Cuadernos grises Follow story

sistimi Sisti Miles

Cuadernos grises relata la historia de dos amantes condenados a encontrarse cuando sus vidas no están preparadas para recibir al otro.


Romance Erotic For over 21 (adults) only.

#amor #romance
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Primer cuaderno

Solo le faltaba mascar chicle para cumplir con el cliché de rico estúpido que la ficción nos ha descrito con todo lujo de detalles a lo largo de multitud de películas y novelas. Unas grandes gafas de sol de estilo wayfarer le tapaban el rostro y la expresión, aunque no podían esconder sus labios, apretados en una mueca cruel que ocultaba su sonrisa. Conducía un mercedes clase A de tercera generación en color negro, probablemente porque era el vehículo menos llamativo que podía encontrar en su garaje. Las ventanillas delanteras bajadas dejaban pasar el viento que chocaba contra el coche y se colaba dentro, revolviendo su pelo. El grave ronroneo del motor fue descendiendo a medida que la velocidad iba bajando. Desde dentro se escapó una suave melodía que no pertenecía a aquel momento ni a aquel lugar, música que hubiese sonado más acorde dentro de un turismo que costase veinte mil euros menos. El joven conductor del coche llevaba un traje negro y una camisa de un gris claro que con toda probabilidad costaba más de lo que ella ganaba en un mes. Gema comenzó a sentir náuseas.

Todo aquello no era algo que una persona se ganase por derecho propio, solo podía ser herencia de una familia pudiente, producto de la manipulación, del saqueo sistemático, del fraude o de las relaciones interesadas. Mateu era el resultado de muchas de esas opciones: provenía de una familia rica de Barcelona, recién divorciado de la hija de uno de los empresarios madrileños más podridos de dinero que existían, poseía una empresa propia que había comprado y fingía que dirigía. Gema trabajaba para él y aunque a veces tenía problemas para llegar a fin de mes, podía imaginar que Mateu con toda seguridad había pasado mucho tiempo en su garaje meditando qué vehículo sería menos provocativo para dar un paseo por la ciudad. En su juventud, el director de la compañía, había publicado un par de libros de poesía barata y repulsiva. Ella se divertía leyéndolos en voz alta a la hora del almuerzo o de la comida delante de gran parte de sus compañeros, que reían divertidos mientras ella recitaba los versos vacíos en los que solo se podían hallar infames rimas consonantes. No habían tardado mucho en llamarle la atención, pero no podían despedirla sin el consentimiento del autor de semejante despropósito literario. Gema no sentía ningún tipo de reparo a la hora de humillarlo porque sabía que el directivo no la echaría, ya que llevaba enamorado de ella desde que tenía diecinueve años.

  • No podías llamar un puto taxi, ¿verdad?

  • Es negro. No llama la atención. Anda, sube. Que si montamos una escenita, sí vamos a llamar la atención.

No obstante, deseaba en secreto que Mateu algún día se hartase y la echase de la empresa y de su vida, de donde no podía salir sola.

Ella se subió finalmente al coche y cerró la puerta con brusquedad. Él se levantó las gafas de sol, posándolas entre sus cabellos y alzó al mismo tiempo las ventanillas del coche. Antes de que terminase de dibujar una sonrisa, Gema ya estaba llorando.

  • ¿Qué te ocurre, mi amor? — le preguntó con dulzura él, mientras le acariciaba la pierna con su mano izquierda e intentaba atraerla hacia sí con su brazo derecho

Gema farfulló algo sin sentido y se abrazó a él, a la persona que más odiaba en todo el mundo.


Mateu había sido la persona más importante en su vida desde poco después de conocerle y se había acabado convirtiendo en quien más despreciaba, sin dejar de ser en ningún momento lo primero. Poco a poco la vida les fue intentando alejar, mostrándoles pruebas cada vez más contundentes de que no debían seguir juntos. A todas esas señales les habían hecho caso omiso ambos. Sus caminos se habían ido alejando y acercando intermitentemente como si describiesen los meandros de dos ríos paralelos que necesitan desbordarse para poder fundirse y convertirse en el mismo agua.

Cuando se conocieron todo fue mucho más sencillo, a pesar de tener una fecha de caducidad que se acercaba cada vez que tachaban días del calendario. El verano que se enamoraron los dos eran jóvenes e ingenuos, con corazones frescos e intactos, que se tatuaron mutuamente en sus recuerdos. Para Mateu, Gema siempre sería aquella niña de dieciséis años que insultó su ropa y no paró de hablar de música durante toda una noche. Para Gema, Mateu siempre sería aquel chico de diecinueve años que le cegó con una sola sonrisa y con quien charló durante horas sin aburrirse un solo segundo. Sin embargo, hacía años que habían dejado de serlo: tan solo eran dos personas que se hacían daño, aunque fueran incapaces de verlo.


La música había dejado de sonar y Gema levantó la vista intentando conocer el motivo. Mateu se disculpó, mientras besaba sus manos. Un coche a sus espaldas comenzó a hacer sonar el claxon y tuvieron que arrancar. Él comenzó a conducir, pero en una intersección que ella conocía bien siguió recto.

  • Te has equivocado. Es a la derecha —comentó Gema en voz baja.

  • Vamos a otro sitio. ¿No te apetece?

Ella no respondió por orgullo. De nuevo se encontraba inmersa en ese baile sin sentido de emociones donde no sabía a qué atenerse ni cuáles eran sus sentimientos. Por supuesto que le apetecía viajar con él, que le sorprendiese, pasar el máximo de tiempo que pudiese a su lado; pero todo eso no le hacía olvidar lo que dejaba atrás, en la ciudad donde solo se podían ver escondidos en habitaciones de hotel. Mientras miraba con expresión ausente por la ventana del copiloto los colores del atardecer fundiéndose en las nubes sobre el horizonte, pudo ver como una bandada de pájaros se escapaba también de la ciudad, que ya no podía contemplarse por los retrovisores desde hacía un buen rato.

  • Lo siento. Solo quería hacer algo diferente. Si quieres que volvamos, puedo dar la vuelta en cualquier momento.

  • No quiero volver —explicó Gema, apartando la vista del cielo y fijándola en él.

Mateu buscó su mano para posar de nuevo un beso sobre ella. Gema recordó lo que contaban de los amantes en la antigua Grecia, que se mostraban su amor y devoción besándose manos y pies. Le cogió también su mano y le plantó un beso en el dorso.

Alcanzada la madruga, en una estación de servicio cambiaron sus asientos y Gema condujo el resto de la noche, siguiendo las indicaciones del teléfono móvil y las de Mateu. Poco antes de que el sol tiñese el cielo nocturno con un color que no fuese el negro, llegaron a un pequeño pueblo construido en piedra y adoquinado como si sus habitantes desconocieran el asfalto. Los faros del coche alumbraron una hermosa construcción a las afueras de la población, rodeada de campos de hierba y pequeños árboles. Gema apagó el coche y bajó. Mateu la abrazó antes de sacar dos bolsas del maletero. A pesar de no haber podido pegar los párpados en toda la noche y del evidente cansancio de ambos, solo se permitieron darse un baño antes de enredarse en la cama. El canto de los pájaros no tardó en comenzar a sonar, proporcionando una banda sonora a las gotas de sudor que resbalaban de sus cuerpos temblorosos. El día parecía aletargado por la niebla que cubría el pueblo: eran ya las doce del mediodía y parecía que todavía no había amanecido a causa de la poca luz del sol que las nubes bajas dejaban pasar. Mateu la abrazaba derrotado mientras su respiración se iba haciendo cada vez más profunda y corta. Gema comenzó a sentirse mal y se zafó de su abrazo para poder despejarse un poco. Salió al porche de la casa sin vestirse, con la esperanza de que los metros de árboles y campo, añadidos a la suave cortina de la niebla, no permitieran a nadie verla pasearse desnuda. A pesar de ser verano era una mañana fría y húmeda, así pues, no tardó en volver adentro después de respirar aire puro para despejarse. Se preparó un café y salió afuera a tomárselo, esta vez más abrigada. Se sentó en una silla de mimbre frente a una robusta mesa de madera y contempló la primera línea de árboles y arbustos que le permitía la niebla. Dio un sorbo al café y se permitió liberar un poco de angustia que permanecía atada en corto desde la noche.


Habían pasado casi veinte años desde el primer amanecer que había vivido con Mateu y no podía creer lo mucho que había cambiado la situación, pero sobre todo ellos. Se podía afirmar, sin temor a equivocarse, que ya no eran las mismas personas, igual que un río nunca es el mismo, puesto que el agua fluye siempre sin detenerse hacia su desembocadura sin parar de cambiar. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras los recuerdos venían a su mente, haciéndole contar uno a uno los litros de agua salvaje y mansa que habían soportado sus cauces después de todos esos años.

April 13, 2018, 12:21 p.m. 1 Report Embed 4
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ivana daria ivana daria
Hey me gustó y me dejó intrigada, buenísimo el relato. Saludos! :)
July 9, 2018, 12:21 p.m.
~

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