criandomalvas Tinta Roja

No dejes que las arenas del tiempo te sepulten en el olvido.


Paranormal All public.

#eldilemadelviajerodeltiempo
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Las arenas del tiempo.

Año 1959.


—¡Está muy cerca, por lo que más quieras, ayúdame!

—¡No puedo, de veras que no puedo, está atrapado y no sale!

El chico de pelo castaño estiraba de su amigo sin conseguir liberar el pie que había quedado aprisionado entre el cambio de rail de la vía.

—¡Me va a arrollar, por favor, no me dejes!

El otro muchacho, ambos de doce años, dejó de tirar y se alejó en busca de algo que pudiera servir de ayuda.

Aun siendo invierno, de tan asustado como estaba sudaba copiosamente, tanto, que se le empañaron los gruesos cristales de sus gafas. Sin ellas no veía “tres en un burro”, fue el pitido agudo de la locomotora de gasoil el que le advirtió de que el tren se aproximaba peligrosamente.

La vía se perdía en una recta que parecía infinita, en un paraje llano y sin vegetación era muy probable que el maquinista los hubiera visto y a esa esperanza se aferraba mientras limpiaba de vaho sus anteojos.

—¡Stephen! ¿Qué estás haciendo? ¡No me abandones! ¡Dios mío, voy a morir!

Recuperada la visión por completo, pudo divisar el tren a lo lejos, no aminoraba la marcha, cuando reparase en la presencia de los dos adolescentes posiblemente sería demasiado tarde para frenar.

La palanca del cambio de rail estaba demasiado lejos, no tenía ni idea si el variar la ruta del tren no acarrearía consecuencias aún más nefastas. El tiempo se acababa, volvió a toda prisa junto a su amigo e intentó librarlo de nuevo con los mismos nulos resultados.

Tenía la parte exterior del empeine aprisionada entre los dos raíles, apenas cuatro dedos lo sujetaban a un final trágico.

Un nuevo pitido, en esta ocasión mucho más prolongado. El chirrido de las ruedas de metal friccionando contra los raíles daba cuenta de que el maquinista por fin los había descubierto. Por desgracia, era demasiado tarde, el tren no se detendría a tiempo.

—Lo siento Michael. — Sentenció mientras las lágrimas recorrían abundantes sus mejillas.

—¡No me dejes, por Dios, no me dejes!

No se le ocurrió ninguna otra opción, Stephen, que así se llamaba el otro jovenzuelo, agarró la piedra más gruesa que encontró entre las traviesas, miró de reojo a la locomotora, el peligro de que también lo arrollase a él era muy real, no se demoró ni un instante.

—¡Dios mío! ¿Qué vas a hacer?

Michael gritó lo mismo que si lo sometieran a los peores tormentos del infierno mientras Stephen le destrozaba el pie. Escuchaba, pese al estruendo del tren que ya estaba muy próximo, como se rompían sus huesos y casi pierde el conocimiento debido al dolor.

La locomotora los sobrepasó apenas unos pocos segundos después de que Stephen salvara con un último tirón desesperado a su amigo.



14 años más tarde.


Era una máquina de hacer dinero, después del impresionante éxito de su primera novela, las editoriales se lo disputaron con ofertas millonarias. La repercusión de su segundo trabajo lo consolidó definitivamente dentro del panorama literario como el mejor escritor de terror contemporáneo.

Sin embargo, el éxito no alteró su personalidad distante. Poco amigo de las veleidades que suele acarrear la fama, seguía siendo una persona huraña y poco sociable con gustos nada ostentosos.

Por si alguien tenía dudas sobre su personalidad esquiva, solo había de informarse de en dónde se ocultaba del mundo el autor, una cabaña apartada de cualquier núcleo habitado en kilómetros a la redonda.

Apenas se dejaba ver en sociedad, salvo para algunas firmas de sus trabajos ideadas por la editorial con la indisimulada intención de someterlo a unos pases de prensa de los que nadie lo había informado.

No cayó una tercera vez en la misma encerrona, muy disgustado con sus editores por haberlo expuesto a lo mediático sin su consentimiento, sus apariciones se hicieron aún más esporádicas.



Llamaron al timbre de la entrada, después de más de media hora de espera, por fin la pizza que le serviría de cena había llegado.

Se acercó a la puerta cojeando, apoyándose en su inseparable bastón. Con todo el dinero que había ganado se pudo costear varias operaciones con las que recuperó un poco de movilidad, pero seguía necesitando de una cantidad ingente de pastillas al día para mitigar el dolor de su pie destrozado.

Al abrir la puerta se encontró con un joven de expresión un tanto bobalicona que lo miraba como si estuviera viendo un fantasma. El uniforme de pizzero y las gafas gruesas de pasta reafirmaron su impresión de estar frente a un cretino.

Casi tuvo que arrancarle la pizza de las manos, el tipo parecía hipnotizado, obnubilado como un ratón sujeto al hechizo de los sinuosos movimientos de la serpiente.

Junto al pago le deslizó una cuantiosa propina en la certidumbre de que el soborno ayudaría a perderlo de vista.

No surgió efecto, el miope, con sus gafas gruesas y toda su fornida constitución, seguía sujeto al piso de la entrada.

—¿A qué demonios esperas? ¿Te parecen pocos 20 dólares de propina? Piérdete.

—Michael Gallagher, ¿de verdad eres tú? — Balbuceó el repartidor antes de dar tiempo a que le cerraran la puerta en las narices.

—El mismo que viste y calza. Te firmaré la caja de la pizza si después me prometes que dejarás de incordiar.

—¿No te acuerdas de mí?

Michael lo miró con desgana, de pronto consiguió situar a aquellos rasgos medio simiescos en un tiempo lejano.

—¡Stephen, por todos los santos, que pequeño es el mundo!


Media hora más tarde, sentados el uno frente al otro en unos confortables butacones, ambos compartían el recuerdo de sus vivencias pasadas. La conversación discurría con una placidez rehogada en whisky añejo. Sorbo a sorbo, Michael ya sumaba su quinto vaso, por su parte, Stephen apenas se había mojado los labios con un sorbo de su primer trago.

—Siento haberte tratado de forma injusta. — Comenzó a sincerarse Michael con los primeros síntomas de embriaguez. —Era un crío, el punto de vista de un crío es muy egoísta y no fui capaz de entender lo que hiciste. Te acusaba de haberme destrozado el pie, de haber acabado son mis aspiraciones deportivas, de haberme convertido en un maldito tullido inútil. — Se levantó para acercarse renqueando hasta el mueble bar, trajo consigo la botella, de ese modo se ahorraría muchos viajes. Escanció el licor hasta rebosar por el borde del vaso empapando la mesa.

—No te preocupes. — Stephen se apresuró a alcanzar un rollo de papel de cocina con el que arreglar el desaguisado. —Eso es agua pasada, ya no se puede volver atrás para arreglarlo. La vida a seguido su curso y a ti no te ha ido tan mal. Eres rico y famoso. Nunca hubiera imaginado, cuando éramos niños, que acabarías siendo escritor. Siempre hablabas de deportes, pero nunca te vi leer un libro.

Michael apuró de un trago su vaso, su acompañante pudo apreciar un gesto de disgusto, pero lo achacó al efecto del licor quemando el esófago de su contertulio.

—No me gusta hablar de mi trabajo. — Volvió a llenar su vaso. —Créeme, esto de la fama puede llegar a ser muy molesto, todos esos empalagosos admiradores, ruedas de prensa, entrevistas… Raro es el día que no añore volver a ser anodino e irrelevante.

—¿Cómo lo soy yo?

—Perdona, en todo este tiempo no he dejado de hablar de mí descuidando por completo a mi invitado. ¿Qué es de tu vida? ¿Te has casado, tienes hijos…?

—Reparto pizzas, eso es todo. Por cierto, encontrar tu casa ha sido toda una odisea. Si buscabas tranquilidad no has podido elegir mejor sitio.

—Bueno, en cierto modo, a veces pienso que fue el sitio quien realmente me eligió a mí.

—No te entiendo. ¿A qué te refieres?

—No me hagas demasiado caso. Creo que empiezo a estar borracho. — Pese a ser consciente de que el alcohol lo comenzaba a embrutecer, no dudó en volver a servirse otro trago. —Es curioso lo que has mencionado antes…

Stephen intentó ubicarse sin conseguirlo.

—Tendrás que refrescarme las ideas.

—Lo de que ya no se puede volver atrás en el tiempo. Dime: de poder retroceder una sola vez, ¿Qué harías?

—¿Es de lo que tratará tu próxima novela?

—Los viajes en el tiempo siempre han sido un tema que atrae mucho, no descarto esa posibilidad. Pero responde, por favor.

—No sé… — Lo meditó un largo minuto. —Supongo que retrocedería una semana para apostar por el boleto ganador de la lotería.

Michael se acarició la barbilla, agitando con su otra mano los cubitos de un vaso al que solo quedaba un culo de licor.

—Bueno, eso es lo que harían, y no te lo tomes a mal, la mayoría de personas con una ambición acorde a su nula imaginación. Esfuérzate más, hagamos eso que los publicistas llaman “una tormenta de ideas”, no importa lo descabellado que pueda parecerte, suelta lo primero que se te pase por la cabeza.

Otro largo e incómodo silencio.

—Bueno, podría retroceder en el tiempo y matar a Hitler.

—¡Bravo, eso sí daría para una buena historia! ¿Y cómo lo harías? Muchos lo intentaron sin conseguirlo, acercarse a ese monstruo no sería tarea fácil.

—Podría acabar con él cuando fuese pequeño y vulnerable.

—¿Matarías a un niño? ¡Qué retorcido, me encanta!

—Bueno, no sé si sería capaz de hacerlo, solo estamos divagando.

—¿Y a título personal, que ganarías con eso? Aparte de ser un asesino de niños.

—Salvar al mundo de la barbarie, supongo.

—Nadie en ese entonces sabe lo que hará en el futuro el pequeño Adolfito, tú, simplemente, habrás matado a un pobre crío indefenso. De pasar a la historia, cosa poco probable, tu lugar sería muy ignominioso.

Bien, has matado a Hitler, no hubo movimiento nazi, vuelves al presente ¿y con qué te encuentras…? ¿Un mundo mejor? O, por el contrario, Stalin se hizo con el control de Europa y hubo otra guerra en la que se impuso el comunismo totalitario. Es una hipótesis tan valida como cualquier otra.

—No me gusta este juego. Yo no tengo tu imaginación. Si escribes una novela sobre el tema quizás sea demasiado complicada para la mayoría de tus lectores.

—Nada es complicado cuando posees el libro de instrucciones.

Stephen puso cara de estar más perdido que un niño en la casa de los espejos.

—¿Un libro de instrucciones?

—Olvida todo lo que has podido escuchar o leer hasta ahora sobre los viajes en el tiempo, lo de las paradojas y todas esas mandangas. Si alteras el pasado en un hipotético viaje, pongamos por caso que matas a Hitler, no creas un presente alternativo u otra dimensión paralela, es mucho más simple, los acontecimientos se desarrollan de forma diferente y ni siquiera el “viajero”, a su regreso, es consciente de los cambios. Si matas a alguien, su descendencia no desaparece sin más en su actual presente porqué nunca han llegado a él y si aplastas al primer pez que salió del agua, quizás a la vuelta los humanos no hayan llegado a existir y reaparezcas reconvertido en cefalópodo. Ese es también el motivo por el que no se puede avanzar en el tiempo, por la sencilla razón de que el futuro no se ha producido.

—Todo esto me supera, comienzo a estar aturdido.

Michael miró el vaso de su amigo, el hielo hacía mucho rato que se había derretido y aguado el licor.

—¿Aturdido? Pero si no has probado aun el whisky.

—Nunca bebo, no me sienta bien el alcohol. — Quiso disculparse Stephen un poco avergonzado.

Por su parte, Michael ya estaba completamente ebrio y le costaba vocalizar.

—Acompáñame, quiero enseñarte algo.

Se levantó de forma brusca olvidándose por completo de su bastón, la embriaguez no ayudó a que mantuviera el equilibrio. De no haberlo sujetado a tiempo Stephen, se habría caído de morros dándose contra uno de los picos de la mesita de mármol.

—Creo que es mejor que me vaya, mi jefe ya debe de estar de los nervios, con suerte no me despedirá, pero seguro que me va a caer un buen rapapolvo.

Me he alegrado mucho de volver a verte, quizás algún día el azar nos vuelva a reunir y podamos continuar esta conversación sobre fantasías imposibles.

—¡¿Fantasías imposibles?! ¿Acaso pudo el gran Leonardo, siquiera imaginar, que el ingenio de los hombres construiría máquinas que se elevan en el cielo, que recorren en horas miles de kilómetros llevando en el estómago a centenares de pasajeros? — Se libró de la ayuda de Stephen y erguido, levantando en el aire su índice en una actitud todo lo solemne que le permitía la borrachera, sentenció: —¡Los imposibles de hoy son las realidades del mañana!


Indicó a su invitado que lo siguiera, pero, no habiendo dado tres pasos, retrocedió en busca de la botella de licor que ya estaba a punto de quedar sentenciada, prescindió de llevarse un vaso, pues necesitaba de su otra mano para apoyarse, ahora sí, en su bastón.

Lo llevó hasta una habitación en la que no había mas que un escritorio barato sobre el que descansaba una máquina de escribir y una estantería, también de manufactura asequible, poblada por un par de docenas de libros.

Cuando ambos pasaron el umbral de la puerta la cerró a sus espaldas.

—¡Esta es la sala de los imposibles! — Exclamó de forma grandilocuente, para sufrir a continuación un prolongado ataque de tos que casi le provoca el vómito.

—Lo mejor es que te metas en la cama, ya se hizo tarde. — Le aconsejó Stephen de forma condescendiente. —Yo también he de volver y pasar por el trabajo a recoger mi paga, si es que el jefe no me descuenta todo este tiempo y acabo debiéndole dinero.

—¡Al cuerno con tu jefe! — Michael se desplomó en la silla situada frente al escritorio y que era el único asiento en la habitación. —Mi tiempo y el tuyo tiene mucho más valor del que ese explotador pueda remunerarte. Atiende a lo que he de contarte. — Empinó el codo directamente de la botella, y tras secarse los morros con la manga señaló la estantería. —Ahí tienes toda mi obra para los próximos 20 o 30 años, todo dependerá de con que asiduidad decida que vean la luz.

—¿Has escrito todos esos libros? Pero si parecen estar editados y solo sé que hayas publicado dos. — La perplejidad de Stephen no dejaba de acrecentarse.

—¿Escribir? — La lengua de Michael se trababa y de su boca salía un galimatías que era difícil de entender. — No he escrito ni una sola letra, yo no sería capaz de juntar dos frases y que tuvieran sentido. Por eso no concedo entrevistas ni me expongo al escrutinio público, de hacerlo, tarde o temprano alguien se daría cuenta de que soy un fraude.

—De verdad, que cada vez estoy más confundido. ¿Qué es lo que pretendes decirme?

—No seas tímido, anda, ve y échales un ojo.

No pudo evitar pensar, que todo aquello formaba parte de una especie de broma a la que no llegaba a encontrar la gracia.

En todos y cada uno de los reversos, la foto de un individuo totalmente desconocido para él y en la portada un nombre que no le sonaba de nada.

Stephen se giró contrariado y titubeó si debía de preguntar. Michael lo observaba con semblante divertido.

—¿Quién es Joshua Mellencamp? — Se decidió a indagar por fin con timbre perplejo.

—¿No lo conoces?

—Ni puñetera idea.

—¡Exacto! Joshua no es nadie, nadie lo conoce, salvo, supongo, sus familiares y allegados.

—¿Quieres dar a entender que plagias a un autor desconocido?

Michael soltó una estruendosa carcajada y de nuevo le sobrevino un ataque de tos del que tardó un par de minutos en reponerse. Se secó las lágrimas con la manga de la camisa y apuró de un trago lo poco que quedaba en la botella.

—Joshua Mellencamp vendió millones de todos sus libros, fue el autor más aclamado y respetado durante más de una década y no pinchó ni una sola vez, al contrario, con cada título sus ventas aumentaban.

Stephen volvió a poner con cuidado cada libro en su sitio, se pellizcó la frene e intentó centrarse.

—Pero has dicho que nadie lo conoce, ¿por qué te contradices ahora?

—Quiero enseñarte otra cosa. — Se levantó de su asiento como mejor pudo para aproximarse renqueando hasta la estantería. Aparte de los libros, lo único que albergaba era un reloj de arena de esos que venden por un dólar en cualquier tienda de regalos. Lo sostuvo en las manos con sumo cuidado y se lo mostró a su invitado.

—Yo lo llamo “las arenas del tiempo”. Sé que no suena para nada original, pero ya te he dicho que yo de imaginación ando bastante escaso. Te lo vuelvo a preguntar: ¿Qué harías si pudieras retroceder en el tiempo? — Abrazó el reloj como si meciera a un bebé. —¡Bah, déjalo! Mejor responde a esta otra, ¿qué crees que hice yo?

Stephen pensó que su amigo había confundido el tiempo de los verbos debido al alcohol. —Supongo que volverías al momento del accidente para que nunca ocurriese.

Soltó un gruñido despectivo. —¿Y eso de que me serviría? Como deportista no habría llegado a nada, soy demasiado bajo y patizambo. Además, mírame, sigo teniendo “la pata chula”.

Ya no albergaba ninguna duda, su amigo estaba tan borracho que no sabía lo que decía.

—¿Insinúas que lo has hecho, que has viajado en el tiempo?

—No insinúo nada, ¡lo afirmo! ¡Y todo gracias a este maravilloso artefacto! — Alzó el reloj de arena como lo haría un campeón con su trofeo.

—Debo irme, es mejor que te metas en la cama a dormir la mona.

—Los patanes siempre reaccionan del mismo modo ante lo que no entienden, no estoy tan borracho como para no saber de lo que hablo, no me trates como a un niño que intenta convencerte de sus fantasías y escúchame bien. Lo sencillo habría sido comprar un billete premiado, o retroceder lo suficiente para adquirir acciones que se revalorizaran con el tiempo, toda esa serie de cosas que ocupan las mentes obtusas de los idiotas.

El tono de Michael ahora era del todo ofensivo. Stephen no se marchó en ese mismo instante por miedo a que su antiguo amigo, en el estado en el que se encontraba, hiciera alguna tontería. Siguió escuchándolo sin prestarle demasiada atención.

El borracho volvió a dejarse caer en el asiento, su voz cambió a lo lastimero.

—¿Sabes? Hace cuatro años me habrías parecido el hombre más afortunado del mundo. Yo estaba arruinado, sin trabajo y con una orden de embargo, acabaría en la calle en pocos días.

Malvivía en un pueblucho a 80 millas de aquí, pero recordaba este lugar de haber estado antes, recordaba sus árboles robustos provistos de gruesas ramas, así que compré una buena cuerda y me fui de "picnic".


A partir de entonces los desvaríos de Michael pasaban de la esquizofrenia a la psicosis con una inmediatez exasperante, el que se le trabara la lengua no ayudaba a alejar la idea de que su antiguo amigo se había vuelto completamente loco.

Hablaba de que la cabaña lo llamó, de cómo pasó varios días en su interior escuchando voces, de cómo el reloj de arena le indicaba los pasos a seguir para viajar en el tiempo.

Stephen intentó convencerse a sí mismo de que lo estaba poniendo a prueba, de que aquella paranoia era una especie de “test”, algo relativo a su próxima novela para ver como reaccionaba, algo así como los pases privados de las películas para comprobar si un público elegido al azar aprobaba o rechazaba lo visionado en la pantalla, pero la expresión desquiciada de su amigo, la forma en que relataba todas aquellas incongruencias como si realmente las creyera lo alejaba cada vez más de aceptar esa posibilidad.

—Un solo viaje, una única tentativa. Tan ajustado margen me hizo meditarlo durante casi una semana. Volver al momento del accidente fue mi primera opción, pero, como ya he dicho, eso no me reportaría lo suficiente para tornar mi existencia de mierda en algo por lo que valiera la pena vivir. También deseché la idea de la lotería, el dinero no te transforma de forma mágica en alguien especial, y eso es lo que yo ansiaba, la excepcionalidad y el respeto.


Intuyendo que los desvaríos irían para largo, Stephen se sentó en el suelo y esperó pacientemente a que su interlocutor se aburriera de contar sandeces.

—Solo había traído conmigo, aparte de la soga, el segundo libro de Joshua, por aquel entonces ya había editado más de una veintena. Ese capullo me encantaba, consumía sus letras con la misma angustia con la que un gordo se mueve por un buffet libre sin poder decidir por que plato comenzar a atiborrarse.

El muy cabrón estaba forrado, y lo mejor de todo, yo lo conocí hace muchos años cuando solo era un jovenzuelo en su último curso de instituto.

No tengo ni idea de si el reloj es un artilugio humano, si lo dejaron aquí los marcianos o si es obra del mismo demonio, solo sé que se metía en mi cabeza y en susurros me indicaba lo que debía de hacer.

Las reglas eran muy claras, un único viaje hasta que el último grano de arena se precipite en la esfera inferior. Una habitación cerrada en la que ubicar el artefacto que se convertiría en un espacio ajeno a de las reglas del tiempo. Viajando desde ella no se pierde la conciencia del presente, e, igualmente, preserva cualquier objeto o ser vivo que se encuentre en su interior, con el inconveniente de no poder sacarlo al exterior, pues, en ese caso desaparecería para siempre, también del recuerdo del viajero.

La idea me llegó como un fogonazo al quinto día de mi estancia en la cabaña, volví a la ciudad y compré todos los libros de Joshua, esos mismos que continúan en la estantería.

Otra de las normas es que no se puede coincidir en el mismo espacio temporal que tu yo del pasado, el viajero necesita de un recipiente y ese recipiente no puede ser otro que él mismo. Esto es un inconveniente, pues limita el salto a la época en la que el viajero existe.

Puesto que no se puede dar el salto en tu forma física, mi conciencia se desplazó hasta mi yo de ocho años, Joshua aún no había escrito una sola línea, él contaba con solo 15 primaveras.

Aunque mi mente era adulta, mi cuerpo era el de un niño, no entraré en detalles del como conseguí desembarazarme de ese cretino y que pareciera un accidente con el cuerpecito y la fuerza de un crío.

A mi regreso toda su obra me pertenecía, tan solo he de copiarla con la máquina de escribir y presentarla como propia a mi editor.

—De no saber que me estás tomando el pelo estaría horrorizado con tu confesión. — El increíble relato de su amigo había conseguido atraparlo, la historia, aunque absurda, era realmente fascinante. Pensó que el próximo libro de Michael sería un éxito, seguro mayor que sus dos obras anteriores. —¿Por qué me cuentas todo esto? Mi opinión es irrelevante, no soy un buen crítico, pero si te sirve de algo, reconozco que me ha encantado tu historia.

La mirada de Michael se quedó fija en la botella de whisky.

—Para mi desgracia no solo me quedé con el alma de Joshua, también me traje conmigo los remordimientos.

No sé el por qué te lo he contado, supongo que necesitaba desahogarme con alguien, y nadie mejor que quién me salvó la vida.

—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.

No estaba tan borracho como para no darse cuenta de la sorna que escondía la última frase de su amigo.

—¡Al diablo contigo, al diablo con todo!

El reloj se le cayó de las manos antes de quedarse profundamente dormido.



Se despertó dando gritos, con los ojos vidriosos y las babas deslizándose por la comisura de los labios. Miró asustado a su alrededor sin tener claro donde se encontraba hasta que sus ojos se cruzaron con los de Stephen. Se cayó de la silla y se acercó arrastras hasta poder sujetar por los antebrazos a su amigo que lo observaba asustado sentado en el suelo.

—¡He tenido un sueño horrible! — Le gritó vocalizando con corrección, la borrachera parecía haber desaparecido por completo. —Estaba de nuevo atrapado en la vía y te gritaba, te imploraba que me ayudaras, pero no hacías nada. ¡Nada! Solo mirabas y esperabas hasta que… ¡Ha sido horrible!

—Solo ha sido una pesadilla, estás a salvo, tranquilízate.

Michael miró contrariado a Stephen.

—¿Cuánto tiempo he dormido?

—Unas tres horas.

—¿Todo ese tiempo me has estado velando? ¿Por qué?

—Por qué somos amigos.

Lo liberó de su tenaza, Stephen se incorporó y ayudó a su amigo a levantarse.

—¿Sabes? Siempre has sido mi ángel guardián. Siento mucho haberte tratado mal en el pasado. — Le sonrió, una sonrisa sincera de agradecimiento.

—No pasa nada, el pasado está muerto y enterrado. Es mejor que vayas a descansar a un lugar más cómodo que esa silla. También yo he de regresar a casa.


Michael traspasó el umbral de la puerta y pudo sentir que el pie ya no le dolía, solo tuvo tiempo de pronunciar tres palabras antes de desvanecerse.

—¡Hijo de puta!


Había funcionado, los libros seguían en las estanterías. Stephen sonrió maliciosamente.

—¿Ves? No soy tan idiota como pensabas, “amigo”.


Michael había dormido plácidamente dentro de la habitación mientras Stephen se encargaba de él en el pasado, de esa forma se creaba una especie de bucle, realmente no llegó a entenderlo bien, se limitó a seguir las indicaciones que le susurraba el misterioso reloj de arena.

En ese bucle, en esa otra realidad alternativa, Michael, aun habiendo muerto en el pasado, pudo ocuparse de Joshua y preservar de esa forma su obra que continuaba intacta en la estantería, o algo así, tampoco es que le importara demasiado, lo único importante es que había funcionado.


Un año más tarde y por tercera vez, aunque eso solo el autor lo sabía, vio la luz su primera novela con el breve título de Carrie.



A día de hoy nadie sabe quiénes fueron Michael Gallagher o Joshua Mellencamp, pero hay que haber pasado la vida escondido en una cueva para no conocer el nombre de Stephen King.



FIN.

Oct. 27, 2023, 10:47 a.m. 2 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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Ana Kayzen Ana Kayzen
Genial, como todo lo que escribes. Me encantó el final
October 27, 2023, 21:07

  • Tinta Roja Tinta Roja
    Bueno, espero que si el bueno de Stephen llega a leer esto no me ponga una denuncia por difamación. Me alegro de que te haya gustado. October 28, 2023, 09:41
~