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Antonio Quiros


¿Tuvo la mujer alguna relevancia en el periodo de la transición es España? Pues mucha más de la que nos han dejado saber. Mucha y muy importante; pese a que el dejar a un lado las acciones que llevaron a cabo estas mujeres terminaron por crear grandes decepciones y levaron a sus protagonistas hasta el olvido.


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LA DECEPCION DE JULIA


La vida es esa caprichosa que se empeña en llevarte por donde mejor te conviene y no por donde tú quieres ir. ¿O es al revés? Nunca lo vas a saber; tan solo tienes que echarte a andar e intentar, por todos los medios, evitar los precipicios.

Mi nombre es Julia Orta y soy afiliada al partido comunista desde hace unos cuantos años. Desde que estaba en cuarto de bachillerato he dedicado mi vida a luchar contra el franquismo, a derrotar a la dictadura que había convertido a España en un país de tercera división. Eso y las injusticias que había estado viendo durante toda mi vida. Tenía claro que la situación política tenía que cambiar si queríamos cambiar nosotros

No era yo sola la que ha comenzado esta lucha, evidentemente; si hubiera sido así, es muy posible que ya hubiera abandonado hace mucho tiempo. Hay cientos de miles, millones, que se habían unido a esta lucha; aunque, a algunas, esta lucha nos resultara un poco más complicada que a otros. Y tan solo es necesario echar un vistazo a tu alrededor para ver reconocer esas dificultades que te acompañan

Y, en mi caso, esa dificultad aún mayor se daba por venir de donde venía. Hija mayor de un terrateniente de un pueblo de la provincia de Toledo. La fortuna de mi padre se podría cifrar en varios cientos de millones de pesetas; el origen de esa fortuna estaba, sin duda, en la herencia que mi madre había recibido de sus padres y abuelos, los auténticos terratenientes. Mi padre había aportado el carácter y el empuje que llevaron a que, en unos treinta años de matrimonio, hubieran duplicado el importe de la fortuna que mi madre había recibido en herencia de los suyos.

Es muy posible que, de no haber sido por Eusebio, yo me hubiera convertido en una acomodada niña de papá. De las que están esperando que la sirvienta les recoja los papeles del suelo o les sirva un vaso de agua del grifo que tienes a veinte metros. Hubiera encontrado natural el que mis padres ingresaran en su cuenta bancaria diez millones de pesetas mensuales sin realizar prácticamente ningún esfuerzo.

Afortunadamente, en mi caso y como digo, se dieron una serie de circunstancias que hicieron que esto no fuera así. Y es que me había criado viviendo los veranos en la bodega de mis abuelos; en las afueras del pueblo, a no menos de doce kilómetros de donde se encontraba el núcleo urbano en donde nosotros vivíamos. La bodega era enorme, al menos a mí me lo parecía, y allí se ponían a fermentar millones de litros de vino que se guardaban durante un periodo de seis meses en las grandes cubas de más de cinco metros de altura; hasta que venían hasta la bodega un ejército de camiones-cubas que cargaban el vino a medio fermentar y lo llevaban para mezclar a otra región de España en donde el vino con denominación de origen de esa zona tenía una bien ganada fama de calidad.

En concreto, casi todo el vino que que salía de las bodegas de mis abuelos iba a La Rioja, a mezclar con diferentes marcas renombradas de esa zona. La mezcla de vinos de diferentes categorías y regiones es un proceso común en la producción de vinos. Si se va mezclar un vino de renombre con un vino de menor categoría hay algunos pasos que se deberían seguir. Y yo lo supe porque en un par de veranos de mi adolescencia acompañé al vino que salía de nuestras bodegas hasta Haro y Alfaro. El pasar allí un par de semanas en cada caso me sirvió para aprender el proceso que estaban llevando a cabo para ello.

En primer lugar se llevaba a cabo la cata de vinos. Los expertos de las bodegas probaban ambos vinos por separado para determinar sus características, incluyendo el aroma, el sabor y la acidez. También tenían que establecer la edad, para ellos era muy importante, el cuerpo y el contenido de alcohol de cada vino.

Una vez que habían llevado a cabo este primer paso, los expertos debían determinar la proporción de mezcla. Decidían la proporción en la que se deberían mezclar los vinos. La cantidad de cada vino que necesitará dependerá del nivel de sabor, aroma y cuerpo que ellos deseaban lograr en la mezcla.

Si la mezcla no tiene el sabor deseado, se trataba de ajustar la acidez o el sabor agregando más vino de uno u otro tipo. También, en algún caso lo hicieron, se podían agregar otros ingredientes, como azúcar o jugo de frutas, para mejorar el sabor. Después de mezclar y ajustar el sabor, se debía dejar reposar la mezcla durante algún tiempo antes de embotellarla. Esto permitía mucho mejor el que los sabores se integren más a fondo.

Para mi, todo estos, todas las vivencias de los eranos mi infancia y mi adolescencia, era poco más que un juego. En realidad, ahora cuando lo recuerdo, tengo la sensación de que disfrutaba mucho más que si hubiera estado jugando con muñecas o con bolsos o vestidos cuando ya era una adolescente. Lo que si era incuestionables era que llegué a saber de vinos mucho más de lo que podría legar a prretender saber un enólogo o casi todos los expertos en vinos.

También había vivido todos los inviernos, el enero justo después de navidad, la puesta en marcha del molino que producía cientos de miles de litros de aceite. El molino, también una herencia de las propiedades que tenían mis abuelos. Así como, seguramente había sido de mis abuelos, las ocho cosechadoras, los veinte tractores, los cientos de miles de hectáreas de tierras cultivadas y los miles de cabezas de ganado que pertenecían todas, y mucho más, a la empresa que ahora se denominaba Orta y Reyes S.A. (naturalmente que lo de Reyes era por mi madre).

Igualmente disfrutaba de la puesta en marcha de las pesadas ruedas que se disponían a machacar la aceituna que acababan de traer los tractores de mi familia y los de otros pequeños propietarios que traían su cosecha a nuestro molino para que su aceituna fuera convertida en aceite. Estas visitas eran más espaciadas; el colegio impedía que estuviera allí todos los días. Pero, recuerdo con especial cariño las tardes en las que los trabajadores, los encargados, mi padre (cuando estaba) y yo, nos reuníamos alrededor dee dos grandes calderos llenos de aceite; un aceite espeso que atardaba un tiempo en estar hirviendo. Allí se echaban unas grandes rebanadas de pan que venían a convertirse en unos picatostes exquisitos, de lo mejor que yo había comido en toda mi corta edad.

Algunas veces cuando era una niña pequeña, pocas, yo iba al molina y a las bodegas acompañando a mi padre. Pero, desgraciadamente, el solía estar en muchas ocasiones de viaje y, desde el momento en que cumplí los diez años de edad, no me importaba ir sola a esos lugares; de hecho, me había acostumbrado a ello. Era la hija de los dueños; así que, por fuerza tenía que ser bien recibida por todos.

Y si no era así, Eusebio se encargaba de que todo el mundo me respetara y me hiciera la estancia allí agradable. No pasó mucho tiempo hasta que, cuando yo iba sola a las bodegas o al molino, me acompañaba todo el tiempo y le gustaba charlar; charlaba mucho conmigo. No es ningún disparate el decir que no hicimos muy buenos amigos; que nos teníamos un gran y profundo respeto mutuo.

Eusebio era un hombre extremadamente inteligente; me enseñó muchas cosas sobre las que yo, antes de conocerlo, ni siquiera me había parado a pensar. Eusebio no tenía ningún tipo de formación académica; todos sus conocimientos los había adquirido de una manera autodidacta. Pero, a pesar de esa falta de formación, la primera persona que me habló de Karl Marx fue Eusebio; y resulta que conocía la mayoría de sus textos bastante bien.

Yo, lo descubrí en una ocasión en que estaba paseando por la bodega con él, tenía sed y sacó de la mochila una botella de agua. Entonces pude vislumbrar en su interior un libro, un volumen bastante grueso del que pude apreciar el título y el autor del mismo; “El Capital” de Karl Marx. En esos momentos, yo tenía la idea de que esto, el leer ese tipo de literatura era uno de los pecados capitales que podía cometer un hombre.

No pude menos que comentarle, dentro de una cierta ingenuidad, lo peligroso de leer a este autor. Me comenzó a explicar, con la dulzura que él me solía hablar siempre, que había que respetar a todo el mundo. Que el respetaba, cómo seres humanos, a los ricos cómo nosotros. Pero, que había que respetar, él lo hacía y lo debería hacer todo el mundo, a los pobres, a los seres que, por diferentes motivos, no habían logrado obtener, a pesar de su trabajo, nada de la vida.

No quiso continuar hablando del tema. Yo, por los prejuicios que entonces existían, tampoco. Cambió rápidamente de tema de conversación y lo hablado derivo hacia la cantidad de uva que se estaba estimando recoger en la cosecha de ese verano. Parecía que el tema de Marx quedaba definitivamente zanjado entre nosotros.

Pero, lo cierto es que este inicio no hizo más que crear en mí una montaña de curiosidades que necesitaba que Eusebio me aclarase. Yo, dentro de mi cabeza, me estaba haciendo un montón de preguntas y planteando un montón de elucubraciones que necesitaba que fueran respondidas. Por eso, la siguiente vez que lo vi, le planteé mis dudas y le animé a que me hablara más de todo ese tipo de lecturas que le seguía viendo en la mochila al encargado de mi padre.

Evidentemente, esos comentarios le cogieron bastante de sorpresa. De hecho, empezó por hacerme un planteamiento demasiado ortodoxo y bastante poco didáctico. Marx, me dijo, redactó varios escritos con la teoría de que todas las sociedades evolucionan a través de la dialéctica de la lucha de clases, apostando por que el sistema socioeconómico sería reemplazado por una nueva clase social, el proletariado. A la corriente derivada de sus obras se la bautizó como marxismo, y está indisolublemente ligada a los conceptos de socialismo y comunismo.

Algo que, parecía claro, tenía que ver con el demonio y el pecado en esa España de la época. Yo, pese a todo, seguía prestando atención. Mis ojos, tremendamente abiertos, daban la impresión de querer absorber todo lo que el capataz me estaba tratando de explicar en esos momentos. A él, parecía quedarle claro que yo tenía la necesidad de aprender.
Por eso, continuó explicando que, en sus obras, Marx pretendía demostrar las pautas del desarrollo del capitalismo. Creía que cada época se caracterizaba por un sistema de producción relacionado con el poder establecido y, por tanto, con una clase explotadora en constante lucha con la población que resultaba explotada.
Yo no entendía demasiado de lo que me estaba explicando Eusebio; pero, si que llegaba a percibir que en ese momento, y si se daba esa lucha de clases, yo estaría en el lado que, según Marx, posiblemente resultaría el perdedor de esa confrontación. De cualquier manera, ya con mi corta edad, no dejaba de tener una cierta simpatía para esa gente, al fin y al cabo, la gente que yo conocía y a la que había tratado durante toda mi corta vida, en el pueblo en donde estaba viviendo.

Eusebio continuó con el relato de las teorías de Marx. Para acabar con la lucha de clases, Marx sostenía que debía establecerse la dictadura del proletariado. Según el alemán, los trabajadores se alzarían contra el poder y llevarían a cabo una revolución que implicaría el control de los medios de producción y la ocupación de los principales cargos gubernamentales para crear un sistema social justo. Todos estos movimientos culminarían en una dictadura del proletariado y la consecuente desaparición de la lucha de clases.

Ya no quiso seguir hablando del tema. Aunque si me advirtió de que todas esas teorías, a él le parecían demasiado radicales y que, él particularmente, estaba por una solución un poco más moderada y que no llegara hacer daño a ninguna de las partes.

Estaba en mis catorce-quince años en esos tiempos; y parecía evidente que se estaba despertando en mí una conciencia social que no parecía corresponder a una muchacha que tuviera unos padres como los míos. Seguía viviendo mi vida, una vida de una adolescente de principios de los años setenta que tenía muchas inquietudes, se hacía muchas preguntas; pero, que empezaba a interesarse por los chicos y se empezaba a plantear cómo sería la vida en la universidad.

Una promesa de apertura a un mundo desconocido del que se creaban muchas expectativas; pero, que nadie terminaba de saber cómo iba a ser realmente. Lo que si era cierto es que no planteaba con mis amigas de allí, jóvenes de mi edad y pertenecientes a la clase media baja de la zona, todas esas inquietudes que quizá no iban a entender demasiado bien. Con quien sí que podía hablar, estaba esperando verlo para poder continuar con nuestra charla, era con Eusebio.

Cuando llegaba la bodega, a los cinco minutos de verlo, yo le estaba planteando la pregunta que había quedado sin responder el día anterior y las veinte preguntas que habían asaltado mi cabeza mientras tanto. Él muchos días se mostraba remiso a continuar con el mismo nivel de conversación. Argumentaba que, si mi padre se llegaba a enterar del tipo de conversaciones que estábamos teniendo, se iba a enfadar bastante; y, seguramente, con razón.

Tuve que prometerle varias veces que nunca le iba a contar a mi padre absolutamente nada de lo que nosotros pudiéramos hablar. Y tuve que insistir; repetir, casi al pie de la letra, lo que me había dicho en días anteriores, acerca de Karl Marx, para que le quedara claro que, realmente, estaba interesada en todo lo que me había contado.

Finalmente, accedía y continuaba con el hilo que había dejado el día anterior. Me aseguró que él no era muy partidario de la implantación del comunismo en los países occidentales, quizá porque iba a resultar imposible implantarlo. Era mucho más partidario de implantar algo, un tipo de régimen político, que se estaba imponiendo ya en los países europeos, Francia, Italia, Inglaterra y, sobre todo en Alemania; la socialdemocracia.

Comenzó por detallarme lo que era y lo que significaba este sistema político. Algo después de una primera etapa, situada entre 1875 y 1945, donde se produjeron avances significativos de la socialdemocracia con importantes victorias de partidos de esta índole, tuvo lugar una segunda etapa, la llamada “edad de oro” de la socialdemocracia. Fue cuando sus éxitos se extienden por la mayoría de países de Europa occidental.

Y ahí vino lo importante, me dijo; en este periodo se produjo la consolidación del Estado social o Estado de bienestar, el verdadero éxito de los sistemas socialdemócratas. Un modelo de estado aceptado tanto por partidos de izquierdas y derechas, donde la universalización de los derechos sociales (educación, sanidad, pensiones) estaba recogida y garantizada en los textos constitucionales.

Durante estos años también tuvieron lugar en Europa occidental una serie de reformas dentro de los fundamentos ideológicos de los partidos socialistas y socialdemócratas, donde dejaban de lado la doctrina marxista y sus pretensiones revolucionarias. El discurso de lucha de clases fue dando paso a una ideología de carácter progresista, más ambigua, que buscaba el respaldo de toda la sociedad y no solo de la clase obrera.

Unos sistemas menos radicales que, además, están dando bastante mejor resultado del que estaba dando un sistema comunista o socialista puro que estaba empezando a tener problemas en casi todos los lugares en los que había logrado implantarse. Por eso, Eusebio que este sistema de la socialdemocracia, es el que debería implantarse en España, creía que sería lo más adecuado.

No quiso hablar más, creía que ya lo había hecho en demasía. Lo cierto es que estas tres o cuatro charlas que habíamos tenido durante estos días habían logrado activar en mí el gusanillo del conocimiento de la actividad política, de las inquietudes sociales y de la lucha de carácter indispensable que era necesario iniciar con urgencia.

Durante unos cuantos años me encontré con grandes dificultades a la hora de poder encontrar literatura que pudiera hablar con sentido crítico de lo que estaba pasando en nuestro país. A veces, era el propio Eusebio el que me facilitaba alguno de esos libros, conseguido vaya usted a saber cómo, que resultaban tan difíciles de encontrar.

Así transcurrieron mis veranos del bachillerato. Nunca agradeceré los suficiente a mis padres que permitieran que cursara esos estudios en el Instituto de Bachillerato de mi pueblo y no me obligaran a asistir a uno de esos internados en los que los jóvenes de la época sufrían una especie de adoctrinamiento que me hubiera resultado difícil de imaginar.

El caso es que, el tiempo de finalizar los estudios de bachillerato, y el preuniversitario, llegó a su fin y tocaba comenzar los estudios universitarios. Ahora, de manera obligatoria, si que tendría que abandonar el pueblo y prepararme para comenzar los estudios universitarios en cualquier ciudad que contara con una universidad prestigiosa. Mi elección siempre había sido la capital, Madrid.

Sept. 14, 2023, 12:45 p.m. 0 Report Embed Follow story
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