Todas mis estrellas son fugaces Follow story

eleanorigbysays Eleanor Rigby✨

Si alguna vez has tenido un sueño y has peleado contra todo y todos para hacerlo realidad; si alguna vez te has ido a otra ciudad para perseguir tus objetivos y huir de un pasado lamentable; si alguna vez te has enamorado de la persona inadecuada y no has desistido en que te correspondiera... puede que esta sea tu historia. Y en caso de no querer contarla, Nora West tiene inspiración y conversación de sobra para hablar de la suya, que empezó en el preciso momento en que se cruzó con Evan Bowen, un problema que cambiaría su futuro, y con una leyenda sobre estrellas que nunca llegan a estar juntas a la que pretende desafiar. Primera entrega de la trilogía Estrellas Binarias.


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#romance #Humor #erótica
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Capítulo 1

Hasta aquel día, creía que solo odiaba tres cosas: las bebidas gaseosas calientes, los maltratadores de animales y acabar odiando tu canción preferida por ponerla de despertador. Pero ahora que llevaba veinticinco minutos de reloj caminando con una pesada mochila a cuestas, empezaba a replantearme cambiar la tercera vomitona por mis presentes desgracias. Tener que patearte las afueras de Salisbury con una linterna a punto de olvidar su función, solo porque te apetecía beber hasta perder el sentido una noche antes de iniciar el año de máster, era mucho peor que aborrecer a Lenny Kravitz.

Entre otras cosas porque es imposible aborrecer a Lenny Kravitz.

—¿Cuánto queda, Monroe? —pregunté, inclinándome hacia delante con gran dramatismo—. Porque te recuerdo que no estoy preparada físicamente para estos periplos. Todo el ejercicio que hago se resume a cargar las bolsas de la compra hasta el apartamento, y dormí con la luz encendida hasta los quince años. Lo siento si me estoy pareciendo a Asno en Shrek 2, pero preferiría no morir ni de cansancio ni de miedo a la oscuridad antes de cumplir los veinticuatro.

Monroe se giró tan repentinamente que estuve a punto de chocar con él. A diferencia de mí, que como aspirante a alcohólica y fanática de los pedos monumentales debía hacerme cargo de un buen arsenal de cerveza, mi querido amigo caminaba libre como el viento. No era esa la única diferencia entre nosotros: también diferían bastante nuestros motivos para invadir Stonehenge el día del solsticio de verano. Yo quería ser parte de una fiesta épica que pasaría a los anales de la historia —fotos de mis regurgitaciones y shorts empapados incluidas—, mientras que él había venido a sentir la energía de los antiguos druidas en el ambiente de los megalitos.

No es ninguna especie de broma. Quizá fuera por su ascendencia irlandesa —nuevo imperio de los celtas—, porque se tiró dos años sabáticos entre el instituto y la universidad viviendo con una tribu de gitanos nómadas que le contagiaron su pasión por el esoterismo, o porque simplemente estaba en lo cierto al creer en reencarnaciones y panteones politeístas mientras nosotros, simples mortales, vivíamos en la ignorancia... O tal vez no existiera explicación a sus misticismos, pero es tan cierto como lo cuento. Monroe era una persona de fe pagana, y aunque insistiera en que no lo clasificáramos, yo diría que formaba parte de los Wicca. ¿Que qué eran los Wicca? Todo lo que os puedo ofrecer es la primera frase de la definición de Wikipedia: una religión neopagana vinculada con brujería.

Pero eh, eso de la brujería era relativo. Es decir... No hacía ritos satánicos —hasta donde yo sabía—, no participaba en sacrificios humanos —o esa era la información que tenía—, ni pretendía tatuarse la estrella de David en la frente —esperaba—. Solo tenía muy presente la armonía del cosmos, el equilibrio natural, el tiempo atmosférico y un largo etcétera. Y que conste que si lo aguantaba en su sibilino desvarío, es porque sus predicciones meteorológicas eran bastante más exactas que la aplicación que vino con mi móvil del Epipaleolítico.

—¿Ves esas luces de allí? —Señaló con el dedo un punto brillante—. Pues ahí vamos. Parece que está muy lejos, pero solo quedan otros veinticinco minutos andando. Vamos, te aseguro que la fiesta merece la pena. Aunque tendrás que beber alejada del monumento. Como comprenderás, la gente no se va a arriesgar a que empapes con tu cerveza barata un edificio considerado patrimonio de la humanidad.

Ah, ese era otro aspecto de su personalidad un tanto molesto. Al ser irlandés —patria de la Guinness—, no confiaba en la cerveza extranjera, especialmente los plagios baratos de Estados Unidos. Daba igual que llevara cinco meses viéndome vaciar botellas que atentaban contra su sensible corazón dublinés —en caso de que fuera de Dublín—: no podía hacerse a la idea de que me gustara el vomitivo estilo de birras de la costa oeste americana.

—¿Sabes? Como futura historiadora del arte, aprecio cualquier manifestación artística, pero no me explico que cuatro piedras mal puestas y de origen incierto sean sobreprotegidas por el gobierno. ¿Seguro que no tiene nada que ver con esto el ego de los británicos, queriendo hacer una obra maestra de cualquier cosa?

—El misterio que envuelve Stonehenge ya es mucho más valioso que cualquier otro monumento que hayas podido estudiar. Este conjunto megalítico, junto con las pirámides de Egipto, son las obras más increíbles existentes.

—¿Increíbles en el sentido de que no te lo puedes creer, o de que es magnífico?

—De que no me lo puedo creer.

—¿Entonces? ¿Cómo sugieres que se levantaron las piedras? ¿Fueron los extraterrestres...? —me burlé—. ¿La magia de los druidas?

Monroe y yo estábamos unidos por tres motivos, y uno de ellos era que no importaba cuántas veces intentara meterme con él, que jamás picaba el anzuelo. A eso se le puede añadir que nunca escarbaba en los motivos que me hicieron sudar, sangrar y llorar por una beca en la Universidad de Bath, y que yo procuraba no insistir en averiguar su orientación sexual. Aunque era un misterio que tenía desveladas a todas las mujeres que lo conocían, sin excepción.

—No deberías burlarte de las tribus druidas. Existieron de verdad.

—¡Pues claro! ¡Si Panorámix era mi personaje preferido en Astérix y Obélix! Y hablando de eso... —añadí, apretando el paso para alcanzarlo. Una de sus zancadas valía por tres de las mías—. ¿Por qué no te has traído al perro?

—Ya sabes que es muy exquisito cuando se trata de hacer amigos, y en Stonehenge se concentran miles de personas durante los solsticios. Suelen encontrarse más por la tarde, para presenciar el momento en que el sol queda alineado entre los menhires... Pero cuando anochece igualmente se quedan algunos rezagados, y no le gusta la gente.

—Genial, porque necesito conocer a toda esa gente. Preferentemente a la que le guste la fiesta —suspiré—. Gale no ha venido, y aunque lo hubiera hecho, no ha probado el alcohol ni piensa hacerlo. Raz bebe, pero no le afecta, lo que no tiene ninguna gracia. Y tú y tus estúpidas exquisiteces sobre cerveza de calidad me ponéis nerviosa.

Monroe esbozó una de sus clásicas sonrisas de recién levantado. No importaba la hora, el día o el momento; él siempre llevaba esa expresión adormilada consigo. Párpados entornados, sonrisilla escueta sin dientes, y cabeza ladeada. Desde luego, si no le conociera, habría pensado que se drogaba. Lo cual, dadas sus creencias extrasensoriales, no me extrañaría: tanta superstición tenía que salir de alguna parte, y quien decía alguna parte, se refería al LSD.

—Entonces te presentaré a unos amigos míos.

—Espero que esos amigos tuyos no tengan ochenta años y vayan en silla de ruedas, o por lo menos no hayan formalizado el ritual de inyectarse heroína antes de desayunar.

—¿Acaso no es bueno tener amigos de todo tipo? En la variedad está el gusto, ¿no?

Estreché la mirada hasta que solo pude verlo parcialmente.

—¿Es eso una pista sobre tu orientación sexual? ¿Juegas en los dos equipos, Monroe?

Él soltó una carcajada y me ignoró, como venía siendo costumbre desde que lo conocí. En realidad agradecía que existiera la posibilidad de que fuese gay, porque eso me mantendría alejada. Admito aquí y ahora, y ante todos vosotros, que una humilde servidora sufría la patética enfermedad de enamorarse de sus amigos. Y no es como si la homosexualidad de estos fuera a echarme atrás, porque en general, los hombres que no me hacían ningún caso y jamás se interesarían en mí eran la criptonita de esta casi Superwoman... Pero oye, si al final resultábamos estar en el mismo bando, por lo menos no me echaría encima de él estando borracha.

Monroe me guió hasta el centro del enorme círculo irregular. Podría pasarme largas horas describiendo el aspecto del cromlech más famoso y monumental del mundo; para eso me tragué un año entero estudiando la asignatura de Prehistoria en términos artísticos. No necesitaba un metro para saber cuánto mide con exactitud el ancho del menhir mejor conservado. Pero como eso no os importa a ninguno, pasaremos a la parte en la que conocí a los amigos de Monroe.

Estos por lo menos tenían mejor pinta que los que me presentó en otras ocasiones. Es verdad que yo no soy la persona más normal del mundo, y menos en mis tiempos de universitaria... Pero la gente con la que Monroe se juntaba o bien parecían directamente drogadictos de manual, o cruzaron las puertas de la ancianidad en la última década, o compartían con él todas estas extrañas creencias sobre alienígenas y finales del mundo en ciernes..., o visitaban un psiquiatra con frecuencia. Aunque como yo tampoco elegí a mis amistades entre el elenco de Gossip Girl, sino más bien en el de Skins, no me quejaba. Gale, mi amistad mejor conservada desde el aterrizaje en tierra inglesa, confiaba ciegamente en los hilos del destino y se vestía como Avril Lavigne en las primeras alfombras rojas de MTV. ¿Quién era el loco en realidad, pues?

El grupo estaba formado por tres chicas y un chico. Rachel, Coco e Ingrid respectivamente; el otro presente se llamaba Zac, y me sonaba haberlo visto en alguna parte con anterioridad, lo cual era curioso porque aún no había pisado la universidad salvo para hacer mi matrícula y este afirmó no haber ido a la cafetería en la que estuve trabajando para ahorrar. Al margen de esto, descubrí que ninguno podría ser mi amigo de cumbias. Rachel estaba a dieta y no podía probar el alcohol, Coco le hizo una promesa a Dios, Ingrid me cayó mal a simple vista y Zac ya estaba demasiado borracho para que le propusiera echarse unas birras conmigo. Es decir... Una cosa era entablar una relación de una noche con un chico simpático, y otra muy distinta establecer un vínculo afectivo inolvidable por haberle ayudado a superar un coma etílico. Y ni pretendía aguantar a nadie durante su ejercicio de colocón, ni tenía la intención de conectar a nivel espiritual con gente de un país que abandonaría al año siguiente.

Así pues, me tocó ir a beber sola al cerco de Stonehenge, un lugar oscuro y lúgubre que me vi en el deber de animar encendiendo dos linternas; la mía, más pobre que las ratas, y la que acababa de birlarle a la estúpida y desagradable de Ingrid.

Localicé una pequeña manta abandonada a punto de ser arrastrada por el viento. Eché un vistazo a un lado y a otro, entretenida abriendo la lata de cerveza, y una vez me hube asegurado de que nadie reclamaría el asiento, planté mi trasero ahí mismo. Y así es como empezó la fiesta del solsticio de verano: Nora Stella West —Nora West para vosotros, y por vuestro bien— cogiéndose un pedo a solas bajo la luz de las estrellas.

Era en esos momentos de soledad cuando echaba de menos mi casa. Y quien dice «estos momentos», se refería a aquellos en los que la menda estaba borracha o muy comprometida con el proceso, porque ya os digo que acomodada en el salón de la tranquila trampa de ratones en la que vivía, no se me ocurriría pensar en Anniston, la ciudad perdida de Alabama en la que nací. Y sí, habéis oído bien: Anniston, como la actriz que logró sobrevivir a la ruptura con el hombre más guapo de los noventa.

Un ejemplo de superación, sin duda.

—Perdona —interrumpió alguien a mi espalda, con ese marcado acento británico que me ponía el vello de punta... No precisamente para bien—, pero creo que te has sentado en mi manta.

Me giré con la sonrisilla tonta de la borrachera y la cabeza algo más pesada que de costumbre... y nadie, no había nadie.

Habría empezado a meditar acerca de todas esas historias de espíritus parlanchines que Gale me contó en confidencia si no hubiese acabado ubicando a mi compañero de pie a mi lado. No sé por qué puse la mano como visera, cuando ni siquiera hacía sol.

—¿Cómo sé que es tu manta, y que no me mientes para conquistar el territorio? —Para darle dramatismo al interrogatorio, encendí la luz de la linterna, iluminando su cara de lleno. Solo pude decir una palabra al verlo—. Guau.

El chico cambió el peso de una pierna a otra, entre desconcertado, irritado y otros tantos adjetivos terminados en «ado» que vinieran a significar lo mismo.

—De acuerdo, no digas nada, te creo. Pero la manta es suficientemente grande para los dos, así que me voy a quedar hasta apurar lo que me queda aquí... ¿Vale?

Hubo un breve silencio.

—¿Estás borracha?

—No tanto como me gustaría estarlo, no tan poco como mi padre preferiría si llegara a saberlo o le importara... Lo suficiente para hablar por los codos y hacer chistes verdes, aunque no lo bastante para ver borroso o no acordarme mañana de lo que ha pasado.

—Gracias por la respuesta tan descriptiva.

—De nada, compañero... Por casualidad no tendrás hielo —añadí, haciéndome a un lado para que se sentara. Lo hizo unos segundos más tarde, con los hombros muy tensos—. Porque estás aquí para beber, ¿no?

—En realidad, no. No bebo.

—¿Entonces? ¿Pretendías echarte la siesta a la luz de las estrellas...? ¿O tenías una cita? Joder, si tenías una cita lo siento muchísimo, me iré ahora mismo. Aunque no lo entendería, siendo honesta. Creo que las citas se extinguieron hace un siglo.

—No soy un especialista en eso para saberlo. Estaba aquí para ver las estrellas —respondió de mala gana—. Es el sitio perfecto para contemplarlas.

«Ah, genial, el tipo es gay».

No me juzguéis por haber tenido ese pensamiento. En mi lista de hombres que un viernes por la noche y durante una fiesta milenaria cogía una manta y se sentaba a dibujar constelaciones, no había un solo nombre. Hasta entonces, claro.

—¿Por qué?

—Porque no hay contaminación lumínica y es uno de los espacios abiertos más bonitos de Inglaterra.

—Ajá... —Asentí y me llevé el botellín de cerveza a los labios. Al girarme para mirarlo, descubrí que él me observaba también. No pude asegurarlo porque la iluminación era bastante precaria (mi linterna de pena, ¿recordáis?), pero me pareció que se sonrojaba—. ¿Quieres un poco? Por si nunca has bebido, deja que os presente... Chico de las estrellas, esta es Lager California. Lager California, este es el chico de las estrellas. Lager California estará encantada de tener una noche contigo, especialmente si has tenido un día de mierda, le temes al futuro incierto, estás pasando por una ruptura del tipo sentimental o... La verdad es que cualquier excusa es buena para besar sus labios. Pero por si necesitas una en condiciones: ¿has tenido un mal día?

Él se lo pensó antes de contestar, aceptando el botellín algo reticente.

—He tenido una mala vida.

—Eso significa que necesitarás otra más. Tranquilo... Puede que no sea comparable a la Paulaner o la Guinness —señalé, rodando los ojos en honor a Monroe—, pero sirve para lo que se la necesita. Olvidar un rato. Y si quieres ver estrellas, no te preocupes, que vas a verlas dobles gracias a Lagie. De todos modos, ¿no se supone que se necesitan telescopios para esas cosas?

—Para ver algunas constelaciones, quizá. —Encogió un hombro y le dio un sorbo. Me quedé mirando sus labios, e involuntariamente humedecí los míos. Eran atractivos; carnosos y tiernos en apariencia—. Pero hay otras que están a la vista siempre, o que han salido esta noche. Por hoy me conformo con lo que se aprecia.

Apoyé las manos a mi espalda, inclinándome un poco hacia atrás, y descolgué el cuello para clavar la vista en el cielo. Miré de un lado a otro, y no encontré mucho más que el básico baño de estrellas que estaba harta de ver a diario, cuando salía a la terraza de la caja de galletas en la que vivía para hablar con Gale.

—¿Y qué se aprecia?

Él se relajó a mi lado, como si le hubiera preguntado lo único que se había estudiado para el examen.

—La Osa Mayor, con sus estrellas binarias; la constelación de las Pléyades, con sus siete correspondientes, la de la Lyra, la del Cisne... ¿Qué día es tu cumpleaños?

—El diecisiete de diciembre. ¿Por qué?

—Entonces eres Sagitario. Estás de suerte, porque la constelación de tu signo se ve mucho mejor en verano. —Volvió a levantar la mano, esta vez trazando una serie de líneas sin mucho sentido—. ¿La ves? Es poco impresionante, aunque sus características son increíbles. Una de sus estrellas, Kaus Medius, es mil ciento ochenta veces más luminosa que el Sol... —Su voz se fue apagando, con un tinte de ansiedad—. Perdón. Vas a tener que cortarme para que no hable toda la noche sobre tonterías.

Le dio un trago rápido a la cerveza y me la devolvió.

—¿Por qué iban a ser tonterías? —repliqué sin mirarlo—. Hay todo un universo ahí fuera, esperando ser explorado, lleno de secretos y misterios que seguramente nunca descubramos... Damos por hecho que hemos exprimido lo mejor de lo que nos rodea, cuando apenas sabemos un par de curiosidades. ¿Qué puedo saber yo de las estrellas...? Nada, salvo que salen cada noche.

—No todas salen cada noche.

—Entonces no tengo ni idea de nada —respondí entre risas. Ladeé la cabeza para prestarle atención. Él ya me miraba fijamente—. Eso de las Pléyades sonaba bien.

—Es esa de ahí.

—¿Cuál? No la veo.

—Sí, sí que tienes que verla. —Se acercó a mí, pegando su cadera a la mía. Se me escapó una sonrisa tonta cuando me cogió de la muñeca, con ningún erotismo y mucha irritación por mi torpeza, y me sacó el índice para apuntarlo—. Son siete: tres de ellas más brillantes. Pleione y Atlas en la cola, Alcyone, Merope abajo, Electra subiendo por la derecha, Celaeno en el margen, Taygeta sobre ella, y a su lado, Asterope y Maia.

—Oye... No soy ninguna experta en matemáticas —empecé, con la risa floja—. Pero creo que has dicho nueve nombres.

—Atlas y Pleione son los padres de las demás. Las pléyades son siete criaturas mitológicas, hijas del dios que sostenía el mundo sobre sus hombros y la ninfa que he mencionado —apuntó, mirándome casi sin parpadear—. Estás muy roja. Tal vez debieras parar de beber.

—Tranquilo, es una cualidad de los pelirrojos. Nos ponemos colorados incluso bebiendo agua demasiado rápido. Aunque decir que soy pelirroja es fantasear, ¿no? —Capturé un mechón de pelo, que me había alisado para la ocasión, y se lo ofrecí como si fuese una muestra científica—. Siempre digo que soy el equilibrio imperfecto.

—¿Por qué imperfecto?

Suspiré.

—El equilibrio perfecto es no estar ni gorda, ni muy delgada; no ser ni muy inocente, ni muy desconfiada... Yo estoy en esa fina línea que separa lo común de lo excepcional. Fíjate. Mi pelo se queda en el castaño caoba, así que no es ni miel, ni pelirrojo. Mis ojos no son ni marrones ni verdes, sino de una tonalidad muy rara que los mezcla y en la mayoría de los casos solo parecen oscuros, sin más. No soy ni alta como una modelo, ni bajita como esas chicas tan monas que le encantan a los tíos de estatura por encima de la media. Tampoco estoy en el punto ideal, que es el metro sesenta... Soy el metro cincuenta y nueve, entre el enanismo y lo perfecto. Y mira mi melena... Ni corta, ni larga. Sería larga si pasara de los hombros, y corta si estuviese por encima, pero no, se queda justo aquí. —Fingí un hachazo, dándome un golpe con el canto de la mano en las puntas del pelo—. Está bien, porque si lo piensas, dependo del espectador para tener los ojos verdes, el cabello largo y pelirrojo o ser adorablemente baja. Eso por un lado. Luego está el hecho de que cuando mi autoestima se resiente, lo veo todo desde el punto de vista opuesto. ¿Ves? Podría llamarme Nora Virtudes-Defectos West.

El chico se me quedó mirando sin decir gran cosa. Lo conocía desde hacía cinco minutos y ya tenía claro que iba con retardo para contestar. Supongo que eso en parte era culpa mía y de mi verborrea, una que si ya era común en confianza, cuando andaba borracha se acentuaba dramáticamente. Pobre muchacho, lo sé... Pretendía pasar una velada a solas con sus estrellas, y había tenido que llegar la pesada y amonada de turno para amargarle la noche.

—Bueno, hay gente que solo tiene defectos —dijo al final. Volvió a beber—. Si te equiparas con ellos, sales ganando a pesar de tu... ambigüedad física. Siempre he pensado que una persona será mejor o peor dependiendo de las necesidades y preferencias del entorno. Es como las estrellas. —Devolvió la vista al cielo—. Una noche oscura en alta mar, los marineros apreciarán la estrella polar mucho más que la constelación de Orión. Aquí, ahora mismo... Yo me quedaría con la Osa Mayor.

Giré la cabeza hacia él, cada vez más mareada, y se me escapó una sonrisa al verlo inmerso en el firmamento. Ya digo que dos linternas no eran suficientes para captar los detalles de una cara, pero en este caso se cumplía esa leyenda de que la belleza deslumbra. Era, sin miedo a equivocarme, el tío más guapo que había visto en mi vida, y ni siquiera estaba segura de que fuera moreno, ni podría decir de qué color eran sus ojos. Simplemente tenía ese tipo de facciones de actor de cine: los pómulos altos, las líneas de la mandíbula bien definidas, la nariz patricia y esos labios gruesos que podrían hipnotizar solo moviéndose al hablar. O quizás, y solo quizás, fuera un feto malparido y la combinación de la visión reducida y el pedo legendario hicieron de las suyas haciéndome ver gigantes en lugar de molinos.

—La Osa Mayor es la del carrito, ¿no? —pregunté, apoyando la mejilla en su hombro. El chico se puso rígido, pero no me apartó. Al contrario, se fue relajando muy lentamente.

—Sí.

—¿Y por qué la llaman Osa, entonces? ¿Es una bromita intelectual que las mentes como la mía no pueden apreciar?

—Bueno, también la llaman Carro Mayor —replicó. Carraspeó y se acomodó mejor sobre la manta, con tanto cuidado que mi cabeza no se despegó del hueco de su cuello—. Pero la historia de su nombre más famoso viene de la mitología, como prácticamente todas. Se suponía que la Osa era el animal en que fue convertido Calisto por haber sido seducida por Zeus. Las estrellas son Dubhe, Merak, Phecda, Megrez... Alioth es la más brillante de todas. Una variable Alfa2 Canum Venaticorum. Y esas dos de ahí... —Ladeó la cabeza, rozándome la coronilla con la oreja, y señaló un par de puntos de luz—, son Mizar y Alcor. Forman las estrellas dobles o binarias.

—¿Y eso qué es?

—Son una pareja de estrellas que se mantienen unidas por la fuerza gravitatoria, y giran en torno a un centro común. Puede pasar con más de dos, como es el caso del Cúmulo del Trapecio en Orión, pero en general son solo dos... Más de la mitad de las estrellas que se ven tienen su compañera binaria.

—¿Qué quiere decir eso? ¿Que son como... complementarias? ¿Están juntas? —pregunté, realmente interesada—. Es muy romántico.

—No siempre... —respondió. Se le notaba emocionado por lo que contaba, y esa siempre fue mi perdición; encontraba adorable a la gente a la que le apasionaba hablar de sus aficiones. ¿Por qué os creéis que aguantaba los disparates de Monroe?—. Hay también binarias ópticas. Eso significa que aunque desde aquí se ven juntas, están muy lejos y no se encuentran gravitacionalmente unidas. Solo están en la misma línea visual.

—Eso es muy triste —se me ocurrió decir, empezando a degenerar—. A lo mejor se ven desde aquí casi unidas porque es como les gustaría estar. Deben sentirse muy solas allí arriba, ¿no?

—Las estrellas no tienen sentimientos.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has hablado con ellas? —repliqué, por el placer de llevar la contraria—. Demuéstrame que no y me lo creeré. Hasta entonces... Les concederé el beneficio de la duda.

—¿Por qué los tendrían? Sentimientos, me refiero.

—Son un símbolo romántico por alguna razón.

—Claro, porque se necesitan símbolos románticos para vender en San Valentín.

Levanté la cabeza para mirarlo, encontrándome con su ceño fruncido. Copié su expresión, aunque divertida.

—Acaba de dejarte tu novia, ¿no?

Me miró de reojo.

—No tengo novia. Nunca la he tenido, en realidad.

—¿En serio? —Abrí los ojos todo lo que me lo permitió no sentir la cara. Alargué la mano y acaricié su barbilla con los dedos, sintiéndola rasposa al tacto. Él apretó los labios, no sabía si asustado o sorprendido por el atrevimiento. No dejó de mirarme—. No lo entiendo. Eres muy sexy.

Me cogió de la muñeca para apartarme el brazo, primero con brusquedad, y luego dejando reposar mi mano en mi propio regazo con suavidad y ternura, como si de repente mis huesos fuesen de cristal.

—¿Por qué pones esa cara? No puede ser la primera vez que te lo dicen. Tengo la originalidad en el culo... Cuando creo que me he inventado un chiste, resulta que llevaba años rulando por Twitter. Pasa lo mismo cuando pienso que le he hecho un cumplido original a un chico guapo.

—Me lo han dicho, pero me hace sentir violento.

—¿Violento? ¿Por qué?

Él se encogió de hombros. Muy bien... Parecía que ese era el culmen de la expresividad del chico de las estrellas. Podía aceptarlo. Yo también tuve mi época rebelde de dejarlo todo al libre albedrío, desentendiéndome de cualquier asunto con ese gesto. Acabé copiándolo y bebiendo del botellín tal y como él. Luego me giré, intrigada por lo que pudiera estar haciendo un largo y silencioso minuto después, y lo pillé mirándome de arriba a abajo. Se le notó avergonzado porque lo hubiera cazado: apartó la mirada y la pegó al suelo.

La verdad es que era más de chicos malos. Es lo normal, ¿no? ¿A quién no le iba un buen salido de metro ochenta, con sonrisa torcida y mente plagada de perversiones? Quizá fuera pura biología: somos animales, siempre nos acercaríamos a los machos con los que la función reproductiva fuera fiable y segura. Y si no nos fiábamos de la excusa de la relación humano-mono, ya teníamos todos esos anuncios de perfume y libros románticos para perder el culo por un «nena», «eres mía» y otras babosadas que en realidad deberían darnos vergüenza por el trasfondo que siguen conteniendo hoy día. Pero volviendo a mi noche de solsticio...

¿Es que no tenía encanto que estuviera nervioso por haber apoyado la mejilla en su hombro? ¿No era realmente adorable...? ¿No? Bueno, vale, en caso de que me deis una negativa, ya no podemos cambiar el pasado, y lo último en lo que pensé fue en hacerle ascos. Existían tres objetivos obligatorios que debían ser cubiertos cuando ibas a una fiesta: el primero era beber. El segundo, liarte con alguien a quien probablemente ignorarías al día siguiente. El tercero iba sobre fotografiar a tus amigos haciendo cosas estúpidas... Pero como mis amigos de entonces parecían más interesados en enorgullecer a sus padres que en pasarlo bien, tuve que aprovechar el segundo punto de manera que no se echara de menos al tercero.

Cogí al desconocido por la barbilla para que me mirase, quedando a escasos centímetros de distancia. En serio... Guau. Solo había una palabra para una cara como esa, y... Guau. Podría haber sido modelo perfectamente, y la verdad, no formaba parte de ese grupo de mujeres que no se atrevían a dar el primer paso por vanidad o por si la rechazaban. Especialmente cuando el hombre en cuestión no tenía pinta de saber cómo rechazar a alguien siendo un bruto, y no podía dejar de mirarme la boca con ansiedad y apetito.

—Hay otras maneras de ver las estrellas, ¿sabes?

Sus ojos brillaron interesados.

—¿De verdad? —preguntó en voz baja, con una nota de emoción—. ¿Cuál es?

Me mordí el labio inferior sin dejar de mirarlo, lo que atrajo su interés a la zona. Mi corazón se saltó un latido ante la expectativa, la novedad. Nunca había besado a un dios griego como aquel... A ninguna clase de dios griego, en realidad. Ni a un aspirante. Ni siquiera sabía que podía existir un hombre de esas características, cosa que unida a los efectos de la bebida, me hizo pensar que estaba en un sueño. Y en mis sueños, como tampoco en la realidad, nunca me quedaba con las ganas. Así que me acerqué a él, sin despegar los ojos de los suyos, y lo besé suavemente en los labios.

Al principio, él no reaccionó. Se puso tan tenso que parecía que le hubiera apuntado con una pistola en lugar de acercarme para acariciar su boca con la mía. Le tomó unas cuantas tentaciones más calmar la rigidez que le comprimía. Fue casi mágico cómo fue relajándose bajo mis manos, que exploraban sus hombros, su pecho, su cuello... Por ayudar, las deslicé por su brazo delgado, y volví a subir para envolver su nuca con los dedos. El chico seguía sin reaccionar, pero hizo un ruidito muy sexy con la garganta cuando utilicé la lengua para humedecerle el labio inferior. Al fin entendió la indirecta —que más directa no podía ser— y se aferró a ella, abriendo ligeramente la boca, y rozando tímidamente la fila frontal de mis dientes con la punta de la suya. Sonreí aliviada, malvada, excitada, y en cuestión de segundos —y pese a no ver tres en un burro—, estaba abriéndome de piernas sobre su regazo. Esto le agarrotó los músculos repentinamente, pero esa vez se sobrepuso antes a la modestia, plantándome las manos en la cintura.

Por curioso que parezca, me activó completamente esa manera tan suave, casi etérea, que tuvo de besarme de vuelta. No tenía nada que ver con besos que me hubieran dado antes, y lejos de resultar incómodo, me sorprendí conteniendo un jadeo al sentir sus dedos cerrándose sobre mi camisa. Profundicé el contacto de nuestros labios cerrándolos sobre los suyos. Respondió con una pausada y sexual exploración que me apretó el estómago de pura agonía.

—No seas tímido... —susurré, cerca de su barbilla.

No lo tuve que repetir, y no solo eso, sino que aceptó la sugerencia metiendo la cabeza en mi escote. Con la nariz, tiró de la abertura hasta que los botones saltaron solos, y respiró sobre el enganche frontal del sujetador con jadeos estremecedores. Me dio por reírme de incredulidad cuando me empujó por el trasero y me sentó sobre la cremallera de su pantalón, que se intuía tan dura como el resto de su cuerpo arrebatado. Me mojé los labios y agaché el cuello, aun sabiendo que no iba a ver nada. Lo abracé por la cabeza, animándolo a bajar, a jugar conmigo. Temblé de emoción repentina al contacto de su lengua caliente en la línea del esternón. Su aliento irregular me puso la carne de gallina, y en un intento por devolverlo a mis labios, elevé las caderas para acercarme. Él lo impidió, volviendo a clavarme en el sitio.

Solté una carcajada.

—Tranquilo, vaquero... No me voy a ir a ninguna parte.

El chico gruñó y continuó besando todo mi torso semidesnudo, hasta llegar al lateral de mi cuello. Subió por las mejillas para encontrarse con mi boca, que lo recibió gustosa y entreabierta... El segundo beso ya se pareció algo más a mi estilo, aunque me convenció de olvidar cualquiera anterior. Me besó como si quisiera canalizar toda la ansiedad que le prensaba las extremidades, y yo fuese el filtro para liberarse. Me succionó, absorbió y maltrató con labios y dientes. Intenté seguir su ritmo, pero no tardé en hincharme por los pequeños mordiscos, y llegó un momento en el que solo pude jadear por todo lo que hacía con mi boca.

—Joder —bufé, apretándome contra él—. Y parecía tonto cuando lo compramos...

Esto hizo que se separase de mí, y no precisamente ofendido, como me temía. Las linternas captaron su expresión de absoluto descontrol, inquietud y sobre todo confusión, como si acabara de hacer algo increíble y aún no se lo pudiera creer.

Pobre chico..., debía ser la primera vez que se le echaba encima —literalmente— una mujer y se movía sobre su erección con la clara intención de que la llevara a casa.

—Lo siento —me dijo, de repente—. No debería haber hecho eso, lo... lo siento.

—¿Cómo? ¿Por qué?

Él me apartó cogiéndome por la cintura. Ni siquiera pensé en lo fácil que le resultó quitarme del medio. Se me cayó la mandíbula al suelo.

—No me digas que sí tienes novia. No me digas... —Me contuve para no gritar—. No me vayas a joder con esto, tío, porque...

—No es eso, solo... —Carraspeó, nervioso. Se levantó de la manta, tambaleante, y se pasó la mano por el pelo varias veces. No entendí nada, y creo que lo expresé dejando de parpadear—. No puedo hacer esto. Lo siento muchísimo.

—Pero, ¿a ti qué coño te pasa...?

Intenté ponerme de pie, pero seguía tan borracha que no conseguí encontrar el equilibrio para ir tras él. Me quedó ver cómo se largaba, así, sin más... Sin molestarse en coger la manta, ni el móvil, ni la cartera, ni lo que un individuo normal necesitaba para sobrevivir al día a día. Volví a esforzarme por levantarme, y el resultado fue caerme de culo encima de la billetera, que se me clavó en un cachete haciéndome gemir de dolor.

Cuando conseguí dominar mi cuerpo rebelde, la linterna ya no alcanzaba el camino que el Rey Misterio había seguido para salir del coto. Me quedé con el smartphone y su dinero en la mano, y también con una cara de tonta que me duraría hasta el año siguiente. Por no mencionar el nudo en la garganta, el dolor de estómago y... el ardor, que esperaba que fuese bastante peor en su caso.

«¿A qué mierda ha venido eso? ¿En serio?».

—Ah, aquí estás... —exclamó Monroe a mis espaldas—. Llevo un buen rato buscándote. Me había preocupado. No sería la primera vez que acabas en una cuneta... Oye, tienes la blusa desabrochada. ¿Ha pasado algo?

Abrí la boca para contestar algo que vaciara toda mi rabia e insatisfacción, pero al final decidí que no serviría para nada. Si de verdad era brujo, se daría cuenta de que mi aura estaba bien jodida, y se encargaría de suavizarla con sus poderes sin necesidad de que hable en voz alta de mi patética experiencia. Porque no lo pensaba contar, no, señor.

—No, nada —contesté de mala gana—. Solo estaba viendo las puñeteras estrellas. Jodidamente bonitas, que lo sepas. Una puta pasada.

Sept. 1, 2018, 12:02 p.m. 3 Report Embed 27
To be continued... New chapter Every Saturday.

Meet the author

Eleanor Rigby✨ Le pongo amor a todo lo que escribo, no a todo lo que hago, por eso escribo novelas donde la gente se quiere mucho. Soy andaluza, y sí, sé hablar y escribir correctamente. De mayor quiero ser una Pussycat Doll.

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Janos Lamb Janos Lamb
Le pones pasión, más que amor. Supongo que en esta novela no van ha salir monstruos, alienígenas o cuando menos algún espectro despistado... ni siquiera una batallita, una explosión una hecatombe o similar tan de mi gusto, pero mira, he empezado a leer y...joder, me ha encandilao (de momento). Sólo espero que no se quede en una historia de amor-erótica y vaya a más. Y no me refiero a que salga a escena algún zombi, pero ese "vaya a más" no sé explicarlo. Y que no sepa explicarlo dice poco a mi favor como escritor en ciernes. Pero espero que se me entienda. En cualquier caso, te felicito. Saludos.
Nov. 18, 2018, 6:12 a.m.
mH mun HD
Me encantoooooooo, sigue así, me encanta tu trabajo
Nov. 11, 2018, 5:49 a.m.
Tessa T. Sky Tessa T. Sky
Mis niñooos <33333333333
Sept. 1, 2018, 7:42 a.m.
~