Una distopía digital Follow story

marc-barrio1525947646 Marc Barrio

Descripción Arturo Navarro es un burócrata en una metrópolis de un futuro cercano; su trabajo consiste en decidir si quienes activan las alarmas de pensamiento son una amenaza. Un día, decenas de jóvenes entran en coma por culpa de una nueva droga. No es algo que le import a Arturo, sin embargo, se verá obligado a intervenir.


Science Fiction All public.

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Soy el tío que te seca las lágrimas, el que ignoras cuando ríes. Soy el tío que te da esperanzas cuando todo está perdido, al que no necesitas cuando eres feliz.

Sigo a un sospechoso: alto, pelo negro recogido en una coleta, pantalón de vestir y polo. Se llama Alfredo, pero en las redes sociales se hace llamar Alf, como el famoso extraterrestre que salía en la tele hace 60 años.

El sol brilla tras la cúpula de polución, pero no calienta una mierda. El frio condensa la humedad del mar sobre mi piel y la contaminación me tapona hasta el último poro. Vigilé al sospechoso durante dos días sin encontrar nada extraño, hasta hoy. El tipo se ha desviado de su ruta habitual y camina por una amplia avenida, una de esas con árboles y tres carriles en cada dirección.

El sospechoso es el típico caso de riesgo: un burgués de culo gordo que consume información para tener la ilusión de estar informado. Ve las tertulias políticas de la televisión, lee el periódico a diario, está suscrito a una revista de divulgación cultural. Nada especial. Pero, a veces, algo cambia y personas normales, tu vecino, tu hijo, tu empleado, empiezan a pensar distinto, a creer que el sistema se puede cambiar, que un mundo distinto es posible; se convierten en un peligro para la democracia, para la libertad, para ti y para ellos. Entonces saltan las alarmas y acudimos a vigilar para que nada cambie.

¿Cómo lo sabemos? Lo sabemos todo de ti. Sabemos qué compras, qué vendes, dónde vas y por dónde. Qué te gusta, qué no. Qué ves en la tele, en el cine, en el ordenador, en el móvil. Qué escuchas en la radio. ¿Prefieres el rojo o el azul? ¿Carne o pescado? ¿Margarita o carbonara? Lo sabemos todo de ti. Cámaras, tarjetas, móviles. Cada vez que haces click dejas un rastro. Tu móvil tiene localizador, y tu reloj y tus zapatos. Sabemos tu ritmo cardiaco, cómo de largos son tus pasos y qué escaparates miras.

Cuando algo en ese tapiz de datos varía, cuando das una mala puntada, salta una alarma. Si un analista considera que eres una amenaza me mandan a mí para confirmarlo. Yo no elimino a nadie, sólo decido quién es un peligro y quién no. Otros se ensucian las manos.


Alf se detuvo en el semáforo y un enjambre de coches cruzó frente a él. A su espalda se congregó una multitud de peatones. Todos idénticos, pese a sus diferencias. Un ejército de maniquíes a la moda. Los aparatos electrónicos brillaban por su omnipresencia. Móviles en mano como un dedo más, smartwatches —ordenadores de tamaño y forma de un reloj— en la muñeca como grilletes e IM —Monóculos Inteligentes; que cubrían una oreja y desplegaban una pantalla traslucida frente a un ojo—. Todos estos aparatos recopilaban y proporcionaban datos. Era como tener un duendecillo en la oreja, el bolsillo o la muñeca que te decía todo lo que necesitaras o desearas saber. Un duendecillo cabrón que se chivaba de todos tus movimientos.

El semáforo peatonal se puso verde y los coches se detuvieron. Los motores de combustión rugían, los eléctricos zumbaban. Alf cruzó la calle a través de la nube de gasolina quemada y vapor de agua.


Verde. Los coches se detienen en la línea del paso de cebra y cruzamos. Tomo la delantera al sospechoso y lo dejo atrás, pero lo tengo controlado en la pantalla de mi IM. Su localización, su ritmo cardiaco, el tamaño de sus pasos. En el centro de la carretera confluyen los dos ríos de gente. Como una bandada de pájaros, nos movemos unos entre otros sin rozarnos, sin mirarnos. Las radios de los coches suenan a todo volumen. La música, las noticias, las bromas telefónicas.

—Los dos chicos que el pasado sábado quedaron en coma durante una fiesta rave siguen sin despertar. Los médicos… —dice una radio.

Sucedáneo de información.

—¿Qué famoso futbolista fue cazado el pasado verano en una playa de Ibiza con la modelo…?

Entretenidos hasta la muerte.

Cualquier cosa es buena si sirve para no estar a solas contigo mismo.

Llego al otro lado. Me detengo en una esquina. Me agacho y finjo atarme los velcros de los zapatos. El sospechoso pasa por mi lado sin mirarme. Me levanto y le observo desde la distancia. Es una ruta muy diferente a la que toma cada día. Su pulso se acelera y tuerce por una callejuela. Es extraño. Llevo mi mano derecha a los controles del IM en mi oreja. Esa callejuela es un punto negro, no hay cámaras a las que acceder, pero el GPS de su móvil me da la posición exacta. Se detiene en mitad de la calle y entra en un edificio. ¿Portal o local? Accedo a la cámara y micro de su móvil. Todo está oscuro, oigo un ruido mecánico que no logro identificar. Es un coro de maquinas. El sospechoso saca el móvil del bolsillo y veo un local amplio, hay algunas personas más e impresoras de alta capacidad. Es una copistería. El sospechoso desliza el móvil sobre el datáfono. La impresora frente a él emite el ruido mecánico e imprime. No veo el qué porque el móvil vuelve a estar en el bolsillo.

Espero.

Siete minutos después el localizador del móvil indica que el sospechoso vuelve a la calle. Su corazón está acelerado, sus pasos son alargados.

Voy a la copistería.

Es una callejuela estrecha, siempre a la sombra de los edificios centenarios. Apenas hay gente. Abro la puerta del local con la mano izquierda, pero fallo. Hace años que la perdí. En su lugar tengo un muñón remendado y un dolor constante, tan real como el que sentí cuando toneladas de acero me la aplastaron hasta dejarla como esos gatos que se ven en las cunetas. Un zurdo sin mano izquierda. Tiene gracia, pero yo no me río.

Abro la puerta con la mano derecha y entro en el local.

Es un negocio de barrio, de los que quedan pocos. Un par de ordenadores controlan cuatro impresoras. Hay un mostrador vigilado por un hombre maduro. También venden material de oficina: papel, clips, grapas, grapadoras, bolígrafos, sobres, tarjetas de navidad. Podría ser un museo.

Accedo a uno de los ordenadores. Localizar las últimas impresiones me lleva unos minutos. Hay mil quinientas copias a la misma hora en que el sospechoso pagó. Ordeno una copia más. Paso el móvil por el datáfono y la impresora expulsa un panfleto. Lo leo. Es propaganda de un partido político que “ellos” han calificado como “antisistema”, “reaccionario”, “terrorista”. Arrugo el papel y lo tiro al suelo.

El papel es un agravante. El papel no se conecta a internet, no se localiza con escáneres ni salta en arcos magnéticos. Se esconde con facilidad y puede destruirse enseguida. El papel es peligroso.

Saco el móvil, abro el expediente de Alfredo, Alf, como el extraterrestre, y lo marco como peligroso. Mi trabajo termina aquí. Lo que le pasará a Alf es por nuestro bien.

Salgo de la copistería y mi móvil vibra en el bolsillo, y vuelve a vibrar. Es una llamada. Nadie me llama nunca. Nadie llama ya a nadie. Saco el aparato y compruebo el número, es Irene. El móvil vibra. Soy el tío al que llamas cuando te abandona tu pareja, al que olvidas cuando encuentras otra persona. El móvil vibra y es mi exmujer. Respondo.

May 10, 2018, 1:26 p.m. 0 Report Embed 0
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