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moonrabbit Constanza Bandeo

En una ciudad hecha pedazos, Leah intenta conseguir algo de comida para sus dos hermanitos. Pero nunca se hubiera imaginado que se toparía con un extraño muchacho con cabello del color del fuego que cambiaría su manera de ver el mundo y le mostraría que quizás no todas las cosas buenas son sólo mitos.


Short Story Not for children under 13.

#amistad #desigualdad #justicia #argentina #ciencia-ficción #distopia
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Mitos

El frío lucha contra mi abrigo por congelarme.

Miro al cielo, pero no espero ver un enorme y brillante sol. El astro permanece siempre oculto detrás de las espesas y oscuras nubes que nos observan desde lo alto. Hace tiempo que el cielo dejó de ayudarnos. Ya no nos da luz ni calor ni agua. Lo hemos traicionado y él nos ha abandonado.

El mundo ya no es el mismo. No tengo idea de cómo era antes, pero puedo imaginármelo un poco a partir de las ruinas de la ciudad en la que vivo. Algunos dicen que este lugar se llamaba Buenos Aires. Un nombre irónico para una ciudad que apesta a desesperanza y muerte. Y de “Buenos” ya no le queda nada. Los edificios están destruidos y de tanto en tanto alguno se desmorona, aplastando a los desafortunados que se refugiaban en él. Los miserables que no tenemos donde vivir -que somos la mayoría- nos refugiamos dentro de los edificios o en asentamientos hechos en las veredas. Chapa, cartón, plástico; cualquier cosas que te resguarde un poco del helado viento y la lluvia ácida es bienvenida. Ya no existen casitas acogedoras o departamentos cómodos. Tampoco es como si hubiera familias amorosas que los ocuparan. Y las calles por donde antes circulaban cientos de vehículos a motor están tan llenas de escombros y mugre que es difícil incluso recorrerlas a pie.

Todo fue destruido y rehecho precariamente. “Atado con alambre”, solía decir mi padre.

—Hola, preciosa —gruñe un hombre cruzándose en mi camino. Un tipo delgado cubierto de cenizas y harapos que apestan a orina—. ¿Querés ganarte un poco de comida?

Sin pensarlo, echo a correr.

Para mi suerte, el sujeto no se molesta en perseguirme y rápidamente lo pierdo de vista. Cuando me siento un poco más segura, desacelero el paso.

Eso es lo que más detesto de ser mujer, una niña aún. Cualquiera que tenga algo con lo que pueda comerciar querrá comprarte o usarte de trueque. Es por eso que desde que tengo memoria he cortado mi oscuro cabello como el de un chico. También he intentado ocultar mis curvas con la vieja ropa de mi padre. Aunque no es mucho, es lo único que puedo hacer para pasar desapercibida. Y debo hacerlo para poder alimentar a mis hermanos.

Desde que mis padres murieron me convertí en el único sustento de mi familia. Así que cada día camino un largo trecho hasta el mercado donde intento comerciar con lo que sea que encuentre en el basural junto a la choza donde vivimos.

Hoy no fue un gran día para mí. Estoy volviendo a mi casa con las manos vacías y esta noche tendré que oír el coro de estómagos hambrientos de Tarren y Willa. Yo puedo soportar el hambre durante días, pero ellos son pequeños y no han comidos desde hace dos días. Y es en momentos como esos, cuando veo las afiladas costillas de mis hermanos, maldigo a mis padres por habernos tenido. ¿Era necesario condenarnos a este mundo? Haber sacrificado años de esfuerzo en cuidarnos y alimentarnos. ¿Para qué? ¿Para que luego morir y dejarnos solos?

El parto de mis hermanos mellizos le costó la vida a mi madre, su cuerpo no era lo suficientemente fuerte para cargar con tres corazones latiendo a la vez. Mi padre intentó mantenernos vivos lo mejor que pudo. Pero tuvo que ser lo suficientemente estúpido para enfrentarse a un oficial y ganarse una bala en la cabeza.

Oficiales, unos tremendos desgraciados. Se creen tan correctos con sus trajes planchados y caras limpias. Siempre andan recorriendo las calles, sin soltar sus armas listas para disparar. Se supone que deben mantener la paz entre los civiles. Pero nunca hacen nada cuando roban o golpean a alguien en plena calle. Si siquiera se les mueve un pelo cuando alguien se cae muerto de hambre a sus pies. ¿Y si nos matamos uno a otros frente a todo el mundo? Simplemente se quedan disfrutando del espectáculo que nos hemos convertido para ellos. Ah, pero si manchas de mugre sus pulcras botas o están aburridos, no dudaran en llenarte de agujeros.

La escasa luz del día se está yendo. Se me está haciendo tarde, así que decido tomar un atajo por un callejón. Al pasar junto por la callejuela rodeado a ambos lados por casuchas de chapa y lona, escucho el gruñido de un hombre y el grito de una mujer. Algo metálico sale despedido de una casucha y por poco no me golpea la cabeza. Ignoro completamente el pleito; como intento ignorar casi todo lo que me rodea: las muertes, la violencia, la desesperación en los ojos de los demás. Es la única forma que tengo para no perder la cordura.

En cuanto salgo del callejón, me topo de frente a una pared de un enorme galpón. Es una pared totalmente lisa, excepto por un gran dibujo hecho en pintura negra. Es el dibujo de una mujer con una túnica y los ojos vendados. En sus manos empuñaba una larga espada, la cual atraviesa su pecho. El dibujo es tan nítido que parece cobrar vida y casi me da pena esa pobre mujer que decidió tomar el camino fácil. Un camino que quizás yo hubiera tomado hace tiempo de no ser por mis hermanos.

Es, claramente, una de obra secretas de mi padre. Solamente a él se le hubiera ocurrido dibujar a la Justicia apuñalándose a sí misma con su propia espada. Además él era el único suficientemente valiente o terriblemente estúpido como para firmar sus grafitis con una Z. Recuerdo los tiempos en que él me llevaba a verlo dibujar. Usaba cualquier cosa, cascotes, una rama quemada, barro y si tenía suerte pintura. Tenía un gran talento pero le gustaba hacer dibujos escandalosos, esos que te hacen pensar. Y eso lo condenó.

Me quedo un momento viendo el viejo dibujo de mi padre.

¿Justicia? Eso no es más que un mito, como el romance y las risas. Mi padre me contó sobre ese mito. Me dijo que en el pasado la gente confiaba en la justicia, en que ésta hacía pagar por sus actos a las personas que rompían las leyes. Incluso me contó que había personas que estudiaban y trabajaban para hacer cumplir estas leyes. Ahora la gente no estudia ni trabaja. ¿Para qué desperdiciar ese tiempo? Si en cualquier momento alguien puede volarte los sesos por un pedazo de comida podrida. Es mejor ocupar ese tiempo intentando mantenerte con vida.

¿Pueden creer que me dijo que era el mismo gobierno el encargado de hacer justicia y cuidar de los civiles? ¡Ja! Sí, claro. El gobierno es otro mito. Pero este no es un cuento de hadas como el amor o la paz. No, es más bien como un cuento de terror; pero real.

El gobierno es tirano y corrupto. Los políticos, eso tipos que, según mi padre, deben protegernos y garantizar el bien común, no son parte de este mundo. Ellos se refugian en Edén, una isla artificial que fue construida en el Río de la Plata. Allí viven, en ese paraíso completamente amurallado y blindado; comiendo quién sabe qué delicias, jugando y celebrando fiestas todos los días, mientras los miserables nos morimos de hambre o luchando por sobrevivir.

—¡Salí de mi camino! —dice una voz profunda un segundo antes de que un muchacho choque conmigo.

Caemos sobre los escombros. Y antes de que pudiera pensar en cualquier otra cosa -como el dolor del impacto y los raspones de mis manos-, oigo el sonido de varios pasos. Y no son pasos normales. Es el sonido de varias botas con suela de metal, botas de oficiales. Rápidamente, me libero del enredo de brazos y piernas en que nos convertimos al caer. Ni siquiera me molesto en darle una mirada al muchacho, simplemente hecho a correr lejos de los oficiales.

Pero un segundo después, escucho unos pasos a mi lado.

La curiosidad puede conmigo y me doy vuelta para encontrarme con el muchacho que me había chocado. Debe tener más o menos mi edad; pero es mucho más alto y robusto que yo. De hecho, se ve fuerte y la fina camiseta que usa no hace mucho para ocultar sus marcados y bien nutridos músculos. Tiene el cabello de un color extraño, más claro de lo normal; como el color de las llamas de una fogata. Nunca había visto a alguien con ese cabello. Pero algo más me llama la atención: su brazo derecho está sangrando. Por lo que sé los oficiales podrían haberle disparado.

Intento ignorarlo y concentrarme en buscar un escondite o una salida o lo que sea. Pero es difícil cuando él parece perseguirme.

Doblo en una esquina y corro por un pasillo estrecho con el muchacho pisándome los talones. De pronto veo que es un callejón sin salida. No hay posibilidad de volver sobre mis pasos y tampoco soy lo suficientemente ágil como para saltar el muro que nos cierra el paso.

Pero, milagrosamente, veo que hay una rajadura en la pared de unos de los edificios que nos rodea; lo suficientemente grande como para que pase una persona delgada. Todo el lugar está tan destrozado que nadie se daría cuenta de esa salida.

—Por acá —digo, y, sin pensarlo, tomo al muchacho del brazo -el bueno- y lo arrastro por la fina hendidura de la pared.

El chico parece sorprendido por el tacto de mi mano -las personas ya no se tocan entre sí, a menos que sea para matarse o hacerse daño-, pero de igual manera me sigue por el hueco en la destrozada pared.

Es un estrecho pasadizo que nos lleva hasta el interior de un edificio que extrañamente no está ocupado. Sorteamos los escombros a oscuras; por alguna razón todavía tengo sujeta su mano con fuerza, pero él no se separa de mí ni dice nada. En medio de la oscuridad veo un hueco de luz y me dirijo hacia él. Es una ventana rota. Pero está demasiado alta como para llegar hasta ella.

El muchacho se desprende de mi agarre y se agacha un poco, entrelazando sus dedos.

—Subí —dice con esa voz profunda—. Te voy a hacer pie.

Asiento, algo sorprendida. Este sujeto me es de lo más extraño. Pero de igual manera, coloco un pie sobre sus manos entrelazadas y me agarro de sus hombros para tomar impulso. Con un salto, logro llegar hasta la venta.

Miro hacia afuera y me alegro al ver que no hay ninguna choza sobre la cual caer, sino que junto al edificio hay un viejo árbol; y aunque está completamente seco y muerto, se ve lo suficientemente fuerte como para sostener mi peso.

Uso mi codo para romper los pocos vidrios que quedan y así agrandar el agujero.

—¿Me echas una mano?

Me volteo y veo que el muchacho está haciendo un gran esfuerzo para poder impulsarse; parece que la herida en su brazo le impide sujetarse del borde de la ventana. Acomodo mi peso de manera que no perder el equilibrio y tomo sus manos extendidas. Con un salto más energético y mi fuerza, el muchacho logra trepar hasta la ventana. Cuando ya está a mi lado, comienzo a trepar por las ramas de aquel árbol y el chico me sigue.

En cuanto mis pies tocan la tierra, suelto un suspiro. Había escapado por los pelos de los oficiales.

El muchacho de cabello claro se vuelve hacia mí.

—Gracias —dice—. Me salvaste la vida.

No tengo ni la menor idea de lo que significa ‘gracias’ pero suena bonito en sus voz profunda y extrañamente sincera. De hecho sí le había salvado la vida. Pero lo último que quería es quedar en deuda con alguien.

—Yo no... —niego con la cabeza.

—No es mucho, pero es todo lo que tengo —dice sacando algo del bolsillo de su pantalón. Es un paquetito alargado de plástico—. Es comida— aclara dándome el paquete.

Algo desconcertada y con cautela, acepto su ofrenda. Sé que podría parecerme una trampa, pero sus oscuros ojos son tan francos que sé que su intención es sincera.

Por alguna razón que no comprendo, le devuelvo una sonrisa antes de salir corriendo.

Para cuando llego a mi casa -si es que podría decirse casa a esa choza de chapa donde vivimos- ya ha oscurecido por completo.

—¡Leah!

Tarren y Willa me reciben alegres en cuanto entro a nuestro hogar. Siempre me sorprende la capacidad que tienen para sonreír, aun cuando me ven llegar con las manos vacías. Pero esta noche comerán aunque sea una miga de la comida que me dio ese muchacho.

—Apenas conseguí esto —les advierto y saco el pequeño paquete de mi bolsillo.

—Peor es nada —dice mi hermano.

Miro un momento a Tarren; mi hermano tiene un extraño sentido del humor, pero a veces creo que es la única forma que tiene de darnos ánimos a nosotras.

Rompo el fino plástico que envuelve el misterioso alimento y descubro que se trata de una barra seca de una sustancia que no sabría reconocer, pero despide un aroma dulce que hace que los tres reprimamos un suspiro de placer. Divido la barra en dos y le entrego un pedacito a cada uno. Yo puedo aguantar uno o dos días más. Pero antes de llevarlo a la boca, Willa le quita un trocito a su pedazo y me lo da; y en sus grandes ojos grises -iguales a los míos- veo que no aceptará un no como respuesta. Tarren hace lo mismo con su porción. Así que los tres comemos un poco de esa misteriosa barra.

Un instante después, siento como si mi estómago se hubiera llenado y una extraña calidez me recorre el cuerpo. Y por las expresiones de asombro de mis hermanos, sé que ellos sintieron lo mismo. ¿Pero de qué era esa barra? ¿Cómo era posible que una porción tan pequeña de comida me haga sentir tan bien? Toda mi vida había soñado con la sensación de sentirse llena, ¿acaso lo estaba experimentando ahora mismo?

Es tanta la felicidad que me invade que no puedo evitar que una lágrima ruede por mi sucia mejilla.

Sin decir una palabra a mis hermanos, salgo de la casucha.

El mundo afuera está en completa oscuridad. Ya no existen lunas o farolas que alumbren la noche. Y en medio de tanta oscuridad. En medio de tanta muerte y dolor, me hago una promesa.

Porque estoy segura de dos cosas: Puede que le haya salvado la vida a aquel muchacho de cabello claro, pero él no es de acá, no es un miserable como yo. Y si él había encontrado la forma de llegar hasta este mundo, tendría que mostrarme cómo salir de él.

Encontraría al muchacho que, de alguna forma, me había mostrado que no todo lo que creía bueno es un mito.

May 23, 2018, 6:55 p.m. 0 Report Embed 0
The End

Meet the author

Constanza Bandeo Argentina. Pisciana. Intento de escritora. Futura profesora de Lengua y Literatura. Artesana. Bruja. Escribir, comer dulces, ver anime, leer y enamorarme de personajes ficticios son mis pasatiempos. ¿Algo más? Ravenclaw, hija de Poseidón y cazadora de Artemisa, miembro de la casa Nightray y de la Tribu Agua, superheroína de medio tiempo de Ciudad Gótica.

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