Un whisky, dos cisnes Follow story

L
Lucas como


Las ventanas sangraban, el sillón se pudría, las horas se arrastraban por el suelo. Pobre cisne. ¿Qué había sido de su amado? ¿Qué cruel dios lo había alejado de ella?


Romance Not for children under 13. © L.C dueño de imagen de portada e historia.

##whisky ##reflections #bio
Short tale
0
6068 VIEWS
Completed
reading time
AA Share

Dos cisnes, un whisky

   Hay bohemias que se cansan de ser bohemias. Por eso quiero contarles una vieja leyenda urbana, de luces y poesías. La leyenda de un amor curioso. 

   Y así, abría las ventanas, para que el viento se fugara. Encendía cigarrillos ya encendidos. Tocaba canciones de quince acordes, todos iguales. Bebía los lunes y lloraba los sábados. Escribía poemas sin haber leído uno nunca. Cruzaba la calle en verde y esperaba en el rojo, temeroso de que pudiera cambiar en algún momento. Amaba sin amar, creaba por crear. Enemigo acérrimo de los elogios, elegantes rosas que ensuciaban el fino puente que, con incuria, intentaba regalar al mundo. Soñaba con una realidad, donde nadie tuviera que soñar jamás. Sin dinero, sin competencias, sólo experiencias. Sin enfermedades que curar, sin cosas que comprar, sin metas que alcanzar, sin decisiones que tomar. El hombre siendo hombre, ni lobo, ni cordero. Cordial con los amigos, irreverente con sus iguales. Se encantaba con las luces de la ciudad, pero se mostraba indolente ante los amaneceres. Siempre prometía volver, justo antes de desaparecer para siempre. Y cuando más le odiábamos, regresaba para no irse jamás. Nunca estuvo donde tenía que estar. Nunca dijo lo que tenía que decir. Jamás hizo lo que decía que iba a hacer. Ni mucho menos, hacía lo que debía ser hecho. De aspecto errante y taciturno, casi indefinible. Avanzaba un paso y retrocedía doce, para volver a avanzar tres y cambiar hacia la izquierda. Nadie le odiaba más que él. Disfrutaba verse sufrir, pero al igual que los enemigos de siempre, se tomó suficiente cariño como para destruirse. Tenía miles de vidas, una distinta para cada persona, incluso para él. Soñaba despierto, se alarmaba dormido. Uno podía pasarse la vida entera esperando a que soltara una palabra, y cuando ya no había nada más que decir, abría la boca para soltar una verdad. La verdad de algo que ya se había olvidado.

   Sin embargo, hubo una persona que le amó. Le amó como si estuviese destinada a ello. Un ser puro, de inocencia intacta. Capaz de ver a través de cualquier existencia, incluso más allá de su verdadera esencia. Podía hacer propio el dolor de cualquiera y sanarlo. Le dolían los conflictos, más aún la indiferencia. Romántica hija de utopías. Dispuesta a luchar por los sueños de cualquiera. Su corazón endulzaba la soledad y ardía por la vida. De belleza imperfecta, y sólo por eso belleza. Amiga de todos de los pobres. De la fortuna y el tiempo. Defensora de principios y valores. Su mente era una estatua de marfil. Un dios que quería ser mortal. Luz entre luces. Incrédula de las profecías y el destino. Llevaba el universo en los ojos. Su inmensidad, su vastedad, su ferocidad, su soledad. La musa de la bondad. El sueño de cualquier revolucionario. La Kodama de algún Borges.

   Nunca entendimos, ni nunca entenderemos, qué los llevó a ser tan unidos. Era una de esas jugarretas que se le daban por hacer al universo. O una mala casualidad quizás. Él le encendía cigarrillos, ella le regalaba fotos. Uno se disculpaba mil veces, cuando el otro se echaba la culpa. Él la admiraba en secreto, perplejo de su existencia. Ella lo amaba como a su creador, un amor tan fuera de sí. Cuando discutían, ambos cruzaban personalidad. Ella guardaba una indiferencia de espanto, mientras que él podía ver a través de su enojo. Él la dejó sola mil veces, y volvió mil veces. Ella se quedaba a esperarlo, sin mover un dedo en su ausencia. Se sentaban a beber whisky barato y a chocar delicadamente sus frentes para intentar leer el alma del otro. Retozaban sobre el sillón y su amor hacía feliz a la lluvia y al sol. Con el tiempo, él intento enseñarle a vivir libre, a desprenderse de todo amor y todo odio, incluso del suyo. Pero ella no pudo, o más bien no quiso hacerlo. Nunca podría dejar de amar a la vida, ni la de él ni la de nadie, era una pasión que resonaba y golpeaba con fuerza en su ser. En compensación, ella trató de regalarle su visión divina, pero él no creía en lo que veía. Pensaba que todo era una mera proyección, que nadie tenía una esencia, tal que esta era una deformación de la realidad. Aun así, se mantenían juntos.

   Pero entonces, un mal día, se dieron cuenta de la tragedia de su amor. Ella quiso ver a través de su amado, y grande fue su confusión, al no ver absolutamente nada. Lo abrazó fuertemente, besó sus manos, pero no sintió nada. Solamente un espantoso frío escalaba hasta su pecho. Ella comenzó a temer, por un momento no reconoció a su compañero, sentía como algo se desvanecía en él. Sus manos temblaron y la cubrió un sudor helado. Él veía televisión mientras fumaba. Giró su mirada hacia ella y le sonrió vagamente. Él sabía que estaba sucediendo, pues a pesar de cuánto ella lo amaba, no podía romper con su maldición. La maldición de ser un alma totalmente libre de todo propósito y convicción. No es que ella no pudiera ver nada, al contrario, ella había visto todo. Todas las almas del mundo en el mismo lugar. El bien y el mal convertidos en un mismo ser. Él no era su opuesto, era un todo volátil. Y su amor, su amor era libre, tan libre que podía dejar de ser por sí sólo. La idea de que él podía marcharse y no volver jamás comenzó a molestarle. Y así fue, que en su inseguridad le pidió una promesa, una promesa que se cumplió. A la luz de la luna, ella pidió su mano, segura de que sería suficiente prueba. Él aceptó y mirándola a los ojos, le dijo que sus destinos quedarían sellados a partir de ese entonces. De modo que, a la mañana siguiente, desapareció.

   Las ventanas sangraban, el sillón se pudría, las horas se arrastraban por el suelo. Pobre cisne. ¿Qué había sido de su amado? ¿Qué cruel dios lo había alejado de ella? La lluvia estalló en rabia y el cielo se suicidó. Durante doce días y once noches, ella no salió de casa. Nos colamos entre las ventanas de su habitación, sólo para ver la tétrica imagen, de un corazón roto. Ahí, sobre la cama, reposaba su cuerpo, ya sin brillo. Sus manos despedían agua, el mundo violaba sus ojos, sus labios estaban entumecidos de horror. No respiraba, el aire entraba por voluntad propia a sus pulmones, no quería verla morir. Los pájaros cantaban en su ventana, los gatos le traían ratas para que se alimentara. Pero no tenía caso. Al igual que todo dios, perdió su fuerza por amor. La bañamos en lágrimas, la secamos con valor. Le servimos una rosa, y le dijimos una canción. Y qué rabia, y qué impotencia, fue la que cultivó sus pies de nuevo en esta tierra, solamente para que pudiera salir a buscar lo perdido. Un último deseo, que ardía lo suficiente como para hacer girar el mundo.

   Un pie delante del otro, la luna los guardaba en pequeñas baldosas. La muerte se encendió un cigarrillo y tomó un taxi hacia el metro. Ella caminaba por las vías solitarias, adoptando grillos y estrellas. Así deambuló por horas hasta llegar a un puente. Abajo se alzaba el mar indiferente, arriba las nubes no podían dejar de mirar. Ella se paró en medio de las vías, o las vías se pararon en su destino. Puso sus manos en su pecho. Cerró los ojos, y fue cuando sintió un suave aliento detrás de su oreja. Él la tomó de las manos, y besó sus parpados. “Sabía que vendrías”, dijo ella. “Nunca me fui, ni nunca lo haré. Tal y como prometí, me has de llevar en la sangre, aún después de la sangre. Te he de querer, aún después, de habernos querido. Y voy a serte, aún después de siendo”, dijo él. Y fue, que ambos se volvieron uno en un beso. El plateado gritó con fiereza, quiso pedirles ayuda a los sapos. Pero no había nada que pudiera hacer. El tren cerró los ojos con fuerza. Nadie quería mirar. El viento se llevaba la sangre como pétalos, bajo el sollozo de los faroles. Florecían los dientes de león entre las vías, tratando de tapar el cuerpo de su amor. El cuerpo de aquellos dos eternos amantes; del arte y del artista; del destino y la libertad; de la ficción y la realidad.

   La mañana siguiente nos despertó con una triste noticia. La noticia de una joven muerta. Muerta en las solitarias vías de un tren. Aún se investigan las causas del suicidio. Los vecinos afirman que llevaba varias noches sin dormir y que se la oía hablar sola en su apartamento. Una hermosa bohemia, que se cansó de ser bohemia. Nunca entendimos, ni nunca entenderemos, qué los llevó a ser tan unidos. Era una de esas jugarretas, que se le daban por hacer al universo.

March 20, 2018, 2:56 a.m. 0 Report Embed 0
The End

Meet the author

Comment something

Post!
No comments yet. Be the first to say something!
~