Por casualidad Follow story

carmen_og Carmen Ortigosa

Una chica humilde tiene que cambiarse de ciudad junto a su padre para poder vivir un poco mejor. Cuando llega a la nueva ciudad, tiene que conseguir un trabajo lo más pronto posible, y acaba siendo la niñera de la hija pequeña de sus vecinos, unos pijos sin remedio, pero muy buenas personas. Lo que no sabe ella es que esa niña pequeña tiene un hermano mayor que le sacará de sus casillas cada dos por tres y le acabará volviendo loca de remate.


Romance Young Adult Romance All public.
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CAPÍTULO 1

Hoy hace cinco años que mi madre falleció en un accidente de coche. Cuando mi madre murió todo cambió para mi padre y para mí. Yo tenía tan solo trece años y fue el mayor palo que me ha dado la vida hasta ahora. A raíz del fallecimiento de mi madre, mi padre cayó en depresión y perdió el trabajo que tenía por aquel entonces. Su muerte le hundió por completo. Unos meses más tarde y con un poco de suerte, consiguió trabajo en una papelería, pero el dinero no nos llegaba para vivir decentemente así que yo tuve que empezar a trabajar también, con tan solo trece años de edad.
Primero estuve paseando a los perros de mis vecinos durante casi dos años. Luego mi padre me recomendó dar clases particulares ya que según él "soy la niña más inteligente que ha conocido en toda su vida". He de reconocer que en relación con los estudios siempre he sido la más brillante de mi clase. He acabado la ESO y Bachillerato con matrícula de honor en todo. Siempre he tenido muy claro que para mí los estudios son lo primero y la verdad es que estoy muy orgullosa de todo lo que he conseguido hasta ahora. Todo el esfuerzo al final siempre merece la pena. Siempre. Si te esfuerzas, la recompensa llegará tarde o temprano. Eso era lo que mi padre siempre me decía.
Así que, después de la recomendación de mi padre de que diera clases particulares en nuestra casa, eso hice. Di a lo largo de dos años clases particulares en mi salón. De lunes a jueves de 4 a 6 de la tarde, y los sábados y domingos de 12 de la mañana a 2 de la tarde. En algunas ocasiones también daba clases durante la tarde en algunos fines de semana. Esto último solo lo hacía en el caso de que algún alumno mío no le hubiera quedado del todo claro alguna lección que yo le hubiese explicado. Aunque claro, ese tiempo también me lo tenían que pagar.
Eso de dar clases particulares fue un gran acierto, he de decirlo. Yo ganaba dinero y encima ayudaba a personas que les resultaba difícil asignaturas como matemáticas, lengua o inglés.
A raíz de eso me di cuenta de que me encanta enseñar y ayudar a los demás. Es lo que realmente me llena. De hecho, mi siguiente objetivo es llegar a ser profesora de Historia España en Bachillerato. Historia siempre ha sido mi asignatura favorita y desde pequeña se me ha dado muy bien.
Hace tres semanas aproximadamente hice la selectividad y mi nota fue de 12,9. Fui la segunda nota más alta de todo el instituto. Mi padre hasta soltó lágrimas de emoción y todo cuando se enteró de mi nota. Y de hecho eso me sorprendió y me chocó bastante porque mi padre es un tío bastante duro y fuerte y es casi imposible verle llorar. Es más probable ver a un burro volando por la ventana que ver a mi padre soltar una lágrima de su ojo. Solo le he visto llorar en tres ocasiones y fue cuando murió mi madre —pero me consta que ha llorado a escondidas más de una vez—. Desde entonces nunca más. Ni si quiera la vez que se partió la muñeca accidentalmente —que cuando llegó a casa con la muñeca destrozada y lo vi me dolió hasta a mí—.
Al día siguiente de que yo terminara la selectividad, yo estaba leyendo un libro tranquilamente tumbada en la cama cuando mi padre interrumpió en mi habitación. Llevaba puesto sus pantalones vaqueros favoritos -aunque a mí no me gustaban en absoluto, estaban ya bastante viejos y usados- y una camiseta básica de color negro que le regalé en su último cumpleaños. Mi padre siempre ha sido un hombre muy atractivo —las fotos de él de joven que hay en la mesa del salón lo demuestran—, pero es cierto que en los últimos años está siendo muy dejado. Ya apenas se afeita y casi nunca va a la peluquería a cortarse el pelo que, en mi opinión, ya lo tiene un poco largo para mi gusto. Tiene los ojos marrones oscuros y el pelo negro como el azabache. Curiosamente tiene un parecido asombroso con el actor americano Billy Burke, el que hace de padre de Bella en la saga de Crepúsculo.
Cada vez que le decía a mi padre que se parecían un montón y que era como su "gemelo en versión americana" me miraba con una cara como si estuviera loca de remate y me decía como si estuviera ofendido que él era mucho más guapo que el actor y que no se parecían tanto. Yo me reía ante su actitud porque se comportaba igual que un niño pequeño. Lo cierto es que adoro a mi padre.
—Cariño, tenemos que hablar —me dijo mi padre al entrar en mi habitación.
De repente un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. La última vez que me dijo esa frase fue para decirme que mi madre había tenido un accidente de coche y que estaba muy grave en el hospital.
Inmediatamente dejé el libro en la cama y me senté. Tragué saliva. Si tenía que decirme algo malo, esperaba que fuera directamente al grano y que no se enrollara.
—¿Qué ocurre?
Se sentó al lado mía y me miró directamente a los ojos. Yo también le miré directamente a los ojos. He de reconocer que el corazón me iba más rápido de lo normal. Tenía miedo, mucho miedo, por la noticia que tenía que darme a continuación.
Por favor, que no sea nada malo lo que tenga que decirme. Por favor.
Ese fue mi último pensamiento justo antes de que mi padre abriera la boca.
—No te lo quería decir hasta que no estuviera todo confirmado al 100 %, y justo ahora mismo acaban de confirmármelo.
Mi padre siempre ha sido así. Nunca daba una noticia a nadie si no estaba confirmada totalmente.
—¿Es algo bueno? ¿O algo malo?
Yo soy de las que siempre van directamente al grano. Mi padre, por desgracia, es justo todo lo contrario.
—Es algo maravilloso.
Gracias a Dios. Noté como mi corazón iba cogiendo su ritmo normal moderadamente.
—¡Bueno pues dilo ya! Que me tienes aquí intrigada.
—De acuerdo. Me han contratado en una empresa para llevar la contabilidad, el papeleo y todas esas cosas, y me van a pagar bastante bien —de repente, bajó la mirada hacia el suelo—. Lo malo es que nos tendríamos que desplazar hasta Manresa, Barcelona —sin esperar mi contestación, él prosiguió su discurso—. Pero podríamos vivir un poco mejor. Me encantaría darte una mejor vida, cielo, pero si no quieres ir hasta Manresa respetaré y entenderé tu decisión.
Definitivamente, mi padre es un sol.
Me alegró muchísimo escuchar esa gran noticia. Antes de que mi madre falleciera mi padre trabajaba en una empresa como contable. Me alegra infinitamente que pueda volver a su trabajo de siempre.
Abracé a mi padre con emoción y le di un ligero beso en la mejilla.
—¡Me alegro muchísimo papá! ¡De verdad, no sabes cuánto!
—¿Entonces estás de acuerdo con ir hasta Manresa? ¿no te importa?
—¡Por supuesto que estoy de acuerdo, papá! ¡Cómo no iba a estarlo! Es genial.
Mi padre esbozó una gran sonrisa. Pero una sonrisa de las de verdad. Desde que no estaba mi madre con nosotros me he acostumbrado a ver cómo mi padre hacía sonrisas forzadas. Pero esta vez pude distinguir que sonría de verdad.
—¿Y cuándo tendríamos que mudarnos entonces?
—Dentro de un mes. Claro que, hasta entonces, seguiré trabajando.
—Entonces dentro de un mes comienza la aventura. ¡Es la mejor noticia que me podrían haber dado hoy!
—Me alegra que estés tan contenta. Yo también lo estoy. Todavía no me lo creo del todo.
—Te quiero, papá.
—Y yo también a ti.
Me dio un beso en la frente. Luego se levantó y se fue, cerrando la puerta detrás suya.
Normalmente, cuando alguien te dice que tenéis que hablar, casi siempre es una mala señal.
O no.
Al día siguiente mi padre y yo fuimos al centro comercial a mirarnos algo de ropa. Más ropa para él que para mí, ya que a él le hacía más falta que a mí, pues hacía como dos años que no se compraba nada. Era increíble lo poco que se cuidaba este hombre.
En realidad, le obligué yo a ir al centro comercial, porque él ni si quiera quería ir.
Mi padre estaba en la cocina cocinando apaciguadamente unos espaguetis con almejas para los dos cuando yo inicié la conversación.
—Papá, ¿no crees que ya tienes el pelo demasiado largo? —le dije yo como quien no quiere la cosa.
Mi plan era que se cortara el pelo y que se arreglara un poco más en general. Y no iba a parar hasta conseguirlo.
—¿Demasiado largo? Yo lo veo bien como está. A mí me gusta.
—¿En serio? —le pregunté arqueando las cejas.
No me puedo creer que se vea bien con ese aspecto de vagabundo. ¡Con lo bien que estaría si se arreglara un poco más!
—¿Qué pasa? ¿Tú lo ves demasiado largo?
—Sí, bastante —respondí yo sin rodeos—. Siento tener que decirte esto, pero, pareces un vagabundo. Te lo juro.
—¿De verdad?
Mi padre dejó de cocinar y fue rápidamente a mirarse al pequeño espejo blanco que tenemos en la entrada.
Yo le seguí hasta la entrada y me coloqué justo detrás de él.
Él observaba su rostro con detenimiento.
—Tal vez... tal vez tengas razón —dijo mientras se tocaba suavemente el cabello.
—Haber, que tampoco estás del todo mal —le dije yo para evitar que se ofendiera lo más mínimo—. ¿Pero no crees que estarías mejor con el pelo un poco más corto?
Él no apartaba la vista del espejo ni por un segundo.
—Pues... puede que tengas razón.
—Yo creo que te hace falta un cambio de look. Papá, ¿hace cuánto que no vas a comprarte ropa?
Esta vez mi padre se dio la vuelta para mirarme. Se quedó pensativo un momento pensando en la respuesta.
—Pues hace ya bastante, ahora que me lo dices.
—¿Lo ves? Tienes que mimarte un poco de vez en cuando. Mira, hoy vamos los dos al centro comercial y nos compramos algo de ropa, ¿qué te parece?
Era sábado y los sábados mi padre no trabajaba en la papelería, por lo que era el día perfecto para poder ir juntos al centro comercial. Además, yo ya había dejado de dar clases particulares desde que empecé a prepararme para la selectividad, así que en estos días no tenía nada que hacer realmente. Estaba totalmente libre.
—La verdad es que no me apetece mucho ir al centro comercial —dijo.
—Papá, desde que murió mamá no cuidas tu aspecto en absoluto.
En cuanto pronuncié a mi madre, mi padre me miró con atención. Ahora estaba poniendo toda su atención en lo que yo decía.
—Y eso no puede ser —seguí yo—. Así que hoy, quieras o no, te vas a hacer un cambio de look, ¿de acuerdo? Ya verás lo guapo que vas a quedar.
Él simplemente se encogió de hombros.
—De acuerdo. Tú ganas. Iremos al centro comercial y me cortaré el pelo. A lo mejor hasta me viene bien y todo.
Tss. Yo siempre gano.
—¡Bien! Créeme, me lo agradecerás. Y ese pelo también me lo agradecerá, hazme caso —dije señalando.
Los dos volvimos a la cocina y mi padre siguió cocinando los espaguetis.
—Pero recuerda que tampoco podemos gastar mucho —advirtió.
—Lo sé. Solo compraremos unas cuantas cosas. No gastaremos mucho, no te preocupes.
Después de comer los deliciosos espaguetis de mi padre, me fui inmediatamente a la ducha y luego me preparé. Me vestí, me puse rímel, un pintalabios rosita claro y me peiné. Elegí unos pantalones vaqueros largos ceñidos, una blusa azul y blanco y unos zapatos con plataforma, y de pendientes unos aros color plata.
Cuando ya había terminado de prepararme me dirigí hasta el salón, que era donde me estaba esperando mi padre. Él se había puesto una camisa azul cielo y unos vaqueros azules normales. Al menos esta vez había elegido bien.
—Tienes un estilazo vistiendo, ¿nunca te lo había dicho antes?—dijo mi padre al verme ya arreglada.
—Gracias, Billy —bromeé.
-Eso lo heredaste de tu madre.
Él se levantó del sofá y se puso enfrente mía.
Lo miré sin saber a qué se refería exactamente.
—Ella también sabía vestir muy bien. Me encantaba su estilo —se le escapó una pequeña sonrisa—. Ah, y no vuelvas a llamarme a Billy o tendré que tomar medidas al respecto —bromeó él.
—Está bien, está bien —dije entre risas.
Y nos metimos en el coche en dirección al centro comercial. Mientras mi padre encendía la radio para escuchar algo de música le miré y me di cuenta de la relación tan fantástica que teníamos los dos. Me encantaba bromear con él. Yo le chinchaba con él con alguna tontería y él me chinchaba a mí. Y si no me chinchaba se ponía a la defensiva, pero era muy divertido porque nunca se lo tomaba en serio. Así era nuestra relación. Para mí era como un mejor amigo, porque siempre le contaba todo. Le contaba todos mis secretos y todos mis problemas. Él me transmitía confianza, y qué mejor que a un padre o a una madre para contarle todas tus cosas. Nunca le he ocultado nada y espero que no llegue el momento en el que tenga que ocultarle algo porque sino me sentiría bastante mal y bastante culpable. Aunque sea una cosa sin importancia. Realmente me sentiría como si lo estuviera traicionando.
Llegamos al centro comercial a eso de las cuatro y media de la tarde. Cuando llegamos estaba abarrotado de gente, lo típico de un sábado por la tarde. Aunque el ambiente era bastante agradable y fresco.
Primero fuimos a mirar ropa para mi padre, y luego para mí. De la primera tienda en la que entramos compramos dos camisetas que le favorecían bastante con su tono blanco de piel. Luego, en la siguiente tienda miramos unos bañadores. Ya llegaba el verano y los bañadores que tenía mi padre eran ya de hace unos cuantos años, así que le hacía falta comprarse un par de ellos por lo menos.
—¿Qué tal este? —dijo enseñándome un bañador amarillo bastante simple.
—Creo que el amarillo no te sienta muy bien.
Y en efecto, el amarillo era un color que no le sentaba nada bien. Lo pude comprobar la vez que estaba echando un vistazo al álbum dónde guarda él sus fotos de cuando era joven. En algunas fotos salía con ropa de color amarilla y, mi padre, que es muy blanco de piel, el amarillo le hacía todavía mucho más pálido.
Seguí echando un vistazo cuando vi un bañador rojo bastante bonito y apañado.
—¿Y te gusta este? —le pregunté.
—Sí, no esta nada mal.
Los bañadores estaban a un precio bastante asequible así que al final se acabó comprando tres. El rojo, otro azul y el otro gris con los filos rojos. A mí el que más me gustaba sin duda era el rojo. El rojo siempre ha sido mi color favorito. Igual que el de mi madre.
Después de comprar los bañadores, nos metimos en otra tienda más y se compró un chándal de imitación de Adidas y unos vaqueros.
—¿Te apatecen unos buñuelos con nata y chocolate? —sugirió mi padre.
—Sí, claro. Estaba empezando a tener hambre.
—Yo igual.
Nos dirigimos hacia el puesto donde vendían los buñuelos y compramos dos cajitas, uno para cada uno.
Si algo había hederado de mi padre era el gusto por la comida. A los dos nos encantaba comer, comer y comer. Y teníamos exactamente los mismos gustos. Nos gustaba lo mismo y odiábamos las mismas comidas. Ninguno de los dos estaba gordo. Estábamos en nuestro peso adecuado —aunque mi padre a veces me decía que no estaría mal que cogiera unos kilos de más—. Era cierto que tenía las piernas y los brazos algo delgaduchos. Pero en general, estábamos bastante bien con el peso que teníamos.
Cuando terminamos de comernos los buñuelos al fin llegó mi turno. Era plenamente consciente de que no podíamos gastar mucho dinero así que solo entramos en dos tiendas más. Me acabé comprando un top rosa y una falda vaquera blanca.
En la segunda tienda en la que entramos me enamoré perdidamente de unos pendientes, que combinaban a la perfección con el top rosa veraniego que me acababa de comprar en la tienda de al lado. Eran de un rosa pastel y por el filo plateado.
—Mira, papá, son preciosos. Me encantan.
—Sí, son muy bonitos. Creo que te sentarían muy bien.
—Sí, ¿verdad? Yo creo que también.
Miré la etiqueta para ver el precio y, al verlo, me quedé un poco desilusionada.
—Pero son muy caros. No me los puedo comprar.
—Lo siento, cariño.
—Da igual, en casa tengo otros pendientes que me pegan también con el top.
—¿Estás segura?
—Sí, sí. No te preocupes.
En cuanto salimos de la tienda, le digo.
—Bueno, supongo que sabes que toca ahora, ¿verdad?
—No. ¿El qué?
—¡Sesión de peluquería!
Mi padre dejó escapar un ligero suspiro. Estaba claro que ir a la peluquería a cortarse el pelo no le agradaba en absoluto.
—¿De verdad es necesario?
—Sí, muy necesario. Además, me has dado tu palabra, así que tienes que cumplir -señalé.
—Es cierto. Tendré que cumplir con mi palabra —dijo encogiéndose de hombros.
Salimos del centro comercial y nos montamos en el coche. Había un tema que no dejaba de rondar por mi cabeza. Y si no lo soltaba acabaría explotando tarde o temprano.
Así que decidí soltarlo.
—Oye, papá, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Por qué ya no te arreglas como antes? ¿por qué ya no te importa tu aspecto en absoluto?
El me miró unos segundos y frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Quiero decir, cuando mamá estaba viva ibas todos los meses a la peluquería y siempre te vestías super bien y super elegante. ¿Por qué ya no te molestas en vestirte un poco mejor, por ejemplo? ¿Es que no quieres que ninguna tia se fije en ti?
—Supongo que me da igual que las mujeres se fijen en mí o no.
—Pues yo creo no debería darte igual. En algún momento tendrás que abrir de nuevo tu corazón a alguien, ¿no crees?
Después de un largo e incómodo silencio, me respondió :
—Todavía no quiero que llegue ese momento.
—Papá, yo entiendo que todavía estés mal por lo de mamá. Es lógico. Pero ya han pasado casi seis años. Seis años.
—Lo sé.
—Lo único que digo es que te mereces ser feliz. Te mereces ser muy feliz. Y a mí me encantaría que conocieras a una mujer y que te hiciera feliz. Que fuerais felices los dos.
—Y llegará esa mujer, cielo, llegará. Y más pronto de lo que te imaginas. Hazle caso al tío Billy.
—Está bien.
Y nos echamos a reír los dos. Escuchar a mi padre llamarsr él mismo "Tío Billy" fue de lo más divertido.
En la peluquería habían dos personas por delante nuestra, así que tuvimos que esperar un rato. El establecimiento era algo pequeño, pero estaba bastante bien en general. El diseño era moderno y la música que se escuchaba eran éxitos de los años ochenta y noventa.
Había dos peluqueras. Una era de mediana edad y llevaba unas gafas grandes de color azul eléctrico. Era un poco más bajita que yo. La otra era algo más joven, y era alta y delgada. A mí me sacaba más o menos una cabeza, y yo tengo una altura normal. No soy ni bajita ni alta, estoy justo en la media.
Cuando por fin llegó nuestro turno, nos atendió la peluquera más joven. Yo le dije el peinado que quería que le hiciera a mi padre.
—Hola —le saludé sonriente—. Quiero que le haga un buen corte de pelo. Pero también que tenga un poco de flequillo. ¿Sabe lo que le digo?
—Sí, sí. Vale, perfecto. De todos modos a medida que yo le vaya cortando el pelo tú me vas guiando o lo que sea.
—De acuerdo, genial.
La peluquera se recogió su larga cabellera rizada y rubia en una coleta y le dijo a mi padre que se sentara en la silla, ya lista para lavarle el cabello. Cuando empezó a cortarle el pelo, le dije que le dejara más pelo por arriba por que por abajo, y que le sacara también un poco de flequillo. Estaba segura que ese cambio de look le iba a quedar de escándalo.
—Papá, estás genial. De verdad te lo digo. Estás muy guapo —le dije cuando nos montamos en el coche.
—Muchas gracias, cielo. Yo también me veo muy bien.
—Te favorece muchísimo el pelo así.
—Sí, desde luego. Estoy bastante contento.
—Me alegro mucho.
Esta vez hice yo la cena, y preparé nuestra comida favorita. Patatas fritas con huevo y salchichas. Mi padre me dijo que la comida me había salido de escándalo. En realidad, no sabía si lo decía de verdad o simplemente por decir, porque siempre me lo decía cada vez que cocinaba yo. A él siempre le gustaba hacerme cumplidos. Cosas de padres.
Después de cenar estuve leyendo un rato en mi habitación y a eso de las doce y media me empezó a entrar sueño así que dejé de nuevo el libro en la estantería que tenía al lado del escritorio. Ahí era donde colocaba todos mis libros y mi maquillaje.
Siempre me gustaba leer un poco antes de irme a dormir. Me relajaba bastante.
Alguien llamó a mi puerta justo cuando estaba destapando la cama.
—Toc, toc, ¿puedo pasar? —preguntó mi padre.
—Claro.
—¿Ya te vas a dormir?
Afirmé con la cabeza.
—Sí, me muero de sueño.
Nos sentamos los dos en la cama.
—Venía para agradecerte lo que has hecho hoy por mí. Te agradezco mucho que te preocupes tanto por mí.
—Oh, papá, no hace falta que...
—En serio, no sé lo que sería de este viejo cascarrabias sin ti.
—Venga, no te llames así. Sabes que eres el padre más adorable del mundo.
—¿Lo dices de verdad?
—Te lo prometo.
—Te quiero. Buenas noches, descansa.
—Hasta mañana. Te quiero.
Y antes de marcharse de mi habitación, se despidió de mí con un beso en la frente.
Me metí en la cama pensando en lo afortunada que era al tener a mi padre. En realidad, siempre he sabido que tengo al mejor padre del mundo. 

June 12, 2018, 6:50 p.m. 0 Report Embed 0
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