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Samantha Jackson


Sus padres le enseñaron a esconderse. Ella aprendió que su manada era quien le mantendría a salvo. Sin embargo, Jade ha vuelto a la ciudad, seguido de los furtivos y ella está cansada de ocultarse.


Fantasy Not for children under 13.

#romance #traición #aventuras #amor #animales #fantasía
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Epílogo

- ¿Estás bien?    

Durante unos segundos los alambres y pinchos siguen arañando su piel.  Intenta controlar la respiración y mantiene el aire dentro de sus  pulmones un instante para que el corazón vuelva a latirle de manera  normal Después mira a su derecha. Unos ojos grandes color negro le  devuelven la mirada, preocupados. 

- Sí. Solo ha sido una pesadilla- contesta ella, quitándose la  camiseta de licra blanca que, con el sudor, se le pega a la piel. 

Él la observa cuando se desnuda. Es algo a lo que, a pesar de todas  las veces que lo ha visto, no es capaz de acostumbrarse. La chica no le  da importancia. Sabe que es atractiva, aunque no es algo que le preocupe  realmente. 

- ¿Quieres que te abrace?- le pregunta él

- No, hace mucho calor para eso. 

- Vale. Duérmete entonces. 

- No quiero dormir- admite, sabiendo que. de hacerlo, volverán las pesadillas. 

- Mañana será un día largo. Deberías descansar. 

Ella le ignora y se sienta encima de él. Se inclina un poco, dejando  caer el pelo por encima de su cara. Se acerca lo suficiente como para  que pueda sentir sus labios cerca, pero no llega a besarle. 

- He dicho que no quiero dormir. 

- Dani, mañana...

- Está bien- le corta- Iré a la habitación de Adam, a ver si a él tampoco le apetece dormir. 

No intenta ponerle celoso o manipularlo, pero es lo único que  consigue. Cuando va a levantarse, él la agarra y la coloca debajo suyo.  Le coge las muñecas y le pone los brazos sobre la cabeza. 

- No hace falta que vayas con Adam- intenta no parecer desesperado  y  que ella no note que como le desagrada la idea, pero no lo consigue. 

Ella gime cuando le besa el cuello y consigue liberarse lo suficiente  como para arañarle la espalda. Él no se queja, sabe que es algo que no  puede evitar, su marca personal. Se las arregla para quitarle las bragas  con una sola mano, mientras la otra se la coloca en la nuca  para  acercarla a él y poder besarla.  Busca algo de contacto visual, pero a  ella no le gusta, así que la encuentra con los ojos cerrados y pasando  la lengua por sus labios. Tampoco le gusta que la hagan esperar y, sin  embargo,  Max  lo hace, solo para verla revolverse debajo suyo, solo  porque le gusta como, cuando se impacienta, finge suplicar. 

- Hazlo ya. 

Se mueve un poco,  colocándose  entre las piernas de ella, que arquea  la espalda y gruñe. No le gusta que la hagan esperar y sabe que esta  rozando el límite en el que ella se desvanece, impaciente.  

Sabe muchas cosas de ella. Sabe que que huele a fresa y que le gusta  la ropa de chico, la que le queda ancha y desordenada. Sabe que suele  llevar gafas de sol para ocultar lo brillantes que son sus ojos y que, a  veces,  echa de menos su pelo negro. Sabe que  si el sexo es bueno ella  dobla los dedos de los pies y que, en algunas ocasiones, el azul de sus  pupilas se extiende cuando pierde el control. Sabe que esa noche le  toca a él, pero que al día siguiente estará en otra cama. Sabe que es  algo con lo que ha tenido que aprender a vivir y que si se queja,  seguramente perderá los pocos derechos que tiene con ella. Sabe que es a  lo único a lo que puede aspirar, que ella nunca sentirá nada más. Sabe  que es mejor tenerla así, que no tenerla de ninguna manera, pero que es  imposible hacerlo del todo. 

Ella se pone, de pronto, tensa. No es la excitación. No es el hecho  de tenerle encima. No son los dedos de sus pies doblados, ni sus pupilas  devorando el resto de sus ojos.  Es otra cosa. Algo que ha hecho que  sus músculos se contraigan y los dientes le chirríen, algo que ha  ensombrecido su rostro y le ha puesto el vello de punta. 

- ¿Qué pasa?

- ¿No hueles eso?

- ¿El qué? 

Ella respira hondo. Cuando habla, sus palabras están más cerca de ser un gruñido que palabras. 

- Melocotón y sangre. Huele a melocotón y a sangre.

Capítulo 1

Todos me miran.

Toda  esa gente con los rostros deformados por el alcohol y las drogas  me  miran fijamente mientras me muevo, en medio de la pista. Las luces  de  colores hacen que mi vestido brille entre la niebla que expulsan las   máquinas colgadas del techo. Lo sé. Sé el efecto que provocan las   lentejuelas en conjunto con mis ojos. Siempre he sabido usar el entorno a   mi favor. Por eso soy el cebo.

Me giro un  segundo. En la barra, un chico sentado en un taburete  alto, niega con  la cabeza y me dedica media sonrisa. Me está reprochando  el  espectáculo, a pesar de haber sido él quien me lo ha pedido. Me río  un  poco y sigo bailando. No es en quien tengo que centrarme en este   momento.

El objetivo también me observa. Le  he lanzado un par de miradas y  alguna sonrisa tímida para captar su  atención. Sentado en el sofá de una  de las esquinas y con una copa de  color azul en la mano, enseña los  dientes, complacido. Evito gruñir.  Odio que piensen que me han cazado  cuando, en realidad, yo soy la  cazadora. Se que es un Hiena, aunque, de  no saberlo, habría podido  adivinarlo. Su olor y el color de sus ojos le  delatan. Me señala con un  dedo y luego hace un gesto para indicarme que  me acerque. Bajo un poco  la mirada y asiento. Espero que la charla sea  breve y que pronto me  invite a irme con él. Aceptaré. No es que quiera  hacerlo, nunca quiero,  pero es necesario para que el plan funcione.

- ¿Me invitas a una copa?- pregunto, sentándome junto a él.

- ¿En mi casa?

Sonrío  de nuevo. Él piensa que ha sido por lo tentadora que me  resulta la  idea. No es así. Solo estoy contenta porque pronto podré  irme, quitarme  los tacones que tanto me molestan y pasar la noche con  alguien con  quien de verdad quiero pasarla.

- Tú conduces. He estado bebiendo.

Miento.  No bebo alcohol cuando estoy trabajando. Me nubla la vista y  empeora  mi oído. Simplemente dejo que él lo piense. Creerá que soy una  presa  fácil, le hará confiarse. Él apoya su mano en mi espalda, a medio   descubrir por el minúsculo vestido que me he visto obligada a   enfundarme. Hace que me levante, guiándome hacia fuera. Si hubiese   estado más atento habría visto que, nada más rozarme, el chico de la   barra se ha levantado, siguiéndonos con la mirada. Para ser un Hiena, no   es demasiado espabilado. 

Se despide del  portero al abandonar el club. Es un habitual, algo que  nosotros ya  sabíamos. Andamos un par de calles hasta llegar a su coche.  Es un  modelo antiguo, aunque ha intentado disimularlo pintando de  amarillo y  colocando luces azules bajo los asientos, que se encienden  cuando abro  la puerta del copiloto. Mete las llaves en el contacto, me  mira una  última vez, para cerciorarse de que ha tomado la decisión  correcta, y  sale del aparcamiento.

- ¿Cómo te llamas, preciosa?

"Preciosa" pienso e intento contener una mueca asqueada 

- Elinor

- ¿Elinor? ¿Qué tipo de nombre es ese?- me responde. No es la primera vez que alguien me lo pregunta

- Mis padres eran muy originales.

- ¿Eran?

Pongo los ojos en blanco y me pregunto como puedo ser tan poco habilidosa a la hora de elegir mis palabras. 

- Cuando me pusieron el nombre ¿Tu casa está muy lejos?

- A las afueras.

Ahora  quien miente es él. Su corazón se ha acelerado. Está excitado.   Enciende la música, supongo que porque incluso él puede escuchar sus   propios latidos. 

Salimos de la ciudad tras  varias canciones que se han repetido  continuamente en la radio los  últimos días. Conduce por una carretera  oscura y agrietada durante un  rato. Los faros del coche apenas alumbran.  Compruebo los retrovisores  de nuevo, al igual que lo he hecho unos  minutos antes. Se que la moto  suele llevar las luces apagadas cuando me  sigue. Estoy tranquila, a  pesar de no poder estar del todo segura de que  los refuerzos van detrás  de nosotros. No creo necesitarlos. Nunca lo he  hecho.

-  ¿Dónde estamos?- quiero saber, cuando veo que gira a la izquierda  para  adentrarse en un estrecho y pedregoso camino a través de los  árboles. 

-  Este sitio tiene las mejores vistas de la ciudad- me contesta. Lo  hace  como alguien que está cansado de repetir la misma mentira una y  otra  vez, 

- Creía que íbamos a tu casa. 

- Después.

- No quiero estar aquí. 

-  Cállate- ahogo un grito. Él, al ver mi reacción, carraspea un poco y   me mira, suavizando el tono de voz- Tranquila, va a gustarte.

Se  baja del coche, esperando que le siga. Me deshago de mis zapatos,   dejándolos debajo del asiento. Me miro al espejo y me quito las   lentillas, guardándolas en un estuche que saco del bolso. Mis ojos dejan   de ser de ese color marrón tan común que finjo tener en alguna  ocasión.  Me recojo el pelo en una coleta y abro la puerta, para  colocarme detrás  de él. No me mira, está demasiado concentrado en algún  punto del  horizonte. 

Me imagino que tiene  un discurso preparado, un par de frases con las  que advertir a quien  está en mi situación de lo que va a pasar. Prefiero  no escucharlo. No  quiero oír lo que les ha dicho a las otras chicas  antes de hacerlas  correr, aterrorizadas, por el bosque. 

- ¿Cuánta ventaja les das?- pregunto, para evitar que empiece a hablar. 

Puedo  ver cómo sus músculos se tensan debajo de su camisa y como el  color  abandona su rostro al girarse para observarme. Cuando se cruza con  mis  ojos traga saliva. 

- ¿Qué eres?

- Eso no responde a mi pregunta ¿Cuanto les das? ¿Un minuto? ¿Dos? ¿O sólo cuentas hasta diez?

- Yo no...

-  Lo sé. Necesito ponerme mucha colonia para disimular el olor. He de   decir que requiere mucho esfuerzo, sobre todo con gente como tú. Si   fueras un serpiente no tendría que malgastar mi tiempo en tapar mi olor.   

- No he vuelto a hacerlo- se justifica, nervioso. 

- ¿No es lo que ibas a hacer conmigo?.

- No.

- Levanto las cejas y me río un poco. 

- Supongo que nunca lo sabremos. ¿Veinte segundos te parece justo?

- Yo les doy más. Yo les doy cinco minutos- tartamudea, de modo atropellado. 

- Pero ellas corrían menos que tú. A mi me parecen suficientes. 

- ¿Vas a matarme?

- ¿Tú las matas a ellas?

- ¡Yo necesito cazar!- me grita. Ha pasado a la fase de la rabia- Es mi naturaleza. 

- La mía también. Uno, dos, tres...

Antes de poder seguir contando él ha desaparecido  entre los árboles.  

- No deberías de jugar con la comida. 

Me doy la vuelta para encontrarme al chico de la barra, que acaba de aparcar la moto a un par de metros del coche. 

- No pensaba comermelo. Me estás haciendo perder la cuenta. 

- ¿Quieres que me encargue yo?

- No. Esta vez me toca a mi. 

- No quiero que te hagas daño. 

Hago una mueca divertida. Sé que no lo dice en serio. 

- Luego dejo que me lamas las heridas- le respondo, algo desafiante.

Respiro  hondo y gruño un poco cuando el azul de mis pupilas se  extiende y  cubre el resto de mis ojos. Mis colmillos se vuelven largos y  más  anchos. Las uñas se me afilan hasta que mis manos se convierten en   garras. Arrugo un poco la nariz y me rasco la cara con el dorso de la   mano. Los bigotes pican. 

- Ten cuidado

Vuelvo  a gruñir, esta vez como respuesta, y me adentro en el bosque.  El olor a  animal carroñero tarda en desaparecer. No es tan rápido como  yo, pero  prefiero darme prisa y no arriesgarme a no poder darle caza.  Primero  ando deprisa, pero pronto me puede el instinto y empiezo a  correr. Me  muevo rápido, como si conociese el bosque, a pesar de no  haber estado  nunca antes. Puedo escuchar como rompe algún palo al  pisarlo. Está  nervioso y eso le hace delatarse. Clavo las uñas en uno de  los árboles y  trepo con habilidad. Es innata, no adquirida. Nací  sabiendo escalar.  Salto a la siguiente rama. Mi presa ha acabado en un  pequeño descampado  sin salida. Pronto puedo verlo desde arriba. Suda.  Suda mucho. Sabe  que va a morir. Camino despacio, hasta el final de la  madera y me  acuclillo, esperando a poder saltarle encima. Sin embargo,  antes de  poder hacerlo, escucho algo. Es un sonido que conozco, un  sonido que  hace tiempo me hacía sentir a salvo, pero que ahora consigue   paralizarme. Clavo las uñas en el árbol para no caerme al quedarme sin   aire. Una sombra aparece en la explanada, tan rápido que, desde mi   altura, solo puedo verla difuminada. Se lanza sobre el Hiena. Pasan un   par de segundos hasta que soy capaz de reaccionar y cuando lo hago, he   perdido toda la concentración que había puesto en la caza. Me ciega la   rabia. Caigo sobre el recién llegado, apartándole de la presa, que ha   pasado a un segundo plano. Rodamos por el suelo. Ambos rugimos, haciendo   que retumbe el suelo. Intenta alejarse de mí, pero estoy sobre él, lo   que impide que pueda moverse. El Hiena, aprovechando la confusión, sale   corriendo. No le presto atención. clavo las uñas en el pecho de mi   contrincante, cortándole la piel. Me enseña los dientes, pero no estoy   dispuesta a retroceder. Quiero clavarle los colmillos en el cuello y   arrancarselo. Él se defiende y me muerde el brazo. 

- Sal de aquí- me dice, aprovechando que el dolor me hace parar un instante- Corre.

No  obedezco. Ignoro el sonido de pasos acercándose. Estoy demasiado   concentrada en matarle. Entonces escucho un disparo. Levanto la cabeza.   Ha sonado cerca. Veo a un hombre con un arma. Le conozco. Después de   tantos años sigo viéndolo en mis pesadillas. Me pongo en pie, le dedico   una última mirada al chico, cuya camiseta está rota y manchada de   sangre, y salgo corriendo. Corro tan rápido como puedo, siguiendo el   camino que me ha conducido hasta el problema.

- ¡Arranca la moto!- grito, mientras me acerco al coche para coger el bolso.

- ¿Qué pasa?

- Furtivos. Arranca la puta moto.

Me  obedece. Los dos podemos oír cómo se están acercando. Me coloco  detrás  de él y le agarro con fuerza de la cintura. Conduce durante un  rato,  con las luces apagadas y todo lo rápido que puede, hasta que  tenemos  ventaja suficiente. Para en una cuneta en cuanto puede. No es  capaz de   concentrarse conmigo respirando como lo hago. Me bajo del  asiento y me  alejo.

- Estás herida- me dice, viendo como  la sangre gotea desde las puntas  de mis dedos hasta el suelo. Se  acerca a inspeccionar la herida- ¿Eso  te lo ha hecho un Hiena?

Está  sorprendido. Los agujeros que los dientes han hecho son  demasiado  profundos y han desgarrado demasiado mi piel . Además, después  de  tantos años, sabe que es difícil alcanzarme de esa forma. 

- No.

- ¿Un furtivo?- puedo ver en su cara que la pregunta le parece absurda, pero que es imposible de imaginar otras opciones.

- ¿Cuántos furtivos con colmillos conoces? 

- ¿Entonces?

- Era una pregunta seria. Ha sido un puma. 

Se queda callado un segundo.

- ¿Un puma?

- El único furtivo con colmillos.

Vuelve a hacerse el silencio, pero, esta vez, es más frío e incómodo.

- ¿Ha vuelto?

- Eso parece.

- ¿Estás bien? 

-  ¿Por qué no iba a estarlo?- suena falso. Me tiemblan las manos.  Espero  que lo asocie al dolor. - Se que está pensando en abrazarme,  aunque  solo sea por el instinto protector. Me conoce lo suficiente como  para  saber que lo único que conseguirá es un gruñido- ¿Harás que nos   mudemos?

- No. Si vienen a por nosotros, lucharemos. 

- ¿Me dejarás darle caza?

- Lo haremos juntos. 

- ¿Juntos todos? No creo que el resto quiera. Dudo que sean capaces. 

- Juntos tú y yo. 

- Pensaba que no querías vengarte. 

- Y no quiero, pero no voy a dejar que te haga daño. 

-  Vale- asiento con la cabeza. Nunca se si lo hace por obligación,  por  ser su deber como líder, o porque siempre ha habido algo más, de lo   cual,  nunca hemos querido hablar. Creo que es mejor así. Él sabe que no   hay nada que pueda hacer. No soy capaz de sentir nada por él. No soy   capaz de sentir nada por nadie. 

- Estás sangrando. 

- Esta conversación ya la hemos tenido. 

- No. no es lo del brazo.  . 

Miro  hacia abajo y me llevo las manos al vientre. Aparto un poco la  vista  al ver toda la sangre que hay de pronto en mis manos. Creo que me  han  disparado- admito. 

- ¿Crees?

Me encojo de hombros y hago una mueca de dolor al hacerlo. 

- En realidad, ahora estoy bastante segura.

Sopesa la situación durante unos segundos, que se me hacen eternos. 

- ¿Puedes aguantar hasta llegar a casa?

- Si. 

Le  abrazo la cintura al subirme a la moto de nuevo. El olor de su   chaqueta de cuero desgastada lleva tiempo haciéndome sentir mejor,   haciéndome sentir en casa. Sin embargo, esta vez no me reconforta. 

- Ponte delante- me pide. 

- ¿Y como vas a conducir?

- Si te desmayas puesta detrás, te caerás de la moto. 

- No voy a desmayarme. 

- Estás sangrando mucho. 

- No voy a desmayarme, Max, solo llévame a casa. 

Mi  respiración va volviéndose más pesada a medida que nos acercamos a   casa. Él comprueba cada cierto tiempo que no me he desmayado, pero   mantiene una de las manos en mi brazo, manejando el manillar con la   otra. 

Me ayuda a bajar cuando aparca. Estoy  mareada. Ha aparcado lo más  cerca posible, para evitar que la gente de  la calle me vea, empapada en  sangre y con aspecto enfermizo. Abre la  puerta de fuera y me arrastra  por la estrecha entrada de muros pintados  con grafitis y tiras de  farolillos iluminando el camino. Toca con los  nudillos en la puerta  metálica de garaje que conduce al interior,  impaciente. Adam acude y  abre la boca al verme. Intenta no parecer  alarmado, pero no lo consigue.  Cuando al fin reacciona pasa uno de sus  brazos por mi cintura y, entre  los dos, me arrastran dentro. Me llevan a  la zona del comedor y me  tumban en la mesa de madera oscura. 

- ¿Qué ha pasado?

-  Llama a Eve- ordena Max. Su semblante es tan serio que ninguno de  los  dos habríamos sido capaces de llevarle la contraria de haber  querido. 

- Estoy aquí- dice una voz dulce desde el pasillo

- ¿Puedes encargarte? 

Adam se ha apartado, pero el otro sigue sin soltarme. Cree que no puedo mantenerme erguida sola. Yo también lo creo. 

- Claro ¿Qué ha pasado?- Eve, la dulce Eve, se acerca a mí- ¿Esto te lo ha hecho un Hiena?

A  ella no quiero fulminarle con la mirada, a pesar de que la pregunta   sigue siendo tan estúpida como cuando Max la ha hecho. Siempre intento   evitar hacer cosas que puedan herir los sentimientos de Eve. Es la única   en la casa que parece esforzarse por tenerlos. 

-  No, no ha sido un Hiena. El Hiena ha escapado- le explico. Ella  aparta  los ojos, uno de cada color, para que no vea que se alegra de la   noticia- Mató a varias chicas. 

- Eso no nos da derecho a nosotros a hacer lo mismo. 

- Ya hemos tenido esta conversación. Eve- interrumpe Max.

- Lo sé, pero sigue pareciendome un error. Se supone que nosotros somos los buenos. 

- Y lo somos. 

- ¿Y en qué nos diferenciamos de los furtivos?

-  En que nosotros no lo hacemos como parte de algún tipo de juego   retorcido. Lo hacemos para protegernos y siempre damos oportunidad de   cambiar antes. 

- Hay gente como nosotros  que no ha tenido unos padres o una manada  que les enseñen cómo  controlar lo que somos- el color se le sube a las  mejillas y me mira-  Lo siento, no quería... 

- Yo he tenido unos  padres que me han enseñado a controlarlo-  comento, intentando que  parezca que no le doy importancia. Di por  finalizada la conversación-  No ha sido el Hiena. Ha sido Jade. 

- ¿Jared ha vuelto?

Es  la primera vez que Adam dice algo desde que hemos llegado. Con el   tiempo se me ha olvidado que yo era la única que tenía derecho a   llamarle Jade. Asiento con la cabeza. Eve está tan pálida que parece que   vaya a vomitarme encima. No sabe qué decir para reconfortarme, a pesar   de que cuidar la una de la otra ha sido nuestro trabajo desde que  eramos  niñas. A cambio se centra en algo que si sabe hacer. Coge el  botiquín  de debajo del fregadero, una caja mucho más grande que las   convencionales, y lo abre en la encimera. Le pide a Adam que traiga una   camiseta y le especifica que tiene que estar limpia. Coge la primera   botella de alcohol que encuentra en el armario y me la tiende. Es Vodka.   Podría ser peor. Le doy un sorbo y estiró el cuello, haciendo que me   cruja.

- ¿Prefieres que vayamos al hospital?

- Sabes que no- contesto- ¿Dónde esta Birdy?

- Ha ido a dar una vuelta- Levanto la cabeza para mirar a Max. 

- Duchate mientras Eve hace esto. Estás lleno de sangre. Te dejo usar mi ducha por los servicios. 

- No. Puedo esperar. 

Eve  no puede evitar sonreirnos de manera tierna, pero la ignoro. Adam   vuelve con la camiseta y me la tiende. Me la meto en la boca y la   muerdo. 

- ¿Quieres que use el anestesiante que trajiste?

- Guárdalo para una emergencia real- a penas se me entiende con el trozo de algodón blanco en la boca. 

- ¿Qué vamos a hacer con Jade?  ¿Crees que...?- pregunta ella, antes de empezar 

Me quito la mordaza y saco la lengua, asqueada y con arcadas. 

- Vendrá a por nosotros. Solo tenemos que esperar. 

- ¿Y vendrá con los fugitivos?

- ¿Te sorprendería?- pregunto, aunque sé que ella sigue creyendo que todo se trata de un malentendido. 

- No lo sé ¿Y si lo hace? ¿Qué haremos?

Enseño los dientes de manera instintiva. 

- Si viene a por nosotros, no podrá vender a nadie nunca más. 

April 6, 2018, 5 p.m. 0 Report Embed 1
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