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Algunos cuentos Follow story

sanjorge99 Jorge Luis Calero

Algunas pequeñas historias adaptadas como cuentos, pertenecen a la realidad de paisajes y circunstancias vividas, ahora escritas buscan interpretar lo simple de la vida.


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Algunos cuentos

PEQUEÑOS EN EL MAR

Se sentía protegido, aunque no entendía el significado de aquella palabra, pero giraba feliz alrededor de ella, habían viajado mucho, y solo conocía que no importaba hacia dónde ir, solo debía estar cerca de ella.

Ahora su entorno estaba más cálido y le gustaba, ya que algo dentro de sí lo hacía desplazarse con todas sus fuerzas hacia el cielo nublado, pero con un matiz brillante que a veces lo transformaba por el viento en un impecable, celeste – azul, de nubes blancas.

Cantaba, aunque no tan fuerte como ella, pero cantaba, y le gustaba oír el eco que se formaba por cada sonido que emitía, sus limitados ojos la podían ver a lado suyo, y su cuerpo apegado a ella, lo hacían sentir que no estaba solo, que aquel poder que ella representaba, estaba junto a él, y solo para él.

Ella era su madre, que nadaba junto a su cría, alejada de los mares del norte, para alcanzar las cálidas aguas del sur meridional, en un vasto océano de infinitos colores, estas dos ballenas jorobadas se perdían en sutiles juegos de madre y cría.

Juntos se sumergían para alcanzar recónditos lugares en las profundidades del océano, no comprendían el sentido de la vida, solo sabían que estaban ahí y que existían, solo conocían la fuerza que los unía una para proteger, alimentar y enseñar y la otra para dejarse proteger y alimentar y aprender, inexplicable fuerza que llamamos amor y que naturalmente llevamos.

Después de haber comido, descansaba junto a ella y por las noches viajaban más lento, y a veces acompañados por la luz de una luna llena que tocaba el mar con desprendidos toques de luz blanca.

Hace dos años atrás la madre había encontrado los cantos profundos del que engendraría su cría, enamorada por el llamado y atraída por su espectacular acrobacia de saltos y sonidos, se unió a él, en una prueba más de la entrega total de la naturaleza hacia la continuidad de la especie.

Ahora el mar estaba tranquilo y su cría ya había aprendido a buscar su propio alimento, ella instintivamente sabía que el tiempo de separarse estaba próximo, así como la naturaleza le había dado las fuerzas para criar y proteger, ahora les daba el último aliento como madre y cría para separarse.


INMOVIL… SOLO RESPIRO

Inmóvil, en un aletargado reposo, sin mirar y sin escuchar, se sentía plantado allí, podía respirar y abrazar el viento que corría por su ser.

Algo lo tocaba por las mañanas en lo alto de sus ramas, eran como un sutil cosquilleo (los pájaros), a veces el viento era tan fuerte que lo tambaleaba y podía percibir la vibración cuando sus hojas sonaban, pero había una fuerza mayor que lo acompañaba, al principio siempre era sutil como una caricia, pero a medida que esta fuerza se inclinaba hacia lo alto, la caricia era fuerte, casi como que lo golpeaba, hasta luego caer nuevamente hacia el final como una sutil caricia (el sol).

Por la noche lo rodeaba una helada brisa y a veces sentía correr por sus ramas y tronco, unas heladas tiras que caían dando pequeños golpes en su cilíndrico cuerpo y dándole frescor a sus partes altas y bajas. (la lluvia).

Así percibía el diario día y noche un frondoso ceibo costeño, que aterrizada su semilla hace ya muchas décadas pasadas, pudo tocar tierra húmeda y fértil y alzarse entre los matorrales y maleza hacia las blancas nubes del cielo tropical, sus ramas se habían alzado imponentes y entre ellas sus hojas, y con ellas se comunicaba con el habitad que le rodeaba, eran como antenas, determinaba lo que existía en su entorno, aquella maleza baja, aquel arbusto que deseaba crecer a su lado, o sus hermanos ceibos que estaban plantados un poco más allá de donde él estaba, a veces se unían y juntos acariciaban en la penumbra, la tenue niebla y el fresco rocío que se forma en el amanecer todo componía aquel paisaje que no podía ver, pero que de alguna manera sabía que existía y era lo que lo impulsaba a vivir a reproducirse a continuar con la vida.

En un momento de sus semejantes días, después de sentir la helada brisa en sus ramas, sus raíces sintieron un constante vibrar a su alrededor y sus hojas absorbieron la combustión de algo más pesado que lo habitual, luego poco a poco se fue sintiendo aislado, ya no pudo percibir a la maleza y pequeños arbustos que lo acampañaban y todo lo que en él podía llamarse entendimiento sensorial, no pudieron interpretar la desolación que le provocaba aquella vibración, aquello lo estaba apartando de lo que siempre había tenido y compartido, a los lejos pudo percibir que sus hermanos ceibos estaban ahí, pero también le transmitieron aquella sensación de soledad, al pasar el tiempo descubrió, de la manera en que los ceibos pueden determinar, que la maleza y los pequeños arbustos habían desaparecido para siempre y que tendría que seguir solo.

Uno de los paisajes naturales que lleva hacia la península de Santa Elena saliendo desde Guayaquil después de pasar la población de Progreso, su belleza natural y espontanea fue tocado por la mano del hombre con tractores y maquinas, y quemando maleza, respetando únicamente los ceibos grandes, luego de varios meses de la intervención humana, el paisaje cambio por ninguna razón evidente, ya que solo se limpió de arbustos y maleza natural para dejarlo ahí, abandonado. 


BRANDON TAMBIEN QUIERE IR A LA ESCUELA

Volvió a sentirla, velozmente corrió y creyó haberla capturado, pero miro y no la encontró, otra vez se escapó, la persiguió, el olfato lo tenía muy bien desarrollado, pudo seguirla unos pasos más, pero finalmente se olvidó porque su rastro desapareció en el aire.

Ahora estaba distraído, ya que una vez más le acariciaban la cabeza como le gusta, dejaba que jueguen un poco con su pelo y disfrutando tranquilamente de aquel instante se dejaba llevar despreocupado por el tiempo, tiempo que no determinaba, ya que solo vivía.

Le habían dado una parte de la casa, donde él podía adueñarse de todo, pero a veces no entendía cuando con miradas y gestos bruscos le reclamaban por algo, solo sabía que debía ocultarse, ya no quería escuchar más reclamos ni ver gestos.

La mayor parte del tiempo caminaba lento, como desganado, en la casa le decían que no tenía ánimo, ni siquiera la hora de comer le entusiasmaba, pero cuando era el momento de salir, disfrutaba como adelantándose en lo bien que la iba a pasar.

El camino era el mismo todos los días, había algo más en el camino que lo hacía sentir libre y feliz, lleno de alegría sabía que era el momento de pasear, pero no se acordaba bien del camino, lo guiaba el fuerte olor de las esquinas y cuadras, de arbustos y flores, tanto se animaba que se agotaba muy rápidamente, a veces sin salir ya estaba agotado, y la situación se empeoraba por sus dificultades para respirar.

Otra vez en casa, extenuado, casi sin fuerzas, la volvió a ver y salió velozmente atrás de ella, casi la atrapa, pero hábilmente ésta trepo por la pared y se esfumo velozmente para salvar su vida, Brandon con mucho esfuerzo solo pudo saltar unas cuantos centímetros, pero su cuerpo rechoncho de un bulldog ingles de tres años con treinta y tres kilos de peso no le permitieron llegar muy lejos, ahora tenía que descansar, tranquilizarse para luego dormir, el trabajo era duro, no permitiría que otra lagartija ingrese a su patio, este era su territorio y ellas como los sapos no estaban invitados.

Muy temprano como todos los días, lo iban a ver al patio donde dormía, ya hace mucho tiempo no lo dejaban quedarse solo adentro en casa, no sabía porque, para él, la casa adentro olía extraño y siempre que entraba quería que huela peculiarmente a familia, a su manada, pero extrañamente, cada vez que lo hacía, otra vez enojos, gestos y gritos, aparecían frente a sus ojos y decidía mejor ir donde sabía que no pasaba nada, su territorio, su patio.

Por eso muy de mañana cuando lo iban a llamar subía despacio, trababa de no oler y con dificultad y ruegos lentamente subía las escaleras, a veces se quedaba detenido en una grada, con la mirada perdida, pensaban que se arrepentía de subir, otros decían que le daba miedo bajar, tal vez, decían: tiene pereza, lo cierto es que realmente se demoraba, es como si pensara cada paso que daba hacia arriba.

Lo animaban a subir con besos, palmadas, aplausos, gestos, comida, con toda clase de ideas hasta que al fin subía y estando arriba buscaba siempre el balcón, aquel pequeño balcón que años atrás cuando apenas era un cachorro disfrutaba en extenderse y sentir la brisa con la sombra de la tarde, ahora algo apretado sabia acomodarse pero por pocos minutos, sentado y atento veía como los autos pasaban y los niños uniformados jugaban, reían dentro, luego esperaba viendo a pocos metros de distancia como los niños subían al expreso muy temprano rumbo a la escuela, ¿qué podía hacer? le gustaba estar con los niños, quería estar en sus juegos, quería ir también a la escuela.


SOLO EL SILENCIO

Cada vez que pasaba por ahí, encontraba algo en aquel lugar que le llamaba la atención, por su trabajo pasaba una vez por semana por aquel desértico sitio y sus ojos no dejaban de encantarse por lo que veía, en sus alrededores solo se definían solitarios ranchos, con algunos gallinazos sobre los tejados de algunas casas de las fincas o asentados sobre los muros y cornisas.

Había visto pasar bajando la velocidad de su vehículo, un grupo de chivos que roían las pocas hojas verdes que encontraban a su paso, y otras veces un pequeño grupo de puercos de pueblo que libremente cruzaban por todo lo ancho de la vía, no les preocupaban los autos, ni la velocidad con que estos pasaban, simplemente los puercos se mostraban decididos a cruzar.

Un poco más cercano a aquel lugar se asentaba un silencioso y pintoresco pueblo costero, lleno de casas de tonos grises, con ventanas de madera, sus calles se dibujaban con un trazado perfecto, pero hasta ahora no había llegado el asfalto, ni aceras con bordillos en sus calles secundarias, lo que brillaba en la parte central de aquel ordenado pueblo era su parque principal con su remodelada Iglesia la cual lucía un color amarillo antiguo logrando que resalte en aquellas mañanas de verano frio ecuatorial cuando el cielo se despejaba dejando que el sol la ilumine de manera protectora como bendiciéndola.

Una y otra vez, una vez por semana volvía a pasar por aquella vía y no dejaba de contemplar el inmortal y silencioso cementerio que había quedado como desprendido del pueblo, por la nueva vía de cuatro carriles, ahora el cementerio se dibujaba solo e inmóvil en un paisaje desértico en los meses de verano y de vegetación verde en los meses de invierno.

Nunca había bajado para conocer aquel lugar, ya que siempre viajaba solo y temía el acercamiento de alguien extraño que no buscara más que aprovecharse al verlo solo, por ahora solo bajaba la velocidad y muy curiosamente miraba hacia aquel sitio, buscaba encontrar algo, desde lejos con su mirada, encontrar algo que le llamara la atención y solo descubría una impactante posición solitaria entre pequeñas montañas áridas con algunos cactus y un cerramiento definido que marcaba hacia una entrada perfectamente simétrica que contenía algunas bóvedas y la mayor parte de ellas se encontraban vacías, las cruces eran simples pero bien dispuestas.

Un día pensó, que tal vez, aquel sitio guardaría debajo en su subsuelo algunos vestigios arqueológicos o un tesoro de un tiempo muy ancestral o que por el sector confluían líneas magnéticas de la tierra provocando la atracción que lo invitaba a quedarse a mirar aquel lugar.

Pensó también en recorrer sus pasillos y ver lapida por lapida para descubrir algún nombre, o apellido de algún amigo o amiga que años atrás hubieran trabajado con su familia y que ahora sus restos mortales descansaban en aquel lugar.

Nuevamente una mañana de verano del mes de septiembre, vuelve a levantarse una sutil penumbra algo fría sobre el desierto peninsular seco, donde una imponente autopista divide el cementerio del pueblo, distante el cementerio muestra inmóvil un silencio sepulcral, que el desierto acoge con la brisa, el sol y el viento, el cual con sus blancos muros lo adornan atrevidos gallinazos que descansan apacibles como guardianes y esculturas, componiendo una delicada obra que abre la puerta del mundo real y del que ya no está…


PEQUEÑO JINETE DE CIUDAD

El auto de atrás pito incansablemente, como agotado por el sol tropical que parecía meterse por el parabrisas del auto y llenaba de calor e impaciencia a cualquiera que manejara a esa hora del día, los semáforos parecían eternos y pero aún era imperdonable para alguien que no supiera dominar las vías de aquella ciudad, ya que tras el pito venia una mala cara, luego talvez un mal gesto y finalmente si el tiempo el calor lo dejaba soltar algún insulto como para desprenderse del agobiante calor o enfriar la mente con otra sensación.

Vinicio se apresuró a poner primera marcha, y su pequeño vehículo, tembloroso empezó a tomar suavemente velocidad, la dirección del mismo era titubeante entre media calzada, como salido de carril, los autos que venían atrás no lograban adivinar qué dirección iba a tomar, por lo que se impacientaban más, y el paso pegado con el pique de sus motores hacían notar su disgusto, Vinicio no se impacientaba, seguía su marcha, sabía que el día estaba por la mitad, y que debía conseguir ganar el día, había burlado la autoridad, ya que no contaba con el permiso para trabajar como taxista, pero era lo único que tenía y sabia como hacerlo ya llevaba años en el negocio informal.

Otra vez llego a un semáforo y espero a que la luz cambiara para continuar la marcha, por unos segundos cerro sus ojos cansados, ya era un hombre de cincuenta y cinco años, sabía que no era tan fácil como años atrás, ahora los días eran más pesados, abrió sus ojos y directamente sobre ellos un rayo de luz del sol lo golpeo hasta que sus ojos se acostumbraron nuevamente y al formarse las imagines, le pareció volver a mirar, aquella verde sabana de su campo costero manabita.

Vinicio había nacido como un hombre de campo, su sangre era la de un experto jinete, dominaba caballos, mulas, burros, toros y vacas, cuán difícil era ahora luchar con los caballos de metal de la ciudad, pero era todo un experto en el arte del arreo.

Su mente viajo hacia aquella madrugada, en su pequeña finca de su pueblo cuando con su padre, y un peón se alistaban para cruzar ochenta cabezas de ganado muy temprano, por sesenta kilómetros de lodo y ríos, la lluvia de invierno había llegado y era el momento de cambiar de lugar al ganado para que aquella tierra pueda llenarse de verdor y pasto y así alimentar en otros meses a este mismo ganado. El viaje les tomaría unas 10 horas aproximadamente y si tenían suerte se toparían con un pequeño rio crecido y lo podrían cruzar con facilidad.

Vinicio era un vaquero de su época, sabia montar, pero no le gustaba vestirse como uno de ellos, con su gorra, sus botas de caucho para el lodo, su lonchera preparada con arroz y atún de lata, tomo el camino hacia los corrales a liberar al ganado y junto con su padre y peón dirigieron al vacuno guía para que toda la manada empezara a seguirlos, sabían que si todo salía bien aproximadamente a las doce del día podrían estar a las orillas del rio, lo cual era la mitad del viaje.

El camino estuvo algo húmedo y lodoso, pero nada diferente a lo que sabían y las vacas se dejaron llevar, mugían pero tranquilas escuchaban la voz de Vinicio y los caballos, criollos ejemplares, parecían disfrutar del ir y venir llevando las reses, a lo lejos se vio el rio, pero ya no estaba tranquilo, las lluvias caídas las últimas semanas lo habían convertido en corrientoso, bordearon el rio y llevaron como siempre hasta una bajada ya conocida donde formaba una pequeña playa, el Padre de Vinicio al ver la corriente del rio decide regresar a su finca, y le dice a Vinicio que lleve al ganado donde hemos quedado y quédate a dormir, mañana te espero, ahora solo estaban Vinicio y el peón para pasar las sesenta cabezas de ganado, era algo que ya se había realizado antes, no había nada de qué preocuparse.

El rio tenía una anchura de aproximadamente ocho metros y en la parte más profunda el agua montado en su caballo llegaba hasta sus muslos, grupo en grupo fueron llevando el ganado de una orilla a la otra dieciséis veces cruzo de ida y dieciséis veces de regreso, sabía que no debía preocuparse por los pequeños terneros ellos estaban dotados para nadar, siempre a lado de su madre sabían cómo hacerlo. Luego del paso cansado y mojado deciden parar un momento para secar un poco sus ropas, eligieron un lugar sombreado para sentarse y descansar y a la vez poder abrir sus pequeñas raciones de comida, la cual correspondía a una pequeña porción de arroz y una lata de atún, ahora solo quedaban unos cuantos kilómetros para llegar y la tarde ya había empezado su final.

Luego del pequeño descanso reunieron el ganado y continuaron la marcha hasta llegar a su destino, entregaron el ganado al encargado y la tarde llego a su fin, habían cumplido una faena difícil, sabía que el día les había dejado una ganancia de diez dolares el día, fue agotador y extenuante, pero la sangre y la libertad que le daba esta actividad lo hacían sentir libre y seguro más allá de lo que el dinero le podía dar, el encargado de la finca le enseño a Vinicio el lugar donde iba a dormir esa noche, Vinicio mostro su descontento, no se vio descansando en lugar sucio y desordenado, prefirió a esa hora seis y media de la tarde volver a tomar su caballo y partir de regreso hacia su finca, sabía que el camino iba estar oscuro y solitario, esta vez viajaría solo por el campo, lo acompañaría su maduro caballo que ya sabía el camino de regreso, una luna creciente que a veces se escondía por las nubes, el ruido del bosque en la noche con sus pequeños habitantes, se dijo así mismo no voy a estar solo, en cuatro horas de cabalgata libre estaré en mi finca, entre diez y diez y media llegaré, tomo su caballo y se perdió por la oscuridad del campo litoral manabita…

Ahora sus cansados ojos lidiaban con un panorama diferente, la ciudad, le había permitido ganar siete dolares la hora cuando podía transportar clientes, era un trabajo más fácil, pero llevaba con él, en cada tramo recorrido, la estirpe de un jinete que añoraba los años de campo ya idos.

April 17, 2018, 2:49 p.m. 0 Report Embed 1
The End

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