La distancia que nos une Follow story

V
Victor J. Vega


Javier es un joven que emprende un viaje hacia Bilbao para encontrarse por primera vez con una persona especial, Irati. Sin embargo, el viaje no iba a ser sencillo, y estaría marcado por muchas sorpresas. Historia realizada para el concurso "love is in the air" de la comunidad Romance y Cuento de Inkspired


Romance All public.

#romance #amor #pareja #distancia #concurso #soyromance #love-is-in-the-air
Short tale
3
4658 VIEWS
Completed
reading time
AA Share

El viaje

—Quiero verte, Javier —dijo ella.

—Yo también te quiero ver a ti —dije yo.

Desde el día en que nos dijimos esto, había pasado más de un año. Ella, por los estudios. Yo, por el trabajo. La cuestión es que ninguno de los dos pudimos quedar durante todo este tiempo. Sin embargo, tras haberlo hablado durante tantas y tantas veces por videochat, de haber habido momentos en que parecía que sí y luego era que no, había llegado el día marcado. Era el momento de encontrarnos. 

Irati era un chica que había conocido en un foro de música. Casualmente ese día, los dos habíamos entrado por primera vez en dicha página. Nos pusimos a discutir acerca de los últimos éxitos, y no nos poníamos de acuerdo con nada. A mi me gustaban los temas más románticos, y a ella más los temas latinos. Sin embargo, a los dos nos gustaba el pop-rock.  

A partir de ahí, al día siguiente seguimos hablando. Y al siguiente. Un mes más tarde, nos pasamos los teléfonos; a los cuatro meses, hablábamos por videochat. Durante todo este tiempo, nos fuimos conociendo, relatando simplemente nuestra vida cotidiana. Reíamos, o nos poníamos serios contándonos los problemas. En definitiva, dos personas como otras cualquiera que se conocían, y que nos caíamos bien.

Sin embargo, había una diferencia, que a la vez se convertía en un problema: la distancia. Yo era de Córdoba, e Irati de Bilbao. Después de muchos días, finalmente pude encontrar un hueco con el cual ir a verla. Pedí vacaciones en el trabajo, y ella tenía todo el fin de semana libre. Todavía recuerdo la sonrisa y los ojos sorprendidos que me regaló cuando le conté la noticia. Incluso abrazó la pantalla del ordenador de la alegría al saber que iba a ir a verla.

No sabía que ponerme para afrontar dicho acontecimiento. Después de media hora de madrugada buscando la ropa adecuada, opté por una camisa a cuadros roja y blanca, acompañada por una chaqueta con cremallera de cuero negra, así como unos pantalones vaqueros y zapatos marrones. Me peiné mi pelo moreno liso no demasiado corto, y me puse mis lentillas que rodearon mis ojos marrones. Cuando acabé, salí corriendo para llegar a tiempo al autobús.

Ahora, me encontraba en el camino que me llevaría hacia ella. Había cogido el autobús a las cuatro de la mañana con destino a Madrid, dónde haría transbordo para coger otro hasta Bilbao. Acompañado por otras veinte personas, pasaba el tiempo mirando a medio camino entre el móvil y la ventana, contemplando los paisajes que iba dejando atrás. 

Estaba nervioso, no podía negarlo. No paraba de pensar en cómo sería la primera vez cuando la viera, dónde me estaría esperando, cómo me recibiría... todo. 

—Joven, ¿me podría alcanzar esa bolsa?

Dando un respingo, mis pensamientos se desvanecieron. Me había hablado la señora que estaba sentada detrás mía, mientras me daba indicaciones con su dedo índice señalando el equipaje al que no podía llegar. La señora lo quería por una razón: íbamos a parar en una gasolinera de la provincia de Toledo a repostar y descansar. 

La estación de servicios tenía todas las instalaciones propias de una obra de estas características. Disponía, además de varios surtidores donde recargar combustible, de una cafetería amplia donde podías comprar comida y bebida con mesas para degustarlas, así como prensa, souvenirs de la provincia, o los clásicos discos de música baratos. 

No tenía otra cosa que hacer en la media hora aproximada que el conductor del autobús nos había dado de descanso, así que compré mi desayuno. Eran las siete, y tenía un hambre voraz. La raqueta de chocolate y la leche con cacao me sentaron fenomenal. Tanto, que estaba un poco eufórico. Tanto, que me atreví a hacer una locura. Llamé a Irate. Fue darle al botón de llamar, y arrepentirme de haberlo hecho, ¿qué demonios se me había pasado por la cabeza? Pero no había marcha atrás. Comunicó dos veces, hasta que descolgó.

—¿Diga? —dijo Irati, presurosa. 

—¡Hola, Irati! ¿Estabas despierta? —pregunté, nervioso.

—Es sábado, Javi. ¿Tú qué crees? ¿Pasa algo? —dijo, impaciente. 

—No, no pasa nada, tranquila. Siento haberte despertado. Es que me aburría... 

—Eres idiota —me interrumpió, mientras le oía echar una risa breve y posteriormente bostezar, ya más tranquila—. ¿Vienes de camino?

—Si, estoy en una estación de servicio de Toledo. Todavía me queda camino, pero voy de camino. Estoy más cerquita de ti. 

—Ojalá que llegues ya. Me alegro tanto de que vengas... —dijo Irati. 

Salió una sonrisa de mi rostro al oirle decirlo. Mis ganas de verla superaba la distancia que nos separaba. Una vez que la hube despertado, ya no quería dormir más. Estuvimos hablando acerca de muchos detalles, de tantas cosas y de ninguna concreta a la vez. Con ella no había ningún momento en que me aburriera, todo era fluido, nos entendíamos a la perfección, y el tiempo pasaba rápido. Un cuarto de hora, media hora... daba igual, todo parecía un suspiro. 

Finalmente, terminamos de hablar. Cuando miré el reloj, vi que eran casi las ocho. Un extraño presentimiento se apoderó de mí. Rápidamente, busqué por toda la estancia alguna cara conocida de las que había en el autobús. Pero no encontré a nadie. Pálido y presuroso, salí a la calle. Mis peores sospechas se confirmaron. Por más que buscara por todo el parking, no iba a encontrarlo. Se habían marchado, y me habían dejado literalmente en tierra. Además, caí en otra cosa: ¡con la maleta dentro! No podían ser peores noticias.

Desesperado y bloqueado, sin saber qué hacer, volví a entrar en la estación, colocándome de nuevo en la mesa que había dejado apenas cinco minutos antes. Era la hora de buscar una solución al problema que se había planteado. Aunque era difícil pensar en ello, teniendo como base que si no hacía algo, otra vez no volvería a ver a Irati. ¿Qué pensaría ella de lo que acababa de pasar? ¿Creería que de verdad le había pasado aquello? ¿O simplemente que era una mentira para justificar que no iba a ir? Me empezó a entrar un fuerte dolor de cabeza de solo pensarlo. 

Al igual que el respingo de la mañana, volvió a darme otro cuando escuché el rechinar de una silla metálica de madera, en la otra esquina de la mesa cuadrada en que me encontraba. En ella se sentó una mujer joven, dejando en la mesa un plato con cuatro churros y un vaso de chocolate. Tendría aproximadamente mi edad; su pelo negro ondulado en la cual portaba unas gafas de sol, estaba recogido en una coleta con goma amarilla, tenía una tez semipálida y ojos verdes amarronados. Vestía una camiseta blanca con tirantes, superpuesta por una cazadora vaquera, así como un pantalón chino azul, terminando en unas deportivas blancas.

Debió de darse cuenta de la revisión de arriba abajo que hice, porque empezó a mirarme fijamente.

—Qué, ¿te gusta lo que me he puesto hoy? —dijo la chica, sacando la sonrisa mientras depositaba uno de sus churros en el vaso. 

—No, no, es solo que estaba pensando, y no me di cuenta —dije, ruborizado mientras miraba hacia abajo—. Lo siento. 

—No pasa nada. Se te fue la vista, y ya está —dijo ella, mientras mordía el trozo empapado con chocolate—. ¿En qué estás pensando? 

Me sorprendió el atrevimiento que tenía esta chica. 

—Si te lo cuento te ríes, mejor que no lo sepas. 

—Inténtalo. ¿Acaso tienes algo mejor que hacer aquí? Venga, habla, intentaré no reírme.

Dubitativo ante lo directa que era, decidí contárselo para que me dejara en paz. 

—Verás, iba de camino a Madrid. Habíamos quedado en salir a una hora determinada, pero el autobús salió antes de la hora que habíamos acordado, y lo perdí. Con ello, también la maleta que llevaba. Pero pienso poner una reclamación a la empresa, eso seguro. 

—Vamos, que te despistaste y perdiste el bus, ¿no? —dijo ella, mientras soltaba una risita breve. 

—¡Prometiste no reírte! —me quejé. 

—Lo siento, lo siento. Es que parece de película lo que te ha pasado —dijo, tratando de contener la risa mientras terminaba de tomarse el churro—. Bueno, y ¿qué piensas hacer ahora?

—No lo sé, era lo que estaba pensando antes de que llegaras —dije, mientras volvía a sumirme en mis pensamientos. Hubo un minuto de silencio.

—Bueno, si quieres podemos hacer una cosa. Si te parece bien —dijo ella, parando unos segundos—. Voy camino de Madrid también. Podría llevarte en coche hasta allí...

—¿En serio?¿De verdad? —dije, sin poder creer lo que me estaba contando. 

—Si, pero vamos, que puedes decir que no. Ir con una desconocida...

—No, acepto, ¡acepto! ¿cuándo salimos? 

—Bueno, bueno, ¡tranquilo! Deja que me termine los churros, y ahora vamos para allá. 

Mis esperanzas habían vuelto a resurgir. Había una posibilidad más clara de que pudiera ver a Irati hoy, después de todas las desgracias que habían pasado en la última media hora. Para mi, esta chica era una salvadora. Me levanté y me acerqué para abrazarla. Ella, sorprendida, se apartó un poco, pero finalmente dejó que lo hiciera. 

—Gracias —dije, simplemente. 

—Venga, que no es nada. Déjame acabar, que me atraganto al final. 

Una vez que hubo acabado, nos dirigimos al parking. A los pocos metros de recorrerlo, se paró frente a un turismo azul oscuro para cinco plazas. Abrió la puerta, sentándome en el asiento del copiloto. Antes de que arrancáramos, me di cuenta de que había algo en el suelo del asiento trasero. Era un transportín, y en él iba un gato, de ojos verdes —parecidos a los de la dueña—, con pelaje pardo y blanco intercalado. Parecía joven, tendría alrededor de un año. Cuando me vio, maulló, emitiendo posteriormente un suave ronroneo.

—Hola, ¿cómo te llamas? —dije.

—Se llama Isla. Es mi gata, y como le digas algo malo, la dueña te pega —dijo. 

—¿Cómo le voy a decir algo malo a la gata más bonita del mundo? —dije yo con un tono de voz que ni me reconocía, en un intento de caerle bien. 

—Además de oler fuerte con esa colonia cara, eres un poco pelota. Pero si te caen bien los gatos, me caes bien —me dijo—. Por cierto, ¿cómo te llamas? Que ni nos hemos presentado...

—Javier. Bueno, técnicamente Francisco Javier —recalqué—. ¿Y tú?

—Marta. Encantada —dijo, esbozando una sonrisa mientras me volvía a mirar con esos ojos felinos—. Muy bien, ¿nos marchamos ya?

—Cuando quieras —dije.

Así, emprendimos el resto del camino que restaba a Madrid, mientras empezaba a amanecer por el camino. 




April 19, 2018, 6:03 p.m. 3 Report Embed 4
Read next chapter Madrid

Comment something

Post!
CharmRing CharmRing
oye, que buen cuento, espero que hayas ganado el concurso
Aug. 31, 2018, 4:15 p.m.

  • V V Victor J. Vega
    Gracias, Noel! Me encanta que te haya gustado, y te agradezco que lo hayas leído :). Lamentablemente no gané, la verdad es que había historias muy buenas y mucho nivel. Pero fue una bonita experiencia escribirlo, que para mi es lo más importante y con lo que me quedo, el reto de escribirlo, y de que haya personas a las que le guste la historia ^^. Gracias! Sept. 2, 2018, 12:50 p.m.
Gin Les Gin Les
Jajaja pobre... que despistado
May 30, 2018, 12:39 a.m.
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 3 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!