Luna de Plata Follow story

annie398 Ana Santos

Con un chasquido de dedos, el sueño de Aysel desapareció como si fuera humo. Moranna, el reino inestable, amenazado por revueltas internas, había sido atacado por sus vecinos, el reino de Luzarso. Una alianza rota, guerra inminente. A vísperas del nuevo año lunar, se moviliza a las pocas tropas que quedan en el reino. Pero no se puede partir a batalla sin la bendición del nuevo año lunar. La única oportunidad que le queda a Aysel para cumplir su sueño es devolver la pieza clave de la celebración. Y no está dispuesta a ver de nuevo como su mundo se cae en pedazos mientras ella mira.


Fantasy Epic Not for children under 13.

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Aysel I: Plata de humo.

Moví rápidamente mi khopesh para protegerme del ataque de mi compañera. Un centelleante silbido metálico resonó en la zona nada más chocar el filo de mi arma con el de ella. Hizo fuerza para resistir mi contrataque, pero fui más lista que ella y con solo dar un paso hacia atrás y dejar de hacer fuerza, ella cayó hacia delante por pura inercia.

—Estás agotada Mara, deberías descansar ya. — le dije ofreciéndole mi mano para levantarla.

—Lo sé Aysel, pero es mi última oportunidad para ascender. No puedo pasar otro año más escondida en la biblioteca del templo.

—Este año lo conseguirás, estoy segura de que podrás pasar la prueba.

—No lo tengo tan claro. —dijo ella cogiéndome la mano.


Hice fuerza y la levanté de un tirón. Mara era una muchacha alta y delgada, pero con fuerza, no era una enclenque, tenía el pelo largo, blanco y liso, típico de nuestra raza y con unos pequeños ojos marrones. Había cumplido la edad lunar hace tres años, sin embargo, no había sido capaz de pasar la prueba para convertirse en valquiria de la Reina. Se había sumido tanto en sus libros y en la biblioteca del templo que había olvidado por completo del entrenamiento. Cuando lo retomó parecía que había vuelto a los primeros años de este, incluso las novatas eran más rápidas y ágiles que ella.

—¡Aysel! ¡La hermana mayor Sissei os quiere a ti y a Mara en la biblioteca! —gritó la hermana Lyra desde la puerta del campo de entrenamiento.

—¿Una carrera?


No hizo falta ni siquiera responderle a Mara. Asentí y salí corriendo hacia el interior del templo, entrando por el patio trasero, saltando entre los arbustos del gran jardín, llegando a la cámara principal. El templo parecía el paraíso, constaba de un gran edificio central, detrás de este estaban los jardines y en la parte posterior estaban las habitaciones de las sacerdotisas y la biblioteca, y en el patio trasero estaban las cuadras, las cocinas, la armería… Fuera del templo, tras él había una gran explanada que se usaba para los entrenamientos diarios.


Los jardines eran enormes, vivos y llenos de plantas con flor y esculturas referidas al culto a la Diosa. En el centro una gran fuente de mármol blanco, con el símbolo del templo en él. Cuando una suave brisa acariciaba al jardín, este se inundaba de un dulce aroma que te incitaba a pasear con los ojos cerrados, solo para disfrutar de la dulzura que portaba el aire.

 

El edificio central era una gran estructura de mármol blanco que relucía a la luz de la luna. Había sido construido hace años y bajo él, estaba la cámara sagrada, donde solo pueden entrar las sacerdotisas del templo. Allí se guarda celosamente el khospesh de Alëris, y se reza a una de las imágenes mejor conservada de la deidad que lleva el nombre del templo. Al nivel del suelo, hay una cámara de rezos, donde todo el mundo puede entrar a rezar. Es una sala llena de vidrieras de colores, con una gran concha llena de agua de plata, que cada persona debe usar para marcarse el rostro antes de comenzar a rezar. Una gran cúpula al final de la sala con un agujero en ella deja pasar la luz de la luna cada noche, para iluminar el gran mosaico sobre las tres lunas y la batalla de la que Alëris y sus hermanas nos salvó. No es un lugar ostentoso ni recargado, es simple, iluminado y bonito.


Llegamos exhaustas a su despacho en el edificio secundario, la hermana mayor Sissei nos esperaba de brazos cruzados, de pie y apoyada en una vieja mesa de madera oscura. Sissei era la hermana mayor del templo de Alëris, era la más anciana, su pelo ya no era tan largo y estaba recogido en un moño, unas pequeñas arrugas vivían bajos sus ojos y parte de su frente. Llevaba el típico atuendo de sacerdotisa mayor, un manto plateado y lila con decorados en oro con el símbolo de Alëris.

—¿Quería algo hermana? — preguntó educadamente Mara.

—¿Os habéis probado ya el atuendo de la ceremonia? — dijo mirándonos a ambas seriamente.


Negué con la cabeza, no había tenido tiempo para ello. Me había pasado estas últimas semanas entrenando y puliendo mis habilidades para pasar fácilmente la prueba.

—Yo si hermana. La hermana Krey me ayudó a ajustarlo. — dijo Mara.

—Tú, Aysel, quédate. Le diré a Krey que lo traiga y te lo probarás ahora mismo, sé que si te mando sola a que lo hagas volverás a entrenar de nuevo. —dirigió su mirada a Mara. — Y tu Mara, retírate, pero antes avisa a la hermana Krey del traje de Aysel.

—Claro hermana Sissei. — Mara hizo una pequeña inclinación con la cabeza y salió por la puerta de la cámara central.


Me quedé a solas con la hermana Sissei, que me ordenó que me sentara en uno de los bancos de la cámara.

—Cuanto tiempo ha pasado… Hace nada te encontré en una cesta en la puerta del templo. Tenías unos buenos pulmones, porque te escuché desde la sala de rezo. — ella suspiró melancólica, mientras me miraba — Me sorprendí mucho al encontrarte, sobre todo por tu pelo morado oscuro y tus ojos color perla.

“Es complicado encontrar a alguien de nuestra raza que tenga el pelo oscuro como la noche, y los ojos como si hubieran sido besados por la mismísima luna de Alëris. Eras tan rebelde, pero tan determinada y tan fuerte… Todas las niñas te envidiaban, quizás era porque eras un poco testaruda y porque muchas veces cuando hacías una travesura, te acogía bajo mi ala.

Pero eso es lo de menos, ahora eres una mujer adulta o al menos, te queda poco para serlo. Nada más pases la prueba lo serás, y estoy segura de que lo harás.”


Sonreí ante las palabras de la hermana Sissei. Se abrió la pesada puerta de madera y la hermana Krey entró en la habitación con un bulto blanco de tela en sus manos. La hermana Krey era una sacerdotisa mayor del templo y su función principal era la de dar los rezos diarios en el templo inferior. No era muy alta y tampoco destacaba por sus habilidades con el khopesh, era una sacerdotisa más, pero muy hábil con las manos a la hora de coser o realizar otro tipo de actividades que necesitaran de la maña más que de la fuerza. Llevaba su pelo blanco recogido en una trenza cogida desde la raíz que le llegaba por encima de la cintura.

—Aquí estoy hermana Sissei, Aysel quédate en ropa interior vamos a probarte el traje. —dijo la hermana Krey quitándole la tela blanca al bulto.


Me desnudé con rapidez, solo llevaba el traje de entrenamiento lleno de polvo y barro. Miré mi reflejo en el espejo, fijándome en la gran cantidad de moratones que tenía, las cicatrices de los combates de los entrenamientos y la marca del templo; una luna llena con dos pequeñas lunas crecientes dándose la espalda, estaba hecha en tinta morada oscuro. El ambiente era frío y húmedo, por lo que mi piel se erizó por el frío nada más quitarme la parte de arriba del traje. Frotándome los brazos con mis manos intenté recuperar un poco del calor perdido. Entre ambas hermanas me ayudaron a ponerme el traje, si pasaba la prueba, este sería mi traje de combate, mi insignia. Cada valquiria tenía un traje diferente y único, a ese traje se le añadía unas partes de armadura que se llevarían tras pasar la prueba.

—Mírate en el espejo Aysel. —dijo la hermana Krey.


Me miré en el espejo y no me creía lo que estaba viendo. Era un traje con los hombros al descubierto, pero de manga tres cuartos, la tela hacía una falsa falda a los lados de color lila junto a unas telas más finas y largas, con transparencias de color morado oscuro como mi pelo. Las telas translúcidas de color morado oscuro eran más largas que la falsa falda y caía por detrás y por debajo de estas. Tenía detalles de color dorado en todos los bordes de la parte de arriba, en la cintura unos grandes discos dorados adornaban. La tela de la parte de arriba era de color lila, sin embargo, los pantalones eran de color morado. En el escote, un gran arco en forma de luna menguante de color dorado.


La hermana Krey me dio unos brazaletes de color morado oscuro con los bordes dorados y motivos del mismo color, para cubrir parte de mi antebrazo. Me los puse y me dio las sandalias del traje. Unas sandalias doradas con una estructura rígida que me llegaba hasta debajo de las rodillas. Finalmente, la hermana Sissei me peinó el pelo en una larga trenza y ató un trozo de tela morada, con transparencia como la del traje. Finalmente, la hermana Krey sacó una corona dorada con una esmeralda hacia abajo, en el centro de esta.


Me la puso en la cabeza, la esmeralda acababa en mi frente, a cada lado de mi frente, junto a las orejas, una punta dorada. Y hacia arriba en el centro, una punta atrás inclinada, pegada a mi cabello.

—Es como si la mismísima Alëris hubiera bajado a visitarnos. —dijo la hermana Sissei. —Un gran trabajo hermana Krey, como siempre.

—Se que puede parecer algo atrevido, pero me inspiré en uno de los trajes que lleva la Diosa en uno de los cuadros de la cámara sagrada. —dijo la hermana Krey.

Yo seguía mirándome en el espejo. Era precioso, no me lo imaginaba tan… perfecto.

—Aysel, quítatelo y guárdalo en la tela. Cógelo, haz el equipaje y ensilla a tu caballo. Tú y Mara partís a la capital. Pero antes pásate por la armería y dile a Daylan que te de tu nuevo khopesh. — dijo la hermana Sissei.


Asentí y la hermana Krey me ayudó a desvestirme. Lo guardó con cuidado mientras yo me volvía a vestir. Me dio el traje y me dirigí a mi habitación.


Estaba emocionada, no podía parar de sonreír. Por fin, solo quedaban dos semanas y media para la mayor festividad del reino; el fin del ciclo lunar. Era la celebración de un nuevo año, el templo de Alëris, como es el más importante del reino formaba gran parte de esta festividad. De hecho, al ser el templo guardián del khopesh de Alëris, año tras año se llevaba el arma a la capital para que la reina Myrea lo bendijera. Además de esta solemne tradición, dos días antes se realizaba la prueba, era de habilidad, destreza, fuerza e inteligencia para poder ser una más de las Valquirias Lunares. Participan alrededor de 50 aspirantes del templo, todas chicas jóvenes que acaban de cumplir la edad lunar o más como es el caso de Mara, y solo diez son las victoriosas muchachas que ven cumplidos sus sueños.


Las otras muchachas que no pasaban la prueba tenían diferentes futuros. Entrenarse de nuevo para presentarse un año más, entrar como sacerdotisa en alguno de los tres templos del reino, o terminar su formación en magia para acabar como sanadora de ciudades y pueblos de Moranna. Tenía claro mi futuro, no pararía hasta entrar en las filas de las valquirias.


Pasé por el jardín del templo para llegar a las habitaciones. Los arbustos de Dama de Noche llenaban con un dulce olor el ambiente, miré al cielo y vi el Sol brillando con la tenue luz que nos proporciona en las mañanas. Giré mi mirada y vi fundiéndose con el azul del cielo, translúcidas a las tres lunas; Alëris, Lanaris y Marya. La primera estaba en su fase menguante y era la más grande de todas. Llamada así tras nuestra deidad Alëris, la mayor de las tres hermanas que muchos años atrás salvó al reino de su propia destrucción. La luna mediana, tan blanca y redonda como una perla, estaba en luna llena y se llamaba Lanaris, la diosa de las sacerdotisas, la hermana mediana de Alëris y la que la ayudó a acabar con la amenaza del reino. Y la última y la más pequeña que estaba en fase creciente, la luna Marya era amarillenta y diminuta comparada con la más mayor. Es la diosa de las sanadoras, curó las heridas de todo el mundo tras la batalla y es la hermana más pequeña de este trío de deidades que constituyen nuestra religión. De aquí que existan tres templos en el reino, cada uno consagrado a una de ellas.


Terminando de cruzar el jardín suspiré melancólica. Era obvio que echaría de menos todo esto, los entrenamientos hasta tarde, el tranquilo silencio de las noches, los cantos en la hora del rezo… El templo era mi casa, me había criado en él. Sin embargo, la vida en la capital es totalmente diferente, una gran ciudad rodeada de unas altas murallas y con el bullicio propio de una gran capital. Había viajado año tras año a la capital para asistir al fin del ciclo lunar y recuerdo perfectamente el incesante ruido de las calles comerciales y el olor a comida recién hecha saliendo de las tabernas.


Subí las escaleras con diligencia y miré la hora en el viejo reloj de pared, pronto empezaría a ponerse el Sol, las tres lunas empezarían a brillar y las estrellas inundarían el cielo oscuro. Teníamos que salir hacia la capital cuando el sol se pusiera, así que tenía que darme prisa. Nada más entrar en la habitación cogí mi morral de cuero y la bolsa de cuero para montar. Metí con cuidado mi traje, metí mi ropa y mis sandalias. Cogí una capa negra para usarla de abrigo y mi saco para dormir, en caso de que algún día tuviéramos que dormir a la intemperie.


Con todo preparado, salí hacia los establos para pedir que me ensillaran a mi caballo. Antes de entrar a buscar a Lorian; mi corcel, cogí de la entrada del establo una zanahoria de un cubo. Busqué en el establo la cuadra de Lorian, relinchó nada más ver que me acercaba. Le di la zanahoria y empecé a acariciarle la crin. Era un potro cuando me lo dieron, no estaba domado y era tan rebelde como yo, o eso dice la hermana Sissei. Es un corcel precioso, pelaje blanco brillante, cuello arqueado, crines onduladas y largas, alto y brioso, además de ágil. Lorian era un caballo digno de una Valquiria, un caballo muy bonito, pero, además, fuerte y rápido, listo para cualquier batalla.


Entré en la cuadra y lo ensillé con cuidado, le puse las bridas y lo saqué al patio exterior. Lo até a uno de los postes que se encontraban en la esplanada para poder ir con tranquilidad a visitar a Daylan para recoger mis otras armas.


Daylan me sonrió al verme entrar en la armería. Otra persona a la que echaría de menos, él cumplió la edad lunar hace 5 años, pero hemos pasado gran parte de nuestra infancia juntos. Su padre; Thiryan, era el armero principal, hasta que su hijo aprendió el oficio y cumplió la edad lunar, entonces se quedó viviendo en el templo y su familia volvió al pueblo más cercano. Aunque se pase la mayor parte de la semana trabajando en el templo haciendo armas, afilando khopeshs y dagas, haciendo flechas y tensando arcos, busca algún día o dos para visitar a sus padres y hermanos pequeños. Es alto y fuerte, pero no excesivamente, posiblemente del arduo trabajo en la armería. Tiene el pelo blanco, normal de nuestra raza, antes lo tenía largo, pero hace nada se cansó y decidió cortárselo, para dejarse una pequeña trenza en la nuca, no muy larga. Tiene conquistadas a las más jóvenes del templo, y es que su simpatía, humor y su físico no tiene nada que envidiar. Tiene unas mandíbulas rectas y marcadas, y unos ojos azules vivaces, que se iluminaban al reír.

—¿Ya te vas a la capital? — me preguntó terminando de tensar un arco.

—Sissei nos ha mandado a mí y a Mara a prepararnos allí. Ya sabes familiarizarnos con la ciudad y prepararnos para las pruebas.

—Te echaré de menos por el templo Aysel. — Daylan suspiró.

—No te pongas sentimental, me verás cada vez que me pase por aquí.

—Seguro que no me echarás de menos ni un pelo. —dijo dejando el arco a un lado de la mesa.

—Sabes que no, te echaré mucho de menos compañero de aventuras.

—¡Qué vergüenza! No me recuerdes esas misiones que hacíamos cuando éramos pequeños a la cámara sagrada sin que la hermana Sissei se enterara.

—Te lo recordaré toda la vida querido Daylan. — dije omitiendo una carcajada.

—Mejor acuérdate de esto.


Daylan entró en el cuartillo de la armería y haciendo un poco de ruido al mover varias cosas, salió con un khopesh nuevo y reluciente en sus manos. Era más largo de lo normal, era plateado y en la hoja tenía un grabado precioso con motivos vegetales en dorado. La empuñadura estaba envuelta en cuero negro. Lo dejó encima de la mesa de madera.

—Tu khopesh nuevo, uno de mis regalos.

—Dios mío Daylan, esto te ha tenido que costar mucho hacerlo.

—No has visto todo aún.


Sacó de debajo de la mesa un cinturón lleno de dagas plateadas y un arco de madera blanca. Saqué una daga del cinturón y pasé mi dedo por el filo. Me hice un corte que me sorprendió, pues no esperaba que las dagas estuvieran tan afiladas. Tenían forma de pluma y relucían como el sol. Me fijé en la empuñadura de las dagas, una esmeralda incrustada en ella hacía que las dagas estuvieran envueltas en una especie de halo verde muy claro y translúcido.

—No me lo creo. ¿Enserio has usado las gemas de tu padre? ¿No crees que es suficiente con el khopesh? — puse mis manos en mi cintura, en forma de jarra.


Las gemas de Thiryan, eran especiales. El hecho de incrustar una de ellas en cualquier empuñadura de arma le aportaba a esta unas características especiales. Ya fuera la dureza, o que fueran más ligeras. Las gemas eran complicadas de trabajar, no todos los armeros y herreros del reino sabían usarlas, además cada uno tenía una manera de trabajarlas así que fue una suerte que el templo aceptara a Thiryan como armero y que este le transmitiera a su hijo el arte de las gemas.

—Mi padre me dijo que las usara en armas para personas importantes. Y tu Aysel eres una de ellas. Ahora cada vez que las lances, con solo levantar la palma de tu mano volverán a ti. Coge el arco, te gustará también. No es muy especial, pero lo he tallado para ti. — dijo sonriendo orgulloso.


Cogí el arco, era de madera blanca. Tenía tallado en él diversas runas y dibujos de criaturas mitológicas, justo donde se ponían las manos estaba forrado de cuero marrón, no era muy duro era más bien suave. El cuerpo del arco era muy ligero y flexible, la cuerda estaba tensada a la perfección.

—No puedo aceptarlos Daylan, todo esto es… demasiado para mí.

—Acéptalos, quiero que los lleves en la capital. Así te acordarás de mí y presumirás de las armas tan bonitas y bien hechas que tienes.

—Te lo devolveré Daylan, hablaré con la mismísima reina si hace falta para traerte a la capital como armero. Te lo juro.

Daylan bufó, pero inmediatamente sonrió.

—En ese caso, acepto. Creo que Mara está esperándote. —dijo señalando a Mara que la esperaba apoyada en un poste.

—Adiós Daylan, te echaré de menos. — me acerqué a él para darle un abrazo.

—Y yo a ti pequeñaja.

Me abrazó con ganas y antes de soltarme me dio un beso en la frente de manera cariñosa.

Miré al cielo, las tres lunas brillaban con intensidad. La noche estaba llegando y nosotras debíamos partir. Haríamos una parada para dormir en el pueblo cercano, y volveríamos a parar en el templo de Lanaris.

—¿Lista? — me preguntó Mara desde lejos aún apoyada en aquel poste de madera.

—¡Si! Déjame organizar las armas y nos vamos ya.


Me puse el cinturón de dagas en la cintura, cogí la funda del khopesh y me la puse a la espalda metiendo antes la espada curvada en él. Até el cuerpo del arco a la bolsa trasera de la silla junto a un carcaj lleno de flechas. Monté en el caballo y avancé a la salida donde Mara me esperaba. Miré hacia atrás para despedirme con la mirada del templo, suspiré y giré la cabeza hacia delante.

—Vámonos. —dije dándole a Lorian en el lomo para que comenzara a andar.


Queríamos llegar cuanto antes, asique empezamos a trotar nada más nos alejamos un poco del templo. El camino hacia el pueblo más cercano no era muy largo ni complicado. Pasábamos por el Valle de Plata, donde el río Argenteo pasaba hasta llegar a la capital; Argenta.


Paramos unos cinco minutos para que Mara colocara bien su silla, pues con las prisas y los nervios de la salida, había ensillado mal a su yegua color bayo. Aproveché para estirar las piernas y acercarme al río. El nombre le venía como un guante, pues a esta hora del día las lunas reflejaban su luz en el río y envolvían el valle en un mar de hierba plateado que se mecía suavemente con el viento, daban la sensación de que cabalgabas sobre las olas de un mar de plata.


A estas horas de la noche, algunas luciérnagas pululaban por la zona, iluminaban con una luz amarilla y tenue la orilla del río. El agua del río era tan cristalina que acabé metiendo las manos, notando lo fría que estaba. Di un trago, el agua bajaba por mi garganta, refrescándome por completo. Decidí rellenar la bota de agua del río, me di la vuelta y contemplé el paisaje que se presentaba frente a mí. El cielo no era oscuro y azul como todas las noches en nuestro reino. Sino que se había vuelto de un color anaranjado y violento, al fondo podía observar una gran columna de humo proveniente del templo.

—¡Mara, tenemos que volver! ¡Mira allí! — Señalé hacia la columna de humo obligando a Mara a mirar.


La cara de cansancio de Mara cambió a una cara de puro terror. Con diligencia monté en Lorian y lo arreé con fuerza en dirección al templo. Para acortar distancias decidí cruzar el bosque que hace unos minutos habíamos bordeado. Poco importó que las ramas más bajas de aquellos árboles arañaran mi cara o mis brazos, necesitaba llegar y saber que estaba pasando.


A los quince minutos de veloz carrera de vuelta a mi hogar, divisé la entrada. Lorian resoplaba cansado, por la velocidad del galope, sin embargo, dio un último sprint llevándome lo más cerca posible. Bajé de un salto, no sin antes desenfundar mi espada curva y sacar las dagas. Miré a mi alrededor nada más entrar en el patio delantero.


Los cuerpos sin vida de muchas sacerdotisas y jóvenes aprendices que se habían resistido al ataque yacían dispersos por el patio. El fuego consumía las ramas de algunos arbolillos que estaban a los laterales del jardín. Si el patio delantero estaba así, no me quería imaginar cómo se encontraba el patio central.


Intenté tragar saliva para aliviar el nudo de mi garganta que me impedía respirar tranquilamente. Miré a todos lados horrorizada, no sabía por donde empezar, todo había ocurrido muy rápido. Hace menos de una hora estaba camino a la capital para participar en las pruebas y ahora estoy observando una terrible y desconocida tragedia que había asolado aquel lugar al que llamaba hogar.


Salí de mi ensoñación cuando oí unos gritos provenientes de la entrada al edificio que se encontraba frente a mí. Con rapidez me escondí tras una gran piedra decorativa que había en el patio para escuchar atentamente. Dos voces graves voces masculinas se entremezclaban con los agudos chillidos de dos chicas jóvenes. Conseguí normalizar mi respiración y me asomé por un lado para observarlos.


Las chicas vestían el atuendo de entrenamiento, no eran más que dos jóvenes aprendices llenas de heridas superficiales y con la ropa manchada de sangre. Miré a sus captores, dos hombres sin camiseta, piel morena y musculosos. Llevaban unos pantalones anchos de color vino con unos cinturones de cuero. En sus manos unas espadas cortas y curvadas, cimitarras.

—Estas dos nos servirán como premio. —dijo uno de ellos, que parecía tener una cicatriz en el ojo.

—El capitán estará contento. Lo hemos conseguido a la primera. —respondió el otro, que era más bajo que su compañero.


Las chicas continuaban gimoteando asustadas, solo llevaban 2 años en el templo como aprendices, eran unas novatas.


Calculé mis posibilidades mientras avanzaban por el camino de piedras que daba a la salida del patio. No podía enfrentarme cuerpo a cuerpo con ellos, se que tenían las cimitarras, pero desconocía si portaban otras armas como puñales o cuchillas arrojadizas, así que opté por lo más silencioso y rápido posible.


Tenía que ser rápida o estaría en un aprieto. Conté mentalmente hasta tres y actué.


Me levanté con rapidez y usando la piedra que me escondía como apoyo, me impulsé hacia arriba y lancé tres dagas, sin darles, solo pasaron por su lado quedando clavadas a en el suelo. Aterricé frente a ellos, obstaculizando su camino hacia la salida.


Al principio se sorprendieron por la rapidez del ataque, pero cuando vieron que ninguna de las dagas le alcanzaron, sonrieron con picardía.

—Otra para el bote, encima es de las raras. Mira su pelo. —dijo el más bajo.

Saqué mi khopesh y con una mano me puse en posición de ataque.

—Tienes unas armas muy bonitas, pero has fallado tu lanzamiento, preciosa.


Noté como la bilis avanzaba por mi garganta. No sabía si era por el horrible olor a carne humana quemada, porque aquel hombre me había llamado preciosa como si fuera un trozo de carne o por la situación en la que me encontraba. Miré a las chicas, sus rostros estaban plagadas de lágrimas, pero sus sollozos se habían calmado parcialmente.

“Confío en lo que me dijiste Daylan.” pensé.

—¿Estás seguro de qué he fallado?


Alcé mi mano libre frente a ellos, deshice la posición de ataque, quedando mi mano ocupada por el khopesh tras mi espalda. Los miré de frente e hice un suave movimiento de muñeca. Un halo de color verde esmeralda cubrió mi muñeca.

—¡Agachaos! —le grité a las muchachas.


Me hicieron caso y con las pocas fuerzas que les quedaba, se tiraron al suelo, deshaciéndose del agarre de sus captores. En un abrir y cerrar de ojos, los cuerpos de ambos hombres yacían en el suelo y entre mis dedos estaban los agarres de las dagas.


Durante unos segundos me quedé mirando mis manos, embelesada. Guardé las dagas en el cinturón y me acerqué a las chicas. Me agaché a su lado para comprobar como estaban. Estaban algo sucias y con heridas y golpes superficiales, no parecían graves. Solo estaban asustadas y en estado de shock por todo lo que había pasado.

—¿Estáis bien? —las chicas asintieron débilmente. —¿Qué ha pasado?

—E-Estábamos recogiendo todo después de los entrenamientos, íbamos a cenar… Todo ocurrió muy rápido. Entraron esos hombres y comenzaron a preguntar por el khopesh de la diosa. La hermana Krey se enfrentó a ellos… Pero la mataron en el acto. —dijo una de ella débilmente.


Al escuchar el relato de las chicas mis ojos amenazaron con escupir amargas lágrimas por la muerte de la hermana Krey. Sin embargo, las reprimí, limpiándolas con la manga de mi traje de entrenamiento. No podía lamentar su muerte ahora, ya tendría tiempo para ello cuando todo esto acabara y supiera el porque del ataque.


Era de noche y el ambiente era frío, pero la ira, la venganza y las ganas de saber que había ocurrido hacían que mi sangre hirviera.


Un gruñido proveniente de uno de los dos hombres que habían sido heridos por mis dagas se escuchó en el sepulcral silencio del patio. Me levanté inmediatamente para acercarme a ambos cuerpos, cuando una voz me hizo girar la cabeza.

—¡Aysel! ¿Qué ha pasado?


Una preocupada Mara me miraba desde la entrada al patio.

—¡Te explicaré luego! ¡Ahora llévate a estas dos aprendices al pueblo más cercano! ¡Di que han atacado el templo! ¡Diles a los habitantes del pueblo que necesitamos carros para transportar supervivientes!


Mara se acercó corriendo y ayudó en silencio a las chicas a levantarse para tomar uno de los carros que siempre aparcaban en la entrada del templo y salir corriendo para llegar al poblado más cercano. Antes de dirigirse a la salida se quedó mirando unos segundos un extraño tatuaje que ambos hombres llevaban en sus hombros y se llevó la mano a su boca para tapar un sonido de sorpresa.

—Aysel. No hay tiempo que perder, ve a la cámara sagrada y coge el khopesh de Alëris.

—Mara, tengo que buscar más supervivientes como ellas.

—¡Aysel! Coge el maldito khopesh de Alëris y luego si quieres busca todos los supervivientes que quieras, pero esa es tu prioridad.


En mi vida había visto tan seria a Mara, su mirada se había oscurecido y su rostro empalideció de inmediato tras soltarme aquellas palabras.

—Está bien, pero idse ya. No perdáis más tiempo.


Mara asintió y yo me di la vuelta. Comprobé los cuerpos de ambos hombres y vi que el que anteriormente había gruñido de dolor había muerto desangrado. Las dagas habían perforado sus pechos, haciendo que uno muriera en el acto y el otro ahogado en su propia sangre. Pateé con fuerza el hombro de uno de los cadáveres, girándose levemente en el acto y mostrando un curioso morral de cuero con un símbolo parecido al de un sol.


Me agaché y con una de las dagas corté el símbolo, ya lo investigaría luego. Metí el trozo de morral en mi bolsillo izquierdo y me dirigí al interior del templo.


Mis pensamientos habían ido tan rápido que no me había dado tiempo a pensar en la hermana mayor y en Daylan. Quizás estaban a salvo, quizás heridos o incluso peor; muertos. No quería pensar en aquello último, debía concentrarme en conseguir el khopesh de Alëris. Sin embargo, era complicado concentrarse en eso último cuando un desagradable presentimiento formaba un nudo en mi garganta.


“Daylan, hermana mayor Sissei, espero que estéis bien.” Pensé mientras sucumbía en la oscuridad del desolado templo para cumplir la misión. 

June 2, 2018, 4:15 p.m. 1 Report Embed 1
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CharmRing CharmRing
algo me dice que el armero siente mas que amistad por la protagonista nyajijiji
Sept. 1, 2018, 11:06 a.m.
~

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