Millita y el ladrón de la medallita Follow story

captainleon CharmRing

Millita, una gatita trabajadora, emprenderá una aventura para limpiar el nombre de su amiga humana, quien fue acusada de manera injusta de robar la medalla presidencial de Bolivia


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#ladrón #bolivia #gatos
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La injusta acusación

Obra inspirada en el robo de la medalla presidencial de Bolivia el año 2018.

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MILLITA Y EL LADRÓN DE LA MEDALLITA

Capítulo 1: La injusta acusación


El frío del último mes del invierno se hacía sentir en la Ciudad de La Paz, como diciendo: “¡Hua! ¡Ni que me fuera a ir tan pronto! ¡Ya van a ver, tendrán que abrigarse más y ponerse polainas hasta las rodillas roñosas!”.

Y así pues, todo parecía frío al tacto, incluyendo las paredes de las casas, ya sean estas de ladrillo o de humilde adobe, y es justo en una de estas últimas, donde vive nuestra heroína. Claro, que decir que vive es una palabra para indicar su morada más que su propiedad ya que ella no era la dueña de dicha construcción de a dos pisos, la cual parecía ser muy antigua ya que constaba en su techo con esas calaminas viejas que a comparación de las modernas son mucho pero que mucho más gruesas y pesadas.

No, no tenía ningún papel alguno que acreditase su propiedad, ninguna minuta o testamento, y si se preguntan por qué no tenía nada de estas cosas, bueno eso es simple, nuestra protagonista no es humana, es sólo una gatita, una minina de nombre Millita, la gatita trabajadora.

Los seres humanos se tapan con varias frazadas para pasar la noche, a veces es un incordio debido al peso, por fortuna, un animalito cuenta con su pelaje que le brinda mejor protección y que además no le pesa nada, claro, que dormir dentro de una casa aunque en este caso abandonada, es mucho mejor que hacerlo a la intemperie y a merced de la lluvia, perros mal encarados o personas de mal corazón.

Como todas las mañanas, los ojitos empezaban abrirse acompañados con el mover de los bigotitos y la naricita.

«Aaaummm, ya es de mañana», pensaba Millita que miraba con los ojos aún entrecerrados como la luz del día todavía no hacia aparición por las pequeñas ventanas del segundo piso, las cuales aparte de ser diminutas y con un marco de madera viejo y astillado por fuera, estaban sumamente sucias debido al polvo y a la grasa o aceites que se habían pegado desde el exterior por diversos motivos a través de las décadas.

No había mobiliario alguno en la habitación que conformaba la única del segundo piso, tampoco en el primer piso, salvo multitud de cajas de madera vacías que antes contenían dinamita para vender a los mineros, allá en tiempos de los Barones del Estaño.

Millita no tenía cama alguna, ni dormía sobre prendas viejas y sucias, no, sólo se acurrucaba en el interior de un hueco en la gruesa pared de adobe, la cual colindaba con la pared de ladrillo del vecino.

Era una madriguera excelente, ya que algunas veces, en especial en invierno cuando se presentaban las noches más gélidas, la pared de ladrillo parecía calentarse, tal vez había una hornalla o algún calentador similar que era prendido por las personas que vivían al lado, no lo sabía con seguridad ya que los vecinos no tenían gatos o cualquier otro animal de mascota como para que ella le preguntase.

Millita agitó más los bigotitos y luego salió de la madriguera, se desperezó y antes de limpiarse con cuidado el pelaje usando para esto su pequeña lengua, tomó con sus fauces un pequeño trapo que tomase de una de sus excursiones nocturnas, y es que el piso ya estaba el colmo de empolvado y Millita era una señorita, no un cochino cerdito lleno de lodo.

No podía hacer mucho la verdad, pero su esfuerzo era mejor que nada, a ella parecía no importarle ya que Millita no era una gatita cualquiera, no, ella era una gatita trabajadora.

Las labores domésticas de la gata consistían en bajar al primer piso o planta baja dependiendo de como uno ve estas cosas, y ver que no habían ratones presentes. No es que intentase proteger algo de comida guardada por alguien, sino que estas pestes, a veces solían roer la base de las paredes internas con el riesgo de hacer caer toda la estructura, y Millita no iba a permitir esto, ella iba a proteger su hogar.

«Nada de ratones», pensó Millita luego de husmear por las cajas vacías, y de nuevo subió al piso superior conformado por tablas de machimbre que eran de tan buena calidad, que no se habían doblado pese al efecto del tiempo, lo mismo que las graderías hechas con el mismo material.

No se podía salir por la puerta o las ventanas, pero una sección del techo estaba doblada y por allí entraba y salía la gata. No había filtración de agua por lluvia debido al extraño ángulo en que la calamina estaba doblada contra una pared del vecino, sólo cuando granizaba o nevaba goteaba agua hacia el interior, pero eso pasaba pocas veces, tampoco el viento entraba por el resquicio. Las únicas veces en que Millita prefería dormir en la planta baja, era cuando granizaba muy fuerte, el ruido del granizo contra el techo de metal era insoportable.

«Será mejor que me apresure y me ponga a trabajar», pensaba Millita quien viendo como por la ventana sucia entraba el gris de la mañana hizo conciencia de la hora.

Pese a sus buenas intenciones, la gatita tardó más de la cuenta y luego salió por el resquicio de la calamina, de allí y saltando sobre un techo al otro, pudo llegar a un sitio un poco más bajo desde el cual pudo efectuar un salto con la seguridad de no dañarse las patitas.

La gatita no tenía la intención de pasar la mañana acostada sobre un tejado y tostar el pelaje de su lomo como otros gatos lo hacían ya que ella era diferente, ella era Millita, la gatita trabajadora.

El felino tenía una rutina establecida que a veces variaba según el clima y la posición de la luna y las estrellas, y este era uno de esos días. Por lo general se despertaba muy temprano antes de que saliese el sol y ayudaba a algunas mujeres barrenderas del municipio, luego iba a colaborar con la protección de los periódicos mañaneros y por último pasaba la jornada acompañando a los lustrabotas paceños, a veces tenía un trabajo nocturno especial, la última vez fue con unos payasitos que amenizaban una fiesta infantil.

Esta vez, sin embargo, debía dirigirse hacia el centro de la ciudad, más en específico, la Plaza de San Pedro, donde colindaban la cárcel de la ciudad y una iglesia, y era cerca de la iglesia donde debía encontrarse con una amiga suya, no una gata u otro animal, sino una niña llamada Clara, a la que sus amorosos padres siempre llamaban Clarita.

Clarita tenía como principal característica aparte de su perlada sonrisa, unos ojazos vivarachos que eran la antesala a su puro corazón. Su piel no era blanca o cobriza como el resto de sus compañeras en el colegio, sino que tenía la coloración del ébano.

«Clarita ya debe estar impaciente», pensaba preocupada Millita, mientras apresuraba el paso, eso sí, no era imprudente ya que siempre tomaba sus recaudos antes de cruzar la calle, viendo a uno y otro lado por si venía un coche, ya que algunos conductores paceños (por no decir la mayoría) se caracterizaban por conducir de manera muy imprudente, pisando el acelerador a fondo pese a que veían que a tiro de piedra había un embotellamiento, algo común en la urbe más alta del mundo.

«Pobre Mondongito, debió cruzar la calle con más atención», pensaba con tristeza Millita al recordar a su viejo amigo de gruesa panza quien distraído con unas palomas, tuvo el mal tino de cruzar la calle justo cuando se acercaba un micro, que es un vehículo público de mayor capacidad que un minibús. «Tontas palomas, son como los ratones, una molestia. No entiendo por qué los humanos les dan de comer en las plazas, ¿no ven que transmiten enfermedades como los ratones?»

Una vez verificado que no vendrían autos por el momento, Millita cruzó a prisa la calle, pero igual se dio un susto cuando detrás de la entrada de una tienda le ladraba con furia un perro pequinés, quien no pudiendo atravesar la reja de la entrada, intentaba colar su pequeña cabeza de hocico chato por las delgadas rejas.

―GUAU, GUAU, no te acerques gato cochino. ¡No te acerques o te muerdo! GUAU, GUAU, GUAU.

―¡Deja de ladrar perro petizo! Además, ¿Quién quiere acercarse a una tienda tan sucia? ¿Seguro tus dueños son unos cochinos.

―¡No insultes a mis dueños! ¡Mi ama es muy limpia! GUAU, GUAU, GUAU.

―No sé si tu ama es limpia o no, pero al menos debería lavarte, en especial la boca y con jabón.

― GUAU, GUAU, GUAU.

―Oink, oink, oink ―se burlaba Millita, tratando de sonar lo mejor posible a un cerdo.

Como que en estas ocasiones cuando un perro tiene a un gato frente a él y no puede alcanzarle, el perro ladraba tozudo, mientras que la gata hacia lo mismo que haría cualquiera de su especie en este tipo de situaciones: se acicalaba mostrando indiferencia suprema ante el cánido. En suma, una lucha de voluntades de los dos favoritos animales domésticos.

El lance mental no tuvo un ganador ya que la dueña del pequinés, alertada ante el incesante ladrido de su perrito faldero, fue presurosa corriendo hacia su tienda, llevaba en las manos una escoba ya que los ladridos eran diferentes a los que acostumbraba a dar su mascota cuando un ocasional cliente se acercaba.

―¡¿Qué pasa Lady?¡ ¿¡Es un ladrón?! ―gritaba la mujer a su mascota llamándole “Lady” pese a que era un macho―. ¡¿Quién está allí?!... Es sólo un gato, SHU, SHU, ¡Fuera gato cochino, te voy a echar con agua! ¿Dónde está el balde? ―decía la mujer, buscando el pequeño tacho, reservado para baldear cada vez que un perro se meaba cerca de la entrada de su tienda.

Millita, al ver a la mujer con la escoba, no esperó a oír como esta iracunda vendedora mencionaba el líquido elemento y empezó a correr por la acera.

―¡Sí, sigue huyendo que te van a bañar con agua fría! ―le gritaba a la distancia el pequinés, diciéndole esto y otras cosas que Millita, pese a escuchar con sus finas orejas gatunas, no les prestó atención alguna, debía apresurarse.

«Ese condenado pequeñajo de perro faldero, me hizo perder montón de tiempo», pensaba entre enojada y preocupada. «Pobre Clarita, debe de sentirse sola la pobrecita. ¡No te preocupes, ya voy!».

Luego de unas cuantas vueltas apresuradas en las que tuvo que estirar las patas más de lo necesario y casi estuvo a punto de ser atropellada por un sujeto sin casco que montaba una moto bastante ruidosa, pudo divisar las inmediaciones de la Plaza de San Pedro.

―¡Clarita, aquí estoy! ¡No te preocupes, vamos a trabajar! ―maullaba la gatita ya con el corazón más ligero al verse en las cercanías del atrio de la iglesia, sin embargo, algo raro sucedía.

Había un montón de gente, al principio Millita creyó que eran los habituales clientes que compraban a la caserita del mandil blanco, montón de llauchas, llenas de delicioso queso fundido y aún caliente, para servir como acompañamiento a un desayuno conformado por café humeante o en estos casos en particular, api muy quemante.

«No, no es posible, los humanos compran esas llauchas en la otra esquina, no aquí», pensaba intrigada Millita, cuando vio que los transeúntes reunidos vestían todos de la misma manera: trajes verdes con botas negras. Eran policías, un montón de policías.

A Millita esto no le pareció nada bueno.

Al acercarse la gatita, vio algo que hizo que se le helara la sangre de sus venas.

Un policía agarraba por la muñeca a su amiga Clara, tratando de arrastrarla fuera del portalón de fierro de la iglesia.

―¡No, le digo que yo no fui!

―¡No mientas mocosa! ¡Te hemos pescado con las manos en la masa! ¡¿Qué hacías con esa mochila?!

―¡No sabía que era una mochila! ¡Pensé que era una bolsa negra para la basura común y corriente! ¡Creí que dentro de la bolsa sólo había basura! ¡Sólo quería tirarla al tacho ya que es malo que haya desperdicios en la entrada de la iglesia!

―No mientas mocosa! ¡Bien sabes que eres una ladrona! ―le dijo el policía mientras callaba a la niña con una fuerte bofetada en la mejilla izquierda― ¡Tú eres quien se robó la medalla presidencial!

CONTINUARÁ…

Aug. 15, 2018, 9:05 p.m. 0 Report Embed 2
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