La voluntad del Rey Follow story

eleanorigbysays Eleanor Rigby✨

La exitosa novelista erótica Kathleen Priest lleva tres años perdida en el mapa... y nadie sabe por qué. Lo que antes era un derroche de inspiración, se ha convertido en las cenizas de una fama ahora desconocida; todo a raíz de un incidente que le impidió volver a teclear una sola palabra, así como renegar de las relaciones y el amor. Su objetivo de pasar desapercibida trabajando como camarera en un club exclusivo habría sido cosa hecha si el prepotente, ambicioso y rico King Sawyer no hubiera puesto sus ojos en ella. Él es ese desagradable toque de atención que necesitaba para despertar del letargo, y lo peor es que lo sabe y pretende convertirse en el protagonista de sus fantasías. Pero Kathleen no va a ceder tan fácilmente a los caprichos de la clase de hombre del que huye. Así comienza un delirante tira y afloja en el que todo juego sucio estará permitido... Incluido el prohibido, el más peligroso de todos: aquel que podría convertir hasta a un rey en el esclavo de sus deseos.


Erotica All public.

#romance #drama
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Capítulo 1

Ser amante de las antiguallas empezó a pasarme factura en el momento en que decidí colocar un reloj de péndulo en mi habitación, la que también utilizaba de oficina cuando quería sentarme a escribir. Ese tictac rítmico solo servía para recordarme que un minuto más allí sentada significaba un minuto más desperdiciado. Saber que estaba malgastando mis horas delante de la pantalla del ordenador, a la que aún no sabía cómo bajarle el brillo para evitarme la ceguera, me generaba una incomodidad tremenda. Pero me obligaba a quedarme allí, ya fuera porque me gustara el dolor, porque acababa de despertarme y era demasiado pronto para salir a por un café o porque nunca era tarde para intentarlo otra vez. Intentar recuperar la inspiración. 

Así que ahí estaba yo, la vieja gloria Kathleen Priest; tecleando y borrando. Tecleando y borrando. Era la historia interminable, en la que a veces alternaba una larga mirada a la única frase que rellenaba la página en blanco del documento. 

Gavin desabrochó mi sujetador con una sola mano. Notaba sus dedos en la espalda...

Cerré los ojos y me concentré en el inexistente más allá de mi cabeza Gavin, intentando asociarle la cara de Tom Holland para no empezar a sudar. Imaginaba su cara de chico de veinte años, sus manos inexpertas y su sonrisa de «todo saldrá bien», y sí, la ansiedad remitía... Pero no podía pensar en Tom Holland desnudándome y escribirlo como si fuera una experiencia onírica. Desgraciadamente para mi vena artística, los hombres que solían ser mi tipo no podían pasearse por mi cabeza más de dos minutos, y los que ahora eran mi tipo por supervivencia no inspiraban descripciones eróticas. Resumidamente, mi yo poético había muerto sin posibilidad de rehabilitación... Porque no iba a ponerme a escribir sobre ángeles y demonios, o sobre vampiros y lobeznos. Esa fiebre ya había pasado de moda. La gente quería romance, acción y una buena dosis de sexo. Y yo solo quería seguir durmiendo.

Solté un bufido épico, aparté el portátil de una patada y estiré brazos y piernas hasta abarcar la cama casi en su totalidad. Era una mujer de extremidades muy largas y por eso tenía un colchón más ancho que la media, pero aun así sentía que me asfixiaba allí tendida.

Regodearme en la miseria no me iba a servir de nada, así que después de cerrar los ojos un momento y revolcarme con la esperanza de evocar una escena pasional, me levanté y fui a la cocina. Pasearme por mi apartamento caro con tres pares de narices me reconfortó: por lo menos tenía una bonita guarida para lloriquear de vez en cuando, lo que siempre era mejor que una fea guarida en la que lloriquear de vez en cuando.

Esa sensación de tranquilidad se evaporó cuando recordé que eso se había acabado. Un piso en el sexto distrito de Dublín, concretamente en el barrio de Rathmines, te podía salir a buen precio si buscabas bien. Pero como cuando me independicé podía hacerme un arsenal de bragas con billetes de cien, me busqué a conciencia un casero que se ocupara personalmente de atracarme. Y eso hizo hasta que se llevó todos mis ahorros. Ya no me podía permitir albergar mi culo de la talla treinta y seis en el salón con tarima flotante sin compartir cueva con alguien, de ahí que invadiera Internet con anuncios desesperados a los que Sheila Boyd no tardó en responder. Firmé un contrato sin siquiera entrevistarla, que determinaba que a partir de entonces no podría pasearme desnuda por la casa sin temer que me juzgaran por tener las tetas pequeñas.

Mi futura compañera —que llegaría en unas horas, según el reloj— tenía una talla de pantalón más que yo y un múltiplo superior a doce en lo que a sujetador se refería. Era toda una diosa voluptuosa de los años sesenta, y yo era una mujer envidiosa más. Pensar en vivir con un ataque a mi autoestima que me recordaría que los cepillos de dientes se los metían los hombres en la boca por el compromiso de la higiene y nada más —bueno, yo era ese palillo—, no era del todo agradable. Pero por otro lado, no me molestaba que los hombres malos no se relamieran conmigo. Al final, los celos hacia alguien más atractivo que yo eran lo de menos. Lo importante era mi paz, y si Sheila Boyd tenía de promiscua solo la mitad de lo que tenía de guapa, iba a tener montado el gimnasio de sexo en casa.

En caso de que supusiera un problema, podría buscar a otra compañera que se adaptara más a mi estilo: rígida, pasota y no muy por la labor de ejercitar la lengua por aburrimiento. No obstante, siendo aún un personaje público recordado por sus tres o cuatro récords de ventas en materia literaria, ya tenía que darme un canto en los dientes porque Sheila fuera de esas escasas mujeres que no me atosigarían con preguntas sobre mi falta de inspiración.

Nunca habría pensado que lo diría antaño, pero me alegraba de que existieran mujeres que no hubieran leído mis libros. Le daba a una cierto margen para desenvolverse en su vida diaria sin que la persiguieran con un «cuándo demonios vas a publicar la continuación de tu saga».

Mientras daba vueltas a cómo complacer a las lectoras —y cómo poner a Gavin a hacer guarradas sin temblar solo de pensarlo—, me hice un café y observé el asombroso desastre en el que consistía el salón. Tuve que reconocer para mis adentros la asombrosa jodienda de estar obligada a recogerlo todo para impresionar a alguien.

—Hola, Sam —comenté en tono lúgubre—. Que comience el juego.

El timbre me libró de la referencia a Saw y también de acabarme un café que sabía a cualquier cosa menos café. Caminé arrastrando los pies hasta la entrada, preguntándome quién diablos tenía la poca vergüenza de plantarse un lunes a las seis de la mañana en la casa de un ser humano con necesidades primarias. Descubrí que el susodicho tenía el pelo amarillo y un escote que no dejaba nada a la imaginación.

Si su canalillo hubiera estado a mi altura, podría haberme quedado mirándolo durante horas. Había algo en las tetas grandes que hacía que toda la atención de uno se desviara a ellas; quizá el deseo de haber nacido con una talla similar, o la estúpida creencia de que mirarlas con lástima haría que las tuyas crecieran.

Tras un esfuerzo me concentré en la sonrisa de Sheila.

—¡Hola, compañera! —anunció. Podría haberme caído mal al instante si la presión social no me hubiera obligado a apreciarla. Era eso o tener que dejar el apartamento—. No te molesta que haya venido un poco antes, ¿no?

—Unas tres horas antes —concreté. Cualquiera en mi lugar habría sonado como si los Cuatro Jinetes del Apocalipsis hubieran descendido a la Tierra; no me juzgué por mi tono cansino—. No me ha dado tiempo a ordenar. Espero que no te importe.

Realmente no me importaba si le importaba. Ya había pagado la primera mensualidad. Estaba salvada durante treinta días incluso si decidía que era demasiado desagradable para su gusto. O si decidía que prefería no decorar la alfombra con los cojines, o tener media sábana bajera fuera del sofá.

—¿Quieres algo? —pregunté, yendo a cerrar la puerta. Un pie se interpuso por el camino, y todo lo que acerté a ver fue una corbata perfectamente colocada en su sitio. Sin mirarle la cara, añadí—: No estoy interesada en biblias, compañías telefónicas o aspiradoras.

Le cerré la puerta en las narices y me acerqué al salón para repetir mi humilde pregunta. Sheila me miraba con sus ojos de Bratz —pestañas kilométricas y preciso delineado— como si acabara de contarle un chiste.

—Kathleen, le has dado un portazo en la cara a mi novio.

Parpadeé una vez.

—En esta casa no viven hombres, Sheila.

—Y no va a vivir aquí, pero me estaba ayudando con las cajas frágiles. Había cosas que no quería que transportara el camión... no confiaba en ellos.

Ya. Confiar en especialistas del oficio habría sido absurdo.

—Perdona, entonces. He actuado desde la experiencia. Lo de la venta a domicilio está en auge, ¿sabes? Si en los barrios bajos tocan a la puerta para venderte heroína, en los de alto standing vienen a preguntarte si quieres artículos de Teletienda. Vas a tener que andarte por ojo estando por aquí.

Me acerqué para abrirle la puerta al relegado mientras bostezaba. Los ojos se me humedecieron lo suficiente para nublarme la visión, tiempo que supuse que el invitado invertiría en cruzar el umbral y dejar la caja. No lo hizo. Quizá esperaba una genuflexión o que le echara la alfombra roja.

Dos parpadeos después, me libré de la capa de somnolencia y me di cuenta de que no era un quizá, sino un hecho. Esperaba que dijera algo o diera un aplauso. Tenía esa clase de cara, y además, me miraba fijamente.

Mi cuerpo se activó en el preciso momento en el que asumí que tenía su atención. El desconocido desplazó sus inquietantes ojos azules desde mi cara hasta mis tobillos, y desde mis tobillos hasta mi cara. Los hombros se me tensaron por la repentina corriente de electricidad que se enredó en mi estómago.

—La quiera o no, le hace falta una Biblia para aprender que una buena casa ha de tener las puertas abiertas a todo el mundo. —Una voz profunda con una campana de ironía bajo capas de arrogancia, eso era. Sin moverse ni cambiar un ápice de expresión, salvo quizá por la mirada burlona, me tendió la mano—. No me he presentado. Soy el cordero de Dios que pone el pecado en el mundo.

No sé por qué estiré el brazo y la estreché con firmeza. Quise morirme en el preciso momento en que envió un soplo de oscuro deseo al centro de mi cuerpo.

Por lo menos reconocía el asunto del pecado; eso había que concedérselo. El tipo no era guapo hasta donde pude fijarme, pero sí escultural. La clase de hombre que hacía honor a la definición en sí misma, con rasgos demasiado marcados, mandíbula prominente y barba oscura. Me sacaba al menos media cabeza, tenía los ojos tan azules que el hielo los atravesaba para calcinarme la piel y la ceja partida le confería un aire de peligrosidad que casi hizo que me encogiese.

Retiré la mano enseguida, alterada por su manera de recorrer mi cuerpo sensible embutido en un camisón de satén. Carraspeé y procuré que todo pareciese en orden.

—Bienaventurado sea al Reino de los Cielos, cerdo de Dios que pone el pecado en el mundo.

Me aparté de la puerta y me dirigí al salón con el estómago revuelto. Debió de sentirse así Vito Corleone cuando se presentaron en su casa a pedirle que matara por dinero. Por un lado ultrajado. Por otro, extrañamente halagado.

—Las cajas donde está todo llegan a la hora en la que habíamos quedado, pero King solo tenía este rato libre para ayudarme a transportar las más importantes —decía Sheila, con la gran esperanza de que me importase cuando me sentía una intrusa en mi propio salón, gracias a su adorado King—. Espero que no te haya molestado... Si hubiera tenido tu número te habría llamado.

—No te preocupes, mi casa es tu casa —respondí, sin tenerlas todas conmigo. Realmente iba a echar de menos mi preciada soledad—. El café que hago sabe a mierda, pero si quieres puedes darle una oportunidad.

La voz masculina me persiguió en mi camino a la cocina, del mismo modo que la extraña sensación de estar siendo observada.

—Yo lo haré.

¿Servir a un hombre atractivo? Bien, eso podía hacerlo. Me coloqué detrás de la encimera y recalenté el café —un completo atentado— y lo removí tranquilamente mientras me preguntaba si me alegraba de que Sheila tuviera novio. Eso descartaba la posibilidad de traer a un hombre diferente cada noche —aunque no definitivamente, todo dependía de la moral de cada uno—, pero no me aseguraba que no sería de las que gemían como urracas y tenían tan buen fondo que podían no salir de la cama en veinticuatro horas. O eso esperaba...

En eso pensaba mientras escuchaba murmullos procedentes del salón. No parecía que estuvieran teniendo una conversación secreta, o de lo contrario Sheila no habría levantado la voz para decir:

—¡¿Eres la autora de El yugo del placer?!

Automáticamente cerré los ojos y lancé un silencioso gemido al viento. Parecía que me había equivocado con Sheila, porque claramente no formaba parte de ese grupo exclusivo de mujeres que no amaba al héroe erótico de mi condenado primer libro.

A juzgar por el tono de su voz, entre incrédulo y absolutamente fascinado, comprendí que mi Tyler Fox debía ser para ella como el Kirk Douglas de Espartaco para mi adolescente interior. O no tan adolescente. Mi amor por Kirk Douglas había envejecido tan bien como Kim Basinger.

Aparecí en el salón con una taza de humeante café asqueroso en cada mano y una sonrisa de circunstancia. Enseguida me di cuenta de por qué sabía ahora de mi antigua profesión: la noche anterior la nostalgia por el éxito desaparecido me había invadido y pensé que me animaría releer el libro. Nada más lejos de la realidad, porque acabé metiéndome entre pecho y espalda una cuatro quesos familiar mientras veía un capítulo tras otro de Mentes Criminales, con el libro abierto entre las piernas. Si Morgan había conseguido animarme o no, no era la cuestión. La cuestión era que había dejado el puto libro en la mesilla del salón, y ahora Sheila lo hojeaba con avidez, sorprendida porque el mismo nombre de su contrato de alojamiento estaba grabado en la portada del ejemplar. 

—Dios mío, ¿cómo no me he dado cuenta? ¿Cuántas Kathleen con apellidos holandeses pueden haber en Irlanda? —decía, supurando emoción. Me miró con sus grandes, redondos y femeninos ojos azules. Su novio también me miró con sus rasgados, ahumados y potencialmente peligrosos ojos azules, lo que solo empeoró mi mal humor—. Siento mucho no haber caído antes. Oh... Es que aún no me lo creo. ¡Voy a vivir con la mujer que creó a Tyler Fox! ¿En qué te inspiraste? ¿Cómo pudiste escribir sobre un hombre tan...? Oh, ¿existen de verdad? ¿Fue una experiencia tuya?

—Cuidado, muñeca. Me voy a poner celoso.

Sheila le dedicó una sonrisa deslumbrante a su novio, que alargaba el brazo para enrollarlo en su cintura y atraerla hacia él. Ella se dejó y aprovechó el despiste para darle un beso y susurrarle algo cariñoso al oído.

Podrían haber estado manoseándose en mi sofá —ya no es solo tu sofá, Kathleen...— todo cuanto hubiesen querido si a cambio hubieran dejado mi fama a un lado. Lamentablemente no tenía mucha suerte desde un tiempo atrás.

—¿Entonces? —insistió—. ¿De dónde vino el sexy y arrogante Tyler Fox?

Vino de una época en la que ya no me encontraba actualmente y de la que deseaba desprenderme a toda costa. Las ganas de contestarle una bordería que cortara de raíz su curiosidad casi se convirtieron en garras estrangulándome, palmas animándome a vomitar veneno, pero no podía hacer eso. El contrato del apartamento me incluía a mí, y más me valía ser más encantadora que la cocina estilo futurista.

—Supongo que del conjunto de las fantasías de una mujer, como cualquier personaje de ficción erótica. De lo que las mujeres creen desear, en realidad —comenté—. ¿Has leído ese poema de Margaret Atwood que dice que todo está condicionado por las fantasías masculinas? «Sobre un pedestal o sobre tus rodillas; es una fantasía masculina. Incluso creyendo que tienes una vida que te pertenece solo a ti, eres una mujer con un hombre dentro, observando a esa mujer. Eres tu propio voyeur».

Era de esperar que Sheila frunciese el ceño ante mi breve clase de feminismo y siguiera parloteando sin descanso sobre mis éxitos basados en el humillante placer que encontraba la mujer en someterse a un hombre. En cuanto al cordero de Dios... Me echó una nueva mirada de arriba a abajo, esta vez deteniéndose en los pezones que se marcaban bajo la tela y la unión de mis muslos. También se interesó por mis piernas a medio depilar, lo que le arrancó una sonrisa ligera que me cabreó.

—¿Escribes erótica? —preguntó en voz baja, muy interesado en mí.

Su tono unido a la profundidad de su mirada terminaron por descolocarme. ¿Ese tío comprometido estaba realmente mirándome así?

—¡Sí! —contestó Sheila en mi lugar—. ¡Es el libro del que te hablé! Me tuvo en vela dos noches...

—Ah, ya sé de cuál hablas.

Sheila esbozó una sonrisa culpable ante la expresión de fingida ofensa del hombre. No me estaba enterando de un carajo, pero tampoco tenía mucho interés.

—Le tuve dos noches sin... ya sabes. Pero mereció la pena, porque Tyler... Oh, Tyler. ¿Seguro que no has conocido a nadie ni remotamente parecido? —Negué con la cabeza casi orgullosa de aplastar sus expectativas románticas—. Vaya... —Sonaba decepcionada. Así eran las cosas—. Tenía la esperanza de que hubieras escrito desde la experiencia. Eres la mejor en esto, es decir... Me pone la piel de gallina cómo lo describes, cómo lo... Es increíble, nunca he leído nada igual. Pensaba que era porque tenías a alguien especial.

¿En qué momento pasamos del «eres la autora de El yugo del placer» a «tienes a alguien especial»?

—Sigue siendo mentira. No te creas nada de lo que has leído en ese libro, exageré bastante. —Sonreí de medio lado, apoyando la cadera en la pared—. Ningún hombre podría hacérmelo tan bien.

—Cuidado con lo que deseas —escuché su voz profunda.

Mi intención fue mirarlo con cara de pocos amigos, pero sus párpados entornados me dieron a entender que debía tener mucho más que cuidado.

—¿Querías decir «cuidado con lo que insinúas»?

—Quería decir exactamente lo que he dicho.

Sostuve su mirada cargada de intenciones malhumorada. Es evidente que no era la alegría de la huerta, y menos a las seis de la mañana, pero aquel hombre me estaba poniendo especialmente nerviosa. Hacía tiempo que no me relacionaba con tipos de su talla, o con tíos en general, a no ser que fueran gays, fuese obligatorio por circunstancias profesionales o fueran mis amigos... pero eso no significaba que no supiera captar indirectas, y no me gustaba lo que insinuaba. Si no me equivocaba, ese tipo acababa de encender la luz roja que decía «cuidado, salida de camiones». Con su novia delante.

Su novia ensimismada con el libro y que no se había dado cuenta.

—No recuerdo haber deseado nada —repuse, cruzándome de brazos—. Simplemente invito a Sheila a no tener muy altas expectativas. Los hombres de mis libros son idealizaciones de lo que considero un tío decente.

El tipo apoyó el hombro en el marco de la puerta, lo que le dio un aire magnético que no supe describir. No tenía nada que pudiera calificarlo como guapo. Era exasperante que aun así me lo pareciese.

—¿Y para ti un tío decente debe hacerlo mejor que nadie?

Si esperaba sonrojarme le iba a dar el sol. Alcé una ceja y lo miré fingiendo desinterés.

—Creía que ya había quedado claro que esa era la idealización.

King soltó una carcajada ronca y se estiró para toquetearse las solapas de la chaqueta. Iba impecablemente vestido, con una americana de raya diplomática, corbata perfecta y el cabello desordenado. Podría haber tenido un aire cubano si no hubiera contado ya con la piel pálida típica de los irlandeses.

—Te dejo con la señorita escritora, muñeca —anunció, de espaldas a Sheila y mirándome fijamente. La gran pregunta de si los ojos podían o no echar chispas se resolvió en ese momento: podían, y joder si podían. Lo suyo eran bengalas—. Espero que la aproveches para pervertirte como es debido.

Sheila dijo algo que se me olvidó en cuanto lo pronunció. Estuve pendiente de lo que el tipo hacía, preguntándome si escoltarlo hasta la puerta o señalársela con la barbilla. Al final decidí que no me fiaba: no de él, que se notaba que tenía dinero y no le interesaría robarme. No me fiaba de lo bonitas que eran las figuritas de cristal del recibidor, como tampoco de lo grandes que eran los bolsillos de sus pantalones elegantes.

Mantuve la distancia de seguridad durante el camino, abrí la puerta y señalé el pasillo con un floreo. Él me volvió a mirar de esa manera; no ya desvistiéndome, sino como si supiera cómo era mi cuerpo desnudo. Quise decirle algo, pero una parte de mí empezaba a arder en contra de mis principios. Carraspeé con aire impaciente y crucé un tobillo, despreocupada. Confiaba en que no supiera qué clase de pensamientos empezaban a surcar mi mente.

Al final simplemente estiró una comisura de los labios.

—Tu vida es ficción, no tus libros —me dijo, mirándome por encima del hombro. Otra vez sus ojos quemándome el cuello, y las clavículas, el escote—. El problema es que no te han follado bien.

Sept. 1, 2018, 2:14 p.m. 0 Report Embed 17
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