EL MISTERIO DEL HOMBRE ARBOL Follow story

ruben-martinez1527259422 Ruben Martinez

Un asesinato en Vietnam activa al equipo de la Mundipol, una organización policial que persigue crímenes por todo el mundo. Un científico excéntrico que investiga métodos no convencionales para curar el cáncer será el principal sospechoso. John Balugow siente la necesidad de expiar los pecados de un antepasado ucraniano, un famoso pintor y asesino en serie. El equipo policial está integrado por Ofelia Guerendian, Tim Nguyen y Gisella Kramer, los tres marcados por sus pasados anoréxicos, asesinos y frustrados. "A veces me pregunto si estoy dando caza al asesino o a mi misma, dice Ofelia."


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EL MISTERIO DEL HOMBRE ARBOL

Un fractal es un objeto semi–geométrico cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas. El término fue propuesto por el matemático Benoît Mandelbrot en 1975 y deriva del latín fractus, que significa quebrado o fracturado. Se le atribuyen las siguientes características:

–Es demasiado irregular para ser descrito en términos geométricos tradicionales.

–Posee detalle a cualquier escala de observación.

–Tiene autosimilitud que puede ser exacta, aproximada o estadística.

–Se define mediante un simple algoritmo recursivo.

En la naturaleza hay elementos que pueden ser descritos mediante la geometría fractal. Las nubes, las montañas, el sistema circulatorio, las líneas costeras o los copos de nieve son fractales naturales.

Vietnam, agosto 2009

Milia abre los ojos tras sentir un dolor extremo. Acaba de ser ensartado en unos ganchos de carnicero por debajo de los brazos. Habría chillado si hubiera podido, pero su garganta ha dejado de hablar hace días, fruto de las torturas, la deshidratación y la desnutrición. Apenas puede comprender qué le dice ese chino de mierda. No es momento para discursos, piensa. La piel se le ha abierto en heridas espantosas que prefiere no mirar; el cuerpo le arde; los latidos del corazón golpean las sienes con fuerza, y la respiración superficial y rápida, presagia el final de su agonía. Eso que le ha crecido en la piel, rezuma un líquido lechoso. Asqueado de su propio olor, se ha vomitado encima varias veces, incapaz de impedir su lento camino hacia la muerte.

El torturador no ha podido hacerle confesar. Cuando descubra el pastel, ya no tendrá importancia. Esos tipos han hecho bien su faena. El chino sigue hablándole, pero Milia ya no entiende nada. Sólo un ronroneo confuso. El exterior se desvanece en una visión líquida, y solo le queda energía para un último diálogo interior. Siempre ha sido un colgado. Tras errar de un país a otro y cometer fechorías de toda índole, ahora, cuando el aire se acaba, comprende demasiado tarde lo absurdo de su vida. El destino se burla de él y decide su final así, suspendido de unos ganchos, en medio de una granja; cosificado; deformado; reducido a un estado híbrido entre un hombre y una planta. Su último pensamiento es para su padre, un desertor familiar al que dirige todo su odio. Después, la respiración se hace imperceptible hasta que se detiene en un burbujeo de espuma por la boca.

Frente al cadáver un hombre lleva el cabello planchado sobre la frente por una mezcla de sudor y brillantina. Su cara redondeada, de papada ancha y sudada, sonríe complacida y deja relucir dientes de oro que expulsan nubecillas de humo de un cigarrillo fino. Da órdenes a los otros verdugos, que contemplan a la víctima paralizados por la mezcla de fascinación y temor. En su fuero interno, en pleno descenso de una excitación culminada, la resaca triste por lo consumado, el final orgásmico de una ejecución colectiva y tribal. Sólo el jefe conserva la conciencia despierta. Adivina quién ha sido el verdadero artífice de la traición sufrida y ya calcula su próximo golpe.

–Dejadlo así. Alguien comprenderá el mensaje.

Sobre los tejados de la plantación se elevan columnas de nubes hacia el firmamento; contrastes de blancos y grises amenazan con soltar su carga. El aire es denso y húmedo, y cuando abandonan el lugar casi ha amanecido.

Amanece en Bien Hoa

Vin Bulgakov salió temprano de su casa de Bien Hoa, como de costumbre. Tomó el sendero de arcilla rojiza como el sol. Los mangos formaban una oscura bóveda vegetal bordeada de arbustos de lemongrass que perfumaban el aire al rascar el coche. Su pickup Mitsubishi reluciente se deslizó entre los bosques de pino y bambú, y las granjas avícolas que habían proliferado por Dong Nai hasta convertirse en una aglomeración cacareante. Nunca le habían gustado las granjas; los piares de las aves y sus miradas vacías le resultaban amenazadores. Aquella mañana había arrollado una motocicleta. En lugar de darse a la fuga como los conductores del lugar, Vin bajó del coche y negoció una compensación. El motorista aún vivía, y le salió caro. Plantaciones de boniato forrajero enjutos, los troncos secos. Una recua de búfalos cruzó el camino. Entre ellos, otra moto pasó a toda velocidad, casi provocando una estampida. Vin apretó las manos al volante y esperó. Milagrosamente cada animal encontró espacio para sortear al motorista.

Vin trabajaba en la empresa de la familia, la Lepista Nuda Ltd. que poseía invernaderos donde crecían hongos en bolsas apiladas en millares de columnas suspendidas de los techos. La fungicultura era un negocio creciente en el Vietnam del siglo XXI y la empresa de Vin competía con las de Corea y los países de Europa del Este para abastecer a sus clientes europeos. La familia de Vin Bulgakov emigró a Vietnam desde Ucrania treinta años antes, cuando la URSS apoyaba al Viet Cong al inicio de la guerra fría. Vin aprendió la técnica del cultivo de hongos gracias a una cooperación con la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona y ahora se había convertido en un joven empresario en pleno renacimiento del capitalismo vietnamita. El próximo año, Vin y su familia proyectaban construir en la vecina Camboya, entre Siem Reap y el Lago Tonle, una de las mayores plantaciones de setas del sudeste asiático.

Aparcó el coche junto al camino. Bosques de eucaliptos y árboles del caucho rodeaban la granja y despedían un vapor fantasmal entre la hojarasca. El sol se filtraba entre las ramas y proyectaba sombras alargadas. Iba a ser un día caluroso como todos los de ese verano, como todo el año. Solo la lluvia, que inundaba los caminos unas cinco o seis veces al día en la época monzónica, proporcionaba un momentáneo alivio. Luego la tierra, como un inmenso terrón de azúcar, capilarizaba ese regalo del cielo y lo trasformaba en verdor, exuberancia, vida… y negocio. Su padre le contó que en la edad de oro de Camboya la ciudad de Angkor recogía hasta tres cosechas de arroz al año gracias a la ingeniería hidráulica. Llegó a la primera nave completamente sudado, y enseguida percibió algo distinto. La cerradura de la puerta, cerrada con un precinto metálico, estaba forzada. Los hurtos se repetían en las granjas avícolas vecinas, y sus dueños habían acabado por rodear los terrenos con altas cercas de alambres y espinos. Le extrañó que hubieran entrado a robar en una granja de hongos. Vin sólo precintaba para evitar a los curiosos. Entró en la nave y caminó los casi doscientos metros hasta el final. Cabía la posibilidad de que quien hubiera entrado aún estuviera allí, así que tomó una barra con un garfio que servía para descolgar las bolsas de cultivo de lo alto de las columnas. Pilares circulares se sucedían en una perspectiva repetitiva, casi hipnótica, como en los cementerios urbanos de Estambul. Siempre le relajaba esa sensación. Sin embargo, esa mañana Vin avanzaba bajo una intensa emoción, con la boca seca y los ojos atentos. Se aproximó al final de la nave sin percibir nada anormal. Fue al llegar a la última fila de columnas cuando lo vio. Primero no supo qué era. Una columna se había desplazado del habitual eje vertical y asomaba hacia un lado. A medida que se acercaba fue tomando conciencia de lo que tenía ante sus ojos, colgado del techo, como una terrorífica marioneta. Parecía un animal marino, pero era el cuerpo de una persona, deforme por lo que debió ser una lenta y terrible tortura. Alguien le había practicado cortes en todo el tórax y en las extremidades para después inocularle hongos, que habían crecido sin dificultad en un terreno tan abonado. Parecía un disfraz de hombre árbol. O un ser acuático prehistórico, con gruesas escamas como placas de corteza de pino. El hombre árbol olía como a queso y carne podrida, entre ácido, dulce y acre.

Aquel trabajo lo había efectuado alguien con conocimientos muy especializados en el arte de la fungicultura, pensó Vin. Tenía que tratarse de un sujeto muy paciente y sobre todo, con un gran odio contenido al que con el tiempo, supo darle salida y forma. Pero ¿Quién en aquellos días podía llegar a odiar de ese modo? Vin había visto cosas terribles durante la guerra del Vietnam, pero nada igual a aquello. Pensaba que la época del terror había terminado ya. O al menos eso había querido creer.

Salió de la nave reprimiendo las náuseas con dificultad. Todavía con el corazón a cien, se puso a gritar y luego a llorar. Cuando consiguió aplacar el miedo, intentó pensar. Ese tipo no le resultaba desconocido a pesar del estado en que se encontraba. Y no estaba ahí por casualidad. Alguien le había dejado ahí al muerto con alguna intención. Recordó las amenazas de los tipos del Norte. Nunca se las había tomado en serio. Ahora se arrepentía y temió por su vida y la de su familia. Comprender el sentido de esa acción solo le aterrorizaba todavía más.

En aquel momento, tuvo la visión del porqué su familia se había ido de Ucrania. Aquel tío bisabuelo chiflado había dejado una herencia de desgracia a toda la familia; un hombre tan brillante como peligroso, un genio que se movió sobre el filo de la navaja, entre el triunfo y el desastre, pensó Vin. Sus padres nunca le habían hablado del verdadero motivo de su imprevista emigración y aducían problemas políticos ante el gobierno de Kiev. Pero Vin Bulgakov no se lo creyó. Su abuelo Taras Bulgakov había sido un importante hombre del partido.

Un día escuchó por casualidad una conversación de sus padres. Su bisabuelo, el pintor ucraniano Mijaíl Bulgakov, orgullo de la URSS durante gran parte del siglo XX, tras una denuncia póstuma de su propio hijo ante el departamento de seguridad de Ucrania. El bisabuelo de Vin había pasado a convertirse en el carnicero de Kiev, escapado de la justicia hacía un siglo. Entonces todo cambió para los descendientes del pintor. Fueron estigmatizados y no hubo más remedio que tomar nuevos aires.

Cuando Vin Bulgakov dejó sus recuerdos y volvió a la realidad, el sol se había ocultado tras las nubes. Miró a su alrededor, subió al coche y fue a avisar a la policía. Empezaba a llover.

May 28, 2018, 2:53 p.m. 1 Report Embed 0
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