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Prólogo

Él día había comenzado tan bien como cualquier otro, estaba soleado, y para su dicha, su hermoso ángel dormía entre sus brazos.

Ella lucía hermosa con parte de su cabello reposando entre su almohada y con sus labios rosados entreabiertos.

¿Podría pedir algo mejor?

La rutina comenzó como de costumbre, solo que, a diferencia de lo usual, ese día cumpliría su sexto año de estar juntos. ¿Y qué hizo él? Simple, fingir haberlo olvidado, fue tan divertido ver su ceño fruncido.

¡Su enojo había sido tal que casi le había tirado encima los huevos revueltos! ¡Pero qué carácter!

Ignorando ese suceso, tuvo éxito en la primera parte de su plan, salir sin que sospechara, aunque obviamente había dejado a una muy enojada chica en casa. La segunda parte estaba un poco más complicada, conseguir el regalo.

(…)

Hasta ahora realmente podía entender el porqué de las tardanzas de las mujeres cuando iban de compras. Tenía tantas opciones y tan poco dinero en su cuenta, con solo decir que lo primero que le había impresionaba costaba dos veces el salario de dos meses de trabajo, o incluso más.

En sus manos ahora cargaba alrededor de tres bolsas, en la cual una de ellas luchaba por asfixiar el ramo de azucenas que le servirían de salvación por su pequeña mentirita.

La última parada había sido la más difícil, la joyería. Lugar en el cual su poca paciencia se había esfumado. ¿Desde cuándo duraba tanto el grabar una frase en un anillo?

Siempre había creído que era algo de tan solo algunos minutos, aunque evidentemente se equivocó.

Después de al menos lo que pareció medio día la frase estuvo finalmente escrita.

Cuando salió de allí, nadie podía borrarle la sonrisa de idiota que tenía puesta. Ni siquiera ver que el ocaso había hecho su grandiosa aparición y las bolsas se volvieron el doble de las que traía.

Su salario se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos.

Abrió los ojos de par en par.

¡No había comprado pastel!

Suspiró, ya era tarde y no podía hacerlo. Se digno únicamente a caminar con paso lento y seguro, deseando con desespero llegar a casa y ver su expresión sorprendida, para luego, recibir esa linda y cálida sonrisa que esta solía tener.

Realmente la amaba.

(…)

Cuando llegó a su pequeña casa, no le asombró ver el portón abierto, seguramente en su desesperación por irse a comprar las cosas lo había dejado abierto, como muchas veces le había pasado por las mañanas al ir al trabajo.

¿Quién habría imaginado al chico busca problemas trabajando en una librería?

Todavía le costaba creerlo, ella al final había terminado contagiándolo con su afición a los libros.

Entró y cerró el portón tras sí, con dificultad debido a la gran cantidad de bolsas, buscó las llaves, la cual para su mala suerte estaban en el fondo del bolsillo de su pantalón del lado izquierdo, al frente al menos, pues de lo contrario habría durado una eternidad para poder sacarlas.

No obstante, al final terminó sin necesitarlas, pues para su desconcierto, la puerta estaba tan solo empujada. Frunció el ceño, él no la había dejado así.

Fue ahí cuando sintió un mal presentimiento, de esos que hacen el corazón de cualquiera llenarse de miedo y desesperación. Sabía que algo malo había sucedido, solo que no sabía que podría ser.

Con paso rápido se apresuró a entrar, importándole ya poco si estrellaba las cosas que trajo y las rompía en el proceso.

Su corazón latía con fuerza contra su pecho, y antes de darse cuenta había lanzado las bolsas contra el suelo y corrido adentro.

- ¿Nat? - le llamó con voz temblorosa, temeroso de no obtener respuesta devuelta, lo cual fue exactamente lo que sucedió.

Entró a la habitación con la respiración agitada, y cuando lo hizo, sintió el alma venírsele a los pies cuando la vio, no pudo controlar el llanto.

- ¡Nat! - sollozó, sus piernas temblaron, pero aun así se forzó a llegar hasta ella. Acarició su rostro, ese que ahora se encontraba pálido, en su mejilla comenzaba a formársele un morete y su labio, ese que solía pintar con un labial rosa se encontraba sangrando.

Observó con dolor su ropa manchada de ese líquido que era sumamente importante en las personas.

No pudo sentirse más culpable, todo lo que había ocurrido era absolutamente su culpa. Eso podía tenerlo por seguro, y por esa razón fue que su llanto se intensifico.

Sintió una mano posarse con delicadeza en su mejilla, levantó la mirada y se topó con su mirada adolorida.

-No llores Alex, estoy bien, no duele- y como siempre, ella mentía con tal de no hacerle sentir mal, forzó una sonrisa.

-Eres tan fuerte…-apretó una de sus manos y con la otra sacó su celular, sus manos temblaban, tanto que tuvo que esforzarse para marcar el número de emergencias sin tirar el celular en el proceso, pero para su dicha, pudo conseguirlo. -Aguanta, la ayuda está en camino.

Ella en respuesta le dio un pequeño apretón, él le hablaba de cualquier cosa, lo que fuera con tal de que el sueño se desvaneciera y no se la llevara.

-Te olvidaste…de nuestro aniversario…estoy enfadada- admitió con dificultad.

Sintió el nudo en su garganta intensificarse.

-N-No es así, y-yo iba por esto…- sacó la cajita, esa que se negó a dejar entre las bolsas. La abrió con cuidado, no había podido comportarse como uno de esos chicos de ensueño de los que ella en su tiempo de amistad solía mencionar, pero creía que eso era mejor que nada. - ¿Te casarías conmigo? - preguntó intentando mostrarse sereno, casi quiso reírse por la absurda situación.

¿Quién le pedía matrimonio a alguien que estaba muriendo?

-S-Sí.

Se sintió alegre ante la respuesta, y aunque sabía que era muy estúpido de su parte, sintió la esperanza volver.

Ella se salvaría, pasaría unos dos meses y luego se casaría, tendrían hijos, y serían feliz. Todo saldría bien.

Aunque obviamente nada fue de esa manera.

-Lo siento…lo siento Alex…-le escuchó decir de pronto, las lágrimas bañaron su rostro. No le gusto escuchar eso.

-No, no te despidas, no lo hagas. Ellos ya vienen, aguanta por favor.

-Te…amo…

Cuando la ambulancia llegó ya era muy tarde, ella había fallecido tras decir aquellas lindas palabras. Ella murió, y él le siguió, murió en vida, dejando solamente un cuerpo con un alma dañada.

Lo único importante en su vida se había ido, y él se había quedado allí solo, en un lugar lleno de recuerdos, de su amor.

El anillo había quedado olvidado en la cama, ella no se lo había puesto, pues deseaba dejar aquella muestra de su amor que no pudo disfrutar.

I need you, I love you.

July 14, 2018, 1:42 a.m. 0 Report Embed 0
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