El duque Dave Fernsby Follow story

karenstraight Karen Straight

Inspirada en un sueño, muy semejante a este contenido, del año 2013, me decidí a crear este relato, parte de la colección La Magia de la Magia y transcribirlo para su edición digital. En este relato, Katelyn Halley, joyera de un reino lejano, el destino la lleva a conocer a la realeza. Aunque, sorpresas le aguardan en mundos fantásticos, donde la verdad y la mentira son la esencia de una misma vida.  


Short Story Not for children under 13.

#otros-mundos #cuentos #tales #fantasy #lobos
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El duque Dave Fernsby


‹‹De los vacíos bosques surgen formas inestables, susceptibles al cambio y adaptadas a la vida; este es un mundo donde la verdad está más cerca de la mentira, donde sus secretos coexisten, donde no hay inicio ni partida.››

 

Katelyn Halley era una joven de gran belleza y carismática. Ella amaba vivir en su pueblo, bajo el reino que siempre la recibió con alegría. Vivió con entusiasmo cada día de sus años junto a la fragancia de la naturaleza de los bosques alrededor del reino. Katelyn siempre contempló aquel paraíso libre de tormentas futuras, cada vez que recorría las calles iluminadas más que por el resplandor del cielo de gloria. Ella fue testigo de tantos años, memorias y canciones a través de los trovadores de la plaza principal.

Ella era emprendedora; poseía su joyería de gran prestigio. Amaba crear joyas y pulirlas cuidando la calidad y el buen gusto que caracterizaba a los nobles. Dirigía el personal que laboraba en la fabricación de las bellas piezas que exhibía en los mostradores de vidrio. Cada anillo y brazalete era especial para ella. Las joyas significaban más que belleza, el amor que se otorgaban por el esfuerzo de comprarlo para un compromiso, un obsequio o un placer a sí mismo. Y ella era feliz en su labor.

Una mañana, como cualquier otra, Katelyn Halley salió a abrir su joyería. En su tienda almacenaba sueños y dedicación que contagiaba a sus empleados que seguían sus pasos. El optimismo era su mejor aliado en épocas de bajas en las ventas. Se deslizaba con fe al abrir las cortinas y caminar sobre los mosaicos blancos que rozaban su vestido.

―Lo tengo todo…

Ese día, Katelyn se detuvo a contemplar las piezas delicadas en una vitrina; una de sus joyas que creadas, un diamante en un anillo de oro ajustable al dedo. Lo sacó del exhibidor y decidió que lo guardaría para el momento de regalar a quien se ganara su amor. Aunque tuviera muchos pretendientes, ninguno la tenía en mente en la forma ideal que ella deseaba para dar y recibir.

‹‹Cuando encuentre el amor verdadero, este será mi obsequio. Este anillo simboliza mi vida, mi alma y todo lo que soy. Hoy le doy el valor a esta joya, esperando que llegue el día que lo llegue a conocer. Él me ame, y yo lo ame por igual››

Katelyn guardó el anillo en su vestido. Quizás nunca encontrara al hombre indicado. Si lo conocía, si era desconocido, deseaba saber quién era, cuál era su nombre. Sus aficiones, sus debilidades, su fuerza, sus metas. ¿Cuándo y cómo lo conocería?

Aquella tarde, la idea se filtró en su mente. Halley no pudo dormir al caer la noche. Tantas preguntas, ninguna resuelta.

―Tan sólo pido un amor verdadero. No importa como luzca. Quiero un buen corazón. Quiero que me valore, y sea el motivo para que sea mejor, y él para mí.

Amaneció. Katelyn abrió su joyería. Sus finanzas estaban en constante aumento desde el último pedido. Las personas del pueblo también adquirían brazaletes, pendientes y collares, todos los lujos para la gran fiesta de la princesa Jane, cumpliría 10 años el próximo fin de semana. Muchos de los compradores elegían sin discriminación. Gustaban de las mejores piezas para lucir a la fiesta que nadie podía perderse; era indispensable celebrar a Jane por su gran carisma y compasión. Los pronósticos garantizaban que cuando ella llegara al trono, el reino prosperaría aún más.

Katelyn, a pesar de ser sociable, no se sentía animada por asistir al evento. Pensaba en que estaba sola, no tenía con quien ir. Incluso sus mejores amigos tenían una pareja. Sin embargo, sentía emoción porque los demás la pasarían bien con las joyas que ella diseñó.

―Katelyn, deberías ir―sugirió Donna, quien atendía en mostrador. Ella tenía cuarenta años y también estaba soltera―. Todos van a ir―decía mientras elegía una de las piezas que Katelyn le regalaba.

―No tengo con quien ir, Donna. Mis amigos tienen con quien ir.

― ¿Y si vas conmigo? Yo iré sola, y no por eso me estoy lamentando.

―Me parece buena idea. Gracias, Donna―y la abrazó.

La tarde del sábado, Katelyn se probó los vestidos que Donna le llevó. Donna eligió un vestido púrpura con tonos rosados. Cubierto de sutiles destellos, Donna se maravilló frente al espejo.

―Aún me quedan estos vestidos.

― ¡Este me parece perfecto!―exclamó Katelyn al ver un vestido azul de encajes y mangas. Tomó las joyas y el vestido. Se peinó sus cabellos dorados y lo sujetó con un broche.

― ¿Me veo bien?―preguntó Katelyn.

―Te ves preciosa. Deberías vestirte así todos los días.

―Gracias, Donna.

Ambas salieron, como todos, hacia la fiesta de la princesa Jane. Tomaron un carruaje. A pesar de su marcado optimismo, Katelyn tenía el presentimiento de que la fiesta sería un rotundo fracaso para ella, aunque para todos, incluso para ella en ciertos aspectos, era la mejor celebración.

Cuando llegaron, al caer la noche, al palacio de varias millas de longitud, Katelyn y Donna contemplaron el lujo del esplendor en el castillo; ventanas y torres decoradas con miles de luces “Feliz cumpleaños”. La entrada del castillo recibía a cientos de personas en el reino que poseía pocos habitantes. Los fuegos de fiesta iluminaban el cielo cada cinco minutos. La luna y las estrellas eran adornos para celebrar a Jane.

Mientras entraban, Katelyn se asombró al ver a todos luciendo sus trajes y joyas, las joyas que ella hacía diseñado. Todos llevaban el ánimo encendido, era inevitable no contagiarse con su armonía. En el salón principal, personas de todas edades en la pista de baile y en las mesas con los platillos más exquisitos. Todos eran bienvenidos y bien recibidos, como si fueran de la realeza.

―Es hermoso estar aquí―señaló Donna―. Hasta la música es divina.

Katelyn y Donna se internaron en la pista, donde otros bebían o bailaban. Entre los presentes, Donna reconoció a un amigo suyo que no vio en mucho tiempo.

―Lo conozco. Es Mr. Calvin. Vamos.

Calvin conversaba con Bryan Den, su amigo de toda la vida con quien volvió.

―Calvin, soy Donna ¿Me recuerdas?

― ¡Donna, es un gusto verte, hay mucho que contarte!

Katelyn decidió que era lo mejor dejarlos conversar. Pasó por los alrededores del salón sin nada que hacer. Ni siquiera se atrevió a tomar una copa. Eligió salir a un pequeño paseo en las fuentes y laberintos del palacio, muy populares en el reino. Curiosa, Katelyn descendió por las escaleras. Hubo un joven que la invitó a bailar, pero ella no escuchó su voz.

Halley se deslizó entre los arcos. Bajo la oscuridad y las lámparas contrastando el ambiente, ella se maravilló con el agua de la fuente. Jugó con el agua y se acercó a los rosales, a las flores de diferentes especies. Eran hermosas.

Sin imaginarlo, Katelyn sintió un cambio en el aire. Una corriente que transformó el aroma frío por perfumes finos. En un segundo, en un parpadeo, Halley apareció en un transformado ambiente; una tierra plagada de matices fantásticos y luminosos. Flores aún más hermosas que aquellas que ostentosas lucían en los jardines del palacio real, emitían el aroma que al principio Katelyn notó en el aire. Una luna blanca y radiante, era un sol que brillaba sin quemar. En ese sitio, un dorado resplandor cubría ilimitadamente el vasto jardín de amarillas hojas amarillas. Los árboles también eran auténticos, bañados de oro, como las frutas.

En ese extraño lugar, Katelyn distinguió gemas incrustadas en las rocas. Se acercó para contemplar que eran reales. No podía estar alucinando, no probó ni una sola gota de vino.

―No es posible―se decía, sorprendida mientras caminaba en el prado de delicadas pero fuertes flores rosadas. El cielo sólo era dorado, resplandeciente, no percibía un color azul, sólo brillo y fulgor como un parpadeo de luz y energía. Sentía que carecía de prisiones ni límites para la vida.

En la emoción más diáfana, Katelyn avanzó en busca de respuestas. Debería encontrar a alguien pronto aunque estaba convencida de que cayó dormida en algún momento. Caminó, aunque pensativa, contemplando las flotantes esferas blancas que surgían de las flores. Respiraba en el continuo silencio. Lejos, sentía un vano rumor de vida consciente.

Pronto, un hada apareció frente a ella. Una niña joven y traviesa que sonrió al verla.

― ¡Una humana!―se maravilló al mismo tiempo que le dio la bienvenida.

― ¿Eres… real?

―Soy muy tangible. Aunque puedo ser invisible e intangible a mi voluntad.

―Esto es un sueño.

―Te mostraré que todo es real. Casi nunca vienen humanos. ¡Qué bonita eres!

La espontánea hada de alas blancas dejó de hablar cuando escuchó la voz de otra hada, que vestía con las telas más hermosas que jamás ella hubiera visto. Se negaba a aceptar que era realidad. Decidió actuar como así fuera, después de todo, sólo era un sueño fuera de lo común.

― ¡Jasen!―la llamó―. ¿Qué haces?

―Es una humana―se emocionó.

―Los humanos, los humanos son…

―Pero no todos―apuntó Jasen.

―No la conocemos. ¿Cómo llegó aquí? Debemos regresarla a su mundo―tomó su varita y estaba a punto de devolverla a la Tierra, cuando en ese segundo, una lobo colosal se interpuso entre Katelyn y Seer, la hada.

― ¡Detente!―pronunció con una voz casi incomprensible por los profunda que era.

Katelyn no estaba segura de los que sucedía. No pronunció ninguna palabra.

― ¿No lo comprendes? Es una humana, nos hará daño. Nos contagiará de sus ideales terrenales.

―No siempre es así. Por alguna razón ella logró estar aquí. No permitiré que la lastimes.

―La dejaré―se conformó Seer.

― ¡Te quedarás!―se emocionó Jasen que abrazó a Katelyn. Pronto se había encariñado con ella.

― No lo puedo considerar. Gracias por salvarme―se dirigió al monstruo color negro, cuya forma era un lobo salvaje.

―Debes quedarte―pidió él―. Debes conocer la Legendaria Tierra bajo la Luna Solar. Este mundo carece de los rencores, el dolor y toda la destrucción de la Tierra en la que vives.

Katelyn escuchó mientras miraba sus ojos de oscuro resplandor. Junto a él y a Jasen, visitaron los prados de matices radiantes de vida. Fueron caminando sobre las colinas de flores, jugaron con ellas en los jardines. Halley conoció los panoramas que aún no creía que fuera real. Lo disfrutaba a cada momento. Pasó bajo el resplandor de la luna solar que bañaba los tallos de las enormes plantas de sublime belleza. Se acercó a las rocas y desprendió de ellas las gemas preciosas y elaboró joyas improvisadas para ella y para sus amigos. Tomaron el té en el palacio de la princesa gnomo después de un recorrido aéreo por los bosques del otoño. Halley no olvidó las cascadas de luz ni a las nubes esponjosas que a veces descendían.

Katelyn conoció a los habitantes de aquella legendaria tierra. Comprobó que el hombre lobo no mentía. Ellos eran honestos, a excepción de los temores de Seer Merany, disipados por las palabras del lobo.

La utopía también tenía enemigos; un grupo de poderosos hechiceros que querían gobernar el paraíso de belleza inigualable. Solo en una ocasión lograron atacar de gravedad. Después del incidente, todos se unieron para evitar un nuevo ataque, a causa de que antes de la invasión, en la Legendaria Tierra bajo la Luna Solar todos eran infelices, individualistas y ambiciosos, una réplica fantástica de la Tierra. Uno de los factores detonantes fue que un querido amigo de todos fue uno de los atacados.

―Llegué aquí por casualidad, como tú―le contó.

― ¿Qué te sucedió?―preguntó Katelyn, intrigada.

―Me convirtieron en este ser abominable. Sin embargo, eso no me detendría. Mis amigos tuvieron un impulso para expulsarlos de nuestras tierras.

Katelyn no preguntó más cuando notó que aquel recuerdo lo hacía sentir melancólico.

―Tu planeta era como este. Pero cuando todo pasó, decidí, venir aquí porque esta tierra cambió.

― ¿Y por qué no vas a mi mundo?―lo invitó ella―. Así verás que no es tan terrible como dices.

―Gracias, Kat, me gustaría ir. Pero, por ahora no puedo ir. No podría; me arriesgaría a ser atrapado y exhibido por ellos. Por esa razón, casi nadie visita la Tierra.

―Te entiendo.

Al final del día, la criatura le obsequió una llave que abría un portal entre los dos mundos. Su color dorado fascinó a Katelyn, quien notó que la llave estaba fundida con gemas de la Legendaria Tierra bajo la Luna Solar. Al recibirla, Halley le pidió una explicación.

― ¿Cuál es la razón?―sonrió ella.

―Te has ganado mi confianza. Eres diferente a quienes he conocido.

―Apenas me conoces…

―Sólo sé que debo entregártela. Quiero que vuelvas cuando puedas. Yo estaré aquí para guiarte, si quieres volver a convivir con nosotros.

―Gracias―y Katelyn lo abrazó. Era el doble de su tamaño, pero aun así ella lo apreció.

Halley tomó la llave y abrió el portal. Volvió después de una breve despedida. Hasta Seer la llegó a extrañar cuando la vio marcharse. Se abrió el portal en un resplandor dorado que cubrió su visión de luz. Al volver, para Katelyn pasaron noches y días. Sin embargo, se encontró en la misma fuente, con la llave en la mano, en la misma fiesta de la princesa Jane.

Los recuerdos inundaban su mente. No fue ningún sueño. Guardó la llave y se dirigió con Donna en el salón, quizás terminó de conversar con sus viejos amigos. Subió las escaleras. En el pasillo, Katelyn se encontró con la princesa Jane. Al verla, la princesa se detuvo, impresionada por las joyas que Halley llevaba. Miró fijamente su collar.

―Bienvenida. ¿Cuál es tu nombre? ―le preguntó la princesa.

―Katelyn Halley, gracias su majestad.

― ¿Dónde compraste ese collar? Es hermoso.

―Yo los diseño, y los vendo en la joyería.

―Me gustaría regalarle uno así a mi madre. ¿Te puedo hacer un pedido ahora mismo?―se le acercó a los oídos.

―Por supuesto, su alteza.

―Quiero tres de esos. Halley…me encantan tus joyas. Las he visto en otros invitados. ¡Tengo una idea maravillosa! ¿Te gustaría diseñar las joyas de mi familia y la nobleza?

― ¡Será un honor!―se emocionó la joven.

―Ven conmigo. Desde hoy estás contratada.

Katelyn no se resistía a sonreír, deseaba gritar a los cuatro vientos su más grande logro. No podía creer que trabajaría para el reino. Jane la llevó entre los pasillos al interior del palacio hacia la sala. Al interior, cenaban personajes desconocidos para ella. Concluyó que eran parte de la realeza por el tipo de vestimenta.

― He vuelto―saludó la princesa. Los demás la saludaron―, deberían salir a la fiesta.

―Más tarde―una joven de cabello corto se limaba las uñas.

―No saldré. No son mi mejor cualidad el baile y la socialización―dijo otro.

― Princesa Jane, ¿quién es ella?―preguntó otro noble.

― ¡Oh, disculpen por la falta de cortesía! ―y miró a Katelyn, avergonzada―. Ella es Katelyn Halley.

―Buenas noches―levantó Halley su mano derecha. Los demás la saludaron.

―Ella es Lady Nicolle, el duque Dave Fernsby, Sir Anthony y el Conde Hawthorne.

―Es un placer conocerlos.

―Katelyn será nuestra diseñadora especial. Es exquisito su trabajo con las gemas y la plata, sin olvidar el oro y los diamantes.

La emoción por parte de Halley era evidente. No sólo por ser digna de la realeza, sino también por el sueño fantástico. Firmó el contrato y leyó las cláusulas al tiempo que recordaba a quienes conoció en la Legendaria Tierra bajo la Luna Solar.

Halley volvió a casa junto a Donna. Jane y la realeza se maravillaron con las joyas que ella diseñaría para ellos. Suspiró tras cerrar la puerta. Más allá donde iniciaba la realidad, comenzaba la mentira.

Alguien comenzó a habitar en su corazón. Aún en el olvido de la sociedad.

Aunque estaba cansada, Halley miró el reloj que marcaba las doce en punto. Sacó la llave, para ir, de nuevo, al mundo irreal.

―Volveré, a ti―contempló la llave―, a ese reino sumergido en luz dorada.

Halley volvió cada vez que necesitaba encontrarse con sus nuevos amigos. Volvió tantas veces que no logró recordar. Criaturas y seres concebidos solo en la imaginación. Un motivo para caminar junto a ellos en las esporas del oro.

El monstruo la esperaba, paciente, a su regreso. Aceptaba sin importarle quien fue. Cruzaron la línea que divide a la razón de la vida, sólo en un sueño. Se conocieron en el alma, más allá de la dorada felicidad y de cada flor onírica.

Tendida en el césped, Halley era feliz en silencio en el reino mágico, tomando su mano con la oscura de él.

Al volver a la Tierra era la misma Halley. Su mirada se reflejaba en las vitrinas de su próspero negocio, pensamientos cruzaban en ella. Ni Donna se percató en los primeros meses que alguien motivó esa sonrisa. La tortura se apoderaba de los dos, lejos en el espacio-tiempo.

―Katelyn―insistió Donna, en más de una ocasión.

Halley colocaba las nuevas joyas en el mostrador de cristal.

―Puedes contarme la razón de tu felicidad. Confía en mí.

―Es sólo por el éxito; soy la diseñadora de la realeza. Y el negocio no hace más que prosperar.

―No, es algo más.

― ¿Algo más?

―Sí, algo más. Jamás te conocí más entusiasta.

― La diferencia es que, ya tengo todo.

― ¿Todo?

― Mañana entregaré el pedido para la princesa Jane, es eso.

―Katelyn, no me refería a eso; estás enamorada.

Halley fue descubierta. No esperó que alguien la mirara detrás de sus ojos.

―No…

― ¿Por qué no me has contado? No es un secreto que vayas a ocultar toda la vida; tarde o temprano conoceré a tu amado.

― ¡Eso nunca pasará! Mi amor no existe para nadie.

Donna se arrepintió de haber interferido. La sentencia era clara.

―Ese vestido se ve bien en ti―cambió de tema.

Aquella noche, Katelyn tomó el anillo que decidió entregar a su amor verdadero, Estaba segura de su decisión.

Abrió un portal al mundo sublime, embriagado por la fragancia de la noche y el día. Él sabía que ella iría hasta él. Katelyn no lo rechazó. No sentía miedo de encontrarse con él. Su mirada, detrás de la apariencia, era auténtica, sin mentiras.

―Katelyn―la saludó.

―Por ti, vendría cada segundo. Tengo un regalo para ti. Pero, tienes que cerrar los ojos.

―No, Halley.

― ¿Por qué no?

―Porque debo obsequiarte algo antes.

―Me has regalado la dicha de conocerte. Vale más que cualquier cosa. Esta vez, te daré algo material. Cierra los ojos, los abres cuando te lo diga.

Él aceptó. Mientras cerraba los ojos, Katelyn sacó del estuche el anillo con un diamante fino.

―Puedes abrirlos.

―Es… un anillo―se sorprendió.

―Sí, lo es.

Él se miró el dedo; ajustable, apenas era para él.

―Hace tiempo que prometí entregar ese anillo que significa mi vida, mi corazón y todo lo que soy, a mi amor verdadero. Hoy es ese día―confesó Halley mientras él la miraba a los ojos―. Promete que nunca te lo quitarás.

―Tú también eres el amor de mi vida. Te lo prometo.

Él la abrazó.

Katelyn tuvo que volver a la Tierra. Al día siguiente, debía ir a la joyería para entregar el pedido en persona a la princesa Jane.

El día llegó. Una mañana como cualquier otra. Nubes blancas en el cielo azul mientras ella llevaba las joyas hacia el palacio. Sintió el aire agradable recorriendo su dicha de ser ella. Al entregar el pedido, Halley se marcharía para siempre con su amado. Lo tenía planeado desde tiempo atrás.

Llegó a la entrada del palacio. Sacó el cofre. Dedicó muchas horas en las joyas. Entró al palacio, subió. Su corazón latía deprisa.

Katelyn dio vuelta por el pasillo bajo los candelabros. Las cortinas claras hacia la sala donde Jane la esperaba.

La puerta estaba abierta. Entró.

Al interior de la sala, desayunaban importantes personajes, sentados en el sofá, de la realeza. La princesa Jane era la única ausente. Todos voltearon en cuanto Katelyn apareció. Hubo un breve silencio. De inmediato, el duque Dave Fernsby la invitó a pasar.

―Bienvenida. La princesa Jane no está por ahora, toma asiento.

―Gracias―Katelyn eligió el único sillón disponible, contiguo al duque tomando té.

Katelyn era la única ajena aquel entorno reunidos alrededor de la mesa de té. No pronunció ninguna palabra mientras conversaban. De vez en cuando, el duque no pronunciaba palabras en exceso.

Katelyn pasó la mirada alrededor de la lujosa sala. Un color firme en las paredes pintadas de durazno. La ropa fina de los asistentes. El duque rondaba los 50 años, aunque jovial por la ausencia de arrugas en su piel clara. Encajes blancos, ropa color azul marino. Con una bufanda elegante en su cuello.

―Vamos, cuéntanos algo sobre ti, nos gustaría escucharte―él se dirigió a ella.

Katelyn fue incapaz de emitir un sonido de sus labios. Se resistía a creerlo. Veía con asombro la mirada de Dave Fernsby insistiendo ―sin mirarla a los ojo― y pidiendo una conversación, sin forzarla.

No podía hablar. Era cierto. Sólo veía el repetitivo movimiento de su mano derecha levantando la taza blanca de porcelana. Se la llevaba a los labios. Bebía té.

Sus ojos azules observaron aquel brillo especial que solo el diamante emite. Justo en el dedo índice, el duque Dave Fernsby llevaba el anillo que ella regaló.•

April 11, 2018, 10:12 p.m. 1 Report Embed 1
The End

Meet the author

Karen Straight Creadora de mundos desde el 2004 gracias a las películas, libros y series a mi alcance. Cazadora de inspiración en la vida despierta y en el universo onírico; la inspiración está en todas partes. Me fascinan los libros digitales e impresos, aunque si un buen artículo se me atraviesa, me entretiene tanto como un videojuego o una canción. Me gusta dar lo mejor de mí en todo lo que hago; siempre agradezco todos los consejos que me brindan para crecer como autora y dibujante.

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Clem Severino Clem Severino
Me ha encantado, fue una historia muy bonita y bien redactada. Te felicito!
Sept. 1, 2018, 7:52 p.m.
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