aceptaría invitar.


Nadie se daba cuenta de que en la ensenada se estaba planeando un saqueo que pondría a la isla entera, más hundida en la ruina de lo que ya estaba, ningún habitante de aquel lugar sospechaba que estaban a punto de ser invadidos por los piratas.


En el barco, Alexander les estaba dando un pequeño discurso a sus camaradas y dándoles la orden de que se dividieran en varios gruesos, cogieron tres de ellos cuatro botes, dejando que los grupos restantes se quedaran a bordo para que se ocuparan de atacar el fuerte de la capital con el barco. Los tres primeros grupos de bucaneros, de los cuales uno de ellos encabezaba el capitán, esperaban a que Alexander les diera la señal para comenzarlo.


¡Yo me encargare de atacar la ciudad con mi grupo, vosotros ir a las dos casas importantes, traer todo lo que sea de valor!─grito a sus camaradas mientras se lanzó con el primer grupo empuñando todos sus espadas.


El tercer y segundo grupo se dividieron en otros dos grupos más pequeños, tal y como se había planeado desde un principio, las personas pertenecientes al segundo grupo se pusieron en camino hacía la mansión del alcalde, y las del tercer grupo a la del gobernador.


Mientras en la fiesta, Ariadna ya estaba intentando evitar a su prometido, pero sin éxito alguno y empezando a pensar que había sido una mala idea continuar con el plan de su madre. También se estaba arrepintiendo de haber hecho caso al consejo de su amiga, que por suerte se encontraba también en la fiesta.


Ariadna sabía que su futuro esposo era un tirano como su padre; eran todos unos personajes, nadie de la familia del alcalde era mirado con buenos ojos por algunos campesinos. El cabeza de familia era un opresor, su hijo un fanfarrón y su futura suegra, era una vieja aguafiestas, también había una hermana menor de su prometido, pero no la había conocida hasta ese instante y era peor que su hermano. Sabía que el futuro que la esperaba junto a Guillermo iba a ser un auténtico y realísimo infierno. Deseaba que algo pasara, que algo o alguien la salvara de aquel casamiento, que Guillermo se volviera pobre, cualquier cosa que impidiera ese compromiso.


De repente el baile de máscaras se vio interrumpido por la llegada de los piratas a la mansión. Guillermo y parte de la guardia de la isla que se encontraba dentro de un salón, comenzó una pelea contra la invasión, Ariadna también quiso hacerlo; ella se había entrenado a escondidas en el gran arte que se conocía como la esgrima, y era muy buena en esa especialidad, su padre la entrenó, él sabía que tan buena o incluso mejor que cualquier guardia. Por eso siempre se escondía debajo de la falda del vestido una espada por si la llegaba a necesitar, además con la máscara puesta nadie sospecharía quien era, sino eran los pertenecientes a su familia, claro, sería fácil ayudarlos.


Ariadna sacó su espada sin que nadie la viera y se enfrentó a los bucaneros. En ese momento uno de los hombres a los que se enfrentaba corto la cinta que se sujetaba su máscara, la golpeó con el puño haciendo que ella cayera al suelo, dándose contra uno de los escalones de la gran escalera, provocando que quedara inconsciente por unos segundos, los suficientes para que su rival y sus compañeros pudieran acorralar a todos los presentes de la fiesta, también para atar a Guillermo y la guardia.


Mira parece que la valiente se despertó ¿la llevamos ante el capitán?─preguntó uno de los hombres mientras la apuntaba con el sable.

Si, él segurísimo la enseñara a no meterse en cosa de hombres, y además es del tipo de mujer que le gustan─respondió el otro.


Entre los dos hombres de la tripulación pirata apresaron a la joven y mientras sus compañeros se llevaron el resto del botín, en el camino de regreso al barco, Ariadna intentaba una y otra vez, hasta que aun con gritos y pataletas no consiguió nada, la pusieron grilletes, y la dejaron en el camarote de su capitán, a quien sabían le agradaría un regalo tan placentero e indomable.


Con las manos atadas, literalmente, Ariadna oyó y vio como los piratas iban subiendo al barco con muchos objetos de valor, pero cuando vio a su corcel siendo llevado a bordo, temió que quisieran venderlo por dinero o cambiarlo con ron. Ella había leído mucho sobre los piratas, y había oído historias en la taberna del pueblo, una vez oyó hablar un pescadero, de un capitán que siempre abordaba y saqueaba, era conocido como el capitán Foster, y pocos, muy pocos conocían su rostro o su nombre de pila.


Ariadna no sabía cómo sentirse estaba entre sentimientos de alivios y los de temor, por primera vez en solo veinticuatro horas, se sentían indecisos. Lo único que deseaba era tener de nuevo su libertad. Busco algo para liberarse de los grilletes, y de repente oyó, al que seguramente era el segundo a bordo, al parecer el capitán ya había vuelto con los que habían ido con él al pueblo.

Sept. 1, 2018, 7:27 p.m. 0 Report Embed 7
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