mavi-govoy Mavi Govoy

Todos los mitos esconden algo real.


Adventure Not for children under 13.

#elwanderlust
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Errantes


Despertó sobresaltada y con la mente inundada por una melodía desconocida, aunque tenía la impresión de llevar horas tarareándola en sueños.

Tardó unos instantes en ubicarse. Estaba dentro de un saco de dormir, en una minúscula tienda de campaña; el cierre de la tienda, suelto, dejaba penetras el viento. Hacía frío.

No recordaba cómo había acabado en una tienda, no sabía dónde estaba, no estaba segura de quién era ella. Buscó el móvil. Lo encontró sobre la mochila situada junto al saco. A su luz hojeó el pasaporte que asomaba de un bolsillo. Pertenecía a Virginia Serrano Giquel, viajera por medio mundo, tenía sellos de países europeos y americanos y otros en alfabeto cirílico, en caracteres árabes y también en cangjies chinos. Los últimos sellos impresos la situaban en algún lugar del Kurdistán o de Armenia.

El sonsonete dentro de su cabeza se volvió frenético y la sensación de urgencia se apoderó de ella.

Escapó a trompicones del saco y se arrastró fuera de la tienda. El viento y los grillos eran los únicos sonidos, aunque la melodía de su cabeza los ahogaba.

No podía decirse que fuera de noche, porque el cielo no era negro tinta, sino gris oscuro, con miríadas de puntitos luminosos que evidenciaban una atmósfera poco contaminada. La suya y otras cinco o seis tiendas formaban un círculo en torno a una hoguera apagada, un poco más lejos, bajo un árbol nudoso, reconoció la silueta de un todoterreno, y más allá, una ciudad.

El campamento estaba en un altozano a las afueras de una urbe que destacaba como una mancha sembrada de lucecitas, habían montado las tiendas al amparo de unas ruinas, rodeados por muros salvo por el frente, que se abría a una planicie rocosa. Y en la planicie, a una distancia que la penumbra no le permitía calibrar, destacaba una columna de polvo, detritos y oscuridad en movimiento.

¡Un tornado!

Gritó y se lanzó hacia delante solo para tropezar y caer sobre un bulto que no había advertido. Entonces se desató el pandemonio.

—¡Estoy despierto, estoy despierto! —se apresuró a vocear el bulto a la vez que de las tiendas surgían voces y movimiento.

—¿Qué pasa?

—¿Dónde está la amenaza?

El bulto se la quitó de encima con envidiable agilidad, se puso en pie, vio el tornado y demostró que podía berrear todavía más fuerte.

—Arriba todos. Hay que salir por patas.

De las tiendas surgieron personas, algunas a medio vestir, otras arrastrando mochilas y útiles, pero todas parecían saber qué hacer. El bulto -a falta de mejor nombre- tiró de ella hacia la tienda de la que había salido.

—Virgi, rápido, recoge solo lo imprescindible.

Pero ella estaba paralizada.

El tornado avanzaba en su dirección, no cabía duda, y de su interior surgían cosas que se desprendían de él, cosas negras, de cuerpo aplastado y patas larguísimas, como arañas de más de tres metros de altura, cosas que planeaban hasta el suelo y se desperdigaban por el terreno a una velocidad aterradora.

El bulto la sacudió con brusquedad. Se escuchó el ruido de arranque de un motor.

—Muévete, Virgi, tratan de rodearnos y lo conseguirán si no nos… —Se interrumpió al verle la expresión—. ¡Ay, no; ay, madre; ay, mierda! —musitó. La suya era la mirada de quien sabe qué es lo que sucede y desearía con todas sus fuerzas que no sucediese justo en ese momento, pese a lo cual no va a permitir que las circunstancias impongan su ley. La agarró de la mano y tiró de ella—. No recuerdas nada, ¿verdad? Y tienes una melodía en la cabeza que no sabes cómo sacártela, ¿correcto? Pues tararéala y no te separes de mí. Soy Ramiro, tu primo, y estamos juntos en esto desde hace varios años.

«¿Qué narices es esto en lo que estamos?», pensó ella, pero el tornado y las arañas gigantes se acercaban y cualquier opción era preferible a quedarse a saludarlas.

Mientras hablaba, él se arrastró dentro de un par de tiendas para hacerse con sendas mochilas. Los demás acampadores, cargados con trastos, corrían hacia los vehículos.

Un todoterreno pasó tan cerca de las tiendas que casi derribó una de ellas antes de pararse a recogerlos. La conductora, una chica de pelo corto muy rizado, nariz de sefardita y gafas redondas, les hizo señas.

—¿Qué le sucede? —El entrecortado tarareo de Virgi le dio la respuesta—. ¡Ay, mecachis, en qué mal momento!

—Déjame conducir a mí, Raquel —demandó Ramiro—. Tú tienes mejor puntería.

Entre los dos metieron las mochilas y a Virgi dentro del vehículo. Raquel se sentó a su lado, Ramiro arrancó incluso antes de que cerrase la portezuela. Y puso en marcha el aparato de música. Eran los últimos, otros dos todoterrenos levantaban nubes de polvo delante de ellos, iban a una velocidad endiablada para un suelo pedregoso como aquel, pero las arañas casi estaban sobre ellos.

—Te aseguro que todo tiene explicación —dijo Raquel con una sonrisa animosa y angelical a despecho de que se había hecho con dos escopetas de aspecto futurista a las que colocaba la munición con la habilidad de la práctica—, lo que pasa es que éstas tendrán que esperar a que estemos más relajados. Tú tranquila, que sabemos lo que hay que hacer…

Una araña cayó sobre el vehículo, Ramiro dio un frenazo y un volantazo que la lanzó por los aires, Virgi se golpeó contra el asiento delantero, Raquel, más diestra, aguantó medio arrodillada, sacó la escopeta por la ventana y disparó una ráfaga de brillos azules. La araña, que rodaba por el suelo, estalló.

«La muerte azul». Virgi no recordaba haber visto antes nada igual, pero supo que así era como llamaban a aquellas armas.

Desde los otros todoterrenos también disparaban ráfagas azules contra las arañas. Las explosiones y la polvareda generaban un extraño caleidoscopio de brillos y movimiento.

Una araña corría paralela a ellos, cada vez más cerca del vehículo, otra se aproximaba desde delante. Ramiro zigzagueaba para evitar rocas y arbustos leñosos, derrapaba en el terreno pedregoso y mascullaba entre dientes. Raquel, de hinojos sobre el asiento, disparaba cuando veía ocasión. La escopeta emitía un sonido sibilante, no había detonación, sino un szum-szum-szum intermitente.

El todoterreno que iba delante de ellos estuvo a punto de volcar por el empellón coordinado de varias arañas, el que iba en cabeza, retrocedió perseguido por casi dos docenas de ellas. Los tres vehículos se juntaron en un círculo en movimiento defendido por las ráfagas azules de las armas.

Los motores bramaban, las radios atronaban una misma tonada incompleta, apenas veinte o treinta acordes repetidos una y otra vez, las escopetas zumbaban, las arañas explotaban o encogían según la gravedad del daño recibido, el tornado soplaba, aunque se alejaba poco a poco y de él ya no salían más bichos.

En algún momento, Virgi se hizo con una de las escopetas y se sumó a la algarabía. Y resultó que se le daba bien masacrar arañas monstruosas, y también que la tonada de su cabeza era parte de la melodía incompleta que brotaba del reproductor de música. Y que los vehículos estaban dotados con tecnología informática bastante elaborada, porque de algún modo el torpe tarareo de Virgi fue recogido por el sistema de abordo y sumado a la tonada, que paso de menos de treinta acordes a algo más de cincuenta. Y el conjunto sonaba francamente bien.

Y de repente todo acabó.

El tornado implosionó sobre sí mismo, no quedaban arañas, el sol asomó sobre el horizonte en lo que prometía ser un día caluroso, la ciudad desconocida despertaba, solo persistía la música, la sonata incompleta, pero hermosa y enigmática.

Los tres vehículos se aproximaron y pararon los motores, todos los rostros estaban fijos en Virgi, que contempló encogida a aquellos diez desconocidos, cinco hombres y cinco mujeres. Dos eran mayores, otros tres, maduros, los demás estarían próximos a los treinta; dos chicas eran árabes, uno de los hombres, hindú, la mujer de mediana edad, china o coreana. Lo que más agobio le produjo fue que Raquel, a su lado, olvidada la escopeta sobre las piernas, la miraba con arrobo, lloraba y sonreía, todo a la vez.

—¡Tus santos ovarios, Virgi! —soltó Ramiro—. Cuando me pasó a mí solo aporté cinco acordes a la canción.

La mayor del grupo, una mujer huesuda, de pelo casi blanco y cejas erizadas, metió el cuerpo por la ventanilla y abrazó a Virgi antes de imponerle las manos sobre la cabeza.

La tonada obsesiva desapareció y se llevó gran parte de la aprensión.

La mujer acarició su mejilla.

—Puedo desatar el nudo que te obligaba a repetir la tonada, pero no puedo devolverte los recuerdos, regresarán poco a poco, con tiempo.

Por su apariencia podría haber sido nórdica, pero su acento era luso.

—Vamos a desayunar a algún sitio, me muero de hambre —dijo otro de los extraños, el hindú, al tiempo que saludaba a Virgi con la mano.

—Vamos al zoco —propuso la mujer asiática.

La lusa nórdica asintió e hizo una seña a Raquel.

—Pasa delante con tu novio y déjame a mí con Virginia.

—¿Es ahora cuando me vais a explicar qué es todo esto? —quiso saber ella.

—Somos errantes —aportó Ramiro y besó a Raquel en la mejilla antes de arrancar el todoterreno, de nuevo los últimos de la pequeña caravana.

El nombre despertó un eco difuso en la mente de Virgi, no podía precisar cuándo lo había oído ni qué significaba, pero algo le decía que, en efecto, ella y los demás eran errantes y quizá lo serían siempre.

—Somos errantes porque no podemos permanecer mucho tiempo en el mismo lugar —explicó la mujer mayor—. Por dos motivos. Uno, nos persiguen fuerzas oscuras, como has visto; y otro, tenemos que encontrar la música perdida.

Virgi parpadeó confusa.

—¿Me estás contado una leyenda? —protestó.

—¿El tornado y los monstruos te han parecido leyendas? No, bien, porque esto no es un cuento. Todo empezó cuando algunos nos dimos cuenta de que podíamos ver fenómenos que para la gente normal eran… inexistentes.

—¿Te refieres al tornado? Ese tornado ha tenido que ser visible en una gran extensión, por no mencionar los satélites de comunicación, que seguro que lo han registrado.

—Ya verás que ningún periódico y ningún noticiero habla de él. Nadie lo ha visto, solo nosotros.

—Eso es…

—¿Más imposible que ser atacados por monstruos brotados de un tornado invisible? Por cierto, la gente normal tampoco ve los bichos —dijo Raquel.

—¿Y por qué nosotros sí los vemos?

—No lo sabemos. No sabemos cuál es la peculiaridad que nos hace especiales, quizá esté en nuestros genes o quizá en nuestro desarrollo cerebral, o en ambos. Lo único que tenemos en común es que todos poseemos muy buen oído, pero lo importante es que nosotros los vemos y podemos combatirlos.

—¿Qué sucede si no hacemos nada?

—Buena pregunta. Si no intervenimos o si llegamos tarde se producen sismos, huracanes, inundaciones, terremotos, maremotos, erupciones volcánicas como la de la isla de La palma… La forma de manifestarse varía, pero siempre es un desastre natural.

—¿Por eso viajamos tanto: para atajar a esos bichos?

—No. Viajamos en busca de la melodía perdida, los bichos nos persiguen. Siempre son peligrosos, pero casi siempre somos capaces de neutralizarlos antes de que desencadenen una hecatombe.

—La melodía… ¿Qué tiene que ver la melodía en todo esto?

La mujer se removió incómoda. Delante de ella, Ramiro dejó escapar una risita.

—Aquí es dónde el mito le toca las narices a nuestra Loles —dijo a Raquel.

—¿Qué significa eso? —preguntó Virgi.

Habían entrado en la ciudad. El color predominante en los edificios era el amarillo arena, las ventanas eran alargadas y estrechas, delante de muchas casas había toldos descoloridos por el sol; circulaban por una barriada pobre, las calles no tenían aceras, muchas tampoco tenían asfalto, eran de tierra prensada o de bloques de piedra. Por el momento había poca gente en las calles, pero tuvieron que pararse para dejar pasar un carro tirado por bueyes de largos cuernos. En algún lugar cantaba un gallo.

—Significa que lo que voy a contarte ahora se basa en tradiciones ancestrales, no en pruebas empíricas.

—Tradiciones.

—Sí. Tradiciones grabadas en alguna pirámide egipcia, también en un templo mesopotámico, en una isla remota en el mar de Japón, en una cripta en Rumanía, en el desierto de Nazca, incluso hay unas pinturas prehistóricas en Guinea que representan una danza tribal que creemos que hacen referencia a la misma tradición, la de ciertas personas capaces de dominar la naturaleza con el sonido de su voz.

—Con su voz… —repitió Virgi.

—Esa es la interpretación más extendida. Nosotros pensamos que el quid está en la melodía, una melodía que se perdió, pero que quiere regresar a nosotros, a aquellos de nosotros capaces de captarla... ¿Me sigues?

—Lo intento, pero no veo qué tiene que ver lo que me cuentas con mi amnesia.

—Los errantes recorremos el mundo en pos de la melodía. No somos muchos, poco más de un millar de personas repartidas en grupos como este, que viajan sin parar por todo el mundo. Como te he dicho no solo vemos fenómenos que nadie más ve, además tenemos muy buen oído y, de vez en cuando, percibimos el eco de la melodía y partimos tras ella.

»Todos los errantes son oyentes; algunos, como yo, además tenemos cierta habilidad curativa, y otros, como Ramiro y tú, sois cazadores, os apoderáis de la música, la interiorizáis y la compartís con los demás. Debe ser un proceso muy complejo, porque os produce amnesia pasajera y, por lo general, un cazador solo caza un fragmento de melodía una vez en la vida. Así que es muy lento, pero poco a poco vamos recuperando la melodía…

—Y alguna vez estará completa —concluyó Ramiro con entusiasmo.

—Y entonces derrotaremos a los monstruos —aseveró Raquel.

—Porque incluso ahora que está incompleta, esa melodía debilita los tornados y nos ayuda a combatir a los bichos.

Habían encontrado un lugar donde aparcar cerca de un corral de burros. Ramiro saltó fuera del coche y aspiró con fruición; el aire transportaba olor a carbón vegetal, especias y té. Virginia fue la última en salir del todoterreno.

—Entonces, queréis que piense que lo que me pasa es normal, que ya se arreglará solo y que deje que me llevéis de un lado a otro por medio mundo…

El hindú, que en ese momento se colocaba el dhoti arrugado sacado de la mochila, se acercó con una gran sonrisa de dientes blanquísimos.

—Dicho así da mal rollo, pero somos buena gente, Virgi —Tenía una voz preciosa y un acento muy marcado.

«Se llama Farhan», recordó ella de repente. Y también recordó que se habían besado una vez… y habían quedado en repetir cuando hubiese ocasión para ello.

May 5, 2024, 3:01 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Mavi Govoy Estudiante universitaria (el TFG no podrá conmigo), defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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