Promesa de niños Follow story

ackershelle Michelle Mejía

George Smith es un joven estudiante de 16 años talentoso y responsable. Un día, conoce a Mikaela Smith, una niña de 6 años con quien, con el paso del tiempo, fue forjando una linda amistad. Pero el destino tuvo otros planes para ellos, separándolos varios años hasta que, 10 años después, decidió reencontrarlos, pero no de la manera que ellos esperaban.


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Conejo

— ¡Fíjate por dónde vas, enano!

El conductor del auto ni se inmutó al ver que un joven azabache y ojiazul atravesaba la calle, distraído. Al contrario, aceleró haciendo sonar escandalosamente la bocina, obligando al joven azabache a retroceder rápidamente, tropezándose y cayendo al sólido concreto.

— Maldita sea...

Definitivamente no era el mejor día para George Smith, la presión que lo inundaba en esos momentos a causa de la preparatoria lo tenía sumido en sus pensamientos, lo que era equivalente a andar como zombie, sin prestar atención a su alrededor.

El primer año de preparatoria había sido mucho mejor de lo que esperaba el joven, tanto así que, con tan sólo 16 años de edad, el instituto reconoció su talento y sentido de la responsabilidad, dejándolo a cargo de un importante proyecto escolar, por lo que el azabache desde entonces rara vez dormía y podía tener un momento de tranquilidad.

Levantándose y sacudiendo su ropa y mochila, el joven continuó su camino hacia su hogar, pasando a un lado de una niña pequeña que lloraba desconsoladamente en una esquina, pero el azabache la ignoró. Había dado tan sólo unos cuantos pasos, cuando sintió un pequeño tirón de su manga.

— Umm... Disculpa...

El azabache reaccionó confundido a la dulce voz que provenía de la pequeña; gruesas lágrimas caían por su rostro y su vestimenta no era la adecuada para el frío que estaba haciendo (un vestido blanco sin mangas y unas zapatillas). Esa visión conmovió al joven, olvidándose por un momento de su estrés. Se arrodilló ante la niña y, con voz ronca, habló.

— ... ¿Si? ¿Qué pasa, mocosa?

La niña hizo un puchero y bajó la mirada, claramente intimidada por el joven.

— ¿Has visto a un conejo pasar por aquí? Es blanco, y tiene manchas negras...

— Ehm... No, lo siento, niña.

La pequeña sollozó aún más fuerte irritando un poco al joven, quien levantó las manos tratando de hacerla calmar.

— Oye... no llores, ¿por qué no le pides a tu madre que te ayude?

Éso no funcionó, más bien al contrario; hizo que la niña se abrazara a sí misma y se pusiera a temblar.

— Mi mamá está en el cielo... – dijo con voz entrecortada.

— ... Oh.

Aquello se había vuelto incómodo, y para tratar de arreglar su error, George hizo una nueva pregunta a la niña.

— ¿Qué hay de tu padre?

— Está trabajando y llega muy noche, cuando ya estoy dormida...

El joven se quedó contemplándola mientras asimilaba todo aquello; éso explicaba la situación deplorable en la que se encontraba la niña, pero aún así había algo que al azabache no le cuadraba.

— ¿Qué edad tienes?

— 6 años...

— ¡¿Y no hay nadie que te cuide?!

El tono de voz de sorpresa que utilizó asustó a la niña, haciéndola retroceder unos pasos, pero es que no podía comprender... ¿Cómo alguien podía dejar sola a una niña de 6 años? ¿Qué demonios pasaba por la cabeza de su padre?

— Escucha, mocosa, no deberías andar sola por la calle...

— ¡No lo estoy! La señorita Anderson venía conmigo cuando mi conejo se escapó...

— Espera... ¿Quién?

Le sonaba aquel apellido de alguna parte, pero en ese momento no podía recordar de dónde.

— Mi niñera, estaba de paseo con ella...

— Está bien, entonces te separaste de ella para buscar al conejo.

— S-Sí...

Lágrimas volvieron al rostro de la niña, y George no tuvo más opción que ayudarle.

— Tranquila, mocosa... Me convenciste, te ayudaré.

La pequeña frotó sus ojos y miró radiante de alegría al joven, quien rodó los ojos como respuesta.

— ¿Tu conejo tiene nombre?

— No...

— Ok, ésto será difícil.

El azabache sacó de su mochila una bolsa de papel, la cual contenía algo de verduras que no llegó a comerse durante su estancia en el instituto.

— Veamos si podemos atraerlo con ésto.

La pequeña asintió y tomó la bolsa, sacando primero zanahorias y colocándolas en el piso.

— ¡Cuando lo huela vendrá, seguro! – exclamó con emoción.

— Lo que digas, mocosa... – respondió George exhalando con cansancio.

El joven se sentó cerca del muro, observando atentamente cada movimiento de la pequeña niña. Por su mente comenzaron a volver los acontecimientos en su escuela de ese día: la discusión con su equipo de trabajo y el profesor supervisor, haciendo que lo mandaran a casa a ''descansar''. Tal era su concentración en esos recuerdos, que no notó cuando la niña se sentó a su lado.

— ¿Tienes frío?

La pregunta que hizo la pequeña lo sacó de su trance, volteando a verla con el ceño fruncido.

— Éso debería preguntar yo, mocosa.

La pequeña se frotaba los brazos con sus delicadas manos y el joven se quitó su bufanda roja, enroscándola en el cuello de la infante.

— Gra--Gracias...

— ¿Por qué demonios no te pones un suéter? – preguntó con fastidio.

— Iba a hacerlo, mi niñera iba a ponérmelo cuando mi conejo saltó de mis manos y se fue, así que corrí a perseguirlo. – relató la pequeña.

— Ya veo...

El azabache no dijo más, sumido nuevamente en sus pensamientos. Entretanto, la pequeña acariciaba la suave y cálida bufanda, inhalando el aroma que de ésta provenía.

Pasaron varios minutos en silencio, durante los cuales la pequeña sintió en sus ojos una pesadez terrible, por lo que se recargó en el brazo de George y cerró los ojos, quedándose profundamente dormida al instante. El joven no estaba acostumbrado a aquello, poniéndose tieso y casi sin respirar, procurando no moverse para no despertarla. Le resultaba bastante incómodo estar en esa posición, pero no pasó mucho tiempo cuando un pequeño conejo apareció desde la esquina, dirigiéndose a la comida. El joven abrió los ojos con sorpresa y sacudió con suavidad a la niña.

— Oye, mocosa... - le susurró.

La pequeña abrió lentamente los ojos, frotándolos con pereza. Cuando por fin reaccionó y vio a su conejo, llevó sus manos hacia sus labios, cubriéndose para evitar que un grito de asombro asustara al pequeño animal.

— ¡Es él!

El azabache se levantó con cuidado dando unos pasos cautelosos hacia el conejo y rápidamente lo cargó, ignorando que el pobre animal comenzó a retorcerse en sus manos, aterrado. George lo llevó entonces a su rostro, amenazante.

— Por tu culpa llegaré tarde a casa, ¿estás consciente de éso?

La pequeña ya se había levantado y alzaba las manos hacia el joven, esperando a que le devolviera su mascota.

— ¡Muchas gracias! – saltó con alegría.

— Cuídalo más la próxima vez, mocosa.

— ¡Éso haré!

— Y ponle un maldito nombre... – murmuró mientras rascaba su nariz.

El azabache tomó sus cosas y comenzó a caminar, cuando sintió de nuevo cómo tiraban de su manga.

— ¿Cómo te llamas?

— ... George. – respondió dubitativo

— ¡George! Me gusta, así le pondré entonces. – declaró la pequeña.

La niña sonreía plenamente mientras abrazaba a su conejo —que por cierto, tenía una expresión de terror incomparable— y esa escena hizo que George sonriera, divertido.

— ¿Tú cómo te llamas, mocosa? – preguntó el azabache, quien fue interrumpido casi enseguida por un grito a lo lejos.

— ¡Mikaela! ¡Al fin te encuentro!

Una joven pelirroja y pecosa se acercó corriendo hacia ellos, con la angustia reflejada en sus ojos verde esmeralda.

— ¡Oh! Veo que lo encontraste, y...

— Señorita Anderson, George me ayudó a encontrarlo.

— ¿George...? – titubeó al escuchar aquel nombre.

El aludido miró a la joven, volviendo a su seriedad, y la chica lo reconoció al instante, sonrojándose inmediatamente.

— Hola, Kate.

— Ho--Hola, George...

La joven llevó un mechón de su cabello detrás de su oreja y la mirada al suelo, totalmente apenada; tenía a su compañero de curso más popular justo frente a ella.

— Eh... gracias por ayudar a Mikaela, ¿la bufanda se la diste tú?

— Así es...

Mikaela miraba a los jóvenes, confundida por la reacción de su niñera ante George. Se acercó a Kate y tomó su mano, haciéndola reaccionar.

— Bueno... Gracias de nuevo, George... te veré en la escuela. – se despidió tímidamente la pelirroja.

— Seguro... – respondió George con indiferencia.

El sonrojo de la joven aumentó, y bajando lentamente la mirada se alejó, con Mikaela de la mano. La pequeña giró su rostro hacia George una vez más, sonriendo radiante, y el joven se despidió alzando una mano.

A partir de ese día, esa pequeña se volvió parte importante de su vida...

April 13, 2018, 3:44 p.m. 0 Report Embed 7
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