Experto en Latín Follow story

u7172187059 Víctor Mestre Pérez

Relato corto (otro más) donde un grupo de sacerdotes tienen que hacer frente a una posesión demoniaca. Sin embargo, las cosas se complican y tienen que improvisar sobre la marcha.



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#demonios #Humor #Sacerdotes #exorcismo #parodia #Poseidos
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Experto en Latín

La puerta se abrió y una mujer bajita entró raudamente. Nerviosa, tanteó la pared, buscando el interruptor de la luz. Su hija, postrada y atada a la cama, gruñó rabiosa. Cuando sus manos accionaron el interruptor de la pared, la bombilla del techo se encendió. La luz parpadeó unos segundos e iluminó débilmente la habitación.

—¡Grrrgrrr! —el rostro de la niña se convirtió en una máscara de odio.

—¡Lo siento Lucia! ¡Lo siento! —se disculpó la mujer, con lagrimas en los ojos.

Una mano huesuda y temblorosa tomó a la mujer del brazo y la apartó. Un hombre alto, de ojos acuosos, pelo gris, pobladas cejas blancas y con sotana, entró en la habitación, seguido de dos hombres más jóvenes y que cargaban mochilas de piel a sus espaldas. Uno era calvo y tenía barba. El otro era moreno y de pelo largo.

<<¡Ya han llegado! ¡Ya han llegado! ¡Debemos prepararnos!>>

—¡Dios bendito! —exclamó el hombre joven de barba.

—¿Es ella la chica? —preguntó el hombre mayor a la mujer— ¿Esta es Lucía, su hija?

—¡Sí! ¡Es Lucía, mi pequeña! —dijo la mujer, rota de dolor.

—¿Qué ha dicho? —preguntó el hombre mayor.

—¡Sí, dice que es ella! —le dijo el hombre de pelo moreno, mientras le agarraba del hombro y le hablaba al oído—. Es la chica, padre Nicolás.

<<¡Están hablando de la sucia hija de la lavandera!>>

—Padre Nicolás, ¿había visto un caso parecido? —preguntó el hombre de pelo moreno alzando la voz.

El sacerdote entrecerró sus viejos y cansados ojos y contempló a la niña en silencio. Aunque su vista ya no era la de antaño, no tardó en reconocer las señales: las llagas en los antebrazos, las venas negras en el cuello, las pústulas en la boca, el iris amarillento...

—Sí, sí que había visto algo parecido, hermano Daniel... pero de ello hace ya mucho tiempo. Y no de tal gravedad —dijo el padre Nicolás.

—Entonces, los síntomas encajan, ¿no? —preguntó el hombre de barba—. Está...

—¿Poseída, hermano Jusepe? En efecto, lo está —afirmó el padre Nicolás.

De repente, la niña se incorporó, doblándose noventa grados y, sin deshacerse de las ataduras, gritó.

—¡ME COMERÉ VUESTRAS ALMAS, SUCIOS BASTARDOS!

<<¡JA, JA, JA! ¡Desgraciado anciano decrepito!>>

<<¡Menudo susto se ha llevado!>>

La madre de la niña gritó sobresaltada y el padre Nicolás dio un paso atrás y tropezó con un muñeca, cayendo de espaldas contra el suelo. Los dos jóvenes sacerdotes acudieron en su ayuda.

—Padre Nicolás, ¿está bien? —preguntó el hermano Daniel.

—¿¡Qué? —preguntó confuso el anciano sacerdote.

—¡Que si está bien! —gritó el hermano Jusepe.

—¡Sí, sí, lo estoy! —el padre Nicolás se agarró de la mano del hermano Jusepe y se incorporó—. ¡Hay que preparar el ritual! ¡Daniel, saca la botella de agua vendita, coge los cirios y colócalos alrededor de la cama!

—¡Sí, padre Nicolás!

—¡Jusepe, coge el tratado Malleus Maleficarum y ábrelo por la sección de demonios!

—¡Ahora mismo!

<<¿Ha dicho Malleus Maleficarum?>>

<<¿Lo lleva consigo?>>

<<¡Noooooo!>>

Mientras los dos jóvenes sacerdotes dejaban sus mochilas en el suelo y acataban las ordenes del anciano sacerdote, este, con paso torpe, caminó hacia la cama.

—¡Tú, engendro del averno! ¡Identifícate! —ordenó el padre Nicolás—. ¿Quién eres?

La niña abrió la boca, más allá de lo humanamente posible, y una voz gutural dijo.

—¡NO TIENES PODER SOBRE MÍ, ANCIANO!

El padre Nicolás extendió la mano hacia el hermano Daniel y dijo.

—¡Dame la botella! —el joven sacerdote le tendió una botella que había sacado de la mochila, y el padre Nicolás la abrió y roció a la niña con su contenido—. ¡Este agua bendita te soltará la lengua!

—¡ARRRRRGGGGGHHHH! —gritó Lucía mientras se convulsionaba sobre la cama—. La hice mía... en el campo... arghhhh... Cuando la vi pastoreando con sus ovejitas... arghhh...

—¿Qué ha dicho? —preguntó el padre Nicolás.

El hermano Daniel, tras colocar y encender el último cirio alrededor de la cama, se volvió y dijo.

—¡Dice que la encontró en el campo, mientras pastoreaba!

<<¿Por qué te has descubierto? ¿Qué pretendes, arpía?>>

—¿En el campo? ¿Mientras pastoreaba? —preguntó el padre Nicolás—. En ese caso solo puede ser... Abrahel.

—¿Una súcubo? —preguntó el hermano Daniel—. ¿La misma súcubo que sedujo al pastor Pierrot y que apareció en el noreste de Francia hace más de cien años?

—¡Sí, la misma! ¡Basta de cháchara, debemos darnos prisa! —el padre Nicolás se volvió hacia Jusepe y dijo—. Busca en el Malleus Maleficarum información sobre Abrahel. Aversiones, sellos sagrados, oraciones purificadoras... cualquier cosa que pueda ser útil.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe, y un hombre grande y de barba espesa entró en la habitación.

—¡María! ¡¿No te dije que yo me ocupaba de la niña?!

—¡Miguel, estos hombres son sacerdotes! ¡Pueden ayudarnos! —dijo la mujer.

—¡Lucía no necesita ninguna ayuda excepto la de su padre! —el hombre caminó hacía el padre Nicolás y dijo—. ¡Vosotros, largaos de aquí!

—¡Di que sí, padre! ¡Tu niña está perfectamente con nosotros! —dijo una voz gutural a través de la boca de Lucía.

—¡Venimos a ayudar a esta niña! —dijo Miguel mientras rodeaba la cama y caminaba hacia el padre de la niña.

—¡Largo de aquí! —el hombre se abalanzó sobre el padre Nicolás y ambos forcejearon. Miguel saltó en ayuda del sacerdote e intentó liberarle del padre de la niña.

—¡Padre! —un niño, alto y espigado, apareció por la puerta acompañado por un perro.

—¡Hijo mío! —gritó María entre sollozos.

El niño y el perro acudieron en ayuda de los sacerdotes. En ese momento, la boca de Lucía se desencajó, y un vomito espeso y maloliente salió expedido hacia su padre y los sacerdotes. Los tres resbalaron y el padre Nicolás se golpeó la cabeza contra la cómoda.

—¡Miguel! —gritó María—. ¿Qué has hecho? ¡¿Qué has hecho?!

El hombre, desde el suelo y cubierto de vómito, contempló la escena, confuso y asustado.

—Solo quería... proteger a mi niña... solo quería... proteger a Lucía.

—¡Menudo follón ha montado el padre de la niña! ¡Ha matado al representante de Dios! ¡Ja, ja, ja! —dijo una voz a través de Lucía.

Jusepe, que todavía sujetaba el libro entre sus brazos mientras contemplaba la escena, caminó hacia la mujer, la agarró y le dijo.

—¡Coja a su marido y lléveselo de aquí! Déjenos que nos hagamos cargo nosotros. ¡Vamos, lléveselo!

La mujer, con los ojos como platos, asintió con la cabeza. Tomó a Miguel del brazo y, tras ayudarle a incorporarse, se lo llevó de la habitación. Jusepe, ayudó a Daniel a levantarse. Los dos sacerdotes miraron al padre Nicolás, tendido en el suelo, y después se volvieron hacia el hijo de la mujer. Este, nervioso, desvió la mirada y miró al perro.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el hermano Daniel.

—¿Está vivo el padre Nicolás? —preguntó el hermano Jusepe.

El hermano Daniel se agachó y tomó la mano del sacerdote.

—Tiene pulso.

—¡Alabado sea el señor!

—Pero parece que está inconsciente.

—¡Dios santo!

—¿Qué hacemos ahora?

—Debemos continuar con el ritual de exorcismo. Debemos encontrar las oraciones purificadoras para sacar a Abrahel del cuerpo de esta niña.

El hermano Jusepe le hizo un gesto al hermano Daniel y este se acercó.

—Hay un problema —dijo el hermano Jusepe en voz baja.

—¿Qué problema?

—No sé leer latín.

—¿Cómo que no sabes leer latín?

<<¡¿Ha dicho que no sabe leer latín?!>>

<<¡Maravilloso!>>

—Sé leerlo, pero más allá de eso... no entiendo lo que leo.

—¡Santo cielo! —exclamó el hermano Daniel.

—¡Argggghhh! ¡No, no, no! ¡No llevéis acabo el ritual de San Judas! ¡No recitéis el pasaje! —dijo una voz profunda que salió de la boca de Lucía.

Daniel y Jusepe se volvieron hacia la niña y el primero de ellos preguntó.

—¡¿Qué pasaje?! ¡Habla demonio!

Daniel se agachó, cogió el frasco de agua bendita de manos del padre Nicolás, se volvió hacia la niña y lo esparció sobre esta.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Arghh!

El hermano de Lucía, asustado, se encogió en la esquina de la habitación. El perro, inquieto, se dirigió hacia la cama y puso las patas delanteras sobre la colcha.

Daniel sacó un crucifijo de madera del bolsillo, caminó hasta la cabecera de la cama y lo colocó sobre la frente de la niña. Oyeron como la piel crepitaba bajo el crucifijo y vieron como una nube de humo se elevaba hasta de techo.

—¡Arghhh! ¡Videatur daemonium meus: sic intrat, relinquo... arghhh... vobis olim corporis, Abrahel!

—¿Qué significa? —preguntó el hermano Daniel.

—¡No lo sé! —dijo el hermano Jusepe.

—Parece que no le gusta esa oración...

—¡Pero no sabemos lo que significa!

—¡Argggghhhh, Bruggllllhhhhh! —Lucía regurgitó una liquido viscoso y azulado por la boca, y este se extendió por toda su barbilla.

—¡No podemos quedarnos de brazos cruzados! —dijo el hermano Daniel—. Toma el crucifijo y aguántaselo en la frente.

Jusepe obedeció y agarró el crucifijo que el hermano Daniel le tendió. Se colocó a la altura del cabezal de la cama y apretó el crucifijo contra al frente de Lucía. Daniel se colocó a los pies de la cama y, mientras con una mano se santificaba, con la otra esparcía el agua bendita sobre la niña.

—¡Videatur daemonium meus: sic intrat, relinquo vobis olim corporis, Abrahel! —clamó Daniel— ¡VIDEARTUR DAEMONIUM MEUS: SIC INTRAT, RELINQUO VOBIS OLIM CORPORIS, ABRAHEL! ¡SAL DE ESTA NIÑA, DEMONIO!

Lucía gimió, sollozó y se retorció sobre la cama. De repente, el liquido viscoso y azulado serpenteó por la barbilla y regresó a su boca. Lucía se puso rígida, se incorporó sobre la cama, miró al perro que estaba frente a ella y la boca se le desencajó. El perro, que estaba con los patas delanteras sobre la cama, aulló. La niña, pálida y sudorosa, cayó pesadamente sobre la almohada. El hermano Daniel miró al hermano Jusepe y preguntó.

—¿Está hecho? ¿Se ha ido?

Jusepe pasó la mano por la frente de la niña. Lucía respiraba con serenidad.

—Sí, creo que sí —dijo el hermano Jusepe—. El demonio se ha ido.

<<¿Dónde está esa furcia de Abrahel? ¿Dónde se ha metido?>>

El perro tiró de la colcha con las patas delanteras y miró a la niña.

<<¡Yo me las piro, pringados! ¡Ahí os quedáis!>>

April 21, 2018, 9:03 p.m. 2 Report Embed 1
The End

Meet the author

Víctor Mestre Pérez Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber tenido siempre entre mis manos libros de fantasía, ciencia ficción y terror. Ahora, tras mucho tiempo trabajando en la sombra (suena horrible, lo sé), he decidido dar el salto y convertirme en escritor. Autores como J.R.R Tolkien, Terry Pratchett, Andrzej Sapkowski, Philip K. Dick, Isaac Asimov, Stephen King o Clive Barker se han convertido en mis maestros y modelos de referencia.

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JF Jonathan Ismael Frias Concepcion
ACABO DE DARTE ME GUSTA,ESPERO QUE PASES POR MIS HISTORIAS Y TAMBIEN ME DES MI LIKE,DIOS TE BENDIGA.
May 18, 2018, 9:39 p.m.
Daren youssef Daren youssef
Excelso
April 24, 2018, 4:28 p.m.
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