Memorias de un superviviente Follow story

cristionas Cristiona Schumacher

.:::::::::::: GANADORA PREMIOS WATTY'S 2018 ::::::::::::. 11 de septiembre del 2001. Manhattan, Nueva York. 8:45. Me llamo Walter Atta y estoy atrapado en la cafetería de la planta cuarenta y cuatro de la Torre Norte del World Trade Center. No sé qué ha pasado pero parece grave, hay mucho humo y hace mucho calor. Sé que si no tiro abajo la puerta, todo el edificio se nos vendrá encima a mí y a mi compañero. Estoy aterrado. Si estáis leyendo esta nota hay dos opciones: he logrado sobrevivir o no he podido bajar. Si encontráis esta nota y me he marchado al Paraíso, me gustaría que se la entreguéis a mi familia. A todos los que me conocieron: os quiero y querré siempre.


Drama For over 21 (adults) only. © Todos los derechos reservados

#árabe #Walter-Atta #11s #atentado #acción #crimen
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Capítulo 1

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Capítulo 1


11 de septiembre del 2001

8:50


¿En serio este es mi fin? ¿Asfixiado en una cocina-cafetería para empleados de la planta cuarenta y cuatro y vestido con el peor traje que tengo? Siempre imaginé que iba a morir en las Bahamas, rodeado de palmeras y con un tío cachas por marido. ¿Qué ha pasado? ¡Yo que sé! Solo que hace cuarenta y cinco minutos, mientras mi compañero Kevin Jones y yo tomábamos nuestro segundo café del día, el edificio se inclinó casi seis grados hacia el río Hudson, nos caímos al suelo y con el vaivén la puerta se ha atrancado. ¿De verdad este va a ser el final de mi vida? ¿Con Kevin intentando tirarla a patadas y con humo saliendo de los conductos de ventilación?


Miro la hora en el reloj: son las nueve y un minuto. Escribo la última palabra de mi posible epitafio y dejo el bolígrafo encima del bloc de notas.


—Deja eso y pon algo en la cosa esa de ventilación. ¡Nos vamos a asfixiar!


Lo peor de todo es que con el movimiento del dichoso edificio se me ha caído la cafetera casi llena encima de la mano y tengo una quemadura bastante grave, sé que es importante porque no me duele.


Miro por la ventana y veo caer una chaqueta marrón.


—¡Atta, ayúdame!


No sé lo que está pasando allí fuera pero tengo mucho miedo.


9:02


¡Madre mía, vaya día de mierda me espera! Y eso que acaba de empezar... se oye un nuevo estruendo y Kevin, por puro acto reflejo, mira hacia arriba. ¡Oh no! El temblor ha vuelto y me agarro al radiador hasta que noto dolor en la mano herida. Si no fuera imposible pensaría que es un terremoto pero ¿en Nueva York? Ni de broma, eso solo pasa en esas películas malas tipo «Terremoto en Nueva York» o «10.0 grados: hecatombe». Miro por la ventana y veo un reflejo naranja en el cristal. Miro a Kevin.


—Kev, creo que algo ha explotado otra vez.

—Ya lo sé, Walt. Concentrémonos en abrir esto. Tenemos que salir de aquí ipso facto.


Cojo una de las sillas y la estrello contra la puerta, ésta cruje pero no se abre. Pego la oreja contra la misma, oigo a alguien gritando y un portón metálico cerrándose. Kevin dice algo que no escucho y le doy otros dos fuertes golpes, pero las bisagras aguantan como campeonas. ¿De qué están hechas, de adamantium?


Pongo la mente en blanco y me digo «no vas a morir con sólo veintitrés años, Atta». Me concentro mientras sudo como un aspersor estropeado, y eso que no suelo hacerlo nunca. Me quito la americana y veo por la ventana que alguien ha tirado otra chaqueta, espera, ¡también los pantalones! Junto con eso caen cientos de papeles, carpetas ¡y hasta una mesa de despacho! ¿Qué coño está pasando? Yo tengo una teoría pero no es nada halagüeña y prefiero guardármela para mí.


—¿Qué demonios era eso? —le pregunto.

—No lo sé, Atta, no lo sé —noto como se estremece.

—Han explotado las cocinas del Windows*, ¿verdad?

—No lo sé —repite—. Cállate de una vez y centrémonos en abrir la puerta, tenemos que salir.


En eso estoy con él, hay que abrirla cueste lo que cueste. A sillazos, cargando todo el peso de nuestros cuerpos con todas nuestras fuerzas... pero tengo una idea mejor, concentro toda mi fuerza en la pierna izquierda y lanzo una patada que hace, esta vez sí, que la puerta se abra, todavía prendida de uno de los goznes y con un suave empujón logramos salir de este infierno.


El pasillo está oscuro como la boca de un lobo y hay muchísimo humo, polvo y huele a gas. Corremos hacia los ascensores y veo que todas las puertas de las oficinas han saltado por los aires. Voy hacia una de las oficinas del NYSSA** y entro en la misma.


—¿Qué haces!? —Pregunta Kevin chillando, odio esa manía suya de gritar como si estuviera en Italia—. ¡Tenemos que salir! ¡Vámonos!

—Espera y deja de gritar de una vez. Voy a ver si hay alguien que necesite ayuda. ¿Hay alguien? —Grito.


Nadie me responde.


—¡Atta! No hay nadie, vámonos.


Qué raro, los aspersores de incendios no están conectados, le doy al interruptor de la luz pero ésta no se enciende.


Las pantallas de los ordenadores, las estanterías y el falso techo están por el suelo. Miro los cubículos uno por uno y en el último diviso un par de pies. Retiro con cuidado toda la montaña de cosas y... hay un muchacho bocarriba y con los ojos mirando al infinito. Le tomo el pulso pero no se lo encuentro, está muerto. ¡Madre mía! Tiene más o menos mi edad y en su rostro se puede ver una mezcla de sorpresa, terror y dolor, además hay mucha sangre alrededor de su cabeza. Toco el trozo de techo que ha caído y me doy cuenta de que no es parte del falso techo sino del auténtico. Me fijo en unas cosas que están cayendo por la ventana además de los papeles, me muevo hacia las estrechas ventanas y miro por a través de una de ellas. ¡Oh Dios mío! Han tirado otro traje pero este lleva zapatos y agita... sus... brazos... al... viento.


Una náusea me invade y vomito en el suelo. Kevin entra corriendo y se pone a mi lado.


—¿Qué te pasa?

—No son trajes Kevin, la gente se está s-suicidando.

—¿Qué demonios estás diciendo?


Miro hacia todos los lados y diviso al fondo una ventana rota. Agarro una silla mientras escucho a Kevin preguntar por lo que estoy haciendo y que estoy loco.


Le doy un fortísimo golpe al cristal y lo rompo limpiamente para no cercenarme el cuello, saco la cabeza y miro hacia abajo pero todo está bien; no hay ningún incendio. Noto que Kevin me agarra de la cintura para evitar que el aire tire de mí hacia abajo. Miro hacia arriba, veo muchísimo humo y virulentas llamas que salen por las ventanas de la planta noventa y dos o noventa y tres. Algo pasa cerca de mí y creo ver una mano de piel oscura intentando asirse a algo. ¡Oh Dios mío! ¡Joder! Meto la cabeza y grito con todas mis fuerzas. ¡No es posible lo que está pasando! No es real, es una pesadilla y despertaré enseguida, seguro que es eso. Kevin me agarra pero mi cuerpo se sacude con violencia.


—¿Qué pasa?


Solo me sale un grito agudo y me abrazo a mí mismo, no puedo dejar de temblar. Me abraza hasta que se me pasa. Abro la boca para hablar pero no sé si me saldrá alguna palabra.


—H-hay un-un i-i-incendio e-e-n la Torre Sur.


Kevin saca la cabeza por el hueco y la mete enseguida, me mira con una mueca de terror.


—¡Hostia! —Exclama apoyándose en la pared.

—¿T-tú c-crees q-que han podido reventar las c-cocinas del restaurante?

—No lo sé. Tenemos que irnos.


Las imágenes de esa gente tirándose al vacío no me dejan ni pensar y menos moverme. Tengo ganas de vomitar otra vez. Madre mía, no solo nuestro edificio está en llamas.


—A lo mejor han explotado las tuberías de gas de los edificios. —Dice levantándose. Yo lo hago lentamente debido al mareo que tengo pero Kevin me agarra del brazo y me doy cuenta de que las náuseas se han apaciguado un poco.


Entonces caigo en la cuenta.


—¡Marizza! Tenemos que ir a buscar a Marizza.


Marizza Lione es mi mejor amiga y trabaja de guía turístico en este mismo edificio.

Corremos por el pasillo y salimos hacia las escaleras.


—¡Atta!

—¡Eh! Tenéis que bajar —grita una mujer que está bajando los escalones con los zapatos en la mano. Tiene el pelo chamuscado.


Ante los gritos de Kevin y la señora diciéndome que baje empiezo a subir, oigo una palabrota de mi compañero y empieza subir conmigo. Solo quiero saber cómo está Marizza.


—A lo mejor ella ya está abajo.

—¿Cómo demonios va a bajar si dicen por megafonía que nos quedemos en nuestros puestos de trabajo? —Digo, asfixiado ya de subir tantos pisos.


Miro la planta: setenta y nueve. ¡Si que pasan rápido las plantas!


Hay gente tanto bajando como subiendo. Abro la puerta de la planta ochenta y dos y entramos por el otro tramo de escaleras de subida hasta el ochenta y nueve. Arriba se oyen gritos y miro por el hueco de la escalera, más allá está todo destrozado y se ven cables que dan chispazos al cruzarse con una espectacular cascada de agua.


—¡Ayuda! Por favor, ayuda —es un hombre, tose.

—En un momento llegarán los bomberos —grita Kevin—. ¿Estáis heridos?

—No, pero no podemos respirar y las escaleras están destrozadas, no podrán subir —grita.

—¿No tenéis extintores?

—Sí, pero no funcionan —dice esta vez una mujer—. No sabemos que demonios ha explotado.

—Resistid, pronto vendrán los bomberos —concluye Kevin.


Alguien en estado de pánico grita de repente: vamos a morir y alguien grita como si lo o la estuvieran matando.


Pego la oreja a la puerta del pasillo de las oficinas y no se oye nada.


—No me gusta nada esto, Atta. Se oye algo raro, ¿no lo escuchas?

—¡Anda, exagerado! No oigo nada.


Hago caso omiso a sus palabras y agarro el pomo de la puerta que está frío al tacto, sonrío y le miro formando con la boca otro «exagerado». Bajo la manilla y la abro... el pasillo está a oscuras.


Al final del pasillo hay una luz amarillenta, seguro que es la luz del despacho de Rizza. Me imagino que estará allí. Se oye un silbido. ¡Espera un momento! Cuando intenté encender la luz en aquella oficina... ¡mierda! ¡No había luz! El ruido se intensifica, quiero correr pero mis piernas no responden ¿qué demonios me está pasando? ¡Vamos! ¡Oh Dios!


—¡Sal de ahí, Walt! —Grita Kevin.


¡Oh, joder! La luz que antes pensaba que procedía de la oficina de Marizza se acerca a mí que por instinto cierro la boca, intento apartarme pero la lengua naranja es más rápida y me abrasa la piel de la cara. Kevin me agarra de la manga y cierra la puerta de una patada. ¡Me estoy quemando! ¡Mi cuerpo está ardiendo! La gente grita y alguien me golpea con algo. ¡Estoy abrasándome vivo! El dolor es insoportable y veo puntos negros bailando delante de mi que cada vez se hacen más y más grandes.


Tengo sueño, mucho. Me parece oír la voz de Marizza pero no la escucho, mis piernas no dan más de sí y me caigo de espaldas contra la pared. Algo espumoso me sale por la boca. La mancha negra de mis ojos ahora es naranja. Oigo un chasquido y el calor se atenúa cuando una masa espumosa me apaga las llamas que quedaban encendidas, pero un olor terrible me inunda las fosas nasales y pienso en un cerdo asándose en un horno de piedra. ¡Qué asco!


Intento gritar pero el dolor es tan fuerte que me agarrota todos los huesos y músculos del cuerpo, tengo la ropa pegada a la piel y noto un dolor que jamás había experimentado.


—No cierres los ojos, estamos aquí.


¿Dónde? No os veo.


—Tenemos que bajar.

—¿Qué ha pasado? —Le pregunta Kevin a Marizza.

—No lo sé, creo que ha pasado algo en el Windows. Las escaleras están destrozadas más allá del piso noventa —contesta Marizza.

—Marizza, la Torre Sur también está en llamas.

—¿Qué? —Pregunta con un tono de verdadero terror— ¿En serio? No lo sabía. ¡Venga, bajemos!


Marizza me agarra del brazo. Empezamos de nuevo a bajar, veo todo como si fuera una película con un horrible fondo naranja. ¡Me duele muchísimo todo el cuerpo! ¡Matadme, por favor!


—¿Dónde demonios estabas? —Le pregunta Kevin a Marizza mientras bajamos.

—En el restaurante, estaba ayudando a las chicas a preparar las mesas. Hoy tienen un cumpleaños.

—¿Y has podido bajar por las escaleras? —Pregunta Kevin, extrañado.

—Estaba en el piso ochenta y nueve cuando todo empezó a moverse.


Mucha gente está bajando... o subiendo, no puedo saberlo. Todos los que están detrás de nosotros gritan, lloran, tosen o las tres cosas a la vez. Tengo ganas de mear.


—¡Dios mío! ¡Ayúdame! No puedo más... lo siento.

—No te entiendo —dice Marizza.


Me recuesto contra la pared y una mujer, de acento italiano, le pregunta a Marizza que si quiere un poco de agua y ésta le responde con un sí y un débil gracias. Kevin suspira varias veces y noto como se recuesta contra la pared en la que estoy yo. La muchacha le da la botella de agua a Kevin y oigo el ruido de su garganta al tragar.


—¿De dónde viene toda esta agua? —Pregunta Marizza.

—Puede que se haya roto alguna tubería, yo que sé —contesta Kevin.


Noto que tengo los pantalones mojados pero no es por esa agua de la que habla Marizza... me he meado encima y a nadie parece importarle.


—¿Quieres un poco?


Respondo afirmando la cabeza y bebo un poco de la botella que pone Kevin cerca de mis labios, un dolor atroz me paraliza de la cabeza a los pies. ¿Me habré quemado la garganta? Ojalá que no. La mujer italiana está hablando por un teléfono móvil, habla bajo y alterna ese tono bajo con gritos. Cuelga después de un adiós.


—¿Me dejas el teléfono? —Le pregunta Marizza a la mujer que responde «claro, faltaría más»— Gracias.

—Marizza, espera.


Sube un escalón y se mete por una puerta.


¿Me han dejado solo? ¿En serio? El miedo se apodera de mí y dejo caer la cabeza hacia atrás, me duermo... pero unos golpecitos hacen que me despierte de esa especie de letargo. Creo que voy a morirme en cualquier momento.


—Perdón amigo, esto te va a doler.


Me echa agua en la cara. ¡Dios, duele! Mi cuerpo reacciona y empiezo a gritar con todas mis fuerzas. ¡Es como si me estuvieran clavando miles de dagas! Grito hasta desgañitarme y se me pone la voz ronca como la de un cantante de ópera, ¡me duele mucho!


—¡Oh Dios! Tenemos que irnos —dice Marizza, se nota que está nerviosa y llorando—. ¡Dios mío! Gracias por el móvil.


Oigo como le da el móvil a la mujer que le responde «de nada» y esta empieza a descender.


Gracias a la artimaña de Kevin me ha dejado de doler un poco la cara pero ahora también me cuesta respirar.


—Chicos, he llamado a Seth —es su hermano—, dice que estaba viendo en la televisión que había un incendio en esta torre y en directo se vio como un avión se chocaba contra la Torre Sur.

—¿Un avión? —Pregunta Kevin, extrañado.

—Uno grande y plateado, como un American Airlines.

—Tenemos que hacer un esfuerzo y bajar. Si un avión se ha chocado contra la Torre Sur por culpa del humo, tiene que ser más grave de lo que pensábamos.


Se oyen pasos rápidos subiendo por la escalera.


—Por fin —susurra Marizza—. Walt, son los bomberos —me informa.

—Chico, ¿cómo te llamas? —Pregunta uno de los bomberos con una profunda voz— Yo me llamo George.

—¿Él? At... se llama Walter —dice Marizza.

—Walter, yo me llamo Glenn, cuando te diga intenta abrir los ojos ¿vale? —el segundo bombero tiene un curioso acento inglés.


Oigo que sube uno o dos escalones, pone agua en alguna especie de tela y noto como me moja los ojos con suavidad. Huele a humo.


—Muchacho, ya puedes abrir los ojos.


Los abro y noto que ya no me arden. Veo un poco mal al enfocar pero es un gran alivio. El hombre de acento inglés no parece ser bombero ya que lleva una cazadora normal y una mascarilla en la boca con forma de dientes de calavera... el bombero es alto, negro y lleva el uniforme del cuerpo de bomberos de Nueva York.


—George McCain a base, tenemos a un herido por ¿fuego? —Pregunta tapando la emisora, Kevin afirma con la cabeza— Fuego.

¿Área?

—Cara, brazos y piernas. Grado dos, dos profundo y creo que tres. Parece ser que una chica le apagó las llamas con un extintor.

¿Nombre?

—Walter Atta —responde Marizza y lo repite el bombero negro por la emisora, el jefe le pide que deletreé mi apellido «a-te-a»—. No. A-te-te-a —le corrige.

Vale. Bajad y esperad. ¡Oh Dios...!


Se corta... pues vaya mierda de emisora.


9:59


¿Otra vez? Esto ya es pasarse, venga ya... El inmueble se mueve otra vez y la gente grita aterrada, algo sube por el hueco de las escaleras y cierro los ojos. Noto como el polvo se cuela por todos los orificios de mi cuerpo. Todos tosemos al unísono.


—Base a todas las unidades... responded... base a todas las unidades.

—Ha habido otra explosión —grita el negro.

—¿McCain?

—¿Qué coño ha sido eso? —Pregunta otra voz por la emisora mientras esperamos.

—Decidle a los sanitarios que salgan de ahí cagando hostias. Base a Torre Uno, bajad rápido.

—¡Dios mío! Base, hay muchos escombros, no podemos salir.

—¿Pero qué coño ha pasado? —Vuelve a decir George.


El hombre bajito se apoya contra la pared y bebe agua. Tiene el pelo negro y no es alto, como máximo medirá uno con sesenta y cinco. Aunque puede que sea más alto de lo que parece...


—Base, ¿podemos salir?

—No lo sé, McCain, espera la confirmación.

—¿Pero qué pasa? —Pregunta Marizza con lágrimas en los ojos.

—¡No podemos salir, hay muchos escombros! ¿Qué hacemos, base? —Grita alguien por la emisora.

¿Dónde estáis? —Responden desde la base.

En la planta cuatro de la Torre Uno, no se ve nada —responde.

—Creo que podéis salir por el puente. Desalojad el edificio Uno.

—¿Pero qué ha pasado?

—Baja ahora mismo de ahí, McCain.


El bombero jefe tiene pinta de estar hasta los huevos.


—Hay toneladas de escombros, ¿podemos cruzarlos por encima? —dicen por la emisora, ese batiburrillo de voces me están desorientando mucho.

—No, puede haber agujeros.

—¿Qué ha pasado? Ha temblado todo el edificio —pregunta un bombero por la emisora.

—Ha caído la Torre Dos.


No... NO, por Dios. Trago saliva. Joseph, Antonio, Ken, María, Christina... solo espero que estén bien.


—¿Cómo se va a caer la Torre Sur si fue la última en ser... en incendiarse? —Pregunta George.

No sé porque pasan las cosas, McCain. No soy arquitecto, bajad ya.

—A ver chicos, esto va a ser un poco complicado. Glenn —imagino que es el que no parece bombero— agarra a Walter de la mano derecha, chico, tu del antebrazo y yo del brazo.


Empezamos a bajar, está oscuro y hay mucho humo.


—Chico, baja la cabeza —dice el negro, que está sudando—. Madre de Dios muchacho, yo mido un metro noventa y mi madre todavía se asusta cuando me ve por el cristal de la contrapuerta de casa.


Sonrío y sigo escuchando la emisora del bombero.


—¿No está Antoine en la base? —Pregunta uno de los bomberos por la emisora.

—No lo sé. Antoine, responde —no responde— ¿Alguien sabe dónde está Atta?


Kevin y Marizza me miran, pero están hablando de mi padre. Es bombero.


—Primero entró a la Torre Uno pero luego fue a la Torre Dos —dice otro.


Cierro los ojos, aunque mi padre nunca haya sido bueno me duele estar oyendo esto. Solo he pensado en salvarme yo y no en los demás.


—Esto no está pasando, esto no está pasando —digo como si fuera un mantra.

—Atta subió hasta la cuarenta pero no sabemos si bajó.

—Atta, responde —nada, ninguna respuesta.

—Un ciudadano ha encontrado un trozo de un motor —dice alguien por la emisora.


Bajamos un poco más rápido.


—¿Qué hora es? —Pregunta Marizza, como si importara eso ahora...

—Las diez en punto. Todavía tenemos que bajar cuarenta pisos.


Con los ánimos por los suelos, nunca mejor dicho, bajamos uno a uno los cuarenta pisos, cada vez hay menos gente y hacemos paradas cada nueve o diez pisos.


—Venga, ya estamos más cerca de la salida.


Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro. Parada.


10:27


Todos suspiramos, no puedo más, estoy deseando salir de aquí de una vez. Como cada vez que hacemos las paradas, nos apoyamos en la pared.


—¡La antena! ¡La antena se está torciendo hacia la izquierda! —Grita el jefe de los bomberos por la emisora— ¡Abandonad la zona, rápido!

—¡¿Qué pasa?¡ ¡¿Que antena?! Estamos en la cuarta planta —Berrea George.

—¡Ooh Di...! —Se corta.


Un crujido me desgarra los oídos, escucho algo bajando por el hueco de las escaleras además de la cascada de agua y un trozo de hormigón enorme choca contra nuestro tramo de escaleras, Marizza grita.


El inglés mira al bombero y este a nosotros. ¡Está temblando! ¿Qué coño está pasando? ¿Qué es eso? Se oye un estruendo, es un sonido muy extraño y me pone los pelos como escarpias. El inglés mira por las escaleras y otro trozo de hormigón pasa a centímetros de él pero cae por el hueco, abre los ojos y nos mira de nuevo.


—¡Bajad! ¡Bajad aquí, rápido! —grita a la gente que está bajando.


Su menudo cuerpo tiembla como una hoja mientras el sonido se oye cada vez más cerca... y los que bajaban saltan los pocos escalones que les separan de nuestro tramo de escaleras y se pegan a la pared. Todos lloran y gritan. Mi cuerpo se mueve cada vez más y hacia todos los lados.


—¡Atta! —grita Marizza.

—¡Marizza!

—¡Contra la pared! —Gritan al unísono el bombero y el policía—. Haceos una bola, rápido.


El policía tira de mi brazo mientras el enorme ruido hace que nos elevemos desde el suelo y noto que casi toco el techo, George grita el nombre de Dios varias veces y el inglés grita con fuerza. Intento encoger mis piernas y...


15:00


Abro los ojos, no sé cuánto he estado inconsciente pero me duele mucho la cara y otra vez he perdido la visión. Pero ahora no veo nada y solo tengo ganas de toser. Me quito el trapo y veo que cerca de mi cara hay algo. Le doy un golpe y se me encogen las pelotas, parece una viga. Intento enfocar para saber dónde estoy pero todo está oscuro. Le doy otro golpe.


—¡No toquéis nada! ¡Es muy peligroso!

—Marizza —grito.

—Estoy aquí, Atta —grita ella—. ¿Estáis bien? Kevin, ¿bomberos?

—¡Oh Dios, oh Dios! —Exclama Kevin entre toses—. ¡Jesús bendito, ayúdanos! —Llora.

—Madre mía, estamos vivos —dice Glenn y acaba con una sonora carcajada.

—Jodidamente vivos. Hemos tenido una suerte de la hostia —comenta George.

—¿Qué ha pasado? —Pregunto con el corazón en un puño—. ¿Dónde estamos?

—Tenemos una flor en el culo, lo digo en serio. Nunca he visto ni veré algo así —comenta George.


Una oleada de gritos empiezan a sonar.


—¿Se ha derrumbado la torre c-con n-nosotros dentro? —Pregunta Marizza tartamudeando y llorando a la vez.

—Exacto, estábamos en el sitio idóneo para poder sobrevivir. Hemos vuelto a nacer —comenta de nuevo George, el bombero.

—¡Santo Jesucristo bendito! —Vuelve a gritar Kevin.

—N-nos hemos quedado sin t-trabajo —comenta una mujer que está contra la pared de detrás.


Madre mía, y yo que pensaba que si te caía encima un mastodonte de ciento diez plantas te mataba... el bombero coge la emisora, dice su posición pero no responden. Estamos en tierra de nadie, atrapados entre escombros y vigas de acero.


—Tenemos que hacer algo para que nos oigan.


El inglés empieza cantar en voz baja.


And it's no, nay, never

No nay never, no more.


—Venga, todos a la vez.


Cantan esta vez más alto y aplaudiendo. Me dan ganas de aporrear la viga pero amo demasiado mi vida para hacerlo.


—No golpeéis nada que no sean vuestras manos, ¿entendido?


Siguen cantando esa vieja canción irlandesa en la que un vagabundo dice que jamás volverá a gastarse su dinero en cerveza, sí, claro.


Will I play the wild rover,

No never, no more.


Pero yo no canto, prefiero imaginarme que estoy en una discoteca bailando en la pista mientras tarareo por lo bajo.


Sé que este día nunca se me va a olvidar. Nunca olvidaré al inglés cantando, ni a Marizza sollozando pero esforzándose por cantar en voz alta, ni a Kevin —mi mejor amigo— ni del bombero intentando que le respondan a sus llamadas.

Estaré eternamente agradecido a todos ellos...


Saco mi mano y dibujo en el polvo que hay en la viga: I WILL SURVIVE (sobreviviré)


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*El Windows on the World fue un complejo de locales situado en los pisos 106 y 107 de la Torre Norte del World Trade Center de Nueva York.

**La New York Society of Security Analysts es un grupo de servicios financieros y foro de redes para Wall Street.

July 4, 2018, 11:01 p.m. 2 Report Embed 2
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Laura P. Caballero Laura P. Caballero
Me gusta, está bien redactada y los diálogos suenan muy naturales, transmiten parte de la angustia que se debió vivir en esa terrible situación.
Sept. 7, 2018, 6:38 a.m.

  • Cristiona Schumacher Cristiona Schumacher
    Muchísimas gracias, me alegro que te haya gustado. Me costó bastante reflejar todo eso sin haber estado allí. Sept. 11, 2018, 5:32 p.m.
~

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