Los Discípulos Follow story

u7172187059 Víctor Mestre Pérez

Cuento corto, escrito en tres partes, que sigue las aventuras y desventuras de dos acólitos, Irwing y Mike, pertenecientes a una secta de adoradores de Cthulhu, los primigenios y los dioses Exteriores, en su intento de ascender dentro del grupo. Una misión, encomendada por el gran maestro Theophilus, los llevará a visitar extraños planos de la realidad, hacer frente a criaturas más allá de la lógica humana e incluso visitar templos remotos en épocas pretéritas.



Horror Not for children under 13.

#343 #341 #cultos #cult #parody #295 #humor #288
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- Parte 1: El Ritual -

      Dos figuras encapuchadas se adentraron por un callejón oscuro. Allí, las cajas podridas y la basura se amontonaban sobre el suelo terroso. Una de las figuras lanzó un par de monedas a un borracho que descansaba sobre un lecho de desperdicios. Al llegar al final del callejón, se encontraron frente a una carcomida puerta de madera, apenas iluminada por la luz de la luna. El dibujo de un pulpo en relieve era lo único que destacaba en ella. Una de las figuras, la más alta de las dos, alzó el brazo y llamó a la puerta. Esperaron unos segundos en silencio, mirándose entre ellos, nerviosos. Oyeron a alguien caminar al otro lado de la puerta. Una pequeña portezuela, a la altura de los ojos, se abrió, y una voz rasposa anunció.

—<<¡No hay nada más bello que las costas del condado de Essex!>>

—<<¡Cierto! ¡Pero no son nada comparadas con las costas de Innsmoruth cuando la marea está baja!>> —añadió la figura encapuchada que había llamado a la puerta.

—¿Innsmoruth? —preguntó la voz al otro lado de la puerta.

      La figura alta miró a su compañero y maldijo en voz baja.

—Quiso decir <<Innsmouth>> en vez de <<Innsmoruth>> —intervino la figura encapuchada más baja—. ¿A que sí, Mike?

—¡Sí, sí! ¡Exacto! —dijo nervioso la figura alta—. Irwing tiene razón.

      Durante un instante, la voz al otro lado de la puerta permaneció en silencio. De repente, se oyó el ruido de los pestillos moverse y la puerta se abrió. Una figura grande, de greñas enmarañadas y ojos saltones, salió al exterior con un candil agarrado por una mano peluda y dijo.

—He estado a punto de soltar a los perros y dejar que os descuarticen ¡Tomaos el tema de las contraseñas más en serio!

      Las dos figuras se miraron avergonzadas y asintieron con la cabeza.

      Los tres entraron al interior y, mientras el guardián de la puerta dejaba el candil sobre una mesa y cerraba la puerta, las dos figuras se retiraron las capuchas. La más alta era calva y tenía perilla, y la más baja tenía una mata de pelo oscuro y un frondoso bigote.

—¿Os han visto alguien? ¿Os han seguido?

      Los recién llegados se miraron pensativos el uno al otro. Al volverse los dos hacia el guardián de la puerta, Irwing contestó.

—No, no lo creo.

—¿No lo crees?

—Bueno —intervino Mike—, seguimos todos los consejos y advertencias que el gran maestro Theophilus nos enseñó.

—Mmmm... ya —respondió no muy convencido el guardián de la puerta—. ¿Qué tal ha ido ahí fuera? ¿Lo habéis conseguido?

      Mike sacó una bolsita de cuero de un bolsillo del pantalón, se la mostró al guardián de la puerta y dijo.

—Sí, aquí está.

—¡Qué buenas noticias! —el guardián se dio la vuelta y caminó por un pasillo iluminado por los desvencijados candelabros que colgaban de las paredes—. Theophilus está un poco cabreado hoy. Las cosas no están saliendo como esperaba. Saber que habéis conseguido la mercancía le reconfortará.

—¿Que no están saliendo como esperaba? —preguntó Mike.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Irwing.

—Ahora os enteraréis —dijo el guardián. Tras dejar atrás un pasillo llegaron a un cruce. Giraron a la izquierda y entraron por una puerta carcomida por el paso del tiempo. La sala donde se encontraban era amplia y la luz de la luna entraba por un agujero en el techo. En dicha habitación, vieron decenas de hermanos, acólitos todos ellos, corriendo apresuradamente de aquí para allá. Vieron a varios cargando matraces y tarros de cristal, con miembros cercenados flotando en su interior. Otros, llevando pergaminos, grimorios y viejos y polvorientos tomos de saberes malditos. Un grupo de hermanos se afanaban en montar una tarima en el centro de la sala, mientras otro, que estaba agachado y con el rostro pegado al suelo, dibujaba símbolos primigenios con precisión y detalle.

—¡Mike! ¡Irwing! ¡Ya era hora de que llegarais! —dijo una voz grave.

Se volvieron hacia la derecha y vieron una figura alta y delgada, de pelo corto, grandes cejas negras y con una poblada barba. Vestía una túnica negra y tenía varios símbolos primigenios bordados.

—¡Gran maestro Theophilus! —dijeron al unísono Mike y Irwing. Corrieron hacia el Gran Maestro y se inclinaron ante él—. ¡Salve, Cthulhu, morador de R'lyeh!

—¡Salve, hermanos! —saludó Theophilus—. ¿Y bien? ¿Qué noticias traéis? ¿Lo habéis conseguido?

—Sí, lo hemos conseguido —dijo Mike—. Lo llevamos con nosotros.

—Cierto, sí —intervino Irwing—. Bueno, es posible que no sea lo que...

—¡Mierda! ¡MIERDA! —gritó una voz—. ¡¿Qué cojones estás haciendo?!

      Theophilus, Mike y Irwing dirigieron su atención hacia quién había inquirido la pregunta. Un hombre, regordete y con una enormes gafas de culo de vaso, agarraba de la pechera al acolito que minutos antes estaba dibujando símbolos primigenios en el centro de la sala, y lo zarandeaba de un lado para el otro. Theophilus corrió hacia estos y los separó de un manotazo.

—¿Qué está pasando, hermano Kincaid?

—¡Este zoquete ha dibujado mal el pentagrama! —gritó el hombre regordete—. ¡Es imposible que la invocación salga bien!

—¿Que el pentagrama está mal dibujado? —preguntó Theophilus.

—¡No es culpa mía! —dijo el acolito encargado del dibujo—. ¡El hermano Kincaid fue quién me dio el esquema que tenía que dibujar y eso fue lo que hice!

—¡Imposible! —dijo Kincaid.

—¡Dejad que le eche un vistazo! —dijo Theophilus.

      El dibujante recogió el papiro del suelo y que estaba usando como referencia, y se lo entregó al gran maestro. Theophilus lo miró con detenimiento. A los pocos segundos, torció el gesto con desaprobación.

—¡Este pentagrama es de viaje multi-dimensional! —Theophilus arrugó el papiro y se lo pasó a Kincaid—. ¡No es el de la invocación de nuestro amo!

—¡Cuanto lo lamento! —se excusó Kincaid—. Habrá sido culpa de alguno de los hermanos recién incorporados al culto. Inmediatamente nos pondremos a buscar el pentagrama. ¡Tú! ¡Acompáñame a la biblioteca!

      El dibujante asintió con la cabeza y corrió detrás del hermano Kincaid, despareciendo los dos por un angosto y oscuro pasillo.

Theophilus se volvió hacia Mike e Irwing y preguntó.

—¿Y bien? ¿Tenéis las...?

<<¡CLONC-CLONC!>>

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Irwing.

Un hombre encapuchado y de espigada figura apareció por un pasadizo y anunció.

—¡El hermano Buchannon y el resto de los hermanos han regresado! ¡Han traído a la virgen!

—¿En serio? —preguntó sorprendido Theophilus—. Eso tengo que verlo.

      El gran maestro corrió hacia el pasillo, seguido por Mike e Irwing, y se internaron por él. Al abrir una puerta de rejas y cruzarla, se encontraron frente a un embarcadero cubierto. Vieron varias figuras descendiendo de una barcaza y tirando de una mole atada y con una bolsa de tela en la cabeza. Una de las figuras encapuchadas se adelantó y se descubrió. Un hombre fornido, ojeroso y con una mata de pelo gris, se dirigió a Theophilus.

—¡Bueno, ya estamos aquí! ¡De vuelta a casa!

—¿Has encontrado una virgen para el ritual, hermano Buchannon? —preguntó Theophilus.

—¡Sí, sí, sí! La hemos encontrado, sí.

—¡Vaya! Eso sí que es una hazaña —dijo Theophilus.

—¡Cierto! —añadió Mike—. Es difícil encontrar mujeres vírgenes en estos días.

      La figura atada gimió y se revolvió.

<<Qué raro. Ese gemido suena demasiado grave>> pensó Theophilus.

      Buchannon, que también oyó el gemido, se volvió hacia la figura e inmediatamente hacia Theophilus.

—Está constipada —dijo Buchannon mientras se rascaba la cabeza incomodo.

—Con que constipada, ¿eh? —dijo Theophilus. El gran maestro se dirigió hacia la virgen y tiró de la bolsa de tela que le cubría la cabeza.       La sorpresa se dibujó en el rostro del gran maestro.

—¡Pero si es Lloyd! ¡El hijo del porquero! —Theophilus se acercó al hombre maniatado y le arrancó la mordaza que tenía en la boca.

—¡Uff! ¡Por fin! ¡Casi me ahogo! ¡Gracias, gracias!

—¿Qué hace este aquí? —preguntó Theophilus a Buchannon.

—¡Bueno, me pediste una virgen! ¡Pues, esto es lo que te traigo!

—¡Ey! ¡Yo no soy virgen! —señaló Lloyd sin que nadie le prestara atención.

—¡Me refería a una mujer! —dijo Theophilus.

—En los escritos no indica que deba ser necesaria una mujer para llevar a cabo la invocación de nuestro señor que yace sumergido. Solo indica que debe ser virgen. Y este es el mejor candidato que he encontrado.

—¿Y cómo estás seguro de que es virgen? —preguntó Mike.

—¡Mírale la jeta! —señaló Buchannon. Al observar a Lloyd, vieron a un tipo greñudo, de cabeza cuadrada, ojos chiquititos y acuosos, nariz gruesa, orejas abiertas y labios agrietados.

—¿Acaso tengo monos en la cara? —preguntó Lloyd incomodo.

—¡Está bien! —dijo Theophilus cansado—. ¡Lleváoslo y prepararlo!

—¡A la orden, Gran Maestro! —dijo Buchannon. Hizo una señal a sus hombres y estos se dirigieron hacia el hombre maniatado.

—¡Esperad! ¡No! —gritó Lloyd.

      Las figuras encapuchadas tiraron del hijo del porquero, cruzaron la puerta de rejas y desaparecieron por el pasillo.

—Su padre curaba buenos jamones —musitó Theophilus en voz baja—. Lástima.

      Buchannon puso una mano en el hombro del gran maestro y dijo.

—Tranquilo, lo trataremos con delicadeza. Le sacaremos unas gotas de sangre y listo. No será para tanto.

—¿Con la sangre es suficiente? —preguntó Mike, sorprendido.

—Sí, será suficiente, sí —dijo Buchannon—. No es muy ortodoxo, pero bueno. Algunos pergaminos hablan de que con la sangre es suficiente para poder invocar a nuestro señor...

—Esperemos que esos pergaminos no se equivoquen —dijo Theophilus.

      Un hombre encapuchado entró por la puerta de rejas y anunció.

—¡El hermano Lewden ha llegado! ¡Dice traer la estatuilla!

—¡Magníficas noticias! —dijo Theophilus—. ¡Llévanos ante él!

      El gran maestro, seguido de Mike, Irwing y Buchannon, salieron del embarcadero y siguieron al hombre encapuchado. Fueron guiados a una habitación llena de estantes con decenas de tarros, runas y estatuillas de diferentes tamaños y formas. Al final de la habitación, vieron una gran puerta de hierro oxidado y, frente a esta, un hombre alto, de pelo largo, con gafas de montura cuadrada y con una cartera cayéndole por encima de la túnica. Al volverse, alzó la mano y saludó.

—¡Gran maestro Theophilus!

—¡Hermano Lawden! ¿Has podido hacerte con la estatuilla?

—Sí, las tengo. Pero no ha sido fácil. Acceder a la biblioteca de la universidad de Miskatonic es más difícil que enseñar a Azathoth a hacer la O con un canuto.

—¡No seas blasfemo! —le regañó Theophilus.

—¡Estaba bromeando!

—¡Vaya! Yo pensaba que allí solo se guardaban libros —intervino Mike.

—No. También hay un departamento de reliquias antiguas y descubrimientos arqueológicos... no al alcance de los visitantes corrientes, claro está —señaló Lawden.

—¿Y cómo conseguiste acceder? —preguntó Buchannon.

—Tras hacer unas cuantas averiguaciones en las tabernas de Arkham, me encontré con un antiguo conserje de la universidad que tenía una copia de las llaves de ese departamento —explicó Lawden—. Me hice amigo de él y le propuse jugar a quién aguantaba más rondas bebiendo el licor más fuerte que tuvieran a mano. A la tercera ronda, el conserje ya estaba echando la papilla en los establos. Con las llaves en mi poder y tras estudiar el terreno, una noche, entré en la biblioteca y me hice con la estatuilla.

—Dijiste que las llaves eran de ese departamento —señaló Irwing—. ¿Cómo hiciste para entrar en la biblioteca no teniendo las llaves de esta?

—Por una tragaluz que había en el techo —respondió Lawden.

—¿Viste algún seguidor del Símbolo Arcano? —preguntó Theophilus.

—No, no vi ninguno.

—Bien, bien. Enséñanos la estatuilla.

      Lawden asintió con la cabeza y se llevó la mano a una cartera que le cruzaba la túnica. De esta sacó una un objeto envuelto en un paño rojizo y se lo tendió al Theophilus. El gran maestro dejó caer el paño al suelo y contempló la estatuilla. Vio una representación diminuta de una figura monstruosa. De fuertes brazos y torso ancho, con una cabeza con forma de pulpo y con tentáculos cayéndole sobre el torso. En ese instante, cuando Theophilus pasó su mano por la cabeza de la figura, esta, se separó del cuerpo.

¡Aiba! —murmuró Mike.

—¡¿Pero qué mierda es...?! —el gran maestro se fijó en un hilillo gelatinoso que colgaba desde la cabeza de la figura hasta la base del cuello—. ¿Esto qué es? ¿Pegamento?

—Eh... sí, pero solo un poco...

—¿Que solo un poco?

—Durante la huida, descendiendo por el lateral del...

Theophilus le devolvió la estatuilla a Lawden y le mandó guardar silencio.

—¡No quiero oírlo! ¡Ocúpate de arreglarlo! ¡Y que esté listo para el ritual! —y sin esperar contestación alguna, el gran maestro se dio la vuelta y regresó de vuelta a la sala donde estaban rehaciendo el dibujo del pentagrama. Mike e Irwing, que habían seguido a Theophilus, dijeron a la vez.

—¡Gran maestro! Le hemos traído lo que nos encomendó. Las huevas que nos proporcionaron los profundos .

—¿Os costó mucho haceros con ellas? —preguntó Theophilus.

—Esos profundos son un tanto reservados —dijo Irwing—. Nos costó encontrar el lugar acordado.

—Y además huelen un tanto raro. Como a pescado pasado —añadió Mike—. Odió el olor a pescado pasado.

—Pero en cuanto se llevó a cabo la reunión, todo fue como la seda —dijo Irwing.

—¿Qué fue lo que les ofrecisteis?

—Algunos seres de razas inferiores. Lugareños de un pueblo cercano —dijo Mike—. Gente del pueblo de Borden.

—Bien, bien. Dejarme ver esas huevas —dijo Theophilus.

      Mike le tendió una bolsita de cuero y el gran maestro la tomó, la abrió e introdujo una mano. La removió en su interior y sacó una masa informe de huevas de color violáceo. Algunas de ellas estaban arrugadas y aplastadas.

—¡Pero si están pasadas! —gritó enfadado Theophilus—. ¡Estoy rodeado de zoquetes!

—¡Perdón gran maestro Theophilus! —se excusó Irwing—. No era nues...

      El guardián de la puerta entró raudo a la gran sala y exclamó.

—¡Los seguidores del Símbolo Arcano nos han encontrado! ¡Están en la entrada!

Theophilus se volvió hacia Irwing y Mike y preguntó con desesperación.

—¿¡Os han seguido!?

—¡No, no nos han seguido! —se defendió Mike.

—Bueno, suponemos que no... —añadió Irwing no muy convencido.

—¡Maldición! ¿¡No hay manera de que algo salga bien!? —Theophilus miró la bolsa y maldijo en voz baja—. Esto no era como estaba planeado...

      Mike miró a Irwing preocupado y a continuación pregunto.

—¿Maestro, que debemos hacer...?

      Theophilus le devolvió la bosa de cuero a Mike y dijo.

—¡Llevarle las huevas al hermano Karras y decirle que se dé prisa en preparar el ungüento! ¡Vamos, marchar!

—¡Sí, maestro! —dijeron al unísono Mike y Irwing mientras salían corriendo de la gran sala.

—No podemos retrasar más la invocación —dijo Theophilus para sí—. A pesar de la baja calidad de los materiales requeridos, ¡debemos invocar a Cthulhu! ¡De inmediato!


- Continuará -

March 29, 2018, 11 a.m. 0 Report Embed 1
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