Un juego persuasivo I Follow story

eneidawolf Eneida Wolf

I SERIE IDILIOS DE TEMPORADA 1814, Londres. No hay ser más formal, estricto y moral que Franklin Leverton en toda Inglaterra. A su lado, todas las damas que se las dan de puritanas y perfectas tiemblan. Sólo se le conoce una debilidad, su hermana Rose, hasta ahora. Después de la muerte de la matriarca de la familia, Mary Leverton, se ve al cargo de todo un ducado y la necesidad de mantener la estabilidad, buscando una esposa adecuada. Sin duda, Wendoline Conynham no es alguien adecuado, su reputación no puede ser peor y su descaro no tiene límites. Lo grave es que no se molesta en disimularlo. A Wendoline no le importa estar prometida con cierto caballero ni que Franklin la desprecie, porque tiene muy claro su propósito: corromperle.


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#romance #amor #histórico
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Presentaciones

20 de Octubre de 1814


De haber podido elegir, Wendoline no hubiese estado en el entierro de Mary Leverton, pese a que se alegraba internamente y le regocijaba el hecho de que la mujer, al fin, estuviese bajo tierra.


Yorkshire era un buen lugar, allí estaba su hogar, la casa donde había crecido, pero hacía demasiado años que no la pisaba, y temía los recuerdos que podía desencadenar, demasiado dolorosos como para, simplemente, dejarse caer por allí sin ninguna razón de peso. Bath quedaba descartado, allí había demasiada gente que iba para ser vista, demasiado cuchicheo y escarceo aunque era la ciudad de moda cuando, supuestamente, querías paz y tranquilidad y curas de salud debido a sus termas. Florencia, ese era el destino que hubiese elegido. O quizás Paris, siempre era una buena idea pisar esa ciudad tan variopinta.


El entierro fue multitudinario, la mujer era temida y odiada por igual en su gran mayoría, y querida por quienes pensaban como ella y la tenían de aliada. Observó cómo la gente la miraba con curiosidad, estaba segura que muchos se preguntaban quién era esa joven que vestía a la francesa y sonreía demasiado, y hablaban a sus espaldas de su mala reputación. Era el efecto que solía causar entre la gente, estaba acostumbrada y no le molestaba. Ella misma se había creado su personaje hecho a medida, la infame Wendoline Conynham, despreciable dama y mujer descarada que osaba contradecir a los hombres, los rebatía con inteligencia y tenía una moralidad más que dudosa.


No se molestaba en contradecirles, porque simple y llanamente, le daba absolutamente igual qué pensasen de ella. Hastiada de estar allí, caminó hasta el pasillo y, disimuladamente, entró en la primera habitación que encontró. Era un despacho elegante, con muebles de madera de roble y butacas de terciopelo. Como todo despacho que se preciase, había una licorera a rebosar. Se sirvió una copa, era Whiskey y le gustaba. Se detuvo a leer algunos títulos de los libros que había en la estantería más cercana, en su gran mayoría, clásicos.


Detestaba a los clásicos, aunque los había leído y estudiado. Tenía opiniones fuertes y una de ellas era que no podías criticar algo que no conocías. Había excepciones, sin duda, pero los libros no eran una de ellas.


—¿Le gusta la colección? —una voz masculina la sobresaltó, pero la sorpresa le duró poco.


No era nadie que conociese, es más, no le había visto nunca pero no era nada extraño, teniendo en cuenta que había pasado la mayor parte de su vida adulta en el extranjero y tampoco solía fijarse demasiado en la gente.


—No es de mi agrado, pero pocas cosas lo son —respondió con el descaro que la caracterizaba.


Era un hombre alto, de magnífico porte. Sus ojos a simple vista no eran espectaculares ni llamaban la atención, pero si volvías a mirarlos detenidamente, podías ver que eran de una tonalidad azul peculiar, tirando a turquesa e inquietos. Tampoco era, a simple vista, atractivo. Tenia unas facciones corrientes, una nariz alargada que sobresalía, poco inglesa. Pero, en su conjunto, le pareció decente. Muy decente, no sabía muy bien por qué.


Quizás era la forma en que la miraba, examinándola y censurándola a la vez, o esa masculinidad que le supuraba por los poros. Sin duda lo que más le gustaba era esa mandíbula prominente, era lo que le hacía parecer viril.


—¿Está buscando al duque? —preguntó el hombre que tenia la mirada de reproche puesta en cuanto la vio beber del vaso.


—Sólo buscaba huir de la muchedumbre. Ni siquiera sé quién es el duque. ¿Una copa?


Franklin estaba seguro de que era la primera vez que veía a esa mujer en su vida, porque sin duda, se habría acordado de ella. Su manera de caminar, de moverse, sus gestos, toda ella desprendía sensualidad. Se preguntó si lo estaría haciendo a propósito. Pero no lo creyó, sus movimientos eran demasiado naturales.


—No creo que al duque le haga gracia que me esté ofreciendo una copa de su Whisky —dijo, pero se la sirvió a sí mismo.


Al fin y al cabo, era su Whisky.


—Si se parece mínimamente a su abuela, estoy segura de que no.


Él no se inmutó, y a ella se le cruzó por la mente que aquel hombre tan serio, estaba empezando a gustarle.


—Veo que estoy ante una admiradora más de Mary Leverton.


—¿Cuáles fueron sus palabras? —dijo pensativa, ladeando el rostro—. Ah, sí, me llamó enemiga de la decencia, reencarnación del diablo y chiquilla moralmente indeseable. Abanderé la primera causa, se lo debía.


Él frunció el ceño, no sabiendo a qué atenerse. ¿Quién era esa mujer que había enfurecido a su abuela de tal manera? No había conocido a nadie como ella. No, sin duda ninguna mujer que conocía lo habría dicho tan abiertamente, al menos una mujer inglesa.


—¿Quién sois vos?


Wendoline sonrió y se terminó el contenido del vaso.


—Ser amoral en mis ratos libres y erudita a tiempo completo —le estrechó la mano ante un Franklin estupefacto.


Nunca, jamás una mujer le había estrechado la mano.


—¿Va a dármela o no? —se impacientó.


—No es habitual —contestó, pero acabó haciéndolo.


Al fin y al cabo llevaba guantes, no era nada que pudiese considerarse indecente.


—Yo no soy habitual, caballero, no sé si se ha dado cuenta.


Wendoline se sentó en una de las butacas y Franklin hizo lo mismo, no dejando de observarla. Era completamente hipnótica, no podía desprender sus ojos de ella, hasta le costaba parpadear.


Entonces ella supo exactamente quién era ese hombre, pues en un acto reflejo, abrió una caja pequeña que había encima de la mesilla y sacó dos posavasos. La situación le pareció la mar de irónica.


—¿Ha dicho erudita? —preguntó Franklin, que estaba sintiendo mucha curiosidad por esa mujer.


—De la cultura egipcia. Es anterior a los clásicos —apuntó.


—Depende del período. Una señorita como vos... ¿cómo puede ser una erudita?


—No sé si lo habrá notado, pero las mujeres tenemos ojos, cerebro y cualquier otra parte de la anatomía necesaria para leer, estudiar y descubrir cosas.


—Estudiosa, puede, pero erudita...


—Ahórreselo. Si me pagasen un lingote de oro cada vez que me han dicho lo mismo, sería más rica que el rey de Inglaterra.


No insistió, sus argumentos eran fuertes y no le apetecía discutir. Había tenía un día muy ocupado e, igual que ella, buscaba esconderse de la gente.


—¿Cómo es que nunca habíamos coincidido? —reflexionó en voz alta.


—Llegué hace unos meses a Londres. He estado viajando, y supongo que las pocas veces que me he presentado en sociedad, no habremos coincidido. ¿Está casado? —se levantó para servirse otra copa.


—No lo estoy. El licor es fuerte.


Ella parpadeó un par de veces, pensando que era el perfecto duque, tan correcto, tan azorado por una situación imprevisible, pero lo suficientemente despierto para enfrentarla.


—Fuerte es el vodka, y en San Petersburgo se bebe como agua.


—¿Ha estado en San Petersburgo?


—He estado en muchos sitios. Sospecho que vos no habéis salido de Inglaterra.


—Lo cierto es que nunca he tenido demasiadas aspiraciones a hacerlo. Inglaterra es la mejor patria que hay —dijo, orgulloso.


—Hasta que no paseas por el gran bazar de Damasco, hueles sus especias y te vistes como las mujeres de las mil y una noches, o respiras el frío helado de Siberia y se te corta el aliento o incluso ves las ruinas de la magnificencia del Coliseo romano y pisas la arena donde los cristianos fueron comidos por los leones, no sabes lo que te pierdes —divagó.


Esa mujer tenía un tono de voz melodioso, hacía que pudieses escucharla durante horas, y más cuando describía esas maravillas con devoción.


—Son culturas fascinantes, pero no tan avanzadas como la nuestra —contraatacó.


—No lo suficiente, sin duda. Las mujeres estamos infravaloradas en todos los aspectos. Somos más que un objeto de transacción y, por supuesto, nuestro destino tendría que ser más ambicioso que lograr un buen matrimonio.


—¿Pretende que la sociedad se suma en el caos? ¿Cambiarlo todo, que reine la anarquía?


—Pretendo la igualdad ante la ley para hombres y mujeres, quitar esas estúpidas y rígidas normas que nos oprimen —respondió de carrerilla.


—Sin esas normas seríamos meros animales.


—Las normas evolucionan, pueden cambiar y volverse más laxas—insistió.


—Nuestra sociedad es la más avanzada gracias a ellas —dijo Franklin, sorprendido ante la rapidez de sus reflexiones.


—Existían otras civilizaciones mucho más modernas.


—¿Cómo en Egipto, con los esclavos?


—¿Acaso no hay esclavos en Inglaterra, aún? ¿Cree que la Compañía de las Indias Orientales negocia de igual a igual en esos países de oriente? Está muy equivocado, su excelencia —dejó el vaso vacío encima de la mesilla, en el posavasos, y salió del despacho ante la atenta mirada de Franklin.


Se encontró admirando su cuello níveo, las mejillas sonrosadas por la acalorada discusión que acababan de tener y su brillo melancólico. Sí, esa era la palabra. Sus ojos desprendían melancolía en estado puro, eran dos pozos verdosos que lo inundaban todo de una sola mirada, y lo habían absorbido por completo. Un verde aguado del color de las hojas en primavera, de los prados.


Y, por supuesto, su trasero. Dios mío, nunca había visto trasero semejante. Tan redondeado, tan jugoso, tan apetecible. Daban ganas de apretarlo e incluso darle un mordisco.


Franklin, ¿en qué estás pensando?


Erudita y descarada. Estaba claro que tenían en común el blanco de los ojos, y el hecho de que a ambos les gustaba discutir y tener la última palabra.


Wendoline estaba exaltada. Aún no podía creer que hubiese tenido la mala suerte de encontrarse con el duque de Kengsinton en su despacho, haberle ofrecido una copa de su licor y mostrarse tan ufana en su argumentación. No había podido resistirse a dejar caer en su última frase el excelencia correspondiente, y se preguntaba si el duque había sido lo suficientemente sutil como para haberse dado cuenta de que sabia quién era.


—¿Wendoline Conynham? —dijo una voz conocida, que hacía años que no oía.


Rose Leverton apareció frente a sus ojos, muy cambiada a cómo la recordaba.


—Rose. Hacía años que no te veía —no era su persona favorita en el mundo, sabía quién era por extensión a su cruel abuela y no esperaba que ella la recordase.


—Estás fabulosa. No esperaba verte aquí, en realidad ha sido toda una sorpresa, pero me alegro. ¿Dónde has estado?


Ella sí que estaba sorprendida, ¿era la misma Rose que se escondía detrás de los tejemanejes de su abuela?


—En el extranjero.


Ella sí que estaba fantástica. Radiante y feliz, algo que le chocó pues no dejaba de ser el funeral de su abuela.


—Me enteré de lo de tus padres, lo siento mucho. ¿Vas a quedarte en Londres?


—Una buena temporada, por desgracia.


Rose cazó al vuelo qué es lo que sucedía, y por supuesto, lo entendió.


—Siento si alguna vez te hice sentir incómoda, no era mi intención —se justificó.


—Nada que no me dejase dormir por las noches. ¿Essex está por aquí?


Recordó que la última vez que había pisado Londres, se había anunciado el compromiso de esta con el conde de Essex.


—Está muerto. Ahora soy Rose Frayes.


—Eres rápida —dijo sorprendida.


—Gretna Green, fue el escándalo de la temporada —dijo, pareciendo satisfecha.


—A tu abuela no debió de agradarle.


—Me amargó la vida, su muerte no me ha producido ninguna pena —soltó de golpe, y entonces vio que Rose se había deshecho de una careta y que estaba ante la verdadera.


—Ya somos dos.


—Voy a estar el Londres durante las navidades, cerca de mi hermano. Te iré presentando a unas encantadoras damas que estarán felices de conocerte.


—¿Lo dices en serio o con cierto retintín en la voz?


—Hablo en serio. No todas las mujeres en Inglaterra somos damas infames.


—No me digas —se le iluminaron los ojos al escuchar aquello.


—Tengo que irme, mi hijo y mi marido ya están en el carruaje.


—¿Tienes un hijo? —preguntó sorprendida.


—Así es, Nathaniel. Ya lo conocerás. De veras que me he alegrado verte, Wendoline.


—Lo mismo digo, Rose.


No parecía la misma que conocía y eso la alegró. Quizás volver a Londres no había sido tan malo. Se acicaló el cabello y salió de la casa, hasta subir a su carruaje. Esperaba que la contestación a cierta invitación que le había hecho a cierto caballero no se demorase mucho, de lo contrario tendría que pasar al siguiente de su lista.


Y no era muy extensa.



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Espero que os guste ♥️ A los que leeis, no dudéis en comentarme cualquer cosa, ¡un beso! 




Sept. 1, 2018, 2:52 p.m. 4 Report Embed 45
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Vitta Leiva Vitta Leiva
holi 😊
Dec. 3, 2018, 4:38 p.m.
Nieves Rincon Nieves Rincon
Ya sabes lo que pasa con los polos opuestos
Sept. 29, 2018, 12:21 p.m.
Bey Blanco Bey Blanco
Sept. 12, 2018, 9:04 a.m.
Loreto Aravena Loreto Aravena
<3 <3
Sept. 1, 2018, 9:10 p.m.
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