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eleanorigbysays Eleanor Rigby✨

April abandonó la fría y llena de secretos Minnesota para desarrollar su proyecto de felicidad en la otra punta del mapa, pero hay historias que no pueden dejarse atrás. La huella que la convivencia con su madre y los abusos sufridos desde la infancia han dejado es imborrable, y las cicatrices, muy visibles... al menos para Heath. Él tiene muchas cosas en común con April: también llegó a San Diego huyendo, y tampoco sabe cómo comportarse con ella. Ha sabido contener los recuerdos y vivir al amparo de la ignorancia, pero cuando coincida con ella, la viva imagen de lo que amó y perdió, serán muchos los secretos que saldrán a la luz... Y puede que para ese momento, ninguno de los dos esté preparado para afrontar las consecuencias.


Drama All public.

#romance #erótico
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Capítulo 1

Gracias al cielo los rectores se habían apiadado de su mejor amiga, concediéndole la beca que necesitaba para estudiar en California con ella. Las calificaciones de Leila dejaban mucho que desear, pero no así su exquisita técnica como jugadora de voleibol, lo que había salvado a April del abismo... por los pelos. Si hubiera tenido que enfrentarse a solas y muy a duras penas a la nueva etapa de su vida que los dieciocho proponían, habría acabado dejándolo a los pocos días. Vivir en una residencia a casi diez mil kilómetros de su casa para estudiar lo que le gustaba era algo que ni de lejos podía manejar sola.

Dependiendo de quien la mirase, April Geller era estúpida con las ocho letras o un magnífico eufemismo que viniera a significar lo mismo. Sus profesores decían que era «paradita», Leila aseguraba que «tenía que espabilar» y su madre afirmaba rotundamente que era una imbécil de manual. Si le preguntaban a ella, y tampoco es que lo hicieran a menudo... Tal vez fuera débil y lamentablemente introvertida. Sobrevivir a la universidad sin el apoyo de sus amigos era inviable, y no había más que hablar.

Un problema era que April no tenía ni idea de cómo hacer amigos. Los que ya tenía los consiguió retener a su lado gracias a la paciencia de ellos, nunca a la habilidad de ella. Y no eran muchos. Únicamente Leila. Cualquiera diría que se debía a su fachada de niña tímida, seria e incluso aburrida, siempre con la cabeza metida en los libros. Si me preguntaran a mí, que llegué a conocerla muy bien, les contradiría con una sencilla oración: nadie sabía ver la valía de April a simple vista, porque la ambición de descubrir un alma pura era nula en esas edades. Pero tengo claro que si no hubiera sido tan difícil conocerla, April nunca habría estado sola.

Paremos aquí y evitemos ponernos melancólicos de más. No me malinterpretéis; amigos no le hacían falta. Leila Littleton era como su hermana, solo que sin el como, y eso significaba que no necesitaba nada más.

—¡Me las piro! —exclamó la susodicha entonces, agitando su melena negra con desenvoltura.

—Espera... ¡Leila! —llamó April—. ¿A dónde vas? Tenemos que ir a la habitación, a comprobar que todo esté en orden y...

Leila hizo un vago gesto con la mano, que parecía decir «no te preocupes». Pero, ¿cómo demonios no se iba a preocupar? El contrato firmado de la temporalidad de su estadía en la residencia, anunciaba claramente que contarían con una tercera compañera de habitación. Sola no sabría manejarla, sin el arrollador carisma de la morena para hacer de escudo.

Apretó los labios y un hoyuelo se formó en su barbilla. Era muy difícil enfadarla, pero no le quedaría otra si Leila se marchaba y la dejaba sola en medio del inmenso campus. Por el amor de Dios, era la primera vez que pisaba San Diego; aún no se acostumbraba a la humedad del aire, y Leila ya planeaba dejarla con sus bártulos en la entrada. Se sentía tan fuera de lugar como increíblemente ridícula, cargando con bolsones de rebecas de lana y pantalones de doble forro cuando a algunas chicas de por allí les faltaba un grado más para quedarse en ropa interior.

April empezó a agobiarse. No sabía cómo se trataba a la gente de los estados americanos del este, no tenía ni idea de habilidades sociales y, aunque no pareciese un problema digno de mención, no estaba en absoluto acostumbrada a ese clima tan caluroso. «Te arrepentirás de llevar franela», le dijo su madre, con toda esa sabiduría moderna que había sacado de leer artículos en la Vogue, y que ella ignoró porque odiaba ir de compras y preferiría morirse de calor a enseñar una porción de su cuerpo. «Santa Teresa de Jesús estaría orgullosa de ti», le espetaría, mirándola con los ojos llenos de recriminaciones por encima del último número de prensa sensacionalista. Era fácil criticar cuando su madre tenía solamente dieciséis años más que ella, una talla de sujetador que daba dolor de espalda y aún veía Gossip Girl cuando le bajaba la regla.

—¿April? ¿Me estás escuchando? —oyó que decía Leila, agitando de nuevo la mano delante de su cara. Se había hecho las uñas y necesitaba estampárselas en las narices a todo el que pudiera apreciarlas. Un gran problema, porque ella no las apreciaba. April se apartó y sacudió la cabeza, componiendo acto seguido su mejor expresión atenta—. He dicho que no te preocupes por la habitación de la residencia. He conocido a una chica bastante guay en secretaría y nos hemos caído bien. Dice que irá a hablar con sus amigas para ver si puede meternos en la hermandad. ¿Sabes lo que es una hermandad, April?

April frunció el ceño para sus adentros. Tal vez no se enfadaba con frecuencia, pero sí que le molestaba que la tratasen como si fuera idiota cuando era el único defecto que no tenía. De todos modos no dijo lo que opinaba. Solamente movió la cabeza de arriba a abajo.

—Bueno, pues hay varias femeninas en la Universidad de San Diego que cuentan con más de diez habitaciones. Son casas enormes, y en algunas no tienes ni que compartir el baño de las instalaciones que tienen... ¡Imagina! —Leila abrió mucho sus impresionantes ojos grises maquillados con dedicación—. Tenemos que aprovecharlo. Y si no cuela lo de entrar en la hermandad de Olly, nos buscaremos a otra chica y nos haremos su amiga. No pienso compartir habitación.

Esa era Leila: práctica.

—Entonces... ¿Vas a la hermandad a hablar con... Con...?

—Con Olly, sí. No tartamudees, April —suspiró, rodando los ojos. Casi parecía haber adoptado aquello como su coletilla desde el instituto: no tartamudees por aquí, no tartamudees por allá... Como si a April le hiciera ilusión que toda persona a la que conociese le recomendara ir a un maldito logopeda—. Escucha: sé que eres tímida, y que te cuesta muchísimo relacionarte... Sobre todo después de todo aquello. Pero es tu oportunidad de empezar de nuevo, ¿entiendes? Aquí nadie te conoce. Aquí nadie te va a señalar como «la callada», «el ratón de biblioteca» o «la gafotas».

April se recolocó las gafas nuevas de pasta negra. No le gustaban; pensaba que eran demasiado grandes para su cara y que le hacían la nariz tan pequeña que parecían sujetarse por ciencia infusa. Sin embargo, su madre se había obcecado en comprarle unas gafas a la última moda bajo la amenaza de hacerse con cualquier arma de fuego para deshacerse de las antiguas. Según ella parecía Harry Potter, y no podría aspirar a echarse novio llevando aquello puesto. «¿Y quién quiere un maldito novio?».

Como April dedicaba su vida a complacerla, terminó resignándose y aceptando el regalo. Incluso se ilusionó pensando que dejarían de reírse de ella en el instituto si empezaba a adaptarse a las últimas tendencias.

No lo hicieron, por descontado. Los jugadores de fútbol, las animadoras e incluso los del grupo de ajedrez —que no tenía nada en contra del ajedrez, pero se suponía que ellos también eran unos pringados— continuaron con sus burlas. Pero ahora estaba bien lejos de todos ellos, y como bien decía Leila, podía empezar de nuevo.

Por lo menos nadie se había reído de ella. Aún.

Ni tampoco le habían hecho la vida imposible, en general.

Aún.

—Bueno, eso no lo sabes —contestó, con la boca pequeña—. Sigo llevando gafas, e iré a la biblioteca siempre que pueda para estudiar tranquilamente. Y..., soy callada. Siempre seré la callada, supongo.

Leila la sujetó por los hombros para sacudirla levemente.

—Entonces ponte lentillas. Haz nuevos amigos y queda con ellos para estudiar e intenta hablar sobre temas de interés con la gente que conozcas. Ya sabes: fútbol, ropa... No es tan difícil, Ap, por Dios. Intenta socializar.

Sus nociones de fútbol y ropa eran equiparables a sus conocimientos sobre astrofísica: ningunos. Y su interés en los tres campos era el mismo. Cero. Pero tal vez tuviera que sacrificarse...

—Si no crees que puedas encajar con ellos, busca otro tipo de gente que se interese por lo tuyo. Debe haber alumnos en esta universidad a los que les guste la literatura, la mitología y los museos de antiguallas raritos como a ti, ¿no? Vamos, seguro que al menos hay una persona en todo el campus que comparte tus intereses. No te frustres, ¿vale?

—¿Y cómo voy a saber distinguir a esa persona, Leila? ¿Tendré que ir confraternizando con todo el que me encuentre hasta dar con ella, haciendo el ridículo...? —preguntó, horrorizada. Solo de pensarlo se ruborizó, y no precisamente porque la idea le produjese excitación—. Creo que prefiero estar sola...

—April. —Su voz se volvió grave—. Dedícate a ser amable con quien te hable y eso será todo. Y no vayas con la cabeza agachada, como si fueras un bute o un mártir. ¡Mira qué sol! ¡Mira qué universidad! ¡Mira toda la vida que tienes por delante! —El entusiasmo de sus exclamaciones logró animar a April un tanto—. Ve con la barbilla bien alta, sonriendo un poco, y verás que todo va bien. Aquí la gente no se dedica a joder a otra gente, o al menos no todo el tiempo. Esto no es el instituto, es diferente. Tú también debes ser diferente. Si quieres, quítate las gafas: no tienes tanta miopía, ¿no? Las llevas un poco por costumbre. Quítatelas, a ver si así te sientes distinta y te ayuda a desenvolverte mejor.

«¿Quitarme las gafas para desenvolverme mejor? Ni que fuera la profesora tímida del jardín de infancia de Shin-Chan». En fin, tampoco perdía gran cosa. Estaba claro que las lentes la afeaban lo suficiente para que todo el mundo se riera de su aspecto. Se las quitó y las guardó dentro de su sencilla mochila. Se mareó un poco al principio, pero cuando logró enfocar la vista, supuso que Leila estaba sonriendo.

—Estás más guapa sin gafas, ¿sabes? Se te ven los ojos tan expresivos que tienes, y las pestañas tan largas... Ya quisiera yo unas así para mí. —Sonrió su amiga, acariciándole el pelo—. Y ahora me voy corriendo. ¿Nos vemos luego?

—Eh... Sí, pero... Dó... ¿Dónde?

Leila le lanzó una significativa mirada a April.

—Lo siento, no puedo evitar tartamudear cuando estoy nerviosa —se disculpó.

—Bueno, hazlo lo mejor que puedas. Te mando un whatsapp, ¿vale? Estate pendiente del teléfono. Tendrás batería, ¿no?

—Sí, mamá.

—Muy bien —rio Leila, dándose la vuelta. Le guiñó un ojo antes de echar a andar y despedirse con un—: Hasta luego, pestañas.

Cuando April se hubo quedado a solas en medio del campus, se propuso contar hasta diez: así acompasaría su respiración alterada, trazaría un plan para llegar a la residencia sin perderse —cosa a la que era muy dada— y se concienciaría de que era su momento para brillar. Sí, señor: su momento para brillar. Brillar...

«Repítelo cuanto quieras, eso no va a pasar».

—Bueno, April... Ha llegado el momento. Vamos a conocer a la compañera de habitación —se dijo en voz baja, dándose fuerzas. Era una mala manía que tenía. Cualquiera que la viese pensaría que estaba como una cabra. La gran pregunta era si llegarían a verla.

Ignorando las taquicardias, puso rumbo a la residencia no sin antes examinar minuciosamente el mapa del campus. Era casi tan grande como todo el pueblo en el que había vivido en Minnesota, y no era ninguna exageración. Apenas podía esperar a ver las instalaciones de la universidad, que seguramente dejarían en ridículo al edificio de mala muerte en el que había cursado sus estudios secundarios. Aunque no estaba segura de poder verlas como tal, porque si Leila le prohibía volver a ponerse las gafas, no le quedaría otra que privarse de grandes detalles.

Meditando sobre si las lentillas serían tan incómodas como parecían, logró llegar a la residencia, donde con el poder de su nombre y nada más consiguió que le dieran la llave de su nueva habitación.

¿Sería grande? ¿Sería bonita...? ¿Sería cómoda? No había traído mucho más que dos pósters para decorar las paredes y un par de libros para dejar sobre la mesita y leer antes de dormir. ¿Sería insuficiente para dejar su huella en el lugar, o más de lo que cabía esperar? Solo quería era encajar y poder llamarlo hogar. Sería el primero que tendría, igual que su única oportunidad para ser feliz.

Sonrió para sus adentros sin saber que lo exteriorizaba y se plantó delante de la puerta de su habitación. La número cuarenta y dos.

«Cuarenta y dos es múltiplo de uno, de dos, de seis, de siete...»

Los múltiplos se fueron a tomar viento fresco cuando April cruzó el umbral de la habitación y se topó con una pareja revolcándose en una de las camas.

No se había sentido tan violenta en mucho tiempo, y quizá precisamente porque llevaba años sin vivir una experiencia similar —y por la sorpresa—, soltó un grito ahogado y se le cayó la maleta provocando un sordo sonido. Esta, cuya cremallera había ido cediendo por el camino, se abrió de par en par y unas cuantas prendas de ropa quedaron desparramadas por el suelo.

—¿Qué mierda...? —escuchó que decía la chica. Viendo las raíces negras que contrastaban con su pelo amarillo, parecía ser rubia de bote.

La rubia de bote —se llamaría así hasta que averiguase su nombre— se giró sobre el regazo del chico y la miró por encima de su hombro. No parecía tener intención de levantarse, alisarse la ropa y hacer como si nada hubiera pasado.

«¿Por qué no se levanta?», se preguntó April con ansiedad. «Por Dios, ¿por qué sigue en esa postura tan... tan...? Cállate, Ap. No pienses. Contrólate».

—¿Quién eres? —le espetó la rubia, frunciendo las cejas.

Eran de una tonalidad tan oscura que April no pudo evitar recordar lo que su madre le había dicho tantísimas veces. «April, nunca olvides que no hay nada más feo que un pelo tintado de rubio y unas cejas oscuras. El objetivo de los tonos claros de pelo es que parezca que son naturales o, al menos, no extremadamente artificiales...».

April no tenía pensado decirle nada a aquella chica sobre sus raíces. Primero porque sería muy de mal gusto, y segundo, porque le estaba dirigiendo una mirada asesina que no auguraba precisamente una gran amistad entre ellas.

—Soy... eh... soy... soy... —«¿Quieres dejar de tartamudear?»—. Soy tu compañera de habitación... Sí, eso... eso es. Soy tu compañera de habitación. Eh... April... April Geller.

Tendió una mano en su dirección, muy segura de que la chica no solo no la estrecharía, sino que ni siquiera se molestaría en decirle su nombre. Supuso que era lógico: a nadie le gustaba ser interrumpido en medio de un... lo que fuera eso. Y eso no era algo que supiera gracias a su propia experiencia. Pero contra todo pronóstico y rompiendo sus esquemas, la chica se levantó, caminó un par de pasos hacia ella y se inclinó en su dirección para estrecharle la mano.

«¿En qué momento he llegado a esta posición?», se preguntó April, apreciando que estaba de rodillas en el suelo. «Ah, ya... Me he agachado para coger mis cosas. Para coger mi...»

¡Joder! ¿Eso que había ahí era una de sus braguitas? ¡No! ¡No podía ser!

—Perdona por haber sido tan brusca, April.

La voz de la chica era ahora suave. Y aunque a April le habría encantado mirarla —porque el contacto visual infundía confianza y eso era lo que necesitaba para intimar con los demás, o eso decía Nathan—, no pudo: el hecho de que sus bragas hubiesen acabado en medio de la habitación la distraía y alteraba de un modo muy desagradable. ¿No podía haberse caído el neceser, o los vaqueros...? Claro que no, debían ser las bragas.

—Eres como la quinta persona que entra sin llamar porque «se ha equivocado» o vete tú a saber, y la verdad es que estaba un poco cabreada. Soy Zoe Sanders, encantada. Mis amigos me llaman Zeta, y si es cierto que eres mi compañera, te convendría empezar a utilizar mi mote. Me temo que vas a conocerme muy, muy bien...

April levantó la mirada en ese momento y la miró, pudiendo apreciar en su expresión que tenía pensado darle esa clase de recibimiento todos los días mientras estuviera en la universidad. «Dios mío... Tendré que abrir la puerta con los ojos cerrados, o con una venda, o...»

—Eh... Encan... encantada, Zo... Zeta. Siento no haber llamado —murmuró, con un hilo de voz. Volvió a clavar los ojos en el beige del suelo, cuya textura le estaba dejando marca en una de las manos. La moqueta era muy desagradable el tacto, pero estaba temblando demasiado como para tentar a la suerte intentando levantarse—. Es que yo pensaba que... Bueno... Que sería la primera en llegar.

—Oh, ¿querías serlo para elegir cama? No hay problema, a mí me da igual. Escoge la que más te guste.

April parpadeó un promedio de veintisiete veces antes de dirigir la vista a la cama en la que esperaba que el chico siguiera tumbado. No lo estaba. Sentado sobre el borde y con los codos en las rodillas, parecía muy ensimismado dándole vueltas a...

«¡Mis bragas! ¡Tiene mis bragas!»

—Joder, Zeta, creo que con esta no te podrás intercambiar la ropa. Fíjate en el tipo de cositas que se pone. —El tipo levantó sus braguitas rosas con un lacito en el centro y las agitó, como si fuera un conquistador—. No me gusta una mierda este tipo de «lencería», así que más te vale no pedirle nada. Parecería que me estoy follando a una cría de cinco años.

—¿Y qué es lo que no te has follado tú ya? No creo que fuera tan desagradable. Y por cierto, me pondré lo que me salga de los huevos. Si no te impresiona, me la suda.

Zoe alargó la mano e intentó agarrar la ropa interior de la pobre April, pero fue en vano. El chico se puso en pie y mantuvo en alto las bragas, impidiendo que pudieran alcanzarlas. La leche... Era tan alto que no aspiraba a que Zoe pudiera conseguirlo.

—Todavía no llego a follarme a enanas, guapa. —Le guiñó un ojo a la rubia de bote y después, sus ojos viajaron al ovillo en el que April se había convertido—. ¿Qué pasa? ¿Te gusta que tenga tus bragas en la mano? ¿Te da morbo? ¿Por qué no vienes y las coges?

—Heath, no seas gilipollas. Deja en paz a la chiquilla.

«¿Chiquilla?»

April sintió ganas de llorar, pero no lo hizo. Recordó a Nathan. «Respira. Respira. Son personas como tú y como yo, no debes temerlas». Se puso de pie, se sacudió los vaqueros y se acercó al tal Heath. No sirvió de nada que caminase mirando al suelo, porque el chico se movió durante su recorrido y acabó en la otra punta de la habitación.

«Menos mal que la gente no se dedicaba a joder a otra gente en la universidad», pensó April amargamente. «Bueno, supongo que es una minoría la que hace estas cosas, ¿no? No son todos así».

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que hay en el suelo, que tan interesante te parece?

April parpadeó y, muy lentamente, levantó la cabeza para mirarlo. Entre las lágrimas no derramadas y la miopía, no fue capaz de apreciar gran cosa de su cara: solamente percibió su ceja arqueada, su pelo negro rapado y el contorno de su mandíbula.

—Tú eres el puto crío aquí —espetó Zoe, arrancándole de las manos la ropa interior de April. Después de fulminarlo con la mirada, se dio la vuelta y se acercó a la tercera en discordia esbozando una sonrisa conciliadora. Le tendió las bragas de un modo que casi la hizo reír: parecía Moisés entregándole las tablas a su pueblo—. Perdónale, April. Es un completo asno cuando alguien lo deja sin acabar la faena. Además: es experto en joderle la vida a mis compañeras de habitación, por eso estando en tercer año he tenido que cambiarme de sitio unas nueve o diez veces.

April asintió, cogió las pequeñas braguitas como si fueran su primogénito, y las dobló con delicadeza antes de volver a guardarlas en la maleta, que cerró a cal y canto por si las moscas.

—No... No pasa nada, no me ha molestado —atinó a decir. Miró al chico que recibía el nombre de Heath y le dedicó una sonrisa temblorosa, esperando sembrar la paz entre ambos—. Perdona por haberte interrumpido, Heath.

El tipo la miró con el ceño fruncido, e ignorándola mucho más que deliberadamente —como por ejemplo, siendo un desagradable y un maleducado—, cogió su fina chaqueta de cuero y salió de la habitación sin decir nada más.

—No le hagas caso. Cuando le viene el mal humor es peor que el basilisco. —Zoe puso los ojos en blanco y se acercó a ella. Le pasó un brazo amistoso por los hombros y sonrió. April pensó que tenía una sonrisa bonita, pero no estaba tampoco muy segura de si se lo parecía porque realmente lo era, o porque era la primera persona sobre la faz de la tierra que le sonreía con amabilidad—. Vamos, cuéntame qué has venido a estudiar y de dónde eres. Ese acento no es de California, pondría la mano en el fuego por ello...

Sept. 1, 2018, 2:58 p.m. 3 Report Embed 27
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Valeria TC Valeria TC
Me encanta, Ele!! La historia atrapa desde el inicio y es una lectura súper ligera. Me identifico con algunas cosas de April, así que será interesante ver cómo se desarrolla el personaje! 💗
Sept. 5, 2018, 10:44 p.m.
Valentina Louisa Valentina Louisa
Ya quiero leerla, tiene mucha pinta
Sept. 2, 2018, 9:19 p.m.
Tessa T. Sky Tessa T. Sky
No esperaba menos de ti, Ele. Heath es un gilipollas, nada que no sepas y April... Me da penilla la mujer. Qué ganas tengo de que saque su carácter Dios mío. Yo ya le habría metido un hostión a Heath que no se le habría borrado de la cara en la vida. En fin, subirás una vez por semana?
Sept. 1, 2018, 5:31 p.m.
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