Inocuo Follow story

ladycastamere Aitana Alonso

Pequeña colección de relatos que intentarán narras las vivencias de una sociedad vacía y sus consecuencias.


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Inocuo

Cuándo Inocuo se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un amasijo de mantas y ropa, como si su cuerpo no soportara el peso de éstas. Como todos los días se levantó, tras echar una mirada rápida al viejo espejo que colgaba sobre el lavamanos, le asombró ver su rostro difuminado en el plateado reflejo.

"Es un espejo muy antiguo, tal vez tenga que comprar otro..."-. Pensó mientras pasaba la mano por el cristal para comprobar que su desdibujada cara se debía al horrible frío. Pero todo lo contrario, el espejo estaba seco, apenas podía notar su frialdad.

Decidió olvidarse del asunto y como cada día vestirse para ir al trabajo. Un trabajo mimético, donde nadie destacaba, donde todo era igual de invisible.

Bien abrigado con un sombrero y una bufanda tapándole la boca, se armó con su viejo maletín para afrontarse al viejo conocido polar y a la aburrida mesa llena de papeles que le esperaba a cuatro calles de distancias.

Aunque su vida era simple y humilde, Inocuo era un hombre feliz, que pese a su soledad disfrutaba de cada pequeño momento de alegría que la vida le brindaba. Todavía recordaba con cariño aquella vez que un pequeño cachorro se acercó a él en el parque y le lamió la mano, o cuando una señora le tocó el hombro confundiéndolo con su hijo. Todos esos recuerdos los guardaba en la caja fuerte de la memoria. Sólo momentos dulces y extraños para el resto. Pero, ¿Qué de puede esperar de una persona invisible y carente de importancia como Inocuo?

De buen grado abrió la puerta de su casa y salió a la calle, saludando al vecino del cuarto que paseaba con ese cariñoso perro, el vecino lo miró perplejo, pero no le devolvió el saludo y el perro se limitó a gruñirle, adiós a las antiguas muestras de cariño...

Con paso alegre y la cabeza erguida siguió su camino hacia la oficina, saludando a esa amable señora, que le devolvió el saludo de una manera un tanto extraña pues se ajustó bien las gafas algo caídas. Su primera parada antes de trabajar es comprar un café sólo bien caliente en el bar de la esquina. Abrió con dificultad la puerta, pues no recordaba que pesara tanto. Tras esperar unos tres minutos en la cola, por fin llegó su turno:

- Un café solo, por favor.

-¿Quién es el siguiente?-. Preguntó bruscamente el camarero.

-Disculpe, ¿Es qué no me ha oído?

Pero el camarero no hizo ninguna señal de haberle oído.

-Perdona, estaba mirando el móvil y no me he dado cuenta de que... -. Dijo una mujer, sin darse cuenta de que se había colado en la fila.

- Si, ¿Me puede decir de una vez qué es lo que quiere?

Inocuo, ofendido, abrió la boca formando una gran o.

Pensando en la desfachatez de la señora y en ese camarero tan maleducado partió hacia su trabajo sin el café.

Ya no tenía ganas de saludar, todo su buen humor se había esfumado a causa de el carácter de otras personas apáticas. A las puertas de la oficina, no pudo evitar comparar el enorme edificio con la torre de un castillo, siendo él un caballero que se salva a sí mismo y no a una dama. Que se salva de la sociedad opresora y agobiada.

Abrió la enorme puerta, con más dificultad que la anterior vez, a él le tuvo sentido: no es igual de importante una pequeña cafetería que una gran y poderosa empresa. Todo el peso recae en la pequeña hormiga que abre la puerta del gigante. Con paso lento y cansado se dirigió hacia su sitio de siempre. Por culpa del maldito café había llegado tarde, todos sus compañeros estaban preparados para teclear con furia a los inocentes teclados. Se sentó en la gastada silla, que ya tenía la forma de sus posaderas y le dijo a su eterno compañero:

- Buenos días Vacuo, si supieras la mañana que he tenido...

Pero este no le prestó atención, siguió acuchillando al teclado.

Inocuo lo dejó pasar, tal vez hoy no era su día y aún por encima su ordenador no funcionaba. Tras fisgonear entre los cables buscando alguno que estuviera suelto decidió darlo por muerto. El pobre ya había librado muchas batallas.

El hombre fue a buscar a su encargando, con la esperanza de que le mandará hacer otra cosa más entretenida que buscarse otro ordenador. La zona en la que él trabajaba era la planta baja, la zona cero. Subió a la primera planta buscando a Irato, el encargado. Le preguntó a un par de secretarios pero ninguno le dio respuesta alguna.

Según ascendía de planta, ascendía su enfado, ya estaba harto de ser ignorado. En la última planta encontró a Irato, lo vio a través de la pared de cristal, hablando con el Gran Jefe. Cuando se acercó a la puerta la intentó abrir, pero sus débiles brazos no alcanzaron a moverla ni un ápice.

Enfurecido la aporreó, la pateó y la golpeó todo lo que pudo, pero ninguno de sus superiores se inmutó ante su sufrimiento. Inocuo se sentó abrazándose las rodillas, dejando que pequeñas lágrimas de cristal se deslizaran por su mejillas. Si alguien lo viera en ese estado se preguntaría por la salud mental de Inocuo, ¿No sería una gran alegría ser invisible a ojos del Gran Jefe? Si alguien realmente le preguntara a Inocuo por su estado, sabría de la soledad que lo consume, del miedo que lo aisla. Siendo esclavo de una sociedad escalonada, que realmente no conocía su existencia.

Avergonzado por su comportamiento, se fue a su casa en silencio, comportándose como el hombre invisible que era. Deslizándose entre el gentío como un fantasma. Prestando atención a un mundo que le había olvidado, escuchando a la gente hablar sobre temas vacíos, sin ver lo que verdaderamente ocurre está a años luz de ser escuchado. Olvidándose de la verdad.

Inocuo se metió en su cama desecha, las mantas estaban revueltas, tal y como las había dejado. Se agachó para coger el pijama, tirado en el suelo. Una vez protegido del exterior en su cálido refugio, Morfeo lo acogió en sus brazos. Y como cada noche la misma pesadilla de siempre: Un monstruo de mil ojos ciegos lo atormentaba. Si se movía el monstruo dirigía su ciega mirada hacia el, mirándolo sin observar. Escudriñando cada movimiento sin conocerlo.

Cuándo Inocuo se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un hombre invisible, en un hombre al que solo la Muerte le dará el poder de alzar la voz, de ser apreciado y conocido por el resto. Tal vez la vida sea más importante, pero sólo se dota de importancia a lo muerto. Muerto en vida o la vida en la muerte.

June 29, 2018, 6:38 p.m. 1 Report Embed 2
To be continued...

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Aitana Alonso Aitana Alonso
Sept. 20, 2018, 6:46 a.m.
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