Amor Por Contrato Follow story

abigailgreene Abigail Greene

Era rico, todas las mujeres querían estar con él, tenía todo el mundo a sus pies... Pero lástima, todo cambió cuando ella apareció. La vida de Mónica Foster, a los veintiún años era completamente común, su única diversión era el trabajo de columnista en el periódico. Sin embargo, al recibir la noticia de que debería entrevistar al célebre hombre de negocios, Michael Harris, para conservar su empleo, su vida toma un rumbo diferente. Cuando lo ve, la atracción de Mónica es inexplicable, y... Extraña. Nunca se había sentido así por un hombre tan atractivo como caballeroso. No obstante, Michael tiene un problema, y para resolverlo debe casarse. Sin tiempo, sin opciones y con una fuerte jaqueca, decide que la indicada sería Mónica, cuyo trabajo consistiría fingir ser su esposa durante un año. Luego de haber iniciado una ''relación'', las circunstancias que los envolverán comenzarán a tornarse difíciles, los sentimientos se involucrarán y cualquier decisión precipitada los podría llevar al borde su propia muerte.


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#erotismo #amor #español
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Capítulo uno

Una piscina de baba se extendía por la almohada de Mónica sin contemplaciones, y antes de sonar la alarma en su teléfono, ella ya se había despertado. Se restregó los ojos lentamente, luego desactivó la alarma. Bostezó sin taparse la boca. Tras bajar de la cama, abrió todas las ventanas, dejando entrar la luz del creciente sol matutino. Sonrió para sí misma al darse cuenta del logro en aquel día, se levantó más temprano de lo habitual, y si bien sabía que no siempre iba ser así, no dudó en darse parte del crédito.

Caminó a la cocina y abrió el refrigerador, encontrándose sólo con una jarra de agua y unos pocos enlatados. «Debo hacer compras», decía. Optó por comprar un aperitivo durante el trayecto al trabajo.

Su rutina diaria no era complicada, pero sí monótona; luego de una ducha común, sin cantar canciones o escuchar música, iba directo al ropero, eligiendo entre los trajes de segunda mano el más presentable. Y honestamente, su armario daba vergüenza. Estaba lleno –con menos de quince piezas distintas– de ropa estilo bohemio chic, junto a prendas vintage, sandalias planas y botas de motera que usaba para días laborales.

Evocó entonces, cuando su prima Vanessa volvió desde Alaska el verano anterior, e intentó cambiarle los horrorosos atuendos a algo mucho más moderno. Sin embargo declinó, ¿pero qué culpa tenía al rechazar un cambio de imagen? Para ella, la verdadera moda consistía en sentirse cómoda con ropa que le gustase llevar. Se colocó unos pantalones holgados, una camisa de tiros junto a una chaqueta de blue jeans, y las botas. Luego faltaba arreglarse el cabello, el cual solía someterlo a un trenzado doble sin pensarlo dos veces. Posteriormente, tomó una pintura de labios color violeta y se dio una mirada en el espejo.

«No estoy tan mal».

«Bueno, tal vez me haya pasado un poco con el pantalón».

«Probablemente Vanessa tenga razón sobre mi manera de vestir».

¡Al carajo!

Apartó la vista con un dejo de cólera, preguntándose a sí misma qué le sucedía esa mañana. Tomó un bolso color café y salió por la puerta, evitando cabizbaja saludar a los vecinos. Pero luego recordó las palabras de su madre, Mercedes, al mudarse en West Village: los vecinos son como hermanos en tiempos de angustia. Y en ese momento, con una sonrisa ensayada meneando la mano derecha, saludó a la anciana que residía enfrente.

―Buenos días señora Park, ¿cómo ha amanecido? ¿Cómo está Isaí?

―Buenos días Mónica, estoy muy bien y mi nieto ha mejorado bastante desde que se contagió de ese horrible virus, pero le gustará mucho saber que has preguntado por él―sonrió de una forma amigable―. ¿Cómo estás tú? ¿Qué tal está tu mamá?

―Muy bien―devolvió el mismo gesto―. Ayer hablé con ella, tendrá una exposición de arte dentro de un mes.

―¿En serio? ¡Es una maravillosa noticia!―La señora Park, cuyo verdadero nombre era Bianca, pero insistía en llamarse Helena gracias a su amnesia, exclamó, arqueando las cejas―. ¿No te ha dicho dónde será?―Mónica negó―, pues sea donde sea, yo desearé ir.

Por instantes, el contento que despertaba aquella señora mayor de setenta años, producía una extraña alegría dentro de Mónica, pero no se molestaba en demostrarlo. Le había contado las dos cosas más relevantes acerca de Mercedes cuando tuvo la oportunidad de conocerla, tales como su nombre y ocupación. Helena la invitó a tomarse un café, pero lo rechazó amablemente alegando tener prisa. Se despidió y salió del edificio a zancadas; mientras caminaba al trabajo, compró rápidamente cualquier aperitivo que ayudase a sobrevivir la mañana. Sabía que estaba llegando tarde, sabía que perdió parte del tiempo hablando con la señora Park, y al llegar recibiría una reprimenda de su pedante jefa.

No pudo evitar soltar un taco. Apuró los pasos hasta llegar a la calle donde un edificio atemporal de diez pisos se alzaba, sin nada particular además de las otras edificaciones extravagantes en el centro de la ciudad. Exhaló antes de entrar.

Sin saludar a nadie marchó hasta el ascensor dirigiéndose al nivel seis, mejor llamado como el piso de los columnistas, donde la primera imagen que recibió fue el rostro de Ariel, su compañera de otro piso. Era una de las mujeres más altas, y parecía no incomodarle su estatura porque generalmente, andaba por el centro de la estancia usando tacones altos. Su cabello rubio, figura envidiable, y vestimenta moderna exteriorizaba el aire flamante y profesional que la caracterizaban. De alguna manera logró convertirse en la reportera principal del periódico. Mónica no pudo evitar compararse con ella durante un instante; a veces se preguntaba por qué eran amigas, pero no le molestaba tener una amistad con ella.

―Has llegado tarde―confesó, como si se tratara de algún secreto.

―¿Ella lo sabe?

―He intentado cubrirte pero...

―¡Mónica Foster!―En el fondo se escuchó la voz arisca de Anna Sinclair, su jefa. Mónica la observó de pie apoyada en la entrada de su despacho, con el ceño fruncido, y con el alma en pena se acercó escuchando un lo siento salir de los labios de Ariel.

Se adentró y Anna lo hizo con ella cerrando la puerta. Se sentó en la silla marrón frente a su escritorio del mismo color, y no era dicha área de trabajo fuese atractiva, más bien todo era insípido: muebles cafés, una cafetera humeante junto a la ventana, estanterías desbordantes guardando archivos y papeles, y un cuadro con palmeras colgado en las paredes teñidas de amarillo viejo, exhibiendo una serenidad inexistente.

Se preparó para escuchar la riña.

―Me resulta altamente inaceptable que haya llegado tarde por quinta vez en esta semana, teniendo en cuenta que antes era usted quien llegaba primero―apoyó las manos sobre la superficie de la mesa, inclinándose un poco hacia adelante.

Llegaría más temprano si contara con un auto, deseó decir.

―¿Ha olvidado qué es lo que requiere para poder entrar y perdurar aquí?―Claro que lo sabía, se lo reiteró más de una vez previamente de haber empezado. Eran las tres características más importantes: puntualidad, responsabilidad, y servicio.

―Señora Sinclair, yo...

―¡Silencio!―Levantó una mano, callándola automáticamente―. ¿A caso sabe cuántas personas le gustaría tener su puesto?

Aquella pregunta logró que los músculos de Mónica se tensaran, su estómago sintiera un indigerible nudo, y su piel empezara a transpirar. Anna mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, sabiendo estaba tocando un punto débil. Mientras el silencio se extendía por poco caía al suelo. El ser columnista en un creciente periódico en la ciudad de Nueva York, era su única fuente de ingresos, la garantía de que podría pagar la renta del apartamento, lo que le certificaba que mañana desayunaría... Simplemente era su vida. Bajó la vista deseando estar en otro lugar.

―Lo lamento, prometo que la próxima vez llegaré más temprano―de todo lo que pudo decir, solo pensó en disculparse, haciendo una promesa que ni ella misma sabía si podría cumplir.

―Sí, yo también lo lamento―hizo una pausa antes de continuar―. Tiene suerte que haya amanecido de buen humor, pero déjeme decirle que está en cuerda floja, señorita Foster, y yo que usted me ocuparía en ello. Ya puede irse.

Giró sobre sus talones sin querer estar otro minuto ahí dentro, tomó el pomo y antes de salir, escuchó su nombre de nuevo, haciendo que se detuviese.

―¿Algo más señora Sinclair?―Preguntó dándose media vuelta.

―Solo que... ―La observó de arriba hasta abajo―, debería renovar su guardarropa.

Miró la vestimenta que cargaba sin pensar que hubiese algo mal en ella. Abandonó la oficina sintiendo un alivio instantáneo, si bien pasó diez minutos o menos, para ella fue más que eso. Así iniciaba su mañana, con el simpático saludo de su jefa. Caminó hasta su área de trabajo, percatándose que Ariel se aproximaba destilando preocupación de la punta de los pies, enrollándola en un abrazo dramático y sobándole la espalda.

―¿Qué te ha dicho?―Inquirió en seguida de haberse separado.

―Que estoy en cuerda floja, y creo que amenazó con despedirme.

―¿Lo dices en serio?―Asintió―. Si se te hace difícil llegar a tiempo, puedo decirle a Robert que pase por ti.

―No―negó casi de inmediato al escuchar semejante proposición―, creo que estaría de más recordarte que no me llevo bien con tu novio, ¿o es que acaso olvidaste el día que me asignaron trabajar con él?

¡Imposible olvidarlo! Mónica derramó café hirviente en su pantalón caqui accidentalmente, por supuesto, se arrepintió. Ese día se hallaban en Starbucks. El pobre se largó del establecimiento más rápido que cualquiera lo hubiera hecho en quince segundos, sin haberla disculpado.

―¿Pero qué dices? Robert no es mi novio, sólo somos compañeros de trabajo con una relación extracurricular, si sabes a lo que me refiero. Además, apuesto que ya le ha dado borrón y cuenta nueva.

―Apuesto a que no lo ha hecho―Replicó tajante.

―Pero... ―Ariel buscaba las palabras adecuadas para hacer una pregunta inquietante. Para ella―. ¿Has escuchado algo al respecto?

―¿Respecto a qué?

―De Robert y yo―se vio expectante, contradiciendo el desinterés emocional que aclaró segundos atrás. Parecía querer tomarla por los hombros y zarandearla para que respondiera rápido.

Apeló a su lado más bromista y dio una corta risa entre dientes antes de contestar.

―Sí, he oído hablar de lo muy interesando que está en ti―por la forma en que habló, cualquiera le habría creído.

―¿Hablas en serio?―Los ojos de Ariel brillaron, y casi daba un grito de emoción.

―No―dijo e inmediatamente sus facciones cambiaron, revelando una expresión impasible, lo contrario a Mónica que reventaba en risas.

―¿Ya ves, no? Es por eso que no tienes pareja―se cruzó de brazos, probablemente ofendida, pero muy en el fondo luchaba para no unirse a su risa.

―Bien sabes que no necesito una, y que tampoco pretendo enamorarme―una vez calmada, sonrió de lado―, estoy bien así, de verdad.

―¿Sabes? Creo que como tú, hay personas que no se enamoran con facilidad, pero cuando lo hacen caen duro. Solo espera y conocerás el hombre que te hará temblar el suelo―sus palabras parecían seguras, pero Foster se mostró escéptica.

Luego, se echó a reír por segunda vez.

―Como digas―contestó sarcástica, finalizando la conversación con una pizca de intriga por saber quién era ese individuo que le sacudiría el suelo como un huracán.

Aug. 31, 2018, 11 p.m. 1 Report Embed 6
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Mónica García Mónica García
Muy buen capítulo. Se me hace raro que la protagonista tenga mi nombre
Dec. 16, 2018, 7:24 a.m.
~

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