la-pecera-escritora Jesús Mármol

Cada noche, tras las campanadas de medianoche, un sonido agudo e infernal llena las calles de la ciudad durante media hora. Los habitantes de allí ya no lo oyen, pero Deimon, un joven recién llegado, quiere llegar al fondo del asunto.


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#miedo #intriga #ciudad #bestianocturna
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El tren a Névar nunca se retrasaba y siempre conseguía hacer el camino desde las afueras hasta el mismo centro de la ciudad en diez minutos a pesar de ser un camino bastante largo. Con ésto se demostraba el ajetreado estilo de vida que llevaban en la capital, nadie se paraba a observar nada y todos iban con prisa a sus trabajos o a cualquier lado.

Deimon, que era un chico de pueblo al que la vida le había sonreído, consiguió trabajo como arquitecto en Névar tras mucha insistencia, por lo que comenzaría cobrando el salario mínimo para poder pagar un piso en el barrio viejo, donde las comodidades no eran las mejores. El chico iba con una maleta y una mochila para instalarse en su nuevo hogar, no quería llevar mucho equipaje ya que su idea era comenzar una nueva vida allí y no pretendía cargar con muchas cosas él solo.

El tren indicó que en unos minutos llegarían al destino y Deimon observó a los pasajeros de su vagón. La mayoría eran personas de mediana edad con las caras más serias que había visto nunca, todos tenían la mirada perdida y parecía como si el ruido del tren y de las personas que hablaban a voces no los perturbarse. Pronto el tren llegó a la estación y las puertas se abrieron, haciendo que una cantidad aún mayor de la que el chico había podido ver en el tren saliera a la estación central. Él tardó un poco más en llegar ya que no estaba acostumbrado a estar rodeado de tanta gente y no quería andar empujando a los demás como ellos hacían.


La ciudad le pareció al chico algo de otro mundo, en lugar de sus calles mal asfaltadas y con gran cantidad de árboles se encontró con enormes calles donde lo único que se veían eran farolas y edificios a ambos lados, en lugar de casas pequeñas con jardín veía enormes edificios que casi ocultaban el cielo en su totalidad y en lugar de respirar un aire tranquilo y tener su espacio para andar tranquilamente comenzó a agobiarse por la cantidad de humo que le hacía toser y la cantidad de gente que le estaba comenzando a dar ansiedad. Una vez salió de la estación miró su teléfono y se dirigió al lugar donde le esperaba su nuevo casero. El chico estaba acostumbrado a ir a pie a todos lados, así que cuando observó que su destino no estaba a más de quince minutos andando decidió caminar para acostumbrarse un poco a la gente, lo único que se interponía entre él y su nuevo hogar era una multitud que no tenía tiempo a mirar al frente y observar a las demás personas.

Deimon se dispuso a recorrer la gran calle principal que tenía ante sus ojos y no tardó en darse cuenta de que su costumbre de andar a grandes pasos y a una velocidad bastante rápida le era imposible ya que tenía que adecuarse a las personas que tenía delante y que por mucho que quisiera no iban a apartarse por más que el chico se lo pidiera. Ésto hizo que Deimon se frustrase cada vez más y deseara haber cogido un taxi aunque esto le costara mucho dinero, pero el camino que inicialmente iba a ser un agradable paseo de no más de un cuarto de hora se convirtió en una lenta caminata de media hora en la que la maleta ya le comenzaba a pesar se la pusiera en la mano que se la pusiera y los hombros cada vez aguantasen menos las asas de su mochila. Cuando vio que ya estaba en el barrio antiguo se percató que la cantidad de gente que entraba por esas calles era mucho menos que las que se quedaban en la zona más moderna de la ciudad y se sintió aliviado de poder estirarse un poco más. Vio el portal al que debía dirigirse y caminó con entusiasmo hacia él.


El edificio que tenía delante parecía que había pasado tiempos mejores, la pintura estaba en muy mal estado y las ventanas se veían viejas y a punto de caerse si soplaba una racha de viento más fuerte de lo esperado. Un detalle que le llamó la atención al muchacho fue la parte alta del edificio, que contaba con una especie de campanario, aunque desde allí no podía saber si tenía o no campana debido a la altura que éste tenía que le impedía distinguir eso. Volvió a mirar el teléfono y dio un sobresalto al ver la hora, llegaba diez minutos tarde de la hora a la que le había dicho a su casero, por lo que corrió hacia el edificio y subió hasta la planta en la que le esperaban.

Una vez instalado y con todas las normas del edificio esclarecidas el chico decidió dar una vuelta para conocer un poco más su nuevo barrio y quizás acercarse al trabajo para averiguar cuánto tardaría realmente en llegar. Todo allí le parecía nuevo y no reparó en la hora en ningún momento, por lo que la medianoche se le echó encima sin siquiera darse cuenta.


Cuando dieron las doce comenzaron a sonar unas campanadas por toda la ciudad y Deimon se quedó en shock al oír un sonido tan fuerte, pero aún más sorprendido cuando se dio cuenta de que nadie levantaba la mirada aunque solo fuera para buscar el origen del sonido. Por lo que le pareció, el sonido de las campanas venía del barrio que acababa de dejar atrás, lo que confirmaba su teoría de que encima de su bloque se encontraba un campanario de estética antigua. Él si que buscó el campanario cuando éste daba las doce y al terminar de sonar las campanas vio una serie de figuras minúsculas que salían de allí y se esparcían por toda la ciudad haciendo un sonido chirriante y agudo que casi hace gritar al chico de dolor.

No podía creer que nadie más se retorciera con el ruido que estaban formando esas cosas, pensaba que ya nada le iba a sorprender pero al verse en esa situación pensó en volver a su pueblo donde seguro estaría más tranquilo.


Cuando terminó de dar su vuelta de reconocimiento por la ciudad se dirigió de vuelta a casa y notó que esos puntos que vio en el cielo seguían haciendo ruido aunque éste fuera ahora más débil. Lo curioso era que no distinguía lo que era, pero fuera lo que fuera volvía poco a poco al punto más alto de su edificio, y él no iba a quedarse con la duda de averiguar lo que eran éstas cosas.

Esa misma noche se preparó para subir las más de veinte plantas que le separaban aún del final de las escaleras y observó que cada planta que estaba más cerca del final el estado del edificio iba siendo cada vez peor, las escaleras se sentían como si nadie las hubiera cambiado en años crujiendo cada peldaño bajo sus pies, las paredes tenían la pintura caída y las puertas estaban en su mayoría selladas con tablones. En un punto determinado volvió a oír los chirridos que se escuchaban en la calle, aunque ésta vez sonaban mucho más suaves y tranquilos. Parecía como si fuera una conversación tranquila entre un grupo de personas que no sabían respetar los turnos de palabra de los demás y se pisaban unos a otros las frases constantemente.

Al cabo de un buen rato al fin llegó a la última planta y se dio de bruces con una enorme puerta de madera al final de un pasillo. Estaba claro que los sonidos venían del otro lado de la puerta, por lo que se acercó y, lentamente, abrió las puertas de par en par.


Al otro lado vio como miles de murciélagos colgaban de todas las superficies que habían en la habitación, haciendo que la imagen se tornase un poco terrorífica, pero tardó un poco en darse cuenta de que en el centro de la sala se encontraba un ataúd en pie con la tapa abierta. Por la falta de iluminación del lugar no era capaz de distinguir si había o no algo dentro del ataúd ni creía querer saberlo. La escena le puso los bellos de punta y no se atrevió a dar un solo paso más hacia el interior de la sala, pero lo que no sabía era que ya había dado los suficientes pasos cuando observaba el lugar para que las puertas se pudieran cerrar dejándole atrapado dentro. Y eso fue exactamente lo que sucedió, las puertas se cerraron de golpe como si de el final de una discusión se tratase y dejó al chico atrapado, que dio un gran salto hacia adelante y se giró hacia la puerta para cerciorarse de lo ocurrido. Una vez de espaldas a las criaturas de la noche, éstas comenzaron a volar de un lado para otro y a volver a emitir ese sonido agudo que ésta vez si que hizo que el chico se echase al suelo del dolor. Cuando el sonido cesó se volvió a girar y puso ver con más claridad cómo unos ojos brillantes le observaban desde dentro del ataúd, las piernas de Deimon no reaccionaban por más que se lo pidiera. Su mayor impulso era el de darse la vuelta y echar la puerta abajo si era necesario para sobrevivir, pero por más que gritaba dentro de su cabeza las piernas no le respondían.


Todo aquello le parecía una pesadilla, algo que simplemente no podía estar sucediendo, pero sus ojos le mostraban una criatura que abría aún más la tapa del ataúd con una mano huesuda y pálida y que dejaba ver un rostro desfigurado y manchado de sangre fresca, como si se hubiera alimentado recientemente. Cuando la criatura fue visible del todo las piernas del chico al fin respondieron a sus súplicas y pudo levantarse, dando la vuelta hacia la puerta y abriéndolas de un portazo sin ningún tipo de miramiento, sólo con la idea en la cabeza de no perecer allí el primer día que había llegado a una nueva ciudad.

Bajó las escaleras tan pronto como se lo permitieron sus recién obedientes piernas y sin saber porqué decidió entrar a su piso en lugar de salir a la calle donde la gente, aunque seguramente no se molestarían ni en mirarle, al menos le servirían de escudo para lo que fuera que acababa de ver.

Abrió la puerta, entró y cerró tan pronto terminó de pasar, sin dar opción a que nada ni nadie entrase tras él. Pero a lo que se enfrentaba no era una criatura a la que una simple puerta pudiera detener, y antes incluso de que el chico hubiera llegado ya lo esperaba dentro de su piso. Éste lo vio al mirar frente a sus ojos y se dio cuenta de la sonrisa que tenía en su rostro.


Estaba claro que esa noche sería la última de su vida, o al menos de su vida como mortal.

Oct. 23, 2023, 12:25 a.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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Jesús Mármol Escritor enamorado de esta bella afición de contar historias y compartirlas con el mundo.

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Las Historias de Octubre
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