Visita al Cementerio Central Follow story

dmo Daniel Mateo Ordóñez

Breve reflexión en forma de relato sobre mi visita al Cementerio Central de Bogotá.


Short Story Not for children under 13.

#cementerio
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Visita al Cementerio Central

He de confesar que no me aterraba la idea, pero tampoco me encantaba. Esa tarde haríamos una visita al Cementerio Central para la clase sobre memoria. No temo a los muertos ni a los espíritus, aunque ha habido quienes me dicen que no es cuestión de miedo sino de respeto. Y creo que tienen razón. Había escuchado historias sobre el lugar, de todo tipo, incluyendo que se habían realizado eventos nocturnos como presentaciones de películas, caminatas nocturnas y otros. Si, en un cementerio. Para mí tampoco sonaba emocionante ya que soy de aquellos que no disfruta una historia de terror a menos de que venga de primera mano. Pero lo que me asustaba eran los visitantes del lugar, más que quienes lo habitan.

Además, quiero aclarar que pocas veces he estado en un cementerio y menos de visita. Sólo recuerdo una vez que mis padres me llevaron a visitar la tumba de mi abuela, cuando el mejor amigo de mi padre murió y finalmente cuando enterraron a mi tía Martha.

La primera vez, visitando a mi abuela, yo era apenas un pequeño. Lo recuerdo todo muy tranquilo ya que su cuerpo yace en un cementerio a las afueras de la ciudad rodeado de campos verdes y árboles muy altos. Además, ya hacía años ella había fallecido por lo que mi padre fue a saludarla más que a llorar. La segunda, cuando murió Morris, fui el único acompañante de mi padre. Tuvimos que ir primero a la sinagoga y verlo todo afeitado, lo que me impresionó ya que era un hombre con un bigote grueso y abundante pelo crespo. Al llegar al cementerio nos entregaron una kipá, el gorrito que se coloca sobre la cabeza al entrar en lugares sagrados, según el judaísmo. Fue una sensación extraña para mí ya que el estar pensando que la kipá se me caería, sumado al hecho de que todas las lápidas parecían iguales, sentí una tristeza que parecía flotar entre todos los presentes. El canto del Rabino hacía más gris aquella tarde. En el auto, volviendo a casa, mi padre se derrumbó y lloró como un niño. Era su único amigo. Me sentí impotente al verlo desconsolado. La tercera fue la última. Mi tía, única familiar aparte de mis padres con quien mantenía relación, murió de un infarto luego de un viaje. La enterraron en el mismo cementerio que a mi abuela y aunque tomé su partida con más madurez, me dolió.

Así llegué esa tarde a la universidad para encontrarme con unos compañeros y salir juntos hacia lugar de reunión. Pensaba que tomaríamos algún transporte, pero ellos prefirieron caminar y nos fumamos un porro. La caminata fue larga ya que es una zona con espacios muy amplios. Al llegar vimos a otras personas de la clase, pero el profesor no había llegado así que me dediqué a observar el lugar. Ya lo había visto desde lejos un par de veces y siempre me llamó la atención una escultura en la parte superior de la gran entrada. Es Cronos, dios del Tiempo, quien con un reloj de arena y una guadaña vigila todo desde lo alto. Estaba sacándole una foto cuando escuché un silbido y giré. Era uno de los guardas de seguridad que me señalaba un letrero que tenía una cámara fotográfica tachada, así como un perro y una botella.

Traté de hacer como si nada hubiera ocurrido y me disculpé.

Al fin llegó el profesor y decidió ubicar al grupo en la entrada principal para una charla introductoria sobre la historia y significado del cementerio. Durante ésta, el sonido de unos golpes llamó mi atención. El cementerio consta de un área central, donde están ubicados los mausoleos más importantes, que finaliza en una capilla. Está rodeado de columbarios en una forma ovalada que remata en la entrada principal, la cual tiene un techo alto con una arquitectura antigua. Tiene unas puertas de metal negras, también bastante altas, y encontré que eran el origen de aquellos golpes. Los visitantes antes de entrar, se detenían y llamaban a la puerta. Algunos con tres, otros con más golpes. El sonido era sordo y no supe que pensar. Yo no tenía ese respeto por la muerte y parece que quienes estaban en la clase tampoco. Fuimos los únicos que no lo hicimos, pero dentro de mí le pedí permiso a los muertos para pasar a su casa.

Entré. La primera imagen al entrar fue alucinante. Los mausoleos de distintas personalidades de la historia nos recibieron con un aire siniestro. Las estructuras, envejecidas por el paso de los años y la falta de mantenimiento daban el aspecto de un lugar solitario, silencioso, abandonado.

Sobre una especie de altar enorme, completamente negro, una mujer dorada sostiene el cuerpo del crucificado, y con los brazos abiertos da la bienvenida. En sus manos han depositado rosas y a sus pies un vaso plástico lleno de agua. Es La Piedad.

Un escalofrío recorre mi cuerpo en tanto observo las distintas tumbas que, con increíbles estilos arquitectónicos deslumbran a quien las tiene de frente. Las partes ennegrecidas y las estatuas que se descascaran hacen más sombrío el ambiente. Mientras caminamos, el cielo gris anuncia que lloverá. En medio de tumbas altas una destaca en el suelo. Un hombre, también dorado, pero con un halo de luz que lo hace brillar, sentado en la postura del pensador, esta cubierto de muchas flores coloridas. Un contraste demencial entre un paisaje tan frío y sin vida. Es Leo Kopp. Una mujer con labial rojo, le susurra palabras al oído y no puedo evitar preguntarme qué le dirá. ¿Le cuenta algo? ¿Pide por alguien? ¿Reza?

Cruces y ángeles nos vigilan pasar y noto que los demás visitantes del lugar no son amigables. Sus caras, sus ropas, nada de aquello me da confianza, aunque sigo tomando fotografías para no dejar ver mi miedo.

Al voltear una esquina otro mausoleo destaca entre las tumbas grises, envejecidas y algunas saqueadas. Dos niñas doradas iluminan el lugar. Una parece estar arrodillada, mirando al infinito, mientras la otra la observa y con una mano le señala el cielo. Les han dejado varias flores, pero lo que me impresiona son los dulces que, colocados en sus manos, las hacen parecer vivas. Perturbador.

Comienza a llover y el aire del lugar se torna aún más siniestro de lo que era en un principio. Un grupo de jóvenes que parecen una pandilla pasa a nuestro lado soltando risas y observándonos. Entre los hombres de ropas anchas y gorras planas destacan unas mujeres por su ropa ligera y colorida. Me hago el distraído en un mausoleo colosal, con un estilo griego el cuál tiene el busto de un hombre de bigote y los brazos cruzados. Siguen su camino.

En el piso húmedo, agrietado y mohoso es donde el tiempo ha hecho mas estragos. Me concentro una zona del lugar con varias mesas plegables, donde algunos curas ubican biblias, rosarios, velas y demás artilugios para vender u ofrecer alguna misa a los difuntos.

Todos estamos anonadados. Los grandes mausoleos son abrumadores y que estén tan descuidados los hace inquietantes.

Pero debo decir que la tumba que más me trastornó no es bella ni impresionante por su estilo. Todo lo contrario. Aquello que llama la atención de ella es lo fea y fuera de lo común. Pintada toda de un azul oscuro ordinario con una especie de figura tubular erigida en la cabecera, y unas antorchas en la parte baja, alberga a Julio Garavito. Al verla sentí como se erizaba mi piel y un miedo realmente aterrador se apoderó de mí. No era por aquel importante hombre de la Historia, sino lo que sucedía alrededor.

El grupo que parecía una pandilla estaba sentado sobre el sepulcro bebiendo y fumando. Tenían una pequeña grabadora que reproducía alguna canción de cumbia, pero lo espeluznante era que todos, de una manera absurda, golpeaban la tumba. Algunos con monedas, otros con cuchillos. El ruido ensombrecía mis pensamientos. ¿Qué estaban haciendo? ¿Llamando al muerto? Regaban el alcohol sobre el mausoleo y parecían muy concentrados en lo que hacían. Le pedían cosas con palabras soeces, encendían cigarrillos y porros que dejaban sobre el nicho, convencidos de que el espíritu saldría a disfrutar sus ofrendas. Era un ritual arcaico que nadie en mi grupo entendería. Los marginados y apartados de la sociedad eran quienes iban a visitar y a pedirle cosas a semejante personaje. Seguramente todos ignoraban quien era y qué había hecho en vida, pero tenían algo claro. Era el que aparecía en el billete de veinte mil pesos y se había convertido en su protector. Alcohol, marihuana, música y cigarrillos era lo que tenían para ofrecer y al parecer funcionaba, porque allí estaban, en un encuentro fugaz con el más allá.

Aceleramos el paso asustados ya que éramos no solo presa fácil, sino ideal. Creo que siquiera nos miraron.

Leía los nombres de los diferentes muertos, las fechas, las palabras que sus familiares decidían dejarles. ¿Cómo sería mi tumba? ¿Qué escribirían en ella? Todo aquello me hizo pensar cómo quiero que me recuerden. Los mausoleos exagerados y absurdos de las grandes personalidades de la historia no me interesaron, ya que soy alguien sencillo. Pero aquellos cajones amontonados en paredes me parecieron tristes. ¿Al lado de quién estaría? Siquiera hay un pequeño espacio para las flores. Pero a la final, ¿qué mas da? Si lo que ahí quedará, creo yo, son meros cuerpos pudriéndose.

Meciéndome por la atmósfera del lugar, siento una sacudida al salir. Era la Vida, que con su movimiento me agitaba y me recordaba que aún no era mi tiempo.

Comprendí que el cementerio es el Museo de la Muerte donde alguna vez seremos exhibidos.

Aug. 12, 2018, 11:48 p.m. 0 Report Embed 2
The End

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Daniel Mateo Ordóñez "No tenga miedo de un mundo que usted mismo ha creado. Deje de buscar la felicidad y la realidad en un sueño, y usted despertará." Nisargadatta Maharaj

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