La Orquesta de Dandelyon Follow story

geronime Gerónimo Le Goff

«-¿Quién es?-preguntó el hada. Sin embargo, el pianista continuó con su sonata.»


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#amor #musica #vejez #olvido
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La Orquesta de Dandelyon

         —¿Quién es?—preguntó el hada.

   El músico hizo agonizar la agilidad de sus dedos sobre las blancas y negras teclas frente él. El adagio de su barroca sonata se apagó como el tintineo de la pequeña musa al volar hasta el piano, reposando sus diminutos pies con elegancia sobre la partitura que había estado tocando. El eco de su voz al preguntar aún levitaba como un suave perfume en el codicioso aire. Pero ahora, con sus manos inertes sobre el regazo, mirando fríamente a la alegre musa, la magia que había inundado el oscuro auditorio se resumía a un escenario sin audiencia. En el cuarto—mudo, solo y pensativo—, todavía podía escuchar dentro de su cabeza lo que continuaba de la familiar melodía.

         —¿Quién es?—insistió el hada, haciendo danzar su vestido como si fuera uno de esos paracaídas blancos que se lleva el viento durante la primavera.

   Negó con la cabeza a la vez que apartaba la mirada de su pequeña compañía. Prefirió concentrarse en sus robustas manos para así no ser testigo de cuando ella saltaba de nota en nota inscrita en el pentagrama.

         —¿Quién es?—volvió a decir la femenina criatura. El pianista ya podía imaginarla sentada, con las piernas cruzadas una sobre la otra mientras reposaba sus caderas sobre las curvas de una llave de fa, o incluso tendida a lo largo de una cuartina, moviendo los brazos como tentadoras serpientes.

   Arrugó el entrecejo y llevó los manchados ojos por las cataratas hacia la desapercibida campanilla que sonaba cada vez que respiraba el hada. Parecía aburrida, suspirando a falta de respirar. Ella daba la sensación de que creía en el último de los males de la caja de Pandora como si de sobrevivir se tratase.

   Dormitaba con los ojos expectantes sobre las medias lunas de una fusa, usando cada brazo de ésta como una hamaca. El hombre la analizó. Iba a desmayarse. Sus pies a penas pisaban la cabeza de la nota de un octavo de tiempo.

   Tocó un do agudo. El hada movió la cabeza hacia la izquierda con inocencia, fisgoneándole hasta la última de las canas.

   Un mi bemol.

   Nada.

   Un si sostenido y la pequeña mujer halada ahora sí se acomodó con repentino interés.

   Sonrió aplaudiendo afanada. Escaló la fusa como si de una escalera se tratase, luego, nuevamente, saltó de nota en nota hasta llegar a una redonda, donde se sentó como indio, dejando que su vestido le tapara las blancas piernas como los pétalos de las tiernas margaritas que se cierran al llegar la noche.

   Llevaba una sonrisa angelical, con unos labios resaltados por los belfos de Eros, y a éstos los coloreaban las promesas de Afrodita. El Edén saludaba en su meneo ardiente, tarareando una melodía que bien conocía el pianista.

   El pianista continuó dos compases más la sonata y la diminuta muchacha revoloteó sus alas ruborizada, moviendo su cuerpo de un lado a otro con el ritmo de la paz.

   Estaba feliz.

   Miró sus viejos dedos. El tiempo hacía mella de ellos. Las manchas de los años lo decoraban como enormes pecas que desteñían su piel. Las arrugas estaban tan marcadas que incluso se habían acomodado con familiaridad a la pisargolla de su mano izquierda. Volteó las manos y observó sus palmas. Ancianas. Y cómo no. Había dado biografía a más melodías de las que podían envejecer con el tiempo. Y las uñas, las uñas habían trabajado una vida artesana mucho más ardua de lo que podía soportar en la cosquillosa mirada.

   Escupió el aire en una sonrisa.

   Miró al hada. Ella se veía con menos luz que antes. Ahora estaba seria, como si sonreír o preguntar quién era la fuera a dañar. Sus alas, antes gozando del baile que hacen las mariposas sobre las flores, abrazaban ahora sus desnudos brazos con fatiga.

   Llevó las orbes al piano. No supo si fueron las cataratas o el escozor en los ojos pero la vista se le nubló un poco. Parpadeó un par de veces y logró vislumbrar las teclas, y sobre ellas, un par de gotas las cubrían como el bondadoso rocío cubre al césped por la madrugada.

   Levantó la mirada y buscó al hada desesperado.

   El hada dormía como el silencio de las notas. Se ahogaba como el pianissimo y se desvanecía en decrescendo. Y sus labios... sus labios susurraban un rallentando que desconocía toda agógica.

Con culpa, el anciano tocó un larghetto en el piano, solo con notas suaves.

         —¿Quién... es...?—dijo el pianista, y su voz tenor inundó la estancia con melancolía.

   La muchachita alada abrió un ojo cansina. Apoyó con recelo la cabeza sobre las manos, haciendo una mueca de dolor acompañada de una tenue sonrisilla con la que lo animó a seguir.

   Al viejo pianista le temblaron las manos y, en una carrera consigo mismo, se despidió de las notas que ya había tocado para proseguir con las que ya sabían sus dedos de memoria, haciendo renacer la música dentro del auditorio. Una febril energía lo incentivaba y no pudo evitar que las lágrimas pasearan por las arrugas de sus ojos haciendo un río por entre los surcos de su piel. Pero continuó. No era tan débil como para no destruirse.

   Sus manos se agraciaron de las contradicciones y avalaron la obra musical con jovialidad y lujuria, melancolía y rivalidad, libido y ausencia, pasión e ignorancia, errores y perdones, idas y soledades, penas y... amores...

   Oyó una suave, dulce y sutil risa complacida.

   Abrió los ojos y no sin algo de dificultad se percató de cómo danzaba la musa. Sus movimientos eran celosos y armoniosos. La música que sus manos creaban por instinto la mantenía en la flor de la inmortalidad.

         —¿Quién es?—le inquirió contenta.

   Él la observó tan viva como la satisfacción que se encuentra en la música, tan grácil como una clásica sonata y tan rebelde como un poema contemporáneo. Sus ágiles y tenues pasos la llenaban de bonanza y arte, ella rivalizaba a la perfección a las rosas cromáticas, a los simétricos barrocos y a los románticos sonetos. Había versos en sus brazos y rimas en sus pies. Regalaba música con su tarareo y fortaleza con su solo recuerdo.

   El músico continuó la melodía extasiado. Podía sentir cómo la ansiedad viajaba por sus venas, arrebatándole la voluntad de su ser como la depresión que priva de la vida. Balanceó su cuerpo cuando lo saludaban los alegrettos, sintiendo cada compás que nacía de sus experimentadas manos.

         —¿Quién es?—pronunció retóricamente el anciano pianista, riendo y sonriendo aunque sentía un nudo en la garganta.

   La pequeña musa ignoró la pregunta, embriagada del frenesí con que la inspiraba la música. Las armonías de la canción la envenenaban de savia. Los murmullos de las notas que antecedían a cada una de las que afloraban luego de las mismas la colapsaban de deseo por volver a sentirlas. Los distintos matices del clavicordio, absolutamente sincronizados en la bendición que oía, la ahogaron de existencia.

   Pero una vez que empezó a agonizar la melodía, cuando disminuía la pasión con que era tocada en el piano, mientras el pobre hombre lloraba de deleite, la musa comenzó a descolorarse en la eternidad del aire. Su piel se volvía tan transparente que se veía a través de ella, como si fueran una mentira. Sus grandes ojos se resumieron a los telones abajo de un teatro que ya había terminado su función, culminados de una tupidas pestañas que yacían satisfechas. La campanilla distante a penas era un recuerdo del subconsciente y el hada se tendió en las ondas musicales que aún se desvelaban en el eco de la estancia. Y de pronto, con la última nota, la pequeña musa se evaporó junto al lamento del pianista.

   Y suspiró. El anciano pianista suspiró.

         —Quién es...—repitió en un murmullo, en la soledad de un murmullo—. Quién es—volvió a decir el pianista, aún mirando el último hueco donde había estado la mujer alada—. Tú eres la música. Tu eres el canto y el eco. Voy a disfrutar de hacerte inmortal hasta hallar mi música a tu lado. ¿Quién es? Eres tú. Pero quién eres no importa... Porque no importa cuántas veces te reviva en nuestros recuerdos, estamos destinados a esfumarnos tan pronto como se le pide un deseo a un diente de león... Y haré una orquesta de dientes de león mientras me esperas...

July 18, 2018, 1:32 a.m. 0 Report Embed 2
The End

Meet the author

Gerónimo Le Goff Nací como Gabriela Herrera Navarro, pero, yo me di vida como Gerónimo Pierre Le Goff Febvre. Aún así, llamadme Gero, por favor. Me defino como un escritor por limerencia y un lector por necesidad del alma. En fin... ¡Nos leemos pronto! Podéis leerme en Wattpad, Sweek, Inkspired y Litnet. * Instagram: @gero.pierre

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