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Antonio Quiros


Un embrujo fallido en los principios del siglo XIV hace que un caballero templario acabe en los principios del siglo XXI. El caballero encuentra ciertamente extravagantes las costumbres de la época. Y se atreve a comparar esas costumbres con las de los tiempos de donde viene. Y ciertamente, en muchos casos, las costumbres actuales no salen victoriosas en comparación con las de la época de la que viene el templario.


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EL VIAJE


Las voces eran ya perceptibles a unos cientos de metros de distancia. Don Nuño Manrique clavó las espuelas a su caballo para que este pudiera vencer la fatiga de las leguas que llevaba ya recorridas e incrementara, en la medida de sus posibilidades, el ritmo de galope. Las penumbras de la noche parecían acentuarse en esa fría madrugada y las sombras de los árboles semejaban vigilantes aliados de los perseguidores. No podían faltar más de 5 leguas para llegar a Jerez de los Caballeros; si su caballo y los de sus compañeros de la Orden eran capaces de incrementar ligeramente el ritmo, llegarían a la fortaleza de esta ciudad y allí se podrían hacerse fuertes antes los caballeros de la orden de Santiago que, junto a unos cien soldados reales, pretendían hacerles pasar por las armas.

No corrían buenos tiempos para los caballeros de la Orden del Temple. Desde que el Papa Clemente V hubiera dado la bula de disolución de la Orden, el Gran Maestre Jacobo de Molay llevara ya seis años en prisión y al borde de la extenuación; y, sobre todo, que la gran mayoría de los bienes de la Orden pasaran a manos de otras órdenes militares mucho más de su agrado y que supieron ganarse sus favores. Los beneficiarios de los bienes, amplios y apetecibles que la Orden tenía en la zona de Extremadura y en la parte portuguesa, eran los caballeros de la Orden de Santiago; en la mayoría de los casos, fundamentalmente entre los muy corruptos caballeros que dirigían la Orden, se trataba de antiguos templarios que, por una u otra causa, puede que en la mayoría de los casos esa causa no se pudiera confesar, habían abandonado la Orden y ahora tan solo querían su mal.

En cualquier caso, Don Nuño tenía miedo; sentía que un escalofrío le recorría con una extrema violencia todo su cuerpo. Y en ello nada tenía que ver la temperatura de la noche de ese febrero del año de gracia de 1.312 que era bastante fría. No era eso; mucho más tenía que ver el sentimiento de que sus últimos momentos se estaban acercando con la velocidad con que sentían que las voces de sus perseguidores les iban atajando camino poco a poco.

"¿Y una vez en la fortaleza, qué? ¿Cuánto podremos aguantar? Se preguntaba el caballero, mientras clavaban, cada vez con más insistencia, las espuelas en los lomos de su caballo. Por su mente pasaban de forma fugaz los tres años defendiendo el Santo Sepulcro en Jerusalén. No menos de veinte veces, durante su participación en la VIII Cruzada, hubo de luchar cuerpo a cuerpo con fieros guerreros infieles, saliendo herido en dos de ellas. O posteriormente, la de defensa de San Juan de Acre y otras ciudades de la zona como Trípoli y Wadir.

Nunca, en ninguna de estas ocasiones, Don Nuño había tenido tan intensa sensación de miedo como tenía en esta ocasión. Quizá porque tenía claro que no había ninguna posibilidad de defensa; la Ley, en este caso los soldados del Rey, acaso sin saberlo él, están de parte de nuestros enemigos. Y la avaricia, la más fuerte de las motivaciones, guiaba a los caballeros de la Orden de Santiago que no iban a dudar en descargar sus espadas sobre los cuellos de los caballeros Templarios.

Las voces parecían estar cada vez más cercanas y se estaban acercando a Jerez en esa desenfrenada carrera que habían comenzado en Fregenal de la Sierra, teniendo, al comenzarla, apenas tiempo para coger sus caballos y ninguna otra pertenencia que pudiera serle de ayuda.

Una vez alcanzaron la entrada de Jerez, parecía como si la noche hubiera ahuyentado a toda persona humana de la ciudad. Una idea empezó a rondar por la cabeza de Don Nuño mientras galopaban por las calles oscuras y desiertas. No la puso en práctica porque sabía muy bien donde estaba en ese momento, no terminaba de reconocer la zona por la que iban pasando.

"Posada del Caminante"; este si era un sitio que Don Nuño reconocía. De repente, hizo girar a su caballo por una bocacalle que se abría a su izquierda, mientras sus compañeros siguieron a todo galope en línea recta. Una vez dejó de escuchar los cascos de los caballos y el silencio se apoderó de todo su alrededor, frenó a su caballo y trató de orientarse con precisión.

Ya lo tenía claro, tres calles más arriba debería girar a la derecha; allí encontraría la casa de un viejo conocido, el sabio Ben Achid, un viejo alquimista que había servido de maestro en esas artes para muchos caballeros del Temple y que, por ello, había salvado de perecer en la hoguera por la protección de estos. Y en esto Don Nuño había tenido mucho que ver; pues en más de dos ocasiones se había visto obligado a desenfundar su espada ante los soldados del Rey que pretendían prenderlo para ser juzgado por la práctica de brujería y artes nigrománticas.

El fuerte sonido de su manopla contra la puerta, hizo que del interior de la casa vinieran rumores de portones que se abrían en el interior y de pasos indecisos que finalmente se encaminaron hasta la entrada principal.

"¿Quién va?"

"¡Abridme, presto! Soy el caballero Templario Don Nuño Manrique. Quiero hablar con toda urgencia con el sabio Ben Achid. Es un asunto de extrema urgencia."

" Pero estas no son horas para la gente decente, Don Nuño."

" Rápido, se trata de un asunto en el que nos va la vida. Y no es un asunto que admita espera."

La mujer que hasta ese instante había sido su interlocutor se retiró al interior de la casa. Al cabo de unos instantes regresó y, sin mediar ninguna otra palabra, franqueó la entrada e indicó con un leve gesto de la cabeza que se dirigiera a la derecha. Don Nuño siguió esta indicación y, sin ningún otro protocolo, entró en la habitación que anteriormente le había señalado la mujer.

"¿Qué queréis, Don Nuño?"

Un hombre muy mayor, pero que daba la impresión de estar sorprendentemente ágil para la edad que representaba, con pelo y barba de un blanco inmaculado era el que hablaba al caballero.

"¡Venerable Ben Achid, me tenéis que ayudar! Estoy en peligro de muerte. Los caballeros de la Orden de Santiago nos persiguen con intención de pasarnos por las armas. Los soldados del Rey los ayudan. Solo confío en vuestras artes y sabiduría para poder escapar de este trance."

" Y sin duda queréis que los caballeros de la Orden de Santiago tomen represalias contra mí y los míos y nos pasen por las armas. Ya sabéis que por mi origen y religión no soy muy bien visto por esos falsos defensores de la Verdad Divina."

" Nunca lo van a saber, ellos no conocen de vuestra colaboración con El Temple. Además, quiero que me mandéis muy lejos de aquí, para no volver nunca más. Sé que lo habéis hecho en alguna otra ocasión. Utilizad vuestros poderes y mandarme a Tierra Santa. Quiero quedarme allí por todo lo que Dios me quiera conservar la vida; quiero unirme a los caballeros que pretenden reconquistar el Santo Sepulcro, que es para lo que los caballeros del Temple nos hemos juramentado. Allí voy a estar seguro, bajo su santa protección."

"¿Pero como queréis que lo haga?"

"¡Utilizad vuestros poderes, hacedme llegar allí en un viaje intemporal!"

"¡Estáis loco! Es verdad que lo he intentado. Pero se trata de experimentos que nunca han dado resultado del todo. Además, se necesita de una preparación ritual para la que no tenemos tiempo. ¡Es imposible!"

"Si, es posible. ¿Veis el filo de esta espada? Pues ella y no las de los soldados del Rey la que hará a vuestro cuello probar si se encuentra bien afilada."

El viejo duda unos instantes. Mira fijamente los ojos de Don Nuño; puede ver con claridad el miedo que inunda las pupilas de caballero. Instantáneamente, ese mismo sentimiento de miedo que traía Don Nuño, le recorre todo su cuerpo en una especie de fogonazo repentino.

"Bien, esperad aquí."

El viejo salió de la habitación y durante una media hora Don Nuño quedó solo en la sala. En el silencio de la noche, el caballero apenas pudo percibir un murmullo que, sin duda, identificó con las refriegas que algunos de sus compañeros del Temple estaban teniendo con los caballeros de la Orden de Santiago y los soldados del Rey. Apenas veinte hombres contra más de doscientos; no sería difícil adivinar cual sería el resultado final de tan desigual lucha.

El viejo volvió sujetando cuatro o cinco botellas, le acompañaba un criado que, aunque no tenía ropas de musulmán, su rostro denotaba bien a las claras pertenecer a esa raza. El criado portaba varios calderos y raros instrumentos que Don Nuño no acertó a identificar. El caballero contempló con perplejidad durante más de una hora todo el montaje de los aparatos y el ritual que de una forma concienzuda inició el alquimista una vez hubo mezclado los líquidos que contenían las botellas que portaba a su llegada a la habitación.

"Bien, Don Nuño, esto ya casi está. Iros desnudando"

El caballero lo miró confuso. En realidad, no hizo ningún movimiento que denotara intención de cumplir la orden que le había dado el alquimista. Este se movía con frenesí por toda la habitación y apenas había reparado en que el caballero no había cumplido sus indicaciones.

" Don Nuño, es necesario que os purifiquemos primero. Para eso es indispensable que os limpiemos con estos líquidos, son aguas de rosas; además os protegerán en el viaje. Después, para seguir con el experimento, necesitamos embadurnaros todo el cuerpo con unos compuestos determinados. Una vez que lo hayamos hecho os podréis vestir de nuevo".

El caballero no opuso ninguna resistencia; lentamente se quitó las ropas que ceñían su cuerpo en esos momentos. Una vez se encontró completamente despojado de estas, dos criados de Ben Achid lo rociaron con el agua olorosa de un color ligeramente azulado. Cuando su cuerpo fue rociado por completo, los criados procedieron a secar el líquido de una forma suave, sin que el olor se desprendiera del cuerpo del caballero. Apenas pasados diez minutos, fue el propio alquimista el que comenzó a rociar el cuerpo del caballero con líquidos que contenían dos cántaros que habían acercado los criados. Mientras lo hacía, Ben Achid rezaba unos salmos en árabe que Don Nuño no alcanzaba a entender, a pesar de tener buenos conocimientos de esta lengua.

"Ya hemos terminado Don Nuño; ahora tardaremos una hora en realizar el experimento. Podéis rezar mientras tanto; es necesario que os pongáis a bien con Dios."

El caballero se vistió lentamente, como le había dicho el alquimista no había prisa. Después, Don Nuño tuvo mucho tiempo para meditar. De repente le entró miedo; hasta ese momento lo había visto claro. Para escapar de su destino solo veía esta solución. Ahora le entraban todas las dudas; quizá hubiera sido más sensato dirigirse a la Parroquia y pedir confesión al cura de Jerez. Habría muerto, sin duda; pero de una forma cristiana y en paz con Dios. ¿Ahora, que le pasaría? ¿Cuál sería su destino?

Le parecía increible, él que había entrado en tantas ocasiones en combate. Le temblaban las piernas, sus ya débiles piernas que soportaban unos extensos sesenta y dos años, muchos de los cuales los había pasado bien enfrentándose, bien pactando con el moro. En ambos casos era consciente de la refinada crueldad de unas gentes tan inteligentes como vengativas.

Cuando estaba ensimismado en lo más profundo de su pensamiento, el alquimista entró en la habitación conduciendo a sus criados que portaban un extrao aparato metálico con la forma y el tamaño de una tinaja. Colocaron en el suelo un soporte también metálico de unos cuarenta centímetros de altura y encima situaron el extraño artefacto. Debajo, colocados en la parte que dejaba libre el soporte, colocaron bastantes troncos de madera.

"Don Nuño, debéis introduciros en el interior del artilugio. Vamos a cerrar herméticamente. Vais a pasar unos cinco minutos en los que tendréis mucho calor; pero después perderéis prácticamente todo vuestro sentido del tiempo y del espacio. Solo tendréis conciencia de que existís, pero nada más. No vais a ser consciente de cuanto tiempo pasáis en el interior de este artilugio."

Antes de iniciar la ascensión al artilugio, como lo denominaba el alquimista, este abrazó a Don Nuño y le susurró unas palabras apenas perceptibles por el caballero.

"¡Alá quiera que todo salga bien!"

Don Nuño sintió como la compuerta del artefacto se cerraba. Apenas oía a Ben Achid y sus criados, por lo que debía estar herméticamente cerrado. Apenas se podía mover y la sensación de calor de la que le había hablado el alquimista la sintió prácticamente desde que entró; pero llegó un momento en que, efectivamente, el calor se tornaba inaguantable. La sensación de que iba a desvanecerse le invadió de una forma profunda. Don Nuño ayudó a que el desvanecimiento viniera con presteza, era la única solución para liberarse de ese calor que realmente era inaguantable.

Tal y como le habían avisado, de repente perdió toda sensación de temporalidad, de estar encerrado dentro de un cuerpo. Solo la sensación de ser algo, de sentir su mente le hacían mantenerse despierto. Fue un instante; o quizá horas y horas. Nunca llegó a ser consciente del tiempo que pasó, apenas unos segundos o horas; pero, de repente, una gran explosión que debería haberle quemado, pero que solamente fue perceptible para sus ojos, ni siquiera para sus oídos, dejó paso a un espacio libre.

Ya estaba en otro lugar, donde quiera que fuera. El artefacto había desaparecido, se encontraba liberado y pisando tierra firme. Y al lado del mar. El suave batir de las olas contra la costa le servía de sedante. Seguramente había recorrido muchas leguas; pero Don Nuño solo tenía conciencia de que habían transcurrido no más de diez o doce segundos y de que se encontraba en el mismo lugar.

Oct. 27, 2023, 6:45 p.m. 0 Report Embed Follow story
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