Trono de cuervos Follow story

aryzabel Ary Zabel

Las historias hablaban de él. Contaban leyendas del elegido que, cuando apareciera, llevaría de vuelta a los verdaderos reyes y daría bienestar y prosperidad al pueblo, pero cuando la oscuridad es dueña del trono, las fuerzas merman y el camino se desvía hacia la oscuridad perenne. Esta es la historia de Gognam, el elegido.


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#fantasía #Trono #cuervos #Medievo
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Trono de cuervos

Clavó la espada en su torso sin cavilaciones ni remordimientos; no sería la primera vez que terminaba con un hombre de esa forma. Observó la sangre correr por el suelo debajo del muerto sin ningún sentimiento que pudiera entretenerlo. En cambio, cansado de la ardua batalla que por horas había tenido, decidió descansar un momento. Se arrodilló y dejó caer al lado del cadáver, tomó asiento y reposó por unos instantes en que su cuerpo ardiente empezaba a enfriarse. Su alrededor no era más que una carnicería donde no quedaba vestigio de los suyos ni los de ellos, era un mar de sangre que había teñido la tierra negra donde descansaba.

Aun cuando sus sentidos se encontraban alerta, él deseaba cerrar los ojos finalmente. Después de todo, él solo era un rumor que se había esparcido por los valles y los bosques, que había traspasado la cordillera de montañas y se había esfumado de la misma forma en que había llegado. El elegido, la leyenda, el rey de reyes, el desencantador, el que viene de la tierra, el de los pueblos bajos; ya no escucharía más tales títulos de quienes alguna vez lo habían profesado, todos y cada uno de ellos los había enterrado y, si alguno quedaba, los había visto morir ese día.

Cuando creyó que era hora de continuar, afincó su peso en la espada tras de sí y de un solo tirón la sacó del muerto. Limpió el metal con un pedazo de tela que arrancó del hombre al que la muerte le parecía demasiado reciente y envainó una vez terminado. Con espada en mano comenzó un arduo camino con lentitud. Arrastraba los pies, su cuerpo resentía los días de luchas donde las voces exclamaban por ayuda pero solo los cuervos respondían. Alguna vez creyó que podría sentarse en el trono de esas aves: El trono de cuervos, pero eso había sido hace mucho tiempo y, al contrario, ahora solo es un alma que divaga por el mundo de los vivos ocultando su rostro cicatrizado por las batallas perdidas.

Gognam era un nombre que no volvió a escuchar en mucho tiempo aun cuando era el suyo. Señor, así lo llamaban quienes ahora se abrían paso como esqueletos mancillados carcomidos por las aves de rapiña que empezaban a detenerse sobre aquel campo; mientras él caminaba, las veía arrancar la carne muerta de sus poseedores: seres que ya no iban a reclamar. Le encantó la idea. Ser parte de aquel mar de cadáveres sería una buena forma de morir, lo intentó, eso es seguro y murió en la última batalla contra los avasalladores. Cayó de bruces sintiendo la pestilente tierra aferrarse a su degastado espíritu y, en ese corto tiempo, ansió morir con los cuervos rodeándole, cantando su nombre con aquel ruido horrible que parecía el canto de un hombre siendo desmembrado.

Cerró los ojos y esperó hasta quedarse dormido.

—Es hora de que despiertes —gruñó la anciana. No lo veía, mucho menos esperaba una respuesta, pero sabía que él se encontraba consciente.

—Ababanta, me has traído a la vida —dijo con molestia.

—Solo curé tus heridas; no eran de muerte, vivirías de todas formas —dijo acercándose a él con un líquido espero que rellenaba el cuenco verde en su mano—. Hasta el fondo. Tu camino aún no termina, está más allá del camino que has recorrido. —Miró al hombre con tranquilidad, aguardó a que terminara el brebaje.

—No está más allá, está aquí y moriré por seguir falsas profecías.

—El camino del elegido es arduo…

El comentario hizo que mirara a otro lado.

—Es cuesta arriba, y trae dolor y tragedias consigo.

—Es blasfemia.

Ababanta lo miró sin odio y cacheteó su rostro. Más que propiciar dolor, deseaba que volviera a ser el hombre que había visto la primera vez que llegó a su tienda: jovial, enérgico… Valiente.

—Lo veo en tus ojos todavía. Todo lo que vi cuando te conocí, sigue ahí —dijo observándolo—. Aquel jovenzuelo que había encontrado mil maneras de escapar y mil maneras de enfrentarse al terror están frente a mí. Oculto, sí, tras esa capa de miseria que te ha servido como un cascarón, el resto está ahí dentro.

—¿Quieres que me ponga de pie y exclame lleno de valor solo porque crees en un pedazo de carne maloliente? No —dijo y negó con la cabeza al mismo tiempo.

Ella sonrió suspirando, temía que esa fuera su respuesta. Él seguía enterrando a sus aliados con cada paso que daba, y volvía a enterrar a otros cuando lo veían y reconocían. Exclamaban seguirlo hasta donde el camino les llevara, naturalmente, terminaban en campos de batallas como el que había visto cuando lo encontró. Hacía tiempo que Ababanta caminaba por la tierra guiada por las estrellas, esperando por aquel brillo espectacular que detonaría el día selecto: hacía mucho tiempo atrás que temió nunca encontrarlo.

—Ababanta ¿Somos los únicos? —preguntó aun cuando conocía la respuesta.

Ella asintió.

—Hace años que no veo un guerrero cruzar mi camino, ni un cazador o mercenario, solo cadáveres y los vestigios de personas al que el estómago les dejó sin carne: solo huesos ambulantes.

—Déjame morir, de una vez. No hay historias para mí, no hay ninguna clase de continuación —exclamó convencido, dolido al punto en que sus palabras se quebraban y ardían en el cuerpo de la anciana.

—No soy yo quién lo decide, Gognam, el conquistador de reinos. Son ellos; el destino o lo que sea que estés escribiendo en este momento. Yo solo te ayudo a resistir —comentó con tono conciliador.

Ababanta había visto lo bueno y lo malo de Gognam, así como él, se había visto en el cielo y caer hasta el pantano donde su corazón se ennegrecía como las cenizas de la fogata que empezaba a apagarse. Pronto el sol saldría, pero sería un astro que sus ojos no verían. Las nubes habían cubierto aquel cielo desde hacía mucho tiempo. Había olvidado cuales eran los colores del paisaje delante de él.

Salió de la tienda con la vista fija en su horizonte. No había nada que ver, ni un camino que seguir. Aquella parte del bosque había perecido con los años y no dudaba que otras partes estarían igual.

—Dile a tus astros que seguiré caminando sin un rumbo, Ababanta, hasta que suceda lo primero: mi muerte cual vagabundo soy o como el último de los hombres que enfrentaron de Escarte, rey de las tierras negras.

—Ansío con todo mi ser que tu muerte llegue cuando nuestras tierras sean liberadas —contestó convencida.

—Aun temerosa del futuro tienes fe en un simple pasajero de esta vida. No creo merecerte como no creo haber merecido a mis hombres —murmuró adolorido—. Quizás quien sea merecedor de ustedes aún no haya nacido.

El golpeteo incesante al suelo lo detuvo de emprender su camino, sentía la tierra vibrar. Hubiera deseado que se tratara de una sola persona, pero era toda una tropa. Diez, veinte, cincuenta… había perdido la capacidad de distinguir el galope de los caballos, él solo aguardaba por ellos cuando los escuchaba venir. Se alejó de Ababanta a quien con una seña le pidió silencio y que se escondiera. Caminó varios metros y con espada en manos se posicionó esperando por ellos.

El sonido de los caballos relinchar, la tierra moviéndose debajo de él y el grito desesperado de algún chiquillo que suplicaba clemencia con su aguda voz lo sentía tan cerca como si ya estuvieran respirando frente a él. Cuando vio el animal azabache con armadura sobre el que cabalgaba “Ojos de hierro”, entendió que no sería una lucha fácil y que, quizás, el día que había estado esperando llegaba con aquel hombre de rostro cuadrado y expresión fuerte e intimidante. El caballo se detuvo a la orden del hombre y el resto —al menos diez— lo hizo al levantar su mano.

—La oportunidad que nos regala el Señor es una bendición —dijo arrastrando las palabras en su voz grave.

—Deberé considerar este día el día de juicio —comentó.

El respingo que dio Farice advirtió al resto de sus hombres, aunque no tanto para estar alerta; a la altura en que se encontraban dentro de los valles, encontrarse con dos personas era igual a encontrar un par de cadáveres. Farice bajó de su caballo y entregó a uno de los suyos las cuerdas. Gognam aún mantenía la espada desenvainada, estaba alerta.

Miro al chico privado de voz, aterrado al punto de ver como sus ojos salían de sus cuencas y el horror se mostraba en su rostro marmóreo. No era un chico noble, era un simple niño pobre al que la suerte le sonrió con una estrella negra llamada Farice “Ojos de hierro”.

—Ahora gustas de los niños ¿Ya acabaste con el resto del pueblo?

Farice se encogió de hombros.

—No me importaría hacerme cargo del niño. A ti, por otra parte, no debiera importarte. Tu eres una sombra Gognam “como sea que te llamaran”. Solo eres un costal de huesos que no sé cómo se ha mantenido y no dudo de la brujería, pero esos brebajes no te mantendrán de pie por mucho tiempo —dijo restándole importancia con burla y sorna—. Déjame hacer un pequeño trato contigo: retírate y no haremos nada. Siempre me has fascinado, no quisiera matarte en este estado, no es de caballeros —Añadió riendo.

—No.

Gognam se movió hacia el chico y jaló de su camisa empujándolo detrás de él. Ababanta hizo que se levantara y él, asustado como estaba, no le importaba quien fuera aquella anciana con tal de estar tan lejos de Farice como fuera posible. No hubo señales, el viento sopló y en un instante aquellos dos entraron en una batalla donde el choque de las espadas resonaba cansino y apresurado al mismo tiempo. El arco hecho por la espada de Farice para deslizar la espada fuera de las manos de Gognam era apresurado, en cambio el otro dio varios pasos atrás. Cansado, con su cuerpo desgastado y herido, poco podía hacer por mantenerse de pie. Sin embargo, no perdía de vista a Farice. Lo llevaba clavado entre ceja y ceja cuando su espada resonó al chocar con la de su oponente. Tanta fuerza había usado que escuchó el momento en que la filosa arma corto la tela y sintió el peso de haber tocado la carne.

No había sido suficiente.

Farice era un hombre de pocas luces pero físico excelente. Se movía como serpiente guiada por el calor de su enemigo y como cualquier carnívoro, el aroma a sangre le entretenía.

No pararía hasta ver el cuerpo desangrado de Gognam bajo la estela de su espada. Gognam observó a Ababanta sostener al chico el cual se aferraba a ella como la cría de un oso. No le hizo falta decir algo, ella entendía qué significaba esa mirada. Miró a la criatura pasmada que no dejaba de temblar y tomó de la mandibula, hizo que le mirase por el tiempo necesario hasta que se calmó.

—Debemos irnos, hijo mío —murmuró.

—No tengo familia —contestó él.

—No importa, algunas personas no somos de “los que tienen familia”. ¡Vamos! Aprovechemos la ventaja que nos dio, Gognam. —Lo apresuró.

Corrieron tras la tienda, bordeando los árboles muertos y ocultándose en cuanta roca sirviese para hacer tiempo y llegar al tramo oscuro de aquel campo muerto. En el fondo, Ababanta lo sentía, una pequeña llama que se extinguiría en cualquier momento. Y no dudaba de que fuera la estrella de Gognam encontrando el camino a los cielos. Odiaba creerlo, después de todo era su elegido: el que estaba dispuesto para acabar con la agonía del pueblo.

Cuando la espada de Farice se deslizó y sus manos se clavaron en el pecho de Gognam buscando su corazón, el dolor fue tan profundo como para sentir sus latidos descender. La sonrisa malévola cual vencedor era algo que detestaba, pero había perdido toda su fuerza en una pelea que sabía bien que no iba a ganar. Aun así, hizo lo propio para darle el tiempo que fuera necesario a la anciana, aunque sus pasos sean seguidos por el resto de la caballería. Ababanta no era una vieja cualquiera, saber eso le daba seguridad.

La última estocada que Gognam pudo dar fue un golpe directo al rostro de Farice. Eso no lo derribó, ni siquiera hizo que resistiera de seguir, pero él lo sentía suficiente para dejar de seguir. Un derechazo a la mandíbula de Farice y correr hacía él, aún con lo cerca que estaba ya, empujó a su oponente al suelo. Sacó la espada de su cuerpo con el creciente dolor de sentir la espada remover cada órgano y lo clavó en el cuello del hombre bajo él después de forcejear.

Gognam estaba cansado, famélico, y desangrado. Intentar caminar había sido un error del que se reía con júbilo. Observó el infinito cielo arriba de él, donde las oscuras nubes empezaban a dar paso a un cielo apenas azul y una estrella radiante se mostraba. No entendía cómo podía verla, ni como el cielo podía esclarecer de pronto. No tenía sentido hasta que, al final, lo supo: su camino había llegado al final.

Después de todo, él no era el héroe que su pueblo necesitó. Solo un hombre, un medio, un errante.

Ababanta sintió un fuerte dolor en su pecho que removió cada parte de sí, tanto, que las lágrimas nacían en sus ojos con el mismo sufrimiento. El pequeño a su lado la observó sorprendido y nervioso a la vez.

—¿Abuela?

Fijó su mirada en él; habían logrado escapar a duras penas. Una vieja tenía un hogar donde ella lo imaginara, así fuera bajo el manto de los árboles o las nubes de polvo y desolación.

—¿Qué sucede? —preguntó él.

—No es nada —dijo luego de negar con la cabeza—. Solo estoy conmocionada; había creído que un errante era lo que buscábamos y la verdad es que el camino del elegido aún no se había creado.

Acarició el rostro del chico notando la marca en su cuello. La misma marca que Gognam portó con tantos años hasta que dejó de creer en sí.

—¿Soy el elegido? —inquirió.

—Eres quien tienes que ser —murmuró.

Él asintió poco convencido, pero presintiendo que si lo creía ella dejaría de llorar. Había encontrado una persona dispuesta a acompañarlo luego de que sus padres murieran sobre una cama de paja por sus enfermedades.

—Abuela, yo soy el elegido.



Fin.

May 7, 2018, 3:20 a.m. 4 Report Embed 3
The End

Meet the author

Ary Zabel De edad indeterminada, viajera de mundos. Hago de todo un poco y luego, si me aburro, se queda ahí.

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Dama de Hierro Dama de Hierro
(ノ^_^)ノ
July 16, 2019, 1:31 p.m.
Dama de Hierro Dama de Hierro
(ノ^_^)ノ
July 16, 2019, 1:31 p.m.
Elly Elly
Realmente lo disfruté. :) Tu estilo de escritura sobre todo.
April 15, 2019, 7:07 p.m.

  • Ary Zabel Ary Zabel
    Gracias por leer. Me alegra saber que te gustó. Saludos :) April 16, 2019, 6:26 a.m.
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