Señor González Follow story

geronime Gerónimo Le Goff

"El Señor González tiene un amigo que le recuerda a su infancia."


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#crecer #melancolia #nostalgia #virtud #vejez #niñez
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Señor González


 Al hombre de la banca, cuya sonrisa nunca le faltó; y que incluso, se la llevó consigo.
Ésto es para usted, aunque nunca supe su nombre. Gracias por habernos saludado siempre.
Gero.




   Por allá en la vereda, pasando la fría y oscura avenida sumida en el gélido invierno, solitaria y oscura a cada alma en pena, yace una figura abstracta dentro de la realidad que—en la compasión de los ojos de un tierno pequeño—era admirada en un lamento que no era sabido ni incomprendido.
Bajo las farolas que reventaban al compás de las esperanzas, sin destellos o mucha bonanza, se dirige hacia el hombre de tez sucia el pequeño aventurero.
—¿Por qué en su vaso no hay agua si hay en cada casa? ¿Por qué tiene polvo sobre la cara y chauchas dentro de un vaso en vez de una dulce manta tapándole las desnudas piernas?
Y el hombre le ha dado una significativa y suave mirada. Érase una mirada tanto entristecida como enternecida que, observando de par en par a esa inocente criatura que podía compadecer sin cosas a cambio, el pobre hombre al fin lograba sonreír después de tantos años como infancias podría vivir el otro. Sonreía con los dientes que aún no le fallaban, sonreía aunque un nudo lo ahogaba en la garganta.
—No, chiquillo. He sido errante en mis instantes...Ve a casa que la noche pasa a vuestras soledades, de seguro a la alacena mamá te tendrá goznes para disfrutar...
Y sin palpar a recuerdos escudriñados, el sin brillo de un cariacontecido ser le medita a quien puede empezar.
—Sí, los goznes de mamá son dignos hasta para mi papá.
—Pues ve ya, ve ya.
Arrastrando un moral con paso esquivo bajo el cielo raso, llega a casa sin más. Sin más que dudas y de más, se abre ya el pequeño umbral para el angelito de mamá. El hornillo de la persona pilar al cariño temprano, uno que sello fuera de cartas tras cartas que se plasman en aquella mujer de esfuerzo con ese consuelo bello, tiene deliciosas creaciones para su dulce pequeño.
—Un pastelillo rico para el chiquillo, una leche tibia y de camisón a la camita—. Palabras directas a base del amar.
Y en la brecha a obscuras, piensa y piensa sin parar. ¿Qué será? ¿Por qué su piel ennegrecida no va a un baño con patitos? ¿Por qué no disfruta de galletitas antes de soñar? ¿Por qué no tiene mantas para acurrucar?
Sentado en el suelo... ¿Solo leería el periódico, verdad? Pero entonces, ¿por qué se tapaba con el papel?
Ahora, nuevamente sin más, sin más mar de preguntas y preguntas en el que zarpar, abstenido por colapsar su evaluar, bajan esos párpados para la paz momentánea llamar y disfrutar.


Los días pasan y desde el auto, algunos de los días lluviosos, el niño puede ver a ese viejo, torturado por sí mismo, limosna reprender a todo quien lo ignora con su cotidianeidad y banalidad impersonal.
—Papá. ¿Quién es él?
—Un peligroso vago. No te le vais a acercar.



Pasan días, pasan meses y el niño crece. La inquietud por saber qué será de la blanca y plebe cabellera que tose y tose en cada noche hacia la anhelada primavera, aumenta de tal modo que desespera al ver al llamado cuasimodo. Ha llegado la curiosidad a tal punto que desobedecer el firmamento fue la inocente impotencia de ir en contra de las reglas.
—Come todos tus vegetales, debes crecer sano y fuerte.
A oído mudo su atención por dicha acotación, del contundente plato de verduras amancebadas éstas son tragadas.
—Ya está el pan—dice mamá, acercando entre un mantel una fuente plateada y detallada las calientes masas para cenar.
Saca uno, saca dos; para en el regazo esas unidades quemar.
—Cuidado con el pan, que no se va a escapar—siempre dulce con su atención, ríe mamá.
Escondido el pan entre los bolsillos de sus pantaloncillos, sube a descansar.
—¿Puedo llevarme éste mientras juego antes de soñar, una vez más?
Aceptado tal pedido, saltando como estribillo por el vedado, oculta entre poleras y chalecas a dos panes desolados dentro del armario, y sonrisa al rostro se ha quedado.




Amanece un sol en el cielo invernal. El día escolar cesa y a su amigo ha buscado. No se encuentra por ningún lado; y tras horas y horas infantes esperando, el llanto ha llamado.
—¿Por qué llora señor?
—No lloro, muchacho...
—Si llora. ¿Por qué? Éstas son lágrimas, ¿ve?
Observando exaltado por el que sus mejillas fueran tocadas con compasión sublime e inocente sentimentalismo de presto, sin rechazo alguno, el hombre curva sus labios esmerado.
—Es que...Estoy sólo, pequeño muchacho.
—¿Por qué? Alguien grande debe de tener muchos amigos.
—Curiosamente, ya no los tengo... Y de todos modos, no todos somos bien recibidos...
—No lo entiendo. Yo tengo muchos amigos. Usted será mi amigo, ¿vamos a jugar un rato?
La sonrisa no para, ¿y es cómo no? Y la tarde pasa y pasa, ¡y la vida igual! ¡Hoy y siempre se puede disfrutar!




—Gracias por ayudarme a multiplicar, señor González—le dijo el niño en una amena tarde, sentados los dos al borde de la acera.
—No es nada, Rodrigo pequeño. Puedo enseñarte cuando tu quieras—a respuesta sonrió, peinando con una familiaridad debidamente pública la melenita castaña.
—¡Oh! Lo he olvidado. He traído unos panes para usted, para que vea, que como me dijo aquella vez, mamá cocina muy bien.
Unos descuidados panes, fríos y aplastados son pasados de mano a mano.
—Claro que deberían estar calentitos como anteayer, lo siento.
—No, no, está bien. Muchas gracias pequeño... De v-verdad...
—¿Y por qué llora ahora, señor González?


—¡Es Viernes, es Viernes! Hoy saldré a jugar hasta más tarde, mamá.
—Abrígate y antes de las nueve haz de llegar.
Qué hermoso iría a ser. Otra tarde más con el adulto cuya amistad le profesaba, sí; pero era sin duda una especial, como cada una de las que en visitas ilegales se hizo presente aquel lazo paternal.
Con un balón que rebota de manera loca por el cemento mojado gracias a las lágrimas del cielo, busca a su querido amigo contrincante; pero al divisarlo en medio de la calle, él ésta triste, solo y sentado.
—¿Qué pasa, señor González?
—Estoy cansado y tengo frío. Hoy no podré jugar contigo...
A mala gana a casa ha vuelto. ¿Por qué se enojó el adulto infante cuando le quiso ayudar? Y es que el: "No, muchacho, no me veas así, vete a casa.", rotunda sin cesar en su cabeza al llegar.
—¿Por qué tan temprano? ¿No ibas a jugar?
—No tengo ganas... Iré a estudiar.



Recostado, con una férrea contemplación al cielo pintado por la brocha, piensa y piensa una vez más: ¿Qué será?
¿No dijo que tenía frío?
¡Y en un vehemente arranque de ideas su cubrecama ha tirado, llevándolo por la avenida entera a brazos alzados! Su roja colcha como capa al ritmo del frío viento va flameando, y el pequeño aventurero, lleno de esperanza sigue corriendo.
—¡Rodrigo! ¡Rodrigo! ¿¡Qué haces, Rodrigo!? ¡No puedes salir de casa así!—la fraternal voz que lo protegía desde que naciere ova su instancia a las espaldas del niño.
Con solo tres metros como barrera, se juntan esas miradas familiares pero ajenas. Reprochado injustificadamente por el odio de esos ojos protectores, sobrantes a ese pequeño círculo, baja la cabeza y hace de tonto como si tuviera oídos sordos la melena ya no blanca, pues apenas quedaba.
—S-sólo quería jugar al súper héroe, papá...
—Volvamos a casa ya, Rodrigo.



Más días. ¿¡Por qué no podía salir!? Es sólo una lluvia de torrentes sin cesar.
Su amigo avanzado, ¿estaría en su confortable cama tomando leche tibia, o frente a la estufa escuchando una anécdota de papá o un lindo cuento de mamá?
"Dijo que tenía frío..."
Y por días de invierno, vacaciones de juego fueron para trabajar y empeñarse con voluntad.
Sacando los hilos y lanas de su madre—quien los usa para arreglar sus prendas o tejerle bellos suérters—, con paños de cocina, poleras y sábanas viejas, hasta un cojín que agregar, cose sin merendar perfectamente el desastre glorioso. Relleno con plumas, algodón, telas rasgadas que restaron, papel de burbujas de los trabajos de papá, y hasta con polyester y plumavit que estaban olvidados dentro del corbertizo su obra ha sido engordaba y acolchada.
Finalmente, una mullida y precaria manta ha sido guardada en la profundidad de su closet, ocultada.
—Iremos a comprar al mercado. A nadie abras la puerta que la señora Edith ya viene a por ti.
Caso omiso con un: "Sí, mamá", toma la colcha trabajada y calle abajo es llevada.
La figura humilde con sus casi transparentes pestañas bajas, está estática a las miradas de hombres estándar.
—¡Señor González, señor... ¿Señor González?... ¡Le tengo un obsequio!... ¡Señor González, no sea flojo! Despierte... Despierte y no me ignore que yo nunca lo haré con usted. No sea pesado... Despierte... ¿Por qué está tan helado?
La vista se le nubla y una mina de cristales líquidos ha brotado incontrolada desde sus brillantes ojos.
Al fin, ante los gritos desgarradores de un niño, la multitud se presta y ha actuado. Ha pasado un tiempo que el niño, de haberlo podido contar, habrían sido nueve hipidos. Aparecen los hombres de blanco, que auxilian tras una carroza con luces marginando a los curiosos. Y nuevamente, sin más, sin más que silencio otorgar al pequeño aventurero, todos miran la escena sin pensar en consolar.
Con la manta que entre los puños del pequeño es estrujada, sobre el dolor de su pecho, tapa la sonrisa de quien fue—y a la vez es—un será infinito.
El agonizante, con un susurro exasperado, le agradece al único quien llorará su partida.
—Gracias. Gracias, pequeño Rodrigo... Eres mi gran amigo... Gracias a ti puedo irme... puedo irme porque sé que, contigo en éste mundo, habrán otros que encontrarán razones para ser feliz... Gracias de nuevo, Rodrigo pequeño, mi gran amigo...
Tras minutos que fueron horas, una mano masculina de amor y comprensión descansa sobre el hombro del angustiado pequeño.
—Él era mi amigo...
—Lo sé, hijo. Pero ahora puede descansar porque tú lo has abrigado con tu cariño.


July 18, 2018, 12:28 a.m. 0 Report Embed 1
The End

Meet the author

Gerónimo Le Goff Nací como Gabriela Herrera Navarro, pero, yo me di vida como Gerónimo Pierre Le Goff Febvre. Aún así, llamadme Gero, por favor. Me defino como un escritor por limerencia y un lector por necesidad del alma. En fin... ¡Nos leemos pronto! Podéis leerme en Wattpad, Sweek, Inkspired y Litnet. * Instagram: @gero.pierre

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